El tiempo estaba allí, todo junto, lo habido y por haber.

Ahora puedo preguntarme si existió algo previo a lo que estoy relatando. Para mí no. Era un corte horizontal, siempre en ahora.

Parece que hablábamos de trabajo. No recuerdo las palabra, ni los rostros; solamente dos o tres hombres que se me antojan de treinta o cuarenta años, a caballo, porque venían por el callejón hondo y con olores a la laguna de Asiento Viejo(De seguro alguna trucha en las alforjas), y al verme por el mismo rumbo, caminando con desgano, se detuvieron para saludar y preguntar si pasaba algo.

—Necesito otro trabajo. Lo que tengo acá lo asisto en par de jornadas, y después me aburro en espera de que la puerca para, o los mangos maduren…imagínense, pudiendo ganar dinero extra en otras faenas.

El callejón hondo era un túnel gris cuyas paredes se componían de almácigos, piñones, guácimas, caimitillos machos y de cuánta semilla habían cagado por allí las aves. Más allá, sentía latir las fincas.

Uno de ellos, que pudiera llamarse Bernardo, me dijo.

—Agarra la curva al final del callejón, encajónate entre los barrancos de las canteras y sale al camino que atraviesa el jucaral de Arango, y a partir de allí, pregunta por Clotilde Matías. Él te dará todo el trabajo que quieras.

Ellos se adelantaron y yo seguí con mi paso de ir mirándolo todo, imaginando arboledas al otro lado de las cortinas del callejón. De vez en cuando me llegaba un arreo de bueyes que creía conocer, quizás los de mi abuelo, o los de Ernesto Pérez, aquella yunta compuesta por Ligero y Jovellanos, famosos en toda la sitiería, porque era la única capaz de sacar una carreta sembrada en el fango sin necesidad de descargarla. Y él con aquello de que primero vendía a la mujer y los hijos antes que a sus bueyes.

Seguí al paso, medio enredado a veces en la maraña de olores de algún potaje para el almuerzo, unos plátanos fritos que me hacían la boca agua. De seguro tenía un hambre, más que de comidas, de trabajo y más trabajo;  y entonces, en el extremo del agotamiento, la mesa con su carnaval de olores.

Hasta que llegué a la cerca donde se acabó el callejón, era como decir la palma de mi mano. Pero cuando tomé a la izquierda, rumbo al jucaral, encajonado primero entre las canteras abandonadas, cada detalle pasó a ser novedad.

Al rato pasé debajo de una fila de jagüeyes enormes, que estiraban sus ramas para hacer techo al camino. Cerré los ojos para ver las caras de los ahorcados dando gritos a quien se aventurara por allí durante la noche, y las bestias espantadas lanzando a los jinetes contra el suelo pedregoso. Los ayes de mujeres vestidas de blanco, con las piernas abiertas y pariendo niños peludos y grises como monos, como aquel mono escapado del circo, que una noche saltó sobre el anca de la yegua de tío Joaquín, camino a casa de su novia, y la locura que les vino después, a la yegua y a él, que cambiaron los papeles, porque le dio, desde entonces, por comer yerba, y a ella, por hablar como un hombre.

A través del jucaral cundido de rachas de neblina y aletazos de murciélagos, tuve que ir a tientas, siguiendo las hebras del aire y sus cartas.

A cada rato pisaba una jicotea buscadora de lagunas, un mancaperros que explotaba inundando los contornos con una horrible peste a pedos del diablo, o me empapaba los zapatos en un charco de orines de hornadillas, que no supe qué criaturas eran, y me recordaban las emanaciones del tibor en el cuarto de mi bisabuela centenaria.

Al fin llegó la flojedad del espacio abierto y abundaron bohíos a pocos pasos del sendero, aunque no oí voces llamando a los muchachos, porque la comida estaba lista y tenían que sacarse el churre de los culos sudados y de detrás de las orejas.

Todo estaba en el lugar en que debió haber estado siempre, y siempre era ahora, cuando al fin llegué a una aglomeración de casas haraganeando alrededor de una gran habitación sin paredes y con techo de hojas de palma.

Por el extremo opuesto, casi debajo del alero, pude ver a cuatro seres rechonchos sentados sobre sendos taburetes. Pero ni la piel era visible, porque los habían cubierto con pequeñísimas porciones de comida ensartada en hilos, de manera que eran frijoles, trocitos de queso y jamón, aceitunas, higos secos y hojas de albahaca. A cada momento venía un chino de enormes bigotes blancos y los rociaba con aceite de oliva y vino tinto.

Un manotazo en el hombro me sacó del embeleso.

— ¿Que busca, amigo?

Y fue cuando descubrí que había olvidado el nombre de quien me iba a dar trabajo.

Como ya eran cuatro o  cinco mirándome y tuve la sospecha de que podía ir a parar junto a los aperitivos, dije lo que me vino a la mente.

—Busco a alguien que me va a dar trabajo; pero creo que es un poco más allá. ¿Qué hay después de este batey?

—Nada, éste es el último. De aquí en adelante las cosas dejan de existir, y siempre volverás al mismo lugar. Nosotros vamos y venimos sin irnos, como ves. Pero el batey no es esto solamente. Puedes ir hacia aquel lado, aquellos portales donde la gente vocea. Por allí hallarás alguna paga, aunque no trabajes.

—Lo que quiero es trabajar, más que el dinero.

—Bueno, ve, que nosotros vamos a comer, y ningún recién llegado puede mirarnos.

Enseguida regresé al patio, y desde allí, avancé al otro lado del camino. Pero antes de cruzarlo, me quedé pasmado con lo que vi en el área enyerbada entre las viviendas. Era un correteo de animales, en su mayoría aves sin plumas, pavos, gallinas, dando tumbos con lo que les quedaba de cuerpos, porque algún depredador invisible les arrancaba de cuajo lo mismo la cabeza, que un ala, o un costado, y los infelices daban tumbos sangrando, regando tripas, en silencio absoluto.

Vi un chivo, como inventado por su propio salto, y al momento perdió una pata y continuó rodando y enredándose con par de guanajos descabezados. Yo tuve la sensación de que sobraba la comida y me apuré hacia donde me habían indicado.

Fue cuando vino el golpe de agua. Una lluvia como si fuera un lago vertical, que me obligó a hacer gárgaras y mirarme la punta de los pies para no ahogarme.

Seguí avanzando, y al otro lado del sendero escampó definitivamente.

Dos hombres discutían asomados a un tanque que les llegaba al pecho. Por el acento del más  alto, supe que era gringo. El otro no hablaba y era casi negro.

Desde el tanque me llegó un escándalo como de pataleo, que me paró en seco.

—Llegue hombre, llegue— Me gritó el gringo— aquí no se comen extraños.

— No, así está bien; yo busco trabajo, pero se me olvidó el nombre del empleador.

—¿No será José María Pérez?

_ Pudiera ser, me suena…

—¡Es mi compañero! Mira, José María, llegó tu hombre.

Di dos o tres pasos, pero con miedo. Y mientras, aparecieron otros haciendo cosas, como tejiendo rachas de aire y soplándolas después entre risotadas que me parecían estúpidas.

José María Pérez me miró de arriba abajo y se dobló de la risa sin alejarse de la boca del tanque; pero sus ojillos de rata me iban midiendo.

—Venga, que trabajo sobra. De aquí vas a salir rico, si puedes salir, porque nosotros mismos llegamos un día, como tú, y perdimos la vuelta.

_ ¿Y qué es lo que me ofrece?

—Hay de todo lo que quieras hacer, amigo, lo habido y por haber.

A pesar de la situación, me fui tranquilizando, porque me gustaba aquella abundancia, como si acabara de llegar desde un lugar donde faltaba todo. Y hasta sentí deseos de mirar dentro del tanque.

 

Pastor Aguiar

 

 

 

 

 

 

 

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Comentario por Pastor Aguiar el septiembre 11, 2015 a las 10:47am

Muchas gracias, Fabio, por esas imagenes. Un abrazo.

Comentario por Pastor Aguiar el marzo 2, 2015 a las 6:25pm

Gracias, Oscar, en verdad disfruto tratando de recrear estas historias muchas veces soñadas en parte. Un abrazo.

Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 1, 2015 a las 8:44pm

Saludos. Una serie de expresiones hilvanándose en una buena historia. Ese dejo de desesperación y ansiedad que enmarca al protagonista. Enhorabuena 

Comentario por Pastor Aguiar el marzo 1, 2015 a las 3:03pm

Gracias, Agatha, por sus palabras para mi modesta historia. Un abrazo.

Comentario por Agatha Ediciones el febrero 28, 2015 a las 6:15pm

Me ha encantado este cuento, es original y bien escrito.

Comentario por Pastor Aguiar el enero 17, 2014 a las 4:11pm

Muchas gracias, Gilda. Tu opinión es un gran estímulo. En verdad me gusta eso del realismo mágico, fantasear con lo real, pero sin que pierda la verosimilitud. Un abrazo grande y feliz 2014.

Comentario por Gilda Ledesma Blashett el enero 16, 2014 a las 5:46pm

Hola Pastor... buen año 2014 antes que nada.  Hace tiempo que el tiempo se me escurre... perdóname. He  leído atentamente tu relato que me encantó.  El realismo mágico que dominas perfectamente, hace de tu obra, una pieza literaria muy valiosa. Te abrazo y felicito.  De nuevo, Feliz año ... hasta prontito.     

Comentario por Pastor Aguiar el enero 4, 2014 a las 12:37pm

Gracias, amigo. Esa surrealidad se me sale sin querer queriendo, jeje; en verdad me gusta soñarme en un mundo donde lo rutinario se sale de la rutina ...en fin, un abrazo de año recién estrenado, que te traiga muchas cosas buenas, mucha creación.

Comentario por Javier Aviña Coronado el enero 3, 2014 a las 7:45pm

Ya decía yo que me recordaba algo ya leído. Una nueva lectura como que me ha permitido disfrutar  más este relato. Tu poder de recreación de cosas comunes y esa magia de envolverlas con una suerte de surealismo es admirable.

Comentario por Pastor Aguiar el mayo 19, 2013 a las 11:01pm

Muchas gracias, Ruth, por tus palabtras. Un abrazo.

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