CAUTIVO

(Monólogos cruzados)

 

UNO

Volvió a la playa. Desde este refugio observo su andar contraído, como si buscara algo en la arena: quizá sea una piedra luminosa de sol, o tal vez una sombra de su pasado.

Pero lo cierto es que está pensativo y cavila alguna pena. Cómo deseo moverme, pues hace ya buen rato que está allí y si me descubre puede hacerme daño. Mejor haré lo mismo que él. Trataré de buscar en este espacio alguna joya de cal o algún recuerdo dejado por alguien. Pues yo me entretengo mirando el mar y hurgando la arena en busca de tesoros que para mí son la vida misma. Siempre, en la hora del atardecer, se marchan todos con sus pies cansados y su piel adolorida por el sol.

Todos los crepúsculos son para mí deliciosos, quedo dueño de la ancha playa y son míos todos los colores de la tarde. Puedo también salir de mi guarida de piedra y arena y tropezarme con esas miles de cosas curiosas que deja un día marino sobre la explanada de arena. Anillos que rodaron por multitud de aguas después de haber sido adorno de reyes, cartas que flotan sobre el oleaje ininterrumpido, enviando mensaje después de haber muerto el remitente anónimo: huellas de siempre, repetidas por el paso del tiempo, y  que cuando las borra al agua es porque el agua las lleva a otra parte. Ésta, por ejemplo, tiene el suave rasgo del niño que jugaba con sus ilusiones fugaces, en hechura de castillos y fantasías de gigantes.

  El hombre caviloso continúa su búsqueda. No quisiera que usurpara mis tesoros.

 Si lograra salir de mi escondite sin que notara mi presencia, podría tal vez alcanzar aquella piedra para robarla antes que él o para esconderme más. Ya no queda nadie más en toda la extensión de la playa; por eso corro peligro al salir. La muchedumbre oculta las intenciones, y aquí no hay gente que disfrace mi intención.

 Estamos solos, él y yo, en la orilla del oleaje.

DOS

Las penas de todos los días se adormecen ante la vista del mar. ¡Qué de sufrimientos podría ahogar si viviera permanentemente en este solar de piedras!   Despierta sensaciones juveniles que creía dormidas. Siento una euforia sensual y todavía no llega mi esperada amante.

Por qué permanecer siempre ante una cavilación, buscando descubrir insólitas presencias, cuando el mar tiene todas las presencias.

La resolución debe ser tomada de inmediato, en esta hora crepuscular, con la fría determinación de lo ineluctable y aprovechando la soledad de esta breve extensión de arena. Hasta parece que el color del cielo se confabulara con mi intención. Esos ribetes sangrientos que diviso más allá de la península, sombreados a ratos por el vuelo de gaviotas, semejan toda la repetición de recuerdos que he mentido por horas.

Ha sido verdaderamente un insistente llamar de sensaciones. No puedo evitar una congoja cuando imagino que por encima de estas mismas huellas dejadas en la arena, paseábamos ilusiones comunes traídas a veces de sueños ya dormidos en la inquietud del tiempo.

Fue aquel un juego de miradas y sonrisas huidizas que cruzábamos entre las voces de la multitud que visitaba la playa. Buscábamos alguna nave perdida, algún mensaje en la tarde. La niña alentaba mi deseo y al mismo tiempo simulaba rechazarme.

 Mi aspecto debe ser lamentable: paseante tardío en busca de caracoles en la arena. No puedo olvidar ahora, ante la presencia de todos los misterios del mar en la ambigua hora del crepúsculo, cómo se tocaban nuestras manos en la escondida tolda y de qué modo alentaba en nuestra juvenil búsqueda la certeza de un maduro sentimiento.

Todo esto se hace más patente en el acercamiento de las olas con que se aproxima la noche, cuando la marea trae el efecto de la muerte.

El día dejará esta huella que tránsito y dará paso al canto sinuoso que se rompe en la entraña de la arena. La savia de esta tierra húmeda es como mí sangre, marea incontenible de miedo y melancolía que se confunde con la línea que yo mismo he trazado en la arena, en señal de moribundo y en ofrenda de dolor no purificado.

 Tendré que apresurarme. Es imposible borrar cada paso que se da en la vida. Algún residuo de nuestro andar se pega del aire y remueve espirales en la distancia.

Nadie creería que una grácil figura como la de la niña que sigue mis pasos haya sido causante de tanta desgracia.

 

UNO

 

Luminoso se hace este último instante del día. Como si todos los colores se fundieran en un solo crisol, se reaniman las figuras y hasta las olas presentan sus espumas más blancas en el contraste con !a sombra.

Recuerdo ahora cómo tuve que asaltar las míseras sobras que dejaban los bañistas, de qué manera perseguir los escasos refugios que me permitían, y no siento rencor por ello; cada uno tiene su propio modo de encontrar la subsistencia y justificar su lucha.

Podría empeñarme en permanecer en la roca, algo distante, viendo desde esa atalaya de sol los afanes de otros muchos por alcanzar una feliz serenidad; pero prefiero esta búsqueda incesante que me procura emoción al hacer mi balance de cada día. Lo que no me ahoga en la intranquila ronda es la angustia que domina a este hombre en la playa. Sus ojos enrojecidos me dicen que ha llorado. Sus instintos han sido doblegados por una vida dirigida por normas absurdas que yo no poseo. Puedo hacer todas las cosas que prohíbe la sociedad, sin temor y sin remordimiento; mi moral es distinta y sólo se debe a la natural inclinación de mis sentimientos. Si puedo robar un tesoro, lo hago y nadie me lo reprochará; y si puedo matar por hambre también me es perdonado. Hasta los afectos más impuros de la sociedad me son  permitidos. No hay incestos ni represiones en mi forma de vida.

 Este paseante lleva en su rostro toda la tristeza de haber nacido con atavismos inútiles y eso lo conducirá a la muerte. Sí mi sabiduría de hoy me permitiese ayudarlo justificaría muchas de mis ansiedades; pero temo por mi propia vida, quizás !a única limitación que poseo. Es una fuerza que no puedo controlar a voluntad y que me hace temer hasta el vuelo distante de las gaviotas.

Mi andar inseguro tiene tal vez más aplomo que los pasos adoloridos del hombre solitario, y en el quejido de su voz encuentro el mismo lamento de la playa nocturna, cuando ya no hay bullicio de niños y sólo puede escucharse el susurro que arropa las palmas. Este lamento que me trae el viento me dice de la tragedia que asomará muy pronto, y esta lágrima que ha caído tan cerca de mí, salobre como el mar, no tiene la alegre renovación de sus aguas.

DOS

¡Oh, chiquilla que me atormentas: piel de arena que mezclaste a mi dulce permanencia en la playa! Has navegado en mi sangre y torcido el rumbo de mis instintos.

 Si te persigo con mi recuerdo es para sembrar en este punto donde pisan mis huellas descalzas un anuncio de futuro, que aquí sepan la medida de mi pasión y el dolor de este sacrificio. Continuaré hasta la piedra que destroza olas como gigante enardecido, para sentir más fuerte la vibración del agua. Quizás allí me aturda la visión del horizonte, línea de misterio que habla de hombres y de dioses, recuerdo de Ulises en persecución de la gloria. Libertad de piratas como yo he sido, sin bandera y sin respeto.                   |

Hace apenas un instante que conocí esta desgracia y ya me parece que la traía conmigo. Aquel salón iluminado por velas, que hacía de terraza sobre el bravío mar; aquella música tropical y apasionada que desgranaba un triste saxofón. Era una queja de negros pero sin tambores; y en la distancia percibí el llamado primitivo de la raza. Tambores de aquellos que cantan tristezas y esperanzas con la rústica aspereza de lo esencial: el golpe acompasado que es obra y fuerza. dolor y guerra, mezcla de hombres y sudor, entrañas retorcidas en los espasmos del placer y del sufrimiento.

Una apremiante lujuria se apoderó de mí y no pude hacer otra cosa que buscar con desesperación algún motivo de desahogo. Allí se presentó entonces el apacible rostro de la niña, que rabiaba por apropiarse del ambiente con música y melancolía. Nunca esa entonación del saxo pudo ser más intensamente triste como cuando los ojos de color extraño me dominaron.

El color del mar a pleno día, y los aromas del aceite que me protege del sol llegaron a mí mezclados con el perfume del escenario. Sentía que esa niña me miraba a pesar de mi color de selva y mí aliento de palmas.  Sabía que su esfuerzo por adentrarse en aquel ámbito de desenfreno era despecho. Ese fue tal vez el momento de mi mayor gloria y de mi suma desgracia.

Una fuga que proponía los temas era la danza de las aguas en la playa. Repetía el mar su viaje hacía el reencuentro de los siglos, y también mis actos de entonces eran un movimiento fugado donde volvía a repetir la música del océano.

 La chiquilla acercaba a mí sus ansias matinales y yo era la selvática tarde del verano, impregnado de tempestad y ebrio de sol. Luego volvía el tema y la mano me llamaba y ofrecía un cándido calor. Agrios sudores y tenues perfumes habrían de unirse en la culminación de la fuga.

A la vuelta de cada golpe de las olas, las manos infantiles se hacían maduras y los ojos límpidos se oscurecían con la pasión del ambiente. El lamento del saxofón llegó a confundirse con el lejano rumor de los tambores de mí raza y nuestras búsquedas encontraron abrigo. Fue luego el paseo por la orilla del mar y las breves palabras que culminarían en rechazo. Excusas tardías que no restañan dolores quisieron aplacar esta alegría ininterrumpida, pero no fue posible una satisfacción a la esperanza frustrada.

 La playa en soledad repite el tema de la fuga y el oleaje propone la cadencia que hará contraste con el rumor del fondo para reiniciar sin fin la trama del mar.

 

 

UNO Y FINAL

 

Ya no hay tiempo. La noche es casi dueña de la playa y el viento borrará muy pronto las huellas de esos pasos inseguros que deja el hombre abatido.  

Aguardar más puede ocasionarme la muerte; así que tendré que salir a toda costa. Mi compañero entre sombras es ahora un fugitivo hacia el mar. Quizás embarcará en la nave de papel encallada en la orilla, hacia lugares donde sólo tenga sueños.

Con tristeza camina hacia el agua y ya no es tiempo de bañarse, menos aún en esta zona de peligro. En sus manos tostadas por el sol y el arduo trabajo podría descubrirse la leve caricia de una niña, y en sus labios agraces las huellas de una sonrisa melancólica, quizás las de un beso indigno.

Si mi caminar torcido causa temor y es motivo de burlas, más debería serlo ese andar ebrio del hombre que se aproxima al mar, sin retorno a su raza de amarga esperanza y con la convicción de que el sacrificio lo hace en vano. La muerte, en su noble desembarazo, lo llevará a sumergirse en las aguas que lo arrojarán después al pie de las fogatas, y la luz de las aldeas será el cirio fúnebre. Los cánticos quejumbrosos de los guerreros harán el réquiem más allá, a distancia de mi escondite improvisado.

 Observo la proximidad de otra persona. Casi había logrado salir de mi caverna, pues ya no hay indicios en el agua que descubran el dolor sumergido y debo permanecer inmóvil, solo en mis pensamientos.

Esta condición mía de animal marino es también mi libertad para repetir cada día el rito amoroso de mi especie.

 Si yo fuera un joven hermoso, esta niña que se aproxima a la playa en busca de alguien sería mi compañera, y sus ojos como el mar a pleno día iluminarían mi existencia.

Mi ropaje es feo y áspero, como para inspirar miedo y repugnancia. Nadie me busca.

 La juvenil figura que adelanta sus pasos hacia mi refugio de rocas, hace contraste con la del hombre de faz adolorida que se confundió con el mar en el atardecer.

 

 

 

 

 

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