Alejo Urdaneta

(DANAE Y ZEUS: TIEPOLO

ANIVERSARIO

 

“¡Ah, Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!”

Donatello a Paolo Ucello

“Vidas Imaginarias”: Marcel Schwob.

 

 

Todos esperaban su llegada. Se había preparado el acto con esmero para que el aniversario tuviese el mismo esplendor que su carrera de actriz dramática. Ese día, casi en el atardecer, se anunciaba un presagio y los compañeros de la escuela de actuación sentían timidez ante la grandeza del espíritu artístico que traería el mejor presente: el reencuentro y despedida de las tablas, un presagio de sorpresa. La lluvia de la estación de un otoño como el suyo adorna el patio alumbrado con la luz de cristales cuajados en la hierba, y sonarán sus gotas como campanas en la gran fiesta para celebrar cuarenta años de una vida de intensos triunfos. Se prepara el juego de las vanidades para conmemorar el hecho viejo que abrirá nuevas emociones no confesadas ante la diva de la escena teatral. Allá en la amplia casa de la escuela de teatro se reunirán de nuevo los viejos compañeros de actuación, fuera de las bambalinas y los aplausos; verás pasar rostros que el tiempo había cambiado por otros rostros, sonrisas viejas que parecen nuevas alegrías y quieren festejar tu vida comentada en los periódicos. En esta casa de enseñanza te espera una sorpresa colgada de las cortinas, atada a las imágenes de vitrales y cuadros con tu efigie consagrada. Mientras te dispones para el encuentro vas  remenbrando trazos de una vida llena de sucesos compartidos, la historia de cada uno que seguramente hoy será repetida o inventada después de tantos años transcurridos desde tu aparición inicial en las tablas; y aunque son borrosas las imágenes que evocas, los retazos van formando un cuadro que esperas ver completo a tu llegada con guitarras y alegría. Sólo sabes que estarán los mismos rostros y voces,  tal vez algunos extrañamente diferentes; y escucharás el recuento de aventuras escondidas.

(Pasaron ante un mundo maravillado personajes mitológicos que ofrecías con vehemencia y conmovían al público: Artemisa lo fuiste muchas veces, y Psique rendida ante Eros al violar la promesa de no contemplar su rostro divino. Fuiste la pasión eslava y las heroínas del fracaso o la entereza: la amarga locura de Hedda Gabler y la decisión de Nora en su casa de muñecas, y Blanche Du Bois en busca de amor y reconocimiento. Así fue el camino de tus actuaciones: las almas que transitan por el Valle de Josafat la han poseído, igual que las sombras del Dante se reflejaron en sus actos de histrionisa.)

En la soledad admitida era otra persona, sin triunfo ni alegría. El breve tiempo que le permitía la danza intermitente de las máscaras la enfrentaba al recuerdo de la humillación a la inocencia que le infligió su padre en la adolescente búsqueda de gloria. Daño a la pureza y la confianza, daño para siempre.

Tal vez en esto se parecía a sus personajes. Quería la libertad sin límites que le permitía hacer y disponer de los demás, y la oprimía el rencor contra el padre, que convertía en pasión en la escena y daba a sus personajes una intensidad no fingida.

 Se resistía al deseo de aproximarse a un gesto perdurable de amor o amistad. Y cuando llamaba el amor que le ofrecía consuelo, lo rechazaba para no perder su poderío. Si era la riqueza, bastaba tomar los presentes de la gloria, pero aspiraba a la humildad. Casi como el sueño de un niño que no teme a la muerte ni al dolor, tan feliz como inmortal en un mundo que podía habitar para siempre. Y escondidos en esa seguridad, el llamado y la advertencia repetidos en el insomnio de la escena intransferible: la vida es aquí y ahora; no la utopía futura. Pero el ahora había llegado con la saciedad y el hastío. Hasta en los fastos de esta existencia triunfal cabía el absurdo que surge del deseo apasionado de claridad, tu conciencia, frente a la irracional rutina, aun la de la continua ovación. No tenías respuesta a la confrontación y menos comprendías el absurdo de tanto estar allí sin saber por qué. Por eso, las joyas, las alfombras y las candilejas de los aplausos llegaban a ser una náusea.

El confortable dolor que recapitula tu vida de triunfo (¿a cuál de tantos seres imaginarios perteneces?) se disipará hoy en el cerco de amigos al recibirte en la celebración. Desde la entrada ves el juego de las luces que te impide distinguir que en el fondo de la terraza, junto a la glorieta del patio, alguien ha puesto devoción a tu llegada, sin palabras que lo expresen: es silencio guardado en una ofrenda. Los abanicos se abren en una danza infinita y muy pronto tú también danzas entre luciérnagas que no sabes si han sido puestas en los adornos de las mujeres expuestas al sereno que ha dejado la lluvia, o son las gotas del rocío que comienza ya a cristalizar en los manteles y ropajes.

Tu nombre suena como un campanazo a tus espaldas, pero no lo escuchas, o te confunde la vibración del aire con el recuerdo escondido en el tiempo (Estás de nuevo en el pasillo que abre camino a puertas con letreros luminosos que dicen de arte y creación de las pasiones más extravagantes. Detrás está la camarilla de aprendices con la avidez de una bella juventud;  eres reina de un carnaval de sonrisas y no hay severidad en tu frágil andanza. Escuchas lecciones y a tu lado alguien ha puesto su mirada en tu figura, y no lo sabes... Son tantas las pasiones que se mueven en el escenario que es difícil saber cuál de aquellos personajes que vivieron fugazmente su existencia real te observa ahora).

 Al cabo de los años, las puertas antes estrechas son monumentos frente a un inmenso soportal y se abren para recibirte con atuendo de otro momento muy diferente al que te dio la bienvenida que hoy celebras. Mientras juegan las cuerdas de la pequeña orquesta, haces con gracia el gesto de la danza, trazas formas de alegoría en los mosaicos, con la ligereza de un espejo, y te acercas a la glorieta. Todavía no percibes que te llaman.  La música predomina sobre toda otra voz y el fuego de la noche lluviosa acalora tus sentidos.

Debes haber notado algún anuncio en los compases de la orquesta o en el brillo de la niebla que rodea la entrada, y por eso has ido al patio, donde te ves ante una presencia vestida de negro, de impreciso visaje que sonríe con tristeza y repite tu nombre con suave entonación. El hechizo te adormece y un cuerno de luz se acerca y te ilumina para que no percibas el dominio del deseo. Es como si tejieras en el templo del sueño, y del telar fuese saliendo una figura que ahora crees reconocer.

 ¿La misma de hace tantos años, tu padre incestuoso? No puedes advertirlo en el momento, cobijada en el presente, pero te atrae el llamado de la voluntad que vino desde un extenso pasado sin perder la fuerza de su voz, el temblor de una confesión oculta que, sin hablar, te dice que te esperaba, que este lugar es destino y hallazgo. Trozos de la memoria te llevan a camerinos desordenados del teatro de tu aprendizaje, donde cuelgan ropajes reales de colores chillones, arlequines y harapos de las parcas de Macbeth: la comparsa de la vida. Allí te abatió la injuria y fuiste vencida por la vergüenza y la humillación. Lo que parecía un gesto de amor inesperado fue la conmoción de tu inocencia, y todavía hoy vibra prendido de tus sentidos el untuoso sabor de espadas humedecidas rodando sobre alfombras de utilería, deseos insatisfechos en el último beso desesperado que pudo penetrar tu naciente juventud.

Renace ahora el temor de la violencia que aquella vez te abrumó; un miedo desatado y revivido involuntariamente que te enfrenta de improviso a la realidad siempre rechazada. Nunca pensaste que pudiera ocurrir tanta perversidad para destruir sentimientos que se hicieron filiales con el trato amable. Todo te asfixia ahora, al igual que ocurrió en el momento del infausto encuentro que te hirió con burla y sarcasmo. Fue la agresión a la confianza lo que se arrojó sobre ti en un acto de pasión desencadenada, inexplicable porque atentaba contra la virtud. Repetiste en el recuerdo la función teatral y la voz de Paul de Saint- Victor que leías enmarcada en un cuadro de góticas letras: Cuando la fiebre erótica alcanza el paroxismo, inspira respetuosa compasión, como la locura y como esas terribles enfermedades que parecen proceder de una mano sobrenatural cayendo sobre la arcilla humana”.

Ahora lo sabes, y surge con fuerza inesperada la evocación de la tragedia, la excitación te produce confusión y temor. Por eso te alejas de la glorieta y los temores adquieren de nuevo plena certeza y también valentía para abolir la imagen que te presenta la inconsciente memoria. Tu destino no puede permanecer inmóvil.

Caminarás en el patio debajo de los árboles que gotean después de la lluvia, y luego entrarás a la amplia terraza para beber unas copas de brandy, aturdida por el alcohol y la evocación. En este instante no hay nadie más en la fiesta; sólo parecen sombras danzantes muy lejanas. Se acerca aquella visita misteriosa y con apenas un gesto reanima en ti  una extraña pasión en el humo nocturno. No sabes lo que dice y no pareces emocionarte pero tus ojos delatan curiosidad y alguna duda. Es posible que haya prendido en tu emoción un latido confundido con los compases ya tenues de la música, es posible el miedo o la curiosidad. Tomas la mano que te ofrece y recibes el beso de un saludo que no es pasión ni despedida. Más tarde la fiesta apagará su algarabía y escucharás unas palabras llenas de ansiedad por verte mañana y siempre. No respondes, y tampoco hay adiós.

Cada uno de los presentes vive este momento de embotamiento y cansancio. Casi a las dos de la madrugada salen furtivamente. La noche es fragor de tempestad y las lluvias que azotan la ciudad son violentas siempre, a veces breves, como fue la de este día de aniversario. En la calle hay un carnaval tardío extendido en el bullicio de la madrugada, preparación de una fiesta que sólo tú conoces. Irás con tu acompañante en pos del aire mojado en cada árbol, y lo llevarás sin que descubra tu intención al borde de un río intemporal, para volver a surcar los años y permitirte encontrar en este instante de un noviembre todavía iluminado, el puñal agresor escondido en el baúl de ropajes de la juventud. Debías arriesgarte; todo volvía a ser como la noche de la humillación oculta en la consciencia, y entonces te aborda una inesperada reflexión. No puedes aspirar a no mentir sin renunciar a la rebelión: conoces ahora el bien y a tu pesar obra el mal necesario para que la confrontación libere tu conciencia.

  La gran actriz retorna a la fuente de su rebeldía para beber en ella fuerza; retorna a la rebelión y confronta su lúcida conciencia con la oscuridad de este momento que la coloca en trance valeroso de decidir. Es otro paroxismo: hic et nunc.

 Llegan al viejo teatro ahora abandonado y se ocultan en el  mismo camerino del trasfondo, para vestir de nuevo iguales disfraces y atuendos que aquella vez, en esta pasión que anuda las palabras nunca pronunciadas, frases oscuras e incomprensibles que el visitante echa de pronto a tu rostro, del mismo modo que otro lo hizo tanto tiempo atrás, para yacer  luego sobre viejas alfombras en las tablas de un teatro de fantasmas. Muy pronto los estallidos de los fuegos de artificio se confundirán con gritos de furor o éxtasis, en la noche ya vencida en los arpegios de la guitarra que acompañó la festividad aniversaria; y tu voz incendiará todas las plazas con estertores de un llanto rojo que termina en delirio y escapa por el respiradero de la buhardilla. Un sueño enmarañado de polvo y telarañas.

(Danae revive en el cuadro del escenario. Tendida en cortinas deshechas recibirá al Padre Zeus transmutado en lluvia dorada para penetrar su cuerpo tenso, que parece dormir. Llegó en silencio el arco iluminado de fino oro para invadir las esferas del subconsciente de la ninfa y engendrar más luz en su semblante descompuesto).

 

 Pero no fue así; sólo hubo el cumplimiento del presagio y luego quedó otra representación: las manos envejecidas de la actriz se crisparon de repente en espasmo de lujuria o sufrimiento, su pelo sangriento parecía el de la Gorgona, y en su rostro descolorido se pintó un rictus de dolor o de placer – siempre semejantes por haber nacido juntos -- que le hizo perder la conciencia para ser derrotada por el absurdo de lo irracional.

 

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Comentario por juan ignacio arias anaya el abril 28, 2019 a las 5:14pm

Una alegoría mitológica 

FELICIDADES 

Ignacio 

Comentario por Gilda Ledesma Blashett el mayo 6, 2014 a las 6:40pm

De excelencia como todos tus trabajos literarios tan bien construidos. Hermoso cuento y fuertes imágenes que atrapan. Te felicito Alejo.  Un cariñoso saludo y mi admiración.

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