Si bien todo empezó de la manera más burda e inocente – con unos viejos zapatos de tacón encontrados por casualidad en el desván de una vieja casa abandonada –  en el fondo siempre supe que nunca fui una persona decente.
La prueba de ello es que escribo esta memoria desde mi celda en espera de mi ejecución.

Recuerdo perfectamente la impresión que sentí al ver aquel calzado, destacando casi como objetos vivos y aun brillantes entre tanta basura y escombros, aunque sigo sin comprender como pudo ese pequeño descubrimiento influenciarme tanto con tan solo nueve años de edad; Entonces aun era imposible que entendiera el significado fetiche de un objeto – ni siquiera puedo asegurar que conociera la palabra - pero aquel suceso, sin duda, fue determinante para el resto de mi vida.

Los extraje con cuidado, casi con devoción, de entre todos aquellos restos de pared y madera, me quite la camiseta y los envolví delicadamente como si fueran cachorritos para llevarlo escondidos de este modo a mi habitación.
Durante varias noches disfruté en el silencio de mi cuarto de la imagen que reflejaba en el espejo con ellos puestos en mis pies, aunque evidentemente me venían demasiado grandes. Pero eso no importaba demasiado.

Sentía una mezcla de inexplicable excitación junto a la sospecha de estar haciendo algo prohibido, retorcido o depravado. No se bien como explicarlo con palabras de adulto, pero si se que aquella sensación indescriptible después de la primera vez nunca se volvió a repetir del mismo modo. Al menos con aquella intensidad primera.
Creo que fue entonces cuando elaboré una de mis teorías: La de “las primeras veces”, que fui confirmando en las siguientes acciones del resto de mi vida.

El descubrimiento por parte de mi madre de mi insignificante secreto me llevó a elaborar otra importante teoría: Cuando me vio con aquellos zapatos puestos se escandalizó, me interrogó, me abofeteó y después para mi desesperación los quemó delante de mí;
Supe inmediatamente que me odiaba.

Pasaron algunos años y, como nunca pude olvidar aquellos zapatos, decidí que debía ir buscando otros sustitutivos. Fue entonces cuando comencé con los robos en casa de los vecinos. Pequeños hurtos que consistían mayormente en prendas de ropa interior femenina, discretos abalorios y algunos objetos personales que usaba y lucia privadamente en la tranquilidad de mi cuarto.
La primera vez que entré furtivamente en casa de una vecina volví a sentir aquella sensación, confirmando mi principal teoría de “las primeras veces”.
Aquel miedo mezclado junto a la excitación y riesgo me volvía loco.
Así que, progresivamente, fui siendo mas audaz y persistente arriesgando a veces hasta el límite de invadir silenciosamente los dormitorios incluso con sus ocupantes durmiendo sin sospechar nada a pocos metros de mí.

Nuevamente, como pasaba tantas horas encerrado en mi habitación desperté las sospechas de mi madre y fui fatalmente descubierto mientras me probaba los últimos trofeos adquiridos con mis saqueos.
Esta vez no hubo bofetada, quizás por mis incipientes diecisiete años, pero si algo aun más denigrante para mí cuando mi madre informó de mis actividades al borracho apestoso de mi padre. Tener que aguantar su aliento de alcohólico a escasos centímetros de mi cara, mientras intentaba soltarme una incoherente parrafada de sexo, educación y buenas maneras, - cuestiones de las que él mismo no entendía absolutamente nada -  fue demasiado para mi resistencia.
Justo en ese instante fue cuando supe que les odiaba a ambos.

Solo al cabo de un par de años y ya desligado de los “controles” paternos, cometí mi primer error grave abalanzándome violentamente contra una vecina cuando una noche fui descubierto mientras asaltaba su casa y hurgaba entre sus pertenencias.
Durante el juicio se dijeron atrocidades de mí;  Que si era un depravado, un monstruo en ciernes, un abusador…Incluso llegarón a insinuar que un posible asesino.
Pero ya que las lesiones que le infringí no pasaron de un par de insignificamtes apretones en el cuello – solo porque me asusté y con la única intención de dejarla inconsciente – pagué mi deuda con unos meses de confinamiento en un centro de baja seguridad, en el que conocí a personajes ciertamente muy interesantes.
Otros, como los que me violaron reiteradamente, los que me robaron, los que me pegaron, ya no me parecieron tan instructivos. De ellos guardo un recuerdo casi fotográfico tanto de sus caras como de sus nombres.

Si la función última de los regímenes penitenciarios es la reinserción social y con los malos hábitos corregidos, puedo decir en voz alta que no se consigue.
Las vivencias, las actitudes y los pensamientos de aquellos que conocí durante mi estancia en aquel centro no hicieron más que confirmarme que la sociedad pertenecía solo a unos pocos de los que me sentía ampliamente excluido, ya que con apenas veintiún años y a causa de mis antecedentes no conseguía un trabajo en condiciones una vez finalizado mi internamiento.
Fue entonces cuando determiné que odiaba intensamente a aquella sociedad que tanto me repudiaba.

Me dedique durante algún tiempo, ya que no podía hacer otra cosa, a vagabundear de aquí para allá cometiendo pequeños hurtos para subsistir, recogiendo chatarras y objetos usados, trabajando eventualmente en gasolineras, tiendas o granjas.
Mi vida se había convertido en un camino llano, sin emociones ni expectativas.
Ciertamente era de lógica que aquella teoría predominante de “las primeras veces” volviera a resurgir ya que no disponía de ningún otro incentivo y en busca nuevamente de aquella emoción fue cuando me sentí preparado para realizar en cualquier momento mi primer gran asalto.
Realmente no era más que un proyecto en mi mente, una fantasía que me turbaba y me excitaba sobremanera; Una fantasía, si, pero aferrada fuertemente a mi ser y a mis necesidades de venganza..

Por aquella época – ya tenía veinticinco años – sucedió que comencé a mantener una pequeña relación con una chica del pueblo que acababa de conocer. Y digo pequeña relación porque realmente no habíamos pasado aún de algunos besos o tocamientos más o menos inocentes. Creo que debido a mi condición de ex-convicto aquella muchacha no llegaba a confiar en mí, cosa que me molestaba intensamente.
Las garantías que le ofrecía con mi trabajo en la tienda, mi paciencia, dedicación y amabilidad con ella en todos los sentidos no parecían serle suficientes en modo alguno.

Una noche, en la que había salido bastante irritado de aquel miserable trabajo, había quedado con Mary – llamémosla así – y terminamos tomando algunas cervezas en el bar hasta que echaron el cierre.
Decidí que era mejor que la acompañara a casa – ¡hay tanto loco suelto por ahí!, le dije – y a ella le pareció bien. Con un pequeño beso en los labios nos despedimos en su puerta y aunque le solicité algo más, me indicó que ya era muy tarde y estaba cansada. No negaré que mi primer sentimiento fue de ira y frustración pero, de algún modo, también de respeto.
Me marché algo confuso por aquellas contradicciones y al rato recordé que Mary se había quedado sin saberlo con mis llaves. Digo sin saberlo porque en el bar mientras ella estaba en el aseo introduje mis llaves en su bolso, principalmente por que me molestaban en el bolsillo – o quizás inconscientemente con la intención de volver a su casa con aquella excusa -.
Del modo que fuera me encontraba en la calle sin las llaves de mi casa, así que volví sobre mis pasos dispuesto a pedírselas.

En casa de Mary aún había luz así que llame con despreocupación a su puerta.
Me abrió un joven semi desnudo con una escueta toalla enrollada como única vestimenta, más o menos de mi misma edad. En principio pensé en que se trataba de su hermano, hasta que recordé que Mary vivía sola.
Me quedé perplejo y pregunté por ella justo cuando se asomaba a la puerta vestida tan solo con su ropa interior y unos preciosos zapatos rojos de tacón
Se disculpó con un “lo siento” y una retahíla de excusas que ya no llegué a entender porque ya no le prestaba atención. Le pedí mis llaves y me marché con la mente a punto de estallar sin querer oír más explicaciones.
Solo podía pensar en lo injusta que estaba siendo mi vida.

Pasaron un par de horas más y, desde el sitio que estaba apostado, vi como aquel joven abandonaba la casa después de darle a Mary un largo y húmedo beso desde la puerta.

Alcanzarlo por la espalda y propinarle un fuerte golpe en la cabeza con un palo que me agencié fue cosa bien fácil. La sorpresa siempre había sido una gran aliada para mis tropelías. Una vez en el suelo le salté algunos dientes con unas cuantas patadas bien dirigidas y me aseguré de dejarlo inconsciente para que le resultara difícil recordar con exactitud lo sucedido. Era la primera vez que daba una paliza de aquella manera y he de reconocer que me resultó bastante excitante y gratificante;
Pero no suficiente.

Lo dejé desvanecido, lo oculté tras unos arbustos y me acerqué de nuevo sigilosamente a la casa. Forcé fácilmente una ventana y penetré en la habitación de la chica que ya dormía placidamente. En la penumbra el aspecto de la cama muy deshecha, la ropa y zapatos tirados por el suelo y las sabanas arrugadas denotaban que había habido mucha actividad recientemente. Quizás la palabra para describir lo que sentía en ese momento al ver aquello pudiera haber sido “Furia”, de no ser por la inusual mezcla de riesgo, miedo y placer por lo que estaba a punto de hacer. Así que podriamos denominar mejor a aquel sentimiento extraño como "Expectación".

Agarré silenciosamente una de las medias que encontré en el suelo y la pase suavemente por su garganta procurando no despertarla. Cuando lo había conseguido me quedé un par de minutos fascinado mirándola, sin ejercer la menor fuerza, disfrutando o quizás alargando el momento para poder grabarlo perfectamente en mi memoria; Pero justo en ese instante, despertó.

Gritó con un sonido agudo, casi como un animal, que me asustó sobremanera y entonces apreté y apreté la media violentamente para acallarla.
Nunca podría haber imaginado que una chica tan aparentemente frágil como aquella tuviera tanta fuerza y destreza, ya que antes de poder asegurar bien mi estrangulamiento se zafó de mi con unos cuantos golpes bien lanzados y un zarpazo  muy doloroso me que marcó la mejilla con el rastro sanguinoliento que trazaron tres de sus afiladas uñas.
Gritaba como una loca y poniéndose en pie rápidamente se dirigía hacia la puerta sin duda con la intención de escapar y denunciarme, aunque yo realmente aún no le había hecho nada. Eso era algo que no podía permitir.
Agarre del suelo uno de los zapatos rojos de tacón y la golpeé con fuerza en la base del cráneo. Inmediatamente cayó desplomada.
Tuve que esforzarme para retirar el zapato ya que el tacón se había introducido hasta casi la mitad en el interior de su cabeza.
Me quedé observando casi hipnotizado el cadáver durante algunos minutos; Mientras, mi excitación llegaba a su cumbre.


Salí de aquella casa tan sigilosamente como había llegado después de comprobar que no había luz en las ventanas de los vecinos.
En mis manos portaba una sabana enrollada, manchada de sangre, y en su interior delicadamente envueltos, su par de zapatos de tacón como trofeo.
En pocos segundos me perdí en la noche como una sombra más.

Al día siguiente averigüé por los noticiarios que el joven también había muerto debido a la brutal paliza que le propiné y, aunque no quedaban testigos de mi acción, decidí que lo mejor era cambiar de aires lo antes posible.

Este fue el primero de mis asaltos y quizás por eso lo recuerdo especialmente, con más detalles, con más significancia.
En los siguientes nueve años estrangulé, acuchillé, violé y maté a dieciocho mujeres, tres hombres, un niño y tres niñas, como expliqué exhaustivamente en mis declaraciones en el juicio, en la prensa y ahora finalmente en esta memoria.
Mañana, a las doce en punto, acabaran con mis sufrimientos con una maldita inyección y se terminará, por fin, esta historia injusta.



“Son las doce y tres minutos y ya estoy inmovilizado en esta camilla. He pedido que me venden los ojos porque no soporto ver a la gente que me mira detrás de ese cristal, como si fuera un animal o una atracción.
Quizás no debí pedirlo porque ahora no se que es exactamente lo que están haciendo. Solo oigo ruidos metálicos, algún cuchicheo y sobre todo el ruido ensordecedor del silencio. Se que no tengo miedo, pero me siento intranquilo. No sé, no me imagino que puede ocurrir, que es lo que voy a sentir.
Tanta muerte que salio de mí y curiosamente nunca pensé en lo que se sentiría al morir.
Siempre tuve la sensación de que era inmortal, ¡que tontería!, aunque supiera que eso no era posible. Pero nunca, ni por asomo, imaginé este modo de morir.
Era más lógico suponerse con ochenta años, achacoso, viejo y decrépito.
Que dejaría este mundo placidamente desde la tranquilidad y calidez de mi cama, en mi casa. Pero esta vida me ha demostrado que es injusta. Todas mis expectativas, mis deseos y mis acciones han sido igual de injustas. Igual de injustas que las muertes que propicié. Nunca he podido entender el sentido de todo esto, el fin último de esta existencia, de esta sociedad que forja alimañas como yo.
Que di muerte con mis manos humanas, del mismo modo que otras manos humanas me daran muerte.
Me siento insensible. No puedo arrepentirme de lo que he hecho, incluso ahora que quiero hacerlo. Simplemente, no me sale de dentro.
Solo siento frío y un horrible sabor en la boca, como a hierro.
Las venas me arden, aunque no he notado ningún pinchazo. Imagino que será por el primer líquido que me estarán inyectando, que es el anestésico que hará que deje de respirar para que pierda el conocimiento y deje de notar los otros líquidos que corroerán mi hígado, mis pulmones y mi corazón.
Ya está todo en marcha, sin duda…ya no siento frío, ni calor ni nada.
En realidad es una muerte dulce que no me merezco después de haber causado tanto dolor…supongo que todos a los que torturé hubieran deseado morir como lo estoy haciendo…sin dolor…con tranquilidad…con sabor en la boca a hierro e injusticia…

…solo luces difusas a mi alrededor…un limbo negro de sombras y reflejos…sonidos que no se ni de donde vienen ni de que son…siento mareo y agobio…floto en la nada más absoluta pero sin embargo, se que estoy….de repente esa luz…esa luz potente que me atrae, que me llama…me deslizo hacia ella…me deslizo…me caigo…"



El medico me agarro por las piernas y una flash inmenso de luz me rodeó como una manta. El frío es horrible pero me están envolviendo en algo y mis pulmones estallan en un amargo llanto.
- ¡Enhorabuena señora, - dijo el doctor – es una preciosa niña!

Pero claro, yo no entendí nada.

Inocentemente, acababa de nacer.

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