I

La reina levantó la copa de la mesa y se la llevó a los labios. Tragó con lentitud un sorbo diminuto y lento, saboreando los matices del alcohol. Alzó la vista y contempló la sala del trono a su alrededor. Las paredes estaban oscuras. Las pinturas murales no se apreciaban en la espesa penumbra de la noche. Se intuía el perfil de las columnas y el relieve de una puerta al final de la sala rectangular. Tan solo una vela diminuta, una mancha de luz, alumbraba el rostro de su majestad la reina sentada en su trono de mármol y oro.

Por los ventanales se filtraba la imagen de mil estrellas, y llegaba hasta ella el reflejo de los cielos. Las deidades poderosas habían depositado en ella su poder y voluntad, un estigma que los hombres notaban al verla. Todo el mundo se arrodillaba ante la serena e implacable reina.

El ruido de unos pasos lentos pero constantes llegaba desde el otro lado de la puerta. Un hombre entró en la sala. Su atavío era austero. Vestido de negro de la capa a los pies, tan solo su faz era visible como una claridad inesperada. -Majestad- dijo arrodillándose –están todos muertos; no ha quedado ni uno.- La reina permaneció inmóvil durante unos segundos. Pareció despertar súbitamente aspirando violentamente con su nariz. Su pecho se hinchó bajo los abrigos oscuros. Soltó una bocanada de aire por la boca y se levantó. Tomó en su mano el pequeño candelabro con la vela y bajó los cuatro peldaños del trono. Avanzó hasta hallarse frente a aquel siervo. Su rostro sugería temor profundo. Ella era hermosa, pero no pertenecía a este mundo. Su frente lisa y sus ojos grandes le daban el aspecto que debían tener los ángeles. Su cuerpo era espigado y grácil. Todo el mundo se veía pequeño ante ella. La reina de  reinas, única y elegida entre todos por los dioses.

-Y el profeta, ¿has matado al profeta?- La cara del siervo cambió denotando nerviosismo.          -Nadie sabe dónde está el profeta.- La reina volvió a darse la vuelta y fue hasta su trono. Se sentó y volvió la mirada hacia el individuo que permanecía en pie, temiendo por su vida, a unos metros de ella. -El Profeta es un hombre sabio. Se habrá ido a las montañas, donde se cree a salvo entre los suyos.- El siervo se agitó sudoroso. -A… así es señora. Todo el mundo cree que está escondido allí.- -Bien.- Afirmó la reina. -Vete.- El siervo se arrodilló y se fue. Cerró la puerta y se oyó como una voluntad profunda hacía caer su cuerpo desprendiéndose escaleras abajo como un peso muerto.

La reina volvió a coger entre sus dedos la copa con el licor. Bebió un poco más y dejó de nuevo la copa en la bandejita. Sus ojos brillaban azules en la oscuridad. Debía permanecer aún muchas horas en el trono hasta que llegase el día. Así eran sus noches, siempre en vela, pues ella nunca dormía.

_

Se deslizó un manto rojizo sobre las nubes grises e impregnó el cielo su amanecer dorado.  Como un martillazo en la fragua del herrero, el azul rompió la noche y surgió el día. La reina seguía sentada en su trono dando pequeños sorbos a su copa con alcohol. Se extendían por las paredes las imágenes de la misma muerte y su poderío inefable. Aquellas pinturas, realizadas por los dioses, mostraban ríos de sangre y el rechinar de los dientes. El llanto de los hombres y en sus ojos el terror. Un cielo oscuro en el que volaban pájaros ahogados por lazos de seda.

La reina contemplaba las obras de sus amos, los únicos a los que realmente servía, con la satisfacción que se tiene al evocar los buenos tiempos. En su rostro se intuía una mueca de desasosiego pensando en el futuro y en su deber. Se levantó y caminó hasta un ventanal. Contempló la ciudad y su grandiosa forma. En el horizonte infinito se veían las montañas dispuestas cónicas sobre la llanura. Las calles vacías, solo pobladas por los espíritus de los que en su día moraban los hogares deshabitados, dejaban correr el viento sobre su asfalto. Una cuadrícula perfecta se extendía muchos quilómetros hasta el río que delimitaba la Ciudad de los Dioses, coronada por el gran palacio de la reina.

Se abrió la puerta y entraron unos hombres. -¿Han encontrado algo en las montañas?- Preguntó su alteza. -Hemos enviado un batallón de la guardia que ha sido repelido por los salvajes.- La reina se dio la vuelta y miró a los dos militares. -Quiero ver a los ajusticiados.- Sentenció. Uno de los dos generales hizo una breve reverencia y se puso en camino. Tras él caminaban su compañero y la reina, siempre con paso majestuoso apenas sin extender las piernas al andar. Bajaron las escaleras y llegaron a un gran patio. Entraron en las mazmorras y allí se encontraron a dos guardias que les acompañaron hasta la sala de ejecuciones. Decenas de cadáveres aún colgaban de las cadenas. La reina caminó paralela a todos ellos contemplándolos con sus brillantes ojos azules. Las almas de aquellos desgraciados la observaban con temor. El suelo estaba encharcado de sangre.

-Señora, éste era el líder.- Dijo el general deteniéndose en uno de los cadáveres. La reina podía ver su alma escondida tras la piel, encadenada junto al cuerpo. Los ojos del ejecutado la miraban temerosos pero con cierto orgullo. La reina levantó una mano y le acarició las mejillas con uno de sus dedos largos y blancos. Con el contacto de su piel, la cara del ajusticiado se convirtió en polvo.

-Tu condena nunca fue la muerte.- Le dijo la reina al espíritu. -Salgamos de aquí. Y que no entre nadie, encerrad a estos miserables para siempre.-

_

Volvía a hallarse en su trono, aposentada sobre el mármol y el oro, sintiendo el mundo bajo sus pies.  Miró las columnas, aquellas enormes piedras traídas desde el cielo por los dioses.

Se miró la reina en el mercurio de su copa, y se vio hermosa y anciana. Veía en sus ojos los años y el dolor, y veía en su alma la oscuridad y la decadencia. Sentía la desazón de cada mañana ante el inexorable paso del tiempo y la imperturbabilidad de su vida.

 

 

 

 

II

El rey de los hombres se sentó en su roca y se contempló en una brizna de viento. Escuchó lo que los árboles le tenían que decir y no oyó nada. Pensó en su destino y en su futuro. Pensó si podían ser cosas distintas. Pensó en quién era y si los dioses se lo podrían perdonar pese a todo. Pensó en la roca sobre la que reposaba cada día meditando y pensó si algún día alcanzaría lo que buscaba. Miró el cielo y contempló las nubes y los sueños. Vio un ave volar cerca de la mansión de los dioses y se sintió débil y putrefacto.

Al dormir, soñó con un recuerdo. Soñó que volvía al palacio de las sombras. El desierto en el horizonte y el azul en lo más alto. La roca de un marrón claro, el suelo de tierra, como barro seco. Las ruinas del antiguo y magnífico palacio. Los arcos y los muros aún en pie, tan solo el techo había sido extraído por los dioses, para conocer el alma de los hombres. En el suelo, las sombras avanzaban de un lado al otro, como seres caminando; simplemente hombres caminando. Pies inherentes al suelo, susurros y silabeos lejanos, filtrados por la tierra y la superficie. Emergía la imagen de un mundo subterráneo, quizá eran los sueños de los hombres, quizá tan solo la realidad, pero allí, entre las rocas y los muros, miles de sombras como huellas caminaban de un lado al otro, sin orden aparente, sin sentido evidente, como una exhalación de vida entre la muerte y el recuerdo. Allí, suspendido en lo onírico, vivía el Profeta, el hombre enfrentado a los dioses y a sus semejantes. El Palacio era su vida y era él mismo. El Palacio era su hogar pues allí moraba.

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Respuestas a esta discusión

Gracias!

Me atrae también tu forma de contar, además del asunto que acá narras al detalle. Al final me queda cierta duda acerca del profeta y el palacio, donde al comienzo estaba la reina que lo perseguía, como si tuvieran algo en común. Un abrazo, amigo.

Gracias a ti también Pastor por tu comentario. Lo cierto es que la intención del cuento es ser confuso, sugerente más que otra cosa, ya que pretende ser el principio de un ciclo de cuentos.  

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