Recuerdos de Infancia

Años de Guerra

Cuándo yo nací el mundo estaba al borde de la guerra. De hecho, entonces España se debatía en la Guerra Civil, pero vendría después la Segunda Guerra Mundial que se inició en el ´39, un año después de mi nacimiento. Habría de terminar en el ´45, justo en agosto, cuando cumplí siete años.

En diversas ocasiones he escrito otros recuerdos de infancia. También he apuntado que en buena medida son un “Memorial de la Desmemoria” toda vez que, en este larguísimo túnel del tiempo al que vuelvo la cara para atisbar hechos, inevitablemente se presentan sombras difusas cuando no verdaderos umbrales apagados. Ya de suyo debo dar gracias al Señor que me han sido dables más las luces que las oscuridades.

Esperaría yo que al menos habría de recordar los aconteceres bélicos por cuando tenía entre cinco y siete años, los últimos de la guerra, pero no ha sido así. No ubico que en casa se hablara de la guerra, tampoco en la escuela, entre los cuates y la gente en general; tampoco me ha quedado huella de que lo leyera en los periódicos, a los que ya tenía acceso a los seis siete años. Mis recuerdos no son directos; son, diría yo, colaterales a lo que ocurría de las campiñas francesas a las estepas rusas, del Canal de la Mancha a los mares de Japón. En cierto modo anecdóticos, irrelevantes, tan sólo ecos triviales en mi cotidianidad infantil de lo que ocurría en el mundo. Dibujitos que hacía en la escuela, canciones que escuchaba, y hasta alguna peculiar vestimenta confeccionada por mamá, cosas así.

Aunque debo decir que sí se impregnó en mi memoria, así sea de modo impreciso, alguna conversación que mamá tuvo conmigo, en que me habló, con tonos sombríos, de lo que padecía la gente a la que la guerra había afectado su vida. Debo suponer que la intención de mi madre sería hacerme ver que nuestra situación era privilegiada, habiendo países enteros que padecían hambre, carencias y sufrimientos.

Así pues, de aquellos recuerdos “colaterales” debo traer a cuento que la guerra se reflejaba hasta en los juguetes de nuestro propio país. Yo tuve unos hermosos bolos de madera diseñados como soldados. Los había, desde luego, alemanes, ingleses, japoneses, estadounidenses, todos ellos artísticamente pintados con sus correspondientes uniformes militares. Claro, estaban de moda los juegos de “soldaditos”, pero ellos siempre fueron parte de los juegos infantiles de toda época, hoy especie extinguida por eso del plomo. No ellos sino mis lindos bolos son los que recuerdo.

Mamá, que solía hacer ella misma mi vestimenta, tuvo alguna vez el detalle de inspirarse en el uniforme de los soldados japoneses, que se caracterizaba por incluir un cinturón – si es que vale llamarse así- cruzado diagonalmente sobre el pecho. Así fue que en aquellos tiempos yo lucí un trajecillo de tono similar al uniforme nipón. En la versión infantil que mamá aplicó, con pantaloncitos cortos, pero en que sobre la camisa, del hombro izquierdo a la orilla derecha del pantaloncillo, cruzaba esa tira de cuero que urdió mi mamá.

Sí recuerdo que en la escuela hacíamos dibujos que tenían obvia relación con la guerra. No que fuera parte de nuestras actividades escolares, sino de nuestra diversión infantil. Ciertos dibujos como que se convirtieron en un “cliché” y tal sería el caso de los barcos de guerra, todos los dibujábamos igual. El trazo parecería el de un pastel de varios pisos, en que cada uno es inferior en tamaño al de abajo. Así hacíamos los barcos, dibujando un largo trapecio invertido como base y encima una sucesión de rectángulos, tres o cuatro, reduciendo su base hasta que el de más arriba parecía una torreta. En los dos extremos de cada “piso” dibujábamos una pequeña rayita equivalente a un cañón. En grupo o solitariamente nuestra imaginación se abstraía simulando situaciones de guerra. De los “cañones” trazábamos con lápiz trayectorias balísticas, destruíamos barcos y aviones enemigos, ganábamos batallas, éramos héroes efímeros.

También dibujábamos aviones. Parece que el diseño ha sido el mismo de siempre, por alguna razón todos los niños, de todas partes, desde que existen los aviones los han dibujado igual, o casi igual. Ah, pero nosotros aprendimos a dibujar unos aviones especiales. Eran la interpretación de los famosos Tigres Voladores, llamados así por tener pintado, en la proa de la nave, las fauces de un tigre. Años después habría de saber que originalmente fue un escuadrón especial de apoyo estadounidense a China cuando fue invadida por Japón y, ya desencadenada la segunda guerra mundial, se incorporó a las fuerzas aliadas. Esos famosos aviones, los Tigres Voladores, fueron motivo de nuestra admiración infantil.

En la escuela también practicábamos guerritas de aviones en modalidad papel y lápiz. Las hacíamos entre dos, uno contra otro. El campo de batalla era una hoja de papel, se le trazaba una raya transversal por la mitad, y así se ubicaba a los dos bandos en pugna. Luego, sobre cada mitad dibujábamos, a partes iguales, cierta cantidad de “avioncitos”. El máximo concepto de abstracción gráfica: una pequeña raya y, a la mitad, una bolita. Luego, la batalla consistía en sentarse uno frente al otro, cuaderno de por medio, y cada quien, alternando turno, lanzaba su lápiz de afilada punta contra los avioncitos dibujados del contrario. Si se acertaba atinarle, el avión “impactado” quedaba fuera de combate, lo que se hacía tachándolo del papel, generalmente con grandes aspavientos gráficos, sin contar los orales. Así es como me gasté muchas puntas de lápices y desperdicié muchas hojas de cuadernos.

Por cierto, México no sólo participó formalmente en la Segunda Guerra Mundial con los Aliados, contribuyó incluso con un escuadrón de aviones, el muy famoso Escuadrón 201. Famoso, al menos, entre los mexicanos. Después de la guerra se hicieron homenajes a sus pilotos y, sobre todo, la memoria del Escuadrón 201 perduró por muchos años como el mejor. Desde luego, nuestro patriótico cine nacional contribuyó con algunas películas sobre el ilustre escuadrón. Pero nosotros, los niños de la época, fuimos los primeros en rendirle homenaje, pues los dibujitos de aviones siempre los identificábamos con el número 201.

Cuando evoco mi viejo barrio recuerdo una escuela para niñas que se ubicaba cerca de mi casa y, pegada al recuerdo, escucho la entonación de un himno que acompañaba a sus ceremonias cívicas. Se me quedó la frase melódica de “América inmortal, faro de luz, faro de libertad…” Según yo, aquel himno lo cantaban por los aconteceres bélicos, pues la escuela no se llamaba América, lo que haría congruente la interpretación de dicho himno. Tampoco creo que se refiriera a los E. U. pese a que nuestros vecinos del norte suelen llamar a su país América, pues nunca escuché tal himno en sus películas ni en otro medio. De hecho nunca más lo volví a escuchar.

No himno sino canción popular, acaso con un toque de himno, fue Cantar del Regimiento que, dicen, compuso mi paisano Agustín Lara con motivo de la guerra. Estuvo incluso de moda en aquellos años y creo que no sólo por ir paralela a los acontecimientos sino por ser una buena canción, aunque no de las más famosas ni mejores del Flaco de Oro. Algunos colegios hasta la incluían como número especial que sus alumnos cantaban en las celebraciones escolares. Creo que todo mundo se la sabía: “Cantar, del regimiento / mil vidas que se apartarán / que me cuide la Virgen Morena / que me cuide y me deje pelear / Ya se va, mi regimiento / va cantando ¡sabe Dios si volverá!”.

Cierto día ocurrió en mi barrio, ante mis asombrados ojos y de mis compañeros, un suceso que me dejó huella memórica. Una tarde pasó por nuestra calle un tanque de guerra. Quién sabe de dónde vendría ni adónde iba, el hecho es que pasó. Los adultos que lo vieron, decían que a embarcarse al ferrocarril, lo que parecería congruente pues la estación ferroviaria se ubicaba cerca de nuestro barrio. Nunca supe qué hacía un tanque de guerra en nuestro puerto, pero el hecho es que uno pasó por nuestra calle, ante el estupor de la población infantil. Lo interesante es que las orugas del tanque dejaron sus huellas en el pavimento de asfalto, que a veces se hacía más blando por el intenso calor. Por mucho tiempo quedaron esas marcas visibles del hecho insólito que una vez aconteció. Con mi familia dejé mi viejo barrio, pero muchos años después, ingenuamente volví a mi calle de infancia, expresamente a ver si las huellas de aquel tanque de guerra continuaban ahí. Ciertamente no estaban; la nostalgia nos impulsa, a veces, a cometer iniciativas carentes hasta de sentido común.

La historia de cómo terminó la Segunda Guerra Mundial la sabemos todos. Alemania cayó en mayo del ´45, Japón siguió en guerra y en agosto sufrió los estragos de dos bombas atómicas y capituló. Fue el 6 de agosto cuando se lanzó la primera bomba en Hiroshima, cuatro días antes yo había cumplido siete años de edad.

Por películas documentales he conocido cómo se celebró en el mundo el final de la Segunda Guerra Mundial. Yo no recuerdo cómo se hizo en México y particularmente en Veracruz, si es que se hizo.
Pues sí, el mundo estuvo en guerra mientras yo transitaba del segundo al séptimo año de vida y casi ni me di cuenta.

¡Cómo no fuera por haber portado eventualmente un trajecito de materna inspiración bélica y saber dibujar la versión infantil de los celebérrimos aviones Tigre!

J. A. C.

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Respuestas a esta discusión

Al terminar de leer tus recuerdos infantiles no puedo por menos que retrotraerme a esa época, sólo que mis recuerdos no son tan neutrales en el aspecto de la guerra, yo la tuve muy presente durante bastantes años, pero como la infancia vive los trascendentes momentos sin darles  importancia, también a mi me han quedado los juegos (pobres juegos, digo yo ahora) como fuerte referente. Y como ahora es el momento de comentar tu espléndido escrito y no de invadir este espacio tuyo con réplicas memorísticas (eso lo dejaré para una futura publicación en este medio), pues corto mi rollo y te felicito una vez más por el ejercicio que has vuelto a hacer y, sobre todo, por la neutralidad y buen gusto con que lo has tratado. Me enorgullezco de ser tu amigo.

Mi agradecimiento infinito por tus palabras, amigo Paco. De hecho, escribí este pequeño y sencillo texto porque tú me estimulaste a ello con tu comentario a mi escrito anterior sobre Mi Bella Dama, donde me dices que siga adentrándome en esa fuente inagotable que son los recuerdos. Recuerdos que son como las hojas secas que se nos quedan, del verde árbol que se nos fue.  

Pues que siga tu estimulación...

Amigo, qué bien te ha quedado esa especie de crónica de época, época de por sí imborrable. Me has transportado. Yo nací después, por los cincuenta, en un campito alejado de las noticias, así que no tengo memorias personales de tales hechos. Ojalá el mundo se salve de otra contienda global, porque ahora sería más que catastrófica. Un abrazo y gracias.


Gracias a ti por la visita y comentario. Pues sí, cuando tu naciste ya había concluido la guerra mundial, pero como la humanidad no escarmienta, creo que entonces  ocurría la Guerra de Corea. Catastrófica, lo dices bien, sería otra contienda mundial, por eso no la hay ni creo que la habrá, ahora lo que hay son guerras locales. No tenemos remedio.
Pastor Aguiar dijo:

Amigo, qué bien te ha quedado esa especie de crónica de época, época de por sí imborrable. Me has transportado. Yo nací después, por los cincuenta, en un campito alejado de las noticias, así que no tengo memorias personales de tales hechos. Ojalá el mundo se salve de otra contienda global, porque ahora sería más que catastrófica. Un abrazo y gracias.

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