La vela

En una iglesia había una vela que ardía y jamás se consumía. Su llama permanecía inalterable pese al paso de los años y parecía que el tiempo se había detenido para su cera, que en un determinado momento dejó de fundirse con el fuego y se secó. Las leves corrientes de aire que había en el edificio movían la llama, que se balanceaba de un lado para otro, pero nunca se apagaba.

Lorenzo era el sacristán del templo y se encargaba del mantenimiento del lugar. Es por esto que fue él quien advirtió primero el fenómeno. En un rincón del transepto la vela se hallaba rodeada de muchas otras iguales a ella. Por la noche, Lorenzo pasaba a apagar las que aún quedaban encendidas y que a lo largo de las horas habían ardido en favor de la misericordia de los devotos cuya voluntad y limosna las había encendido. Fue en ese momento en el que el anciano se dio cuenta. Con el cono de bronce ahogaba los fuegos uno por uno con la calma parsimoniosa típica de aquellos que ya han hallado en la vida lo que buscaban. Al levantar el objeto se dio cuenta de que la lumbre no se apagaba. Volvió a taparla y al alzar el cono, ahí seguía, quemando. Se incorporó pensativo observando la perfecta y estilizada lengua de fuego. Se agachó y sopló tan fuerte como pudo. La llama se agitó y parecía que estaba a punto de fragmentarse en mil pedazos, deshaciéndose y fundiéndose con el aire. Pero cuando cesó el vendaval, ahí seguía, estoica e imperturbable. Lorenzo quedó desconcertado y cautivado por aquel ente inmortal, así que decidió seguir adelante y ver cómo evolucionaba la cosa. Como si el extraño suceso no hubiese acontecido, apagó las demás velas una tras otra, y cuando hubo terminado, salió y cerró la puerta hasta el día siguiente.

Cuando la alarma le despertó a las 5:30 de la mañana no estaba seguro de haber soñado o vivido aquel recuerdo tan claro de la noche anterior. Ansiaba llegar cuanto antes a la iglesia para confirmarlo.

El entusiasmo le hizo rejuvenecer varias décadas y casi podía volar por toda la casa. Por la calle anduvo rápido, algo que hacía tiempo que no tenía la necesidad de hacer. El sol de la temprana primavera se intuía ya en el cielo a las seis y media de la mañana y sus rayos navegaban sobre el asfalto adornando el mundo con la gracia del color. Cuando al fin se encontró frente a la puertecita de la iglesia, Lorenzo vaciló al sacar la llave. No era miedo, pero sentía curiosidad, una curiosidad que le inspiraba incluso rechazo. Durante todo el camino había imaginado mil cosas, tantas que no sería capaz de aceptar que la vela se hubiese apagado. Supo sobreponerse y se lanzó hacia la cerradura. Rápidamente apartó la puerta y acto seguido la cerró. Se deslizó sobre las baldosas del suelo hacia el transepto del templo, donde la noche anterior quizás había sucedido lo imposible. Al torcer la esquina asomó Lorenzo resbalando y casi derrumbándose encima de las baldosas del suelo. Cuando logró recuperar el equilibrio alzó la vista. Allí estaba, radiante y luminosa, envuelta en un extraño halo de fantasía y fervor. Lorenzo no pudo sostenerse en pie y cayó  sobre sus rodillas con la mirada en el techo exclamando: -¡Milagro!-

Después de saborear el momento unos segundos más, reaccionó, se levantó y corrió hacia las dependencias del párroco. Atravesó la nave principal y salió por una puerta que había tras el ábside. Cruzó el claustro y fue rápidamente a llamar a la puerta del capellán. Golpeó varias veces la madera pero era temprano y la iglesia no abría sus puertas hasta las ocho. Además, el vicario no oficiaba misa hasta la tarde, así que por la mañana siempre se guarecía en sus estancias a meditar en soledad.

-¡Señor cura! ¡Ha sucedido un milagro!- Gritaba el anciano aporreando con los puños la puerta.

-¿Qué pasa? ¿Quiere dejar ya de dar esos gritos?-

-Señor cura, ¡ha sucedido un milagro!- Exclamó nuevamente con voz entrecortada y sin aliento.

-Eso ya lo ha dicho. A ver Lorenzo ¿qué ha pasado?-

-Venga señor cura, venga a verlo. Si no, no me creerá.-

El sacerdote siguió al anciano con visible expresión de hastío y pesadumbre. Lorenzo le guió hasta el lugar. Caminaba ansioso unos metros por delante del cura y constantemente se giraba para ver si éste todavía le seguía mientras explicaba de forma desordenada y casi absurda lo sucedido el día anterior.

-¿Lo ve señor cura? mire esta vela.- Dijo agarrando el cono de bronce y haciendo ademán de apagar el fuego.

-¿Qué, qué pasa?- Preguntó irritado e impaciente el padre.

-¿No lo ve? No se apaga nunca.-

El sacerdote se acercó a la llama medio apartando a Lorenzo de forma despreciativa con una mano y, aproximando la faz al fuego, sopló con todas sus fuerzas. Como un diente de león desmembrándose por la brisa, el fuego se revolucionó violentamente esparciéndose por el aire durante algunos segundos y su llama se tornó casi transparente sin llegar, sin embargo, a desaparecer. Un regusto amarillento tiñó el aire alrededor de la candela e inesperadamente se formó nuevamente el fulgor sobre la cera.

El señor cura se separó de la bandeja incorporándose pero sin desviar la mirada de aquel punto luminoso.

-¿Se da cuenta señor cura? ¡Es un milagro!- Exclamó emocionado Lorenzo.

El cura meditó unos segundos en silencio. Tras su perfilado rostro se apreciaba la figura del anciano esperando ansioso una respuesta.

-Esto es,… es increíble. Es… ¡es un milagro!-

Lorenzo casi empezó a botar de la emoción al ver que su opinión respecto a aquella anomalía era compartida por el sacerdote.

-¿Qué hacemos, señor cura?-

-Hay que avisar a las autoridades eclesiásticas pertinentes. Llamaré al señor obispo, y aunque no quiera escucharme, ¡yo insistiré!-

La afirmación vehemente del sacerdote hinchió de orgullo y confianza el espíritu de Lorenzo, quien sentía una felicidad plena.

De repente todo se puso en marcha. El señor cura avisó al obispo de la diócesis y, tal y como ya había previsto, éste no creyó en sus palabras hasta que lo vio con sus propios ojos. La noticia corrió como la pólvora y pronto la prensa, primero local y después nacional, empezó a hacer eco del acontecimiento. En las redes sociales y en los blogs de internet, el milagro pasó a ser de escala internacional, y el lugar empezó a llenarse de periodistas, curiosos y científicos. Los primeros días, cuando solamente se sabía en la ciudad, se organizó una tanda de concursos para ver quién podía acabar con aquel fuego divino. Por participar se pagaban cinco euros y el hipotético ganador se llevaba el 50% del dinero. Pero como nadie fue capaz de acabar con la llamita, todo se lo quedó la Iglesia. A partir de la llegada del señor obispo el milagro cobró importancia, y pasó de ser una anécdota de barrio a algo más grande. A medida que la cosa crecía empezaron a salir escépticos. Los vídeos que corrían por la red, en los que se veía a personas dejándose una tras otra los pulmones ante la llama, fueron tachados de trucos y artificios. La Santa Sede se interesó por el milagro, y tras valorarlo detenidamente, el mismísimo Papa de Roma fue a soplar con sus vetustos pulmones tratando de tumbar aquella centella indestructible.

Asimismo, la ciencia tachó el acontecimiento de falacia, y mientras la Iglesia santificaba el lugar y beatificaba al descubridor (cuya muerte, inopinada, precedió a un entierro notorio y celebrado), un equipo de expertos visitó el lugar. Cortaron la base de la vela en varias rodajas para analizarlas y, con el beneplácito de la Iglesia, se la llevaron y la sometieron a varias pruebas. Ante el laboratorio en el que se desarrollaron los estudios, decenas de devotos se manifestaban con gritos y pancartas exigiendo que no perturbasen la voluntad de Dios y que dejasen en paz a la vela. Sin duda, la imagen era ridícula incluso para los mismos científicos. El cilindro de cera iluminando el interior de la cámara de rayos X o la sala de resonancias electromagnéticas; era grotesco. Pero aquellas pruebas sirvieron para constatar que no había nada extraño en aquella vela. Su cuerpo era de cera y su llama se sostenía sobre un cordel de algodón.

Cuando vieron que no había nada que pudieran descubrir, trataron de apagarla sometiéndola a los experimentos más crueles. Primero sumergieron la llama, pero, para la sorpresa de todos, su luz era aún más increíble bajo el agua. La enterraron en arena, pero lo único que sacaron fue una quemadura al desenterrarla. Finalmente, como última prueba, decepcionados por la ineficacia de las anteriores e inmovilizados por las acciones legales que la Santa Iglesia estaba ya llevando a cabo contra ellos, pusieron la vela en una cámara en la que crearon un vacío. No había oxígeno, pero, como alimentada por el aliento divino, ahí seguía como siempre, estilizada, amarilla y albergando un misterio insondable entre los límites de su fuego.

Tras más de un mes de exhaustivos exámenes y pruebas, la vela fue retornada a su sitio, donde fue objeto de veneración y culto. Religiosos de todo el planeta iban a contemplar la perfecta prueba de la existencia de Dios. Las conversiones al Cristianismo se masificaron y la Iglesia Católica sacaba pecho, orgullosa, presumiendo de su verdad frente a los errores de los demás. Los radicales de las otras dos religiones monoteístas cagaron contra el, según ellos,  “falso milagro” e intentaron atentar varias veces en el Lugar Sagrado. La seguridad en la ciudad se acrecentó a marchas forzadas, así como el creciente ambiente místico y la religiosidad. Las iglesias se atestaron como nunca en las últimas décadas y aquella Semana Santa fue la más masiva nunca recordada. Europa se llenó de peregrinos, ascetas y nuevas órdenes religiosas aparecieron de la nada. Alrededor del templo donde había sucedido todo, se amontonó una multitud de iluminados que iban a ver el lugar sagrado. Aquella llama era lo que le faltaba al mundo moderno. Había traído una esperanza, un sentimiento, una palabra que, como el verbo bíblico, esclarecía lo críptico y acababa con la duda. Dios era innegable y tener fe se tornó en algo sencillo. La ciencia se había revelado inútil; aquello iba más allá de lo conocido. Los ateos y los infieles que aún quedaban callaban ante la aparente imposibilidad de negar aquel hecho.  Pero en las sombras, las mentes más brillantes de la Humanidad trabajaban buscando una respuesta.

Algún que otro poeta se aventuraba a augurar el final de esa vela. Con los años, las religiones del libro se reconciliaron, y teólogos de distintos credos discutían el tema en debates retransmitidos por televisión, que inevitablemente se tornaron de nuevo violentos. No conseguían estar de acuerdo en nada, tan solo en que el Mesías había llegado. Los cristianos dijeron que era Jesús, que había bajado de los cielos una vez más. Musulmanes y  judíos decían que se trataba del verdadero Mesías y salvador y atribuían a aquella llama poderes curativos extraños que no pasaron del rumor. En el Lejano Oriente, mientras tanto, los diferentes cultos seguían el acontecimiento con interés y adaptaban a su simbología el mensaje de los cielos.

Con el revuelo y los súbitos conflictos que empezaron a producirse, la vela pasó a un segundo plano. Se convirtió en un objeto codiciado, y se propuso que la ciudad pasase a estar en manos de la ONU para que así todo el mundo pudiese ir a peregrinar. Pero pronto llegó la guerra, y la ciudad, su iglesia y la vela fueron cambiando de manos constantemente.

Mientras la codicia del hombre y su deseo por poseer ese pedazo de materia divina peleaba en la calle, a la llama parecía faltarle el aliento. Nadie se dio cuenta cuando, sin previo aviso, una noche la vela se apagó tras casi un siglo iluminando el mundo.

Sucedió de noche, y pasaron horas hasta que lo advirtieron los peregrinos que entraron cuando la iglesia abrió sus puertas aquella mañana. Una ligera columna de humo permaneció aún durante días emergiendo del deshilachado y negro cordel que durante décadas había sostenido aquel espíritu inquietante, aquella alma paciente y codiciada.

Sin duda, aún hubo pugnas entre los hombres por decidir quién conservaría la reliquia, el mayor testimonio de aquel milagro y de Dios: la vela.

 

 

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