La gallina jabada iba regando  su cacareo entre la arboleda y la caseta de los instrumentos de labranza. Un poco detrás y a la izquierda, cuatro jaulones en fila, con las puertas de tela metálica de huecos suficientemente grandes como para dejar pasar a los pollitos y no a las madres. Tres de ellos estaban ocupados.

Desde el corazón de la arboleda cundida de cafetos en flor, llegaba la gritería de las puercas paridas.

Al borde del camino limitante con los frutales, par de bueyes cebúes recién desenyugados, rumiaban impasibles, con toda su fuerza estancada en los ojos.

Celedonio, como si hubiera oído una palmada, se volvió hacia la casa de guano donde la vieja era una manchita frotándose contra la batea. Estaba muy lejos para pedir  ayuda, además, poco podría ella con su rosario de coyunturas artríticas, contra la insultante carrera de las gallinas entre los yerbajos.

Por hacer algo, tiró el sombrero hacia  adentro de la caseta y el animal aleteó hasta quedar a cuatro varas de la puerta  de la jaula.

Las otras madres parecían pintadas en los espejos humeantes de la hora. Sólo el cacareo rencoroso de la jabada sacaba de sus túneles a las hormigas bravas y enfurecía  a los puercos.

Entonces Celedonio sacó unos granos de maíz del bolsillo derecho, hundió los dedos gordos en el fanguillo del lloviznazo de la tarde anterior, y lanzó los cebos por encima de sus plumas, regándolos justo dentro de la jaula vacía.

La jabada picoteó los dos más cercanos sin mucho entusiasmo, mirando en redondo como si segara medio mundo entre un tragonazo y otro. Él se inclinó un tanto hacia adelante, a la vez que abriendo los brazos empujaba al animal sobre la jaula.

Ella pareció adivinar la estrategia y se corrió hacia los otros granos, casi al borde de su encierro. 

El hombre se apuró mientras el ave resbalaba frente a los jaulones vecinos, yéndose por el fondo de la caseta, rumbo al enorme tronco de una varía que meses atrás tiraran para serrar.

Celedonio, olvidando sus cincuenta y seis años, pasó por el frente, rodeó por la derecha y empujó por acá y por allá, paso a paso, con estudiados amagos y suaves pito-pito. Y así fue repitiendo aquel ritual hasta que el sol comenzó a descolgarse sobre la otra mitad del mundo.

Allí en la casa, la manchita de la vieja había mudado de color y unas nubes engordaban a escondidas detrás de la arboleda cundida de cafetos en flor y matojos secos que él había cortado una semana atrás.

La jabada, como una maraca de cacareos, retemblaba ante los ojos de Celedonio, quien se había sentido impotente durante unos segundos. De chiquillo no le hubiera pasado esto, y pensó que  uno va dejando habilidades por la vida como deyecciones. Se recordó volando agachado, sorteando matojos y cañaverales hasta atrapar los pollos que parecían sufrir ataques de asma. Y no hubo animal que le aguantara el martilleo de sus talones acortándoles la fuga. Total, a veces para meterle el dedo en el culo a la infeliz gallina y saber si tenía huevos. Otras, las siguió sigilosamente hasta el nido, que él marcaba con un nudo en las hojas de caña de ese surco. Ahora no se imaginaba, con ciento ochenta libras, haciendo aquellas cosas; pero sintió deseos, y deseos también de llorar, y rabia después, cuando la gallina se empezó a subir de nuevo sobre el tallo de varía mutilada.

Entonces nuestro hombre supo que no podría encerrarla, y tal idea se hizo  insoportable. Luego, cuando el viejo le preguntara a prima noche si había asegurado la cría que le regalara esa misma mañana, pues a cerrar los ojos y morder la lengua oyéndolo carraspear.

— Serás muy médico hijo, pero te me has vuelto un mierda en estas cosas.

Sin saber cuándo, ya iba nuestro hombre como una bala tras el animal, que volando los espartillos, culebreaba entre los primeros cafetos, enredándose momentáneamente en unos arbustos cortados cuando la limpieza. 

 

Casi la tocó al lanzarse como a robar la segunda base; pero los cacareos embarrados de plumas se le metieron por la boca haciéndole toser. Ya apretaría las escamas de aquellas patas hasta hacerlas crujir, ya le iba a sacar los huevos blandos por su culo de nylon como se exprime un tubo de pasta dental.

El azote de la gajazón rastrera impulsaba a Celedonio, a pesar de que la lengua se le cuarteaba contra el aire, de que un filo reseco le estrechaba los pulmones. Enganchaba los dedos gordos como garfios en las honduras mojadas por el último aguacero buscando impulso, y soñaba que agarrándose de las malvas blancas y los troncos que lo rodeaban, podría hacer palanca para impulsarse más y más, hasta arrollar a la gallina, dejándola chiquita y ensangrentada, mientras él tomaba altura quemando el peso de su cuerpo en el revés del día.

Para su júbilo, vio que la gallina llevaba las alas abiertas y caídas, desmadejadas por el fogaje, que apenas soltaba astillas de cacareos  y que iba arreando poco a poco el triunfante velamen de su cresta. Era cosa de estirarse en otro empuje, alargar la mano por delante de su sombra y retenerla por la cola. Empezó a hacerlo, realmente lo iba haciendo muy bien, el envión era perfecto, la inclinación del cuerpo, ideal.

La sombra del aguacate escudriñaba al perseguidor prestándole silencios, pero tuvo que enredársele el pie derecho en un bejuco, haciendo el efecto de arco que dispara.

Días antes, él mismo había ayudado al viejo a desmalezar la arboleda. Machetearon los arbustos inservibles, quedando los troncos como velas apagadas, algunos cortados de chanfle, con la punta muy aguzada.

Y sobre uno de éstos troncos se precipitó su abdomen. Le entró por debajo del ombligo.

Primero sintió una resistencia; después todo fácil, lubricado, insensible. El extremo del tronco de aroma chocó contra una vértebra dorsal, la desplazó desgarrando ligamentos y medula, y salió brillando rojas humedades por su espalda.

Así quedó la persecución fijada como una fotografía. Y con rabia vio que la gallina, saliendo por el otro extremo de la arboleda, como rodando, se abalanzaba sobre el cañaveral.

El sol fue a caer detrás de la casita de guano, donde ya no pudo ver la mancha de la vieja, porque los cafetos se habían repartido el paisaje por aquel lado. Las nubes cebadas rodaban viento abajo y una polvareda más roja que su sangre lo estaba borrando todo.

Esperó unos segundos seguro de despertar, como en cada una de sus muertes. Despertar trémulo, sudado, pero contento y poderoso. Mientras, pudo ver sus manos como queriendo escapar del cuerpo, allá delante, crispadas sobre las hojas y las piedrecillas blancas. 

Celedonio no quiso mirar detrás, tuvo la sensación de que él empezaba a partir de la herida.

Así vio llegar dos puerquitos de cuarenta días y tuvo que cerrar los ojos, pues le mordisqueaban la nariz y las pestañas, hasta que los espantó con un grito largo y desgarrante. El alarido de saber que  estaba muriéndose en una maldita hora en que no dormía.

 

Pastor Aguiar

 

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Respuestas a esta discusión

Bueno, yo decía por emular el título del film gringo "Nacido el 4 de Julio", sólo que guionizado con otro concepto, uno bien especial. En fin, como decimos nosotros, y tal vez igual ustedes: "A otra cosa, mariposa".  

Pastor Aguiar dijo:

Pero antes de que esa fecha se hiciera tristemente celebre, amigo, al menos para mi. Un abrazo.

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