(Mognier / Mujer de espaldas)

CEREMONIA

Hablaban de ti.
Tu voz volvía repetida en ecos que el auditorio no atinaba a comprender. La imagen era evocada en gestos rituales, para espantar incrédulos. Sonó cascada la palabra que pronunciaste, y dijiste lo que habías hecho allá, en un lugar inaccesible, mientras apiñabas recuerdos y los amontonabas en torno a la mesa. Todos callaban alucinados porque parecía irreal que volvieses con tanta prestancia y altivez. En alguno de los circunstantes tu voz haría ecos distintos; tal vez serías una presencia inasible como todas las verdades del alma, sin contorno, hecha sólo de posibilidad, pero conmovedora. Te verían y serías un trozo de mármol que adquiere la forma que dé el antojo del artista. En la evocación que hacían de ti parecía que cayesen en un sueño, para que estuvieras próxima. Y sin embargo, en todos no era igual: sarcasmos querían herirte, o el amor y la caricia envolverte.
El objeto de la reunión no había sido evocarte. Surgió luego, al azar, cuando alguien pronunció tu nombre. Venías a lento paso en la memoria de cada uno de los participantes de la ceremonia, convertida en santa por el gesto de dar una limosna al amor o la pasión; o en satánica visión fraguada en retazos granados, de odio y repulsa por la esquiva ofrenda que no brindaste. Se fue tejiendo la necesidad de cercar tu imagen y contener el centelleo luminoso que apagaba realidades y hacía fugaz tu aparición en la común memoria. Fue así delineándose el contraste de tu presencia, con límites que cercaron cada vez más tu expresión ensimismada. Todos tenían el mismo propósito y aceptaron el ofrecimiento que alguno hizo: vendrías al culto en tu propia realidad y serías como cada uno quería que fueses; estarías en el deseo que sentían de ti. Allí te apresarían.
Bajo un velo de tensión y taciturnidad comenzó la invocación. Se colocaron ante la mesa, y de la fuente que guardaba las frutas sacó cada uno la pieza que haría el ensalmo: nueces, manzanas, ácidos frutos: símbolos que te representarían y serían el yugo de tu libertad. Cada fruto correspondía a un llamado, según dispuso el oficiante. La nuez señalaría los pliegues de tu espíritu; la manzana dibujaría la redondez de tu cuerpo, las redondeces de la pasión; el rojo cereza despertaría la lujuria: todos podrían tenerte cercana y salaz. La estancia se oscureció y se dispuso el inicio del acto de ofrenda. Trajo el silencio tu voz dispersa, mezclada con otras voces apenas audibles. Poco a poco fue escuchándose con mayor fuerza, adquirió consistencia y aliento para hablar.
Las formas de las frutas se dispararon entonces desde el centro de la mesa. Una vez era la corrugada nuez de tu espíritu, con pliegues de ambigüedad, doblez de ansiedades; otra, la manzana que arrojaba bermejos astros como anillos. Alguno de los presentes sintió el escozor de la lujuria en el zumo agrio del tercer fruto, y se dijo en un instante que se aproximaba tu advenimiento. Todos se prepararon para recibirte.
Te nombraron con sarcasmo y tú permanecías inmóvil; sonreía tu espectro al escuchar las imprecaciones. Las defensas estaban vedadas, y aunque parecía que implorabas clemencia te resistías a llorar. Mucho menos querías retirarte; debías sostener tu altivez. Te evocaron con tristeza, luego con tierna disposición, para atraerte a sus designios; pero tú obraste con rebeldía y sacudiste la debilidad para hacer oposición feroz a los piadosos. Estaban prestas las frutas para ser aprovechadas en la ceremonia.
¿Estabas allí, realmente? No ignorabas que la búsqueda iniciada aquella noche tuvo un propósito definido: serías motivo de encuentro o desprecio para los oficiantes de la memoria. Si alguno tomó la nuez, fue para hallar en su textura el pulso de tus emociones, en afanoso correr tras tus deseos más exaltados. Si otro tuvo satisfacción en la manzana, revivió recuerdos que antes lo hicieron tu siervo. Si, por fin, la cereza hizo sangrar sensualidad ya vencida, su impudicia quedó como una mancha lívida en el centro, ya sin formas. Siempre lujuria, siempre dolor de concupiscencia.
Todos habían removido en sí mismos una significación, una forma de locura. No transcurrió mucho tiempo y la voz queda de tu rebelión fue apisonándose en el espacio hasta hacerse aliento de vértigo que todos aspiraron.
La ceremonia dejó a los practicantes en conmoción. Con la nuez todavía en la mano, preguntaba aquel si habías estado allí, porque dijo haber tenido la idea concreta de la mujer. Pero era sólo idea lo que tuvo, no una forma de materia, y quedó en desasosiego sin alcanzar su intención. Ocurrió igual con el otro: la manzana no le dio la luz bermeja que ansiaba, y mientras la fruta exhalaba perfumes que parecían los tuyos, sólo nostalgia quedó en el oficiante. La inutilidad hizo surcos en la redondez de la fruta y su huella quemó sus manos.
Tú podías ver desde tu asiento de distancia cómo la actitud del tercer fruto impregnaba de sed al poseedor de la cereza y quebraba sus labios. Hubieras podido aliviar el tormento y ofrecer un remanso para restañar el agraz; pero tu compasión no quiso procurarlo: fue más intenso el temor de revivir desvaríos ya apaciguados.
Después te escuché decir cuán inútil había sido la ceremonia.
Tendida en ocio y con las frutas rituales en las manos, hablaste largamente del oficio fallido. Supe así cómo la nuez (y la tomaste y la cascaste) podía decir más de ti por su entidad misteriosa que por su rugoso envoltorio. Más adentro de sus rombos, era la nuez la ambigua esencia, impulso en un lóbulo, abandono en el otro. Ofertorio labrado en el hijo de Eva (Entidad de Hombre como saciedad total) frente al eterno anhelo de lo inalcanzable. Fatalidad de la carne frente a la feraz ansiedad por alcanzar lo absoluto. Pulso de la tierra y aéreo tránsito de la idea. Totalidad de la contradicción que ellos no pudieron - no supieron – hallar.
Y me enseñaste también el fluido sangriento de la manzana, y percibí la redondez de lo inaprensible; sentí la pasión, gusté sin asco ni repulsa los agraces zumos de la locura. Todo apareció ante mí en instantánea fulguración, visto en totalidad y pronto disuelto en nada. Efímero como el destello de la comprensión que no se analiza.

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Comentario por MARGARIDA MARIA MADRUGA el enero 27, 2020 a las 9:01pm

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