Recuerdo que acababa de ensartar una trucha enorme, con el agua al pecho, cuando la fiebre llegó como un rabo de nube en aquel agosto que estallaba sobre la piel.

El hambre me había anunciado la hora y di los primeros pasos a través del fanguizal, mientras halaba media docena de animales vivos. Entonces llegó la patada de caballo de la fiebre. Di unos traspiés y al recuperarme, temblaba como la yerba azotada por el viento del Sur. A duras penas adiviné los entuertos de los pantalones y las mangas de la camisa. Me tendí boca arriba sobre la loma calva que escondía a la laguna de la curiosidad de la guardarraya, pensando que era el ayuno y que unos minutos de sol serían suficientes. Y así sucedió durante un rato, porque el calor regresó multiplicado hasta que los sudores me encharcaron las botas.

— ¡Mierda, qué cosa más rara!

Cuando iba partiendo el batey por el medio, de nuevo me desguazaron los escalofríos. Corrí hasta la puerta del fondo y casi la eché abajo de una patada.

— ¿Qué pasó?_ Gritaba mi madre desde la cocina.

— ¡No sé! Tengo un frío del carajo, no me deja ni caminar. Es la segunda vez en menos de una hora.

Ella vino con el termómetro y me empujó sobre el taburete.

_—Te lo tengo dicho, que tanta pesquería no trae nada bueno. ¡Mira eso, casi rompes el termómetro! ¡Cuarenta y dos grados, madre mía!

— ¡Debe ser un catarro!

—No, nunca el catarro te ha dado tanta calentura.

A la mañana siguiente, después del fracaso del pomo de aspirinas y las compresas con hielo, llegó tía Ángela, quien me revisó de arriba abajo y con manteca caliente me pasó las manos por la barriga, palpando cada órgano hasta hacerme rabiar.

—¿No sabías que Albertino estuvo a punto de morir por el tifus?

—No, nadie me lo dijo.

—Pues sí; creo que eso e lo que tienes.

—Se ve que me quiere mucho, tía. Con esos truenos...

Al rato las vi arrastrando un tanque de cincuenta y cinco galones hasta el pozo, y cubo a cubo lo dejaron casi lleno. Mi madre trajo hielo en un saco desde la bodega del moro y me obligaron a zambullirme allí hasta que comencé a tiritar.

—Ahora le bajó a treinta y cinco. Corre, mujer, trae compresas calientes.

Y así venía la fiebre y el tanque de nuevo. Aquello duró una semana completa, hasta que cuando era sólo huesos y pellejos, la enfermedad se fue en busca de presas más gordas.

Quedé tan débil que vomitaba todas las comidas y a duras penas sostenía pequeñas porciones de agua.

—Se nos muere Angelita. Los caminos son un pantano y creo que no va a soportar el viaje hasta el pueblo.

—Ni lo pienses. Ese medicucho es un mata sanos. Hay que buscar la forma de alimentarlo. Espera, que voy a averiguar una cosa.

A la media hora, como en sueños, oí que tía regresaba. Su vozarrón era tan potente, que aún secreteando, se escuchaba en toda la sitiería.

—Ya hablé con Mireya. Como sabes, el niño suyo tiene un problema digestivo y lo único que puede tomar es leche de yegua. Así que está dispuesta, porque las tetas se le quieren reventar.

Tenía la seguridad de que deliraba. Aquello era un sueño y en cualquier momento despertaría con una taza de caldo de gallina que iba a ser mi salvación.

Y sí, me acabó de despertar mi prima Mireya, sentada a mi lado y sacudiéndome por los hombros.

—Hola Mireyita. Perdona, que no puedo ni sentarme.

—Pues vas a tener que hacerlo. Arriba, te pondré un par de almohadas. Vamos, que esto es lo único que puede salvarte.

Y se abrió la blusa dejando al aire penumbroso aquellas tetas enormes, donde los escasos reflejos jugaban como gatos jíbaros.

— ¡Ni lo pienses, coño! Que no soy un recién nacido.

—Una cosa piensa el cliente y otra el bodeguero. ¡Arriba, que no puedo dejar al vejigo solo tanto rato!

Y sin fuerzas para resistir, con ayuda de mi madre, me calzaron cuanto pudieron hasta que Mireyita me agarró por el pelo y estrujó mi cara entre aquellos senos apoteósicos, calientes y suaves.

—Agarra la que más te guste y no seas descarado.

Cerré los ojos y chupé el pezón más cercano. A pesar de que no tenía fuerzas ni para tragar, aquella leche azulosa se fue abriendo camino y quedé dormido profundamente, para soñar que estaba tirado debajo de la mesa del comedor, años atrás, cuando Mireya estaba soltera y venía a planchar con mi madre. Entonces, fingiendo que jugaba, miraba hacia arriba para verle los muslos blancos y aquella pelambre allá arriba, como una enorme araña. Después salía corriendo hacia el platanal para masturbarme. Era un secreto que guardé celosamente hasta ahora, cuando ella, aprovechando que mi madre colaba café, me dio un tirón contra las almohadas y me dijo casi en secreto y roja como un tomate.

—Atrevido. Me estabas manoseando. Mira que soy tu prima. Como vuelvas a meter las manos donde no debes, te parto la cara.

Pero regresó al anochecer. A pesar de mi vergüenza, la esperanza que me trajo la leve mejoría, me dio fuerzas para dejarme someter.

La leche era interminable, más dulce cada vez y más caliente. Imaginaba que me estaba tragando la laguna con todos los peces juntos y que los patos me hacían nidos en el estómago. Me trabé las manos en los bordes de la cama para no soñar de nuevo, y como la mente es invisible, comencé a regalarme con visiones de paraísos eróticos. Ella se dejaba saquear como un mártir y más de una vez la vi con los párpados entornados y leves temblores en el labio superior, húmedo como una paloma salida del aguacero.

Al cuarto día ya pude dar algunos pasos y al fin no vomité el puré de malanga con ripios de pechuga de pollo.

—Parece otro, hasta se ve más bonito con esas canas que le han salido. ¡Que me arañas con el bigote, tragón! Aprovéchate, que esta es la última toma.

—Después seguro que no te dejas ver el pelo en una semana.

—No, vendré a verte todos los días. Por suerte el niño está mejor y ya le puedo dar el pecho de nuevo; de lo contrario, ibas a tener que ayudar un poco más. ¿Me vas a extrañar?

Mima no estaba presente y miré cómo, muy lentamente, se iba cerrando la blusa de abajo hacia arriba, porque las tetas apenas le cabían en aquella estrechez. Era extasiante y sentí deseos de acariciarlas, de quedarme toda la noche con ellas y soñar un poco más en la realidad de aquellos días en que venía a planchar la ropa con mi madre.

 

Pastor Aguiar

Abril 17-09

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Respuestas a esta discusión

Como siempre, un relato que revive y recrea un fragmento de tu vida, escrito con esa difícil sencillez que te es tan propia. Parecería una sandez decir que lo he disfrutado (¿disfrutar la remembranza de un padecimiento repentino, incomprensible, doloroso, pero que -supongo- pudo ser fatal?), pero ¡lo disfruté! Es que tu narrativa, sean los temas que aborde, son... ¡disfrutables! Y es que, con todo y el lado nada amable del suceso, tiene por ahi su ladito sabroso cuando la descripción de Mireyita. Ciertamente, ya habrías pasado la edad del fiñe de la foto. Por cierto, ahora que eres médico, dime: Eso de llegar a tener una temperatura de 42 grados, está de la chingada, ¿no?  Pero en fin, lo que quiero hacer es felicitarte por este muy buen relato en que se habla de dos tipos de calenturas. 

Sí, amigo, esa temperatura es como estar hirviendo, muy peligrosa, porque las proteinas del organismo comienzan a alterarse...en fin, al borde del colapso, je je. Imagino que imagines que uno exagera al contar, es decir, en este caso no fue un tifus en verdad, sino un catarro fuerte; pero la tía sí había tenido tifus y nos hacía los cuentos, de lo cual se me ocurrió endilgarme el tifus en la historia. Lo de la prima tiene sus verdades, pero no lo de darme la teta siendo ya un hombrecito...je je je. Muchas gracias por tan rico y estimulante comentario. Abrazos.

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