—Ahora sí que le cayó comején al piano, vecino nuevo —Mastiqué las palabras en el oído de Alonsa como si ella fuera a digerir el contenido en mi lugar.

Un año de paz tocaba a su fin. Desde que tuvimos que mudarnos a aquella casita de esas prefabricadas que llegan y te las arman en menos de quince días, nos tocó la suerte de un solar bien grande al fondo, colindante con la fábrica de jamones para turistas, una esquina encuadrada por el cruce de calles a la izquierda, y al frente, el terreno de marras como un derechazo donde se acababan de mudar los vecinotes.

Qué coño es un año comparado con todos los que habíamos vivido en la finca de mis abuelos. El vecino más cercano ni se imaginaba, al otro lado del cañaveral, y más corto de conversaciones que yo mismo. Hasta que vinieron los interventores del gobierno con la noticia de que toda la tierra era del pueblo, pueblo ni ocho cuartos, que bien decía el papelucho en grandes letras negras “gobierno revolucionario”.

El único pago fue la casita prefabricada con sus filtraciones de techo y persianas  de madera blanca que a los primeros temporales se hincharon y allá fui yo con parches de cuanto recorte encontré por los basureros.

Menos mal que por lo menos el primer año había sido relativamente tranquilo, como les acabo de contar.

Por aquel entonces yo trabajaba de peón en la granja del pueblo, que no era más que todas las fincas usurpadas juntas. Me pagaban cinco pesos diarios, menos que el precio de una libra de carne de lechón.

Siempre había odiado el robo; pero quien roba ladrón, ya sabes… así que rara era la tarde en que no acarreaba media arroba de provisiones hasta el piso de la cocina.

Pero para qué seguir esquivando la papa hirviendo, es decir, Atanasio Portieles de La Rosa.

Para colmo era domingo bien temprano y cuando entreabrí las persianas ante el escándalo de chiquillos y sonar de muebles, pude verlos apenas a cinco o seis varas de nuestro portal.

De entrada lo aborrecí, sobre todo a él, porque la esposa ni se dejaba ver, mayormente culo en incesante bamboleo tras las cajas.

Los niños eran dos, bien cabezones, padre en miniatura por duplicado, gritones e impertinentes, con una puntería de francotiradores para atravesarse entre los que descargaban los trastos.

Al rato salí al patiecito del fondo, cercado con varas de bambú, y supe que por la parte fronteriza con Portieles de La Rosa iba a comenzar la guerra.

Lo primero fueron las gallinas, siete gallinas enormes y flaconazas que se engulleron hasta las piedras, pues el muy vago del dueño ni se preocupaba por tirarles alguna cosa.

Como mi cerca era bajita, volaban sobre las lechugas y rábanos, al rato escarbando los semilleros de tomates que con tanto mimo yo cuidaba.

No necesité ni saludarlo, es más, a los tres o cuatro días cuando me lo tropecé rumbo a su puerta y casi escupió un “qué tal”, me hice el sordo. Pero lo calculé bien antes de que entrara a su guarida. Era un tronco medio enano, más ancho que alto, supuse que muy difícil de noquear.

Aquella noche Alonsa me dijo arrente al oído, como si temiera ser escuchada por los invasores.

—¿Qué te pasa viejo? No queda otra que irse adaptando a la medicina.

—¡Purgante dirás, coño; enema de keroseno! ¿No has visto esas fieras emplumadas acabando con la huerta… Ah, pero no se va a quedar así. Si el muy hijo de puta tuviera dos dedos de vergüenza se hubiera imaginado que esos bichos iban a joderme la siembra.

La próxima vez que fui a la granja me llené los bolsillos de maíz, y ya en casa lo sumergí en alcohol hasta que los granos se hincharan a más no poder.

Por primera vez en tantos días tuve un rato de felicidad mirando el banquete. No dejaron ni por quien llorar y en cuestión de minutos dormían la borrachera entre los muñones de las lechugas. Nunca fui abusador con los animales, pero en aquel instante más que gallinas eran Atanasios desvergonzados invadiendo mi propiedad.

A dos de las desgraciadas les partí las patas y al final a todas las revoleé por encima de la cerca como proyectiles. Parecieron bombas sin estallar cuando aterrizaron entre los tachos de basura del enemigo.

De inmediato me fui a la sala para afilar el machete, pues no pensaba disculparme por algo así.

Pasaron dos horas y nada. Un olor a fricasé invadió el ambiente y se escucharon portazos y aullidos de muchachos a medio masacrar.

—No creas que se va a quedar así, conozco a ese tipo de bestia traicionera —Le dije a Alonsa, que andaba encendiendo velas por todos los rincones.

Efectivamente, no tardaron en aparecer bolsas de mondongos de gallinas en mi patio y acto seguido los muchachones degenerados dejando caer pedruscos como quienes no quieren las cosas.

—Déjalos, déjalos que se envicien —Me dije cuando ponía el reloj despertador para las tres de la madrugada.

Se me había olvidado decir que al otro lado de la calle, al frente, aún quedaba un terreno repleto de arbustos y escombros, y allí fui a ocultarme cuando sonó la hora. Los grillos borraban el ruido de mis pasos. Apenas a veinte varas tenía la puerta de Atanasio. Agarré par de piedras de casi media libra y como en mis tiempos de jugador de baseball las lancé con todas mis fuerzas contra el rectángulo de madera que retumbó endemoniado, astillándose.

El matorral me protegía, y pude ver que al instante el enanote salió en pelotas, con una tranca de aluminio.

— ¡Si tienes cojones asómate!

Como no dijo mi nombre, me quedé disfrutando de mi venganza, hasta que él escudriñó mi casa que parecía un templo. Estuvo varios minutos paseándose como un gallo pelón y finalmente se encerró con tal portazo que acabó desencajando par de tablas.

Cuando la guerra alcanza tales proporciones la iniciativa es fundamental. Algo me dijo que él sabía de cuáles manos habían venido los proyectiles. No se iba a quedar así; aunque tampoco se me ocurrió nada durante el resto de la noche.

Tal era mi cansancio que me quedé dormido, salió el sol y Alonsa me despertó a gritos.

—¡Viejo, la cerca cogió candela, y amenaza con pasar a la vivienda!

Salté de la cama en calzoncillos y corrí al patio. Ya quedaba poco de la cerca, sobre todo por la frontera con Atanasio. Por suerte el tanque de agua lluvia estaba rebosante y pude apagar las llamas que comenzaban a lamer las paredes.

Mis ojos debían estar inyectados con sangre, porque todo lo veía cárdeno y un calor insoportable me volaba las orejas, había perdido la razón, era el muy desgraciado, había puesto la tapa al pomo.

Me fui al cuarto de las herramientas y saqué dos tanques de gasolina que conservaba para cualquier novedad. Como ni cerca quedaba entre nosotros, pasé a mis anchas, con un recipiente en cada mano. Creo que ellos se atrincheraban.

Rocié toda la casa invasora y le prendí fuego, para de inmediato correr dentro de nuestro refugio, desde donde me dediqué a mirar, junto a Alonsa, que había perdido el habla.

Las llamas comenzaron a envolver el techo y los cuatro inquilinos salieron por el frente como locos, hasta el medio de la calle para esperar a la policía que ya se acercaba seguida por los bomberos.

Cuando los uniformados tuvieron todo bajo control y los restos de la casa fueron apagados, salí al portal lamentándome.

— ¡Qué desgracia! ¿Qué ha pasado? ¡Atanasio, por qué no me llamaste para ayudar?

Si los ojos del infortunado hubieran sido balas, yo no estuviera haciendo la historia.

—¿Ustedes vieron algo? —Nos preguntó un policía que debió ser el jefe.

—Bueno —le dije —apenas escuché un correteo por el patio. Como usted debe saber, horas antes la cerca mía fue quemada. Yo ya suponía que era cosa de muchachos, así que me asomé para ver, y los vi precisamente a esos chiquillos de Atanasio regando gasolina y prendiendo fósforos. No tuve tiempo de nada, es más, no pude creer lo que mis ojos estaban viendo.

 

Pastor Aguiar

 

 

 

 

 

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Respuestas a esta discusión

Amigo Pastor: Como primero me asomé a mi ocurrencia de ayer y contesté tu comentario, te dije que ya se extrañaban tus relatos guajiros. Ya sabes que a mí se me dan las sincronías, así que un par de minutos después me doy cuenta que has publicado este relato que no tiene pierde. Guajiro ciertamente, aunque por decreto se pretenda meterlos a la forma de vivir urbana, dejar atrás los bohíos y pasar ahora la vida en casas hechas como rompecabezas, con piezas ensambladas. Pero eso es un aspecto, lo verdaderamente esencial es tu ágil, agudo, ácido, irónico relato descriptivo de una parte de la vida de seres humanos (aunque dirás que unos son menos humanos; ni modo, amigo, eso se ha dado, da  y dará siempre y en todo sistema y lugar) envueltos en la vorágine de las decisiones del poder. La historia, con sus luces y sombras, es humana, profundamentemuy humana y, a la vez, extraordinariamente equilibrado, toda una descripción es que fluye cierta rabia por lo que acontece, se remata con un final en que la picardía nos arranca una sonrisa, aunque no borre el trasfondo de una realidad.      

Muchas gracias, Javier. Eres un fiel lector al que solo puedo pagarle con afecto y respeto por eso de saber lo valioso que es para el que intenta escribir, formarse una idea del efecto causado en el que lee. Tus palabras me animan, y aunque soy uno de mis críticos encarnizados, no niego lo que me place saber que algo, al menos logro comunicar. Yo soy tranquilo, lo menos violento que se pueda imaginar, pero quizás por eso mismo el subconsciente toma venganza de mí en muchas historias en que me doy banquete, ja ja ja. Un abrazo, amigo, y buena semana.

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