Conocía el lugar de veces anteriores, pero tenía la sensación de que en un corto tiempo habían transcurrido décadas, por lo que no estaba seguro del camino a la represa; quién sabe si río y estaba imaginándole tamaños a mi gusto.

_ Osva, prepárate que nos vamos de pesca_ Le dije a mi hermano.

_ Ya estoy listo. Tú eres quien lleva lo que hace falta.

Como era demasiado lejos para la corpulencia de Osva, se me ocurrió agarrar la moto de Sinencio, que pastaba sombras de atardecer en el portal contiguo.

_ ¿Te la prestó?

_ No está en casa… ya se imaginará.

Salimos a la carrera, porque quedaban pocas horas de luz y necesitaba ver bien los detalles para no ir a parar a Japón.

La moto ronroneaba mansamente rumbo al camino real, árboles a cada lado que fueron escaseando para dar paso a arbustos, y finalmente sembradíos. Al rato íbamos por un estrecho sendero de tierra. El pueblito había desaparecido a nuestras espaldas.

_ ¡Agárrate!_ Y aceleré para adelantarme al ocaso.

El peso de Osva recargaba la parte trasera del vehículo, haciéndolo, a veces, levantar la rueda delantera como un potro cerrero. El peligro de voltereta me hizo amainar la velocidad, muy cerca de un entronque donde el trillo moría frente a una especie de muro de piedras coloniales.

_ Siempre a la derecha_ Me dije dando un giro brusco.

Traté de recordar aquellos parajes, el campo de plátanos por un lado, la muralla de rocas que fue aplanándose hasta otro campo, esta vez de maíz gritando mazorcas verdísimas.

_ ¿Estás seguro de que es por acá?_ Me voceó Osva temblorosamente agarrado de mis hombros.

_ Lo que es seguro… no, pero el instinto me dice que alguna agua debemos encontrar, alguna vez_ Y me dio por reír a carcajadas.

Media hora más tarde las sombras comenzaban a salir de sus emboscadas y todo fue tiñéndose de un gris mortecino.

_ Probemos por el lado opuesto, por suerte será noche de luna llena y nos sobra tiempo_ Le aseguré a mi hermano.

La moto se supo el regreso de memoria y medio kilómetro más allá del entronque,  ahora por la izquierda, decidí parar para echar un vistazo.

_ Osva, veamos qué hay al otro lado de ese muro.

Escalamos sin dificultad, pues eran apenas dos metros de pendiente inclinada y piedras como escalones. Ya en la cima quedamos lelos ante el espectáculo de un valle que se hundía entre riachuelos de luna hasta confines donde me puse a soñar islotes de manigua, estanques repletos de truchas y tribus de amazonas armadas con flechas.

_ Si no encontramos el pesquero en un rato, vamos a bajar por aquí, que de seguro en el fondo de esa hondonada deben sobrar ríos y lagunas, hasta el mismo fin del mundo.

_ Tú sabrás lo que conviene; pero no me gusta mucho la idea de rodar cuesta abajo_ Aseguró Osva.

La moto quedó olvidada por completo y nos pusimos a caminar con platanares por un costado y la muralla desapareciendo por el otro, hasta que divisamos una especie de batey con cinco o seis casas de madera.

_ Óyeme, Osva, ahora es que me doy cuenta de que no traje avíos, coño, con tanto apuro. Ya alguien nos prestará unos anzuelos. ¿No ves las casas?

_ Quién sabe por dónde andamos. Este lugar no debe estar en el mapa_ Me secreteó Osvaldo medio asustado.

Como si el suelo se encogiera, nos vimos de repente en medio del batey. Una tarima de tablones sobre pilotes de apenas dos pies de altura se extendía delante de una pared de corteza de palma real, sin techo. La luna era como el día.

De inmediato alguien me sacudió.

_ Pepito, carajo, estás igualito. ¿Qué te trae por acá?_ Yo busqué a Osva para que fuera mencionado, pero ni señas de él.

_ Lina, la que no cambia eres tú. ¿Sigues con Alfredo?

_ Claro, y Caruco se casó hace años. Tengo tres nietos. Pero ahora lo que importa es la función del siglo, ya verás.

No tuve tiempo de preguntar, pues sobre el tablado saltó un hombre vestido de blanco esgrimiendo un micrófono. Se colocó en borde delantero y comenzó a cantar, digo cantar porque era lo que la lógica me decía, el movimiento de su boca sin labios que se abría y cerraba y retorcía como si las notas fueran exprimidas por un torno; sin embargo, apenas un susurro, un cuchicheo ininteligible insultaba los oídos.

_ Igualito a Rafael… es Rafael acabado de llegar de España_ Me advirtió Lina.

_ Mujer, si ni se oye, de dónde sacas la comparación.

_ Debes estar sordo muchacho, concéntrate.

A todas estas pude ver la llegada de un ser más alto que yo, flaco como una vara de matar gatos y sin camisa, es más, con un pantalón corto a manera de niño. Se fue aproximando al cantante mudo hasta poder tocarlo.

_ ¿Quién es este fanático?

_ Ah, no creo que lo conozcas, es Rubicundo Jau; pero todos le dicen el bobo de la yuca. Le encanta la música, ya verás.

Y pude ver en verdad la cara del sujeto, alargada en forma de letra ese, con un ramillete de pelos rojizos en la cima y la frente apuntando lateralmente, como si se le hubiera quedado rezagada detrás de nariz y boca, que apuntaban al frente. Boca enorme por donde brotaba una lengua de dos palmos. Ya al lado del supuesto Rafael, se puso a lanzarle lengüetazos de perro enamorado de arriba abajo, empapándole el rostro de saliva, tumbándole el micrófono.

El artista saltó atrás y se perdió entre los platanares.

El bobo, defraudado, se fijó en mí y fue acercándose con la lengua en plena evolución. Podía escuchar los golpes iguales a batir de alas de pájaros prehistóricos.

_ Lina, esto no se hizo para mí, si se me pone a tiro le pateo al lengua.

_ Pobrecito, déjalo que se divierta, le encanta la música.

No puedo explicar cómo tuve la ocurrencia, pero mientras me echaba a un lado, apunté con la derecha hacia el platanar y grité a todo pulmón.

_ ¡Dale, Canelo, síguelo!

Y el bobo de la yuca, en cuatro patas y arrastrando aquella serpiente carnosa sobra  hojarasca y pedruscos, se perdió como una bala en busca del cantante.

 

Pastor Aguiar

 

 

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Respuestas a esta discusión

Ya se te extrañaba, Pastor. Reapareces con un  relato con mucho encanto que hace pasar un ratico de lo más grato. Otra vez la manigua y esos personajes un tanto mágicos; o tal vez se debía entender que muy reales y que tu pluma les infunde ese toque tan singular.

"El bobo de la yuca se quiere casar..."  

Gracias, mi amigo. De todo un poco, pues hay retazos de cosas vividas como el batey, los sembrados, algunos personajes. No faltaba un bobo de la yuca, aunque en la realidad nunca llegaba a la rara apariencia del del cuento. Mucho de eelo lo recreo de sueños, o de alucinaciones eniles, je je. Muchas gracias y un abrazo.

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