Cuentos urbanos: El lado pornográfico de la vida (III) - La noche de verano



Apto para todos los públicos, a pesar del título. Estaremos de vuelta después de Semana Santa.

Aunque cerca del muelle disponía de un galpón que malamente podía calificarse de domicilio, decidió pasar esa noche al sereno, bajo el nítido resplandor de las estrellas. Se encaminó, pues, al sitio donde estaba amarrada su barca, y sin más preámbulo se tumbó sobre los tablones del fondo.
Poco a poco, se le iba yendo la embriaguez. Las brumas de la insensatez y la desfiguración se fueron disipando paulatinamente, y adquirió una clara certeza de su entorno. El cielo semejaba un lago de cirios perfumados, el viento mecía los cordajes del aparejo, las aguas se aquietaban con la calma chicha. Jem sintió, en el duermevela de su reposo, que se apartaba de alguna especie de pesadilla. Había sido un necio; ojalá se hubiese amordazado la boca en el momento en que le soltó tan temerario discurso a la bonita Rebeca. Debía hacerse a la idea de que albergar sueños inalcanzables no constituye ninguna clase de derecho. Rebeca tendría mejores horizontes hacia los que caminar; ¿qué iba a hacer con un viejo como él? Ahora sería un buen momento para quedarse completamente dormido y así poder descansar.
–Hola, ¿estás despierto?
¡Que le asparan si no era la voz de Rebeca! Se incorporó con la presteza de un muelle liberado de tensión. Y ella estaba allí, plantada sobre los tablones del muelle, robando el brillo a las estrellas y a la luna escasa que palpitaban en el firmamento.
–¡Por todos los atunes del océano! –exclamó Jem, creyendo que soñaba todavía.
Un rayo de suave penumbra iluminó los dientes de Rebeca. Ella estaba allí, acaso por un motivo peregrino pero determinante. Jem no podía analizar lo que estaba pasando; se conformaba con sentirlo muy profundamente.
–¿Es ésta tu barca?
–Sí, con ella voy a pescar atunes.
–¿Tienes alguna luz?
De un modo torpe y trémulo, Jem prendió el farol que colgaba del mástil; a su resplandor acudió enseguida una pareja de polillas. El mar apenas susurraba.
–¿Me dejas subir?
¡Qué hermosa es!, pensaba Jem mientras le tendía una mano para ayudarla a embarcar. Era liviana como la danza que las polillas ejecutaban en torno al farol, las cuales habían acabado transformándose en joviales luciérnagas de verano.
–Perdóname –dijo Jem contrito–, no hay mucho orden aquí… ni yo huelo bien.
Ella le pasó una mano por su mejilla, rasposa por la barba de varios días.
–Créeme, eso no importa.
–¿Qué quieres entonces de mí?
En los ojos de Rebeca oscilaba el fulgor de las estrellas. Jem quiso creer que había un lenguaje más allá del de las palabras; ella estaba aquí por alguna razón, en ese punto de la noche en que las almas se apaciguan, los ánimos se ofrecen a los sueños y los sentimientos se revisten de especial intensidad.
–Quiero traerte las más hermosas palabras que el mundo ha conocido –dijo Rebeca con la voz investida de dulzura.
–Hoy me fijé en ti por primera vez –dijo Jem.
–¿Sí? Pero hace tiempo que nos conocemos. Alguna vez te he servido el desayuno.
–No me di cuenta. Yo no miro mucho a la gente a los ojos.
–Ni yo me fijé especialmente en ti hasta que te has puesto a hablar conmigo, hasta que has dicho…
–¡No lo repitas! Estaba como poseído. Sé que he dicho muchas palabras de las que debo arrepentirme.
–Ninguna, por lo que a mí respecta. Bien, quiero traer consuelo a tu vida.
Jem tragó saliva y sintió asco al apercibirse de que le sabía a bilis. ¿Rebeca pretendía traerle consuelo a su vida? El corazón se le puso en suspenso, para acto seguido redundar en latidos incontrolados. Dejó que los instintos le guiasen, y, con la rapidez de un vuelo de pájaro, plantó un beso en los bellísimos labios de Rebeca.
–¿Qué has hecho? –inquirió ella endureciendo su tono de voz.
–Me has dicho que venías a traer consuelo a mi vida –se excusó Jem, sintiéndose un estúpido.
–Te quería traer el consuelo de la palabra de Dios, porque veía en ti un alma que sufría. Pero ahora se me han quitado las ganas.
–¡Oh fatalidad!
–¿Me vas ayudar a desembarcar?
–Claro que sí, pero antes quiero que me perdones.
–Tu atrevimiento ha ido demasiado lejos.
–Tienes razón. Pero soy tonto, no entiendo la mitad de lo que me dicen… Y además una cosa más…
–¿Qué?
–Aunque estuviera borracho en el diner, lo que dije, lo que te dije, es del todo cierto… Me he enamorado de ti.
Rebeca, a quien de ordinario no le fallaba el recurso de la palabra, no fue capaz de responder nada; como una autómata, permitió que Jem la ayudase a abandonar la barca. Ella no sabía que otros ojos la estaban observando al claro de luna. Antes de que enfilara el muelle, Jem reunió el valor suficiente para decirle:
  –Mañana me lavaré y me afeitaré. Nunca volverás a verme con aspecto indecente. Oleré bien, me cepillaré los dientes e incluso me untaré de crema toda la cara. No me olvidaré de ponerme ropa limpia. Quiero ser digno de ti.
–Nadie puede enamorarse de mí –dijo ella como un susurro de la brisa, invocando con su acento toda la tristeza de las inalcanzables estrellas.
–Te equivocas, Rebeca, es de mí de quien nadie se puede enamorar –dijo Jem, y rogaba por que ella no le hubiese escuchado estas últimas palabras.
***
Rebeca no sabía que alguien la había estado observando desde un rincón resguardado del muelle. Se trataba de Shana Merton, la que a bombo y platillo se confesaba su amiga del alma en la parroquia. No lograba explicarse el motivo de la visita de aquélla a la barca de ese mugriento pescador, pero enseguida se activaron en su cerebro los engranajes del mal pensar, y encontró suficientes motivos para bajar del pedestal a la que hasta ese momento considerara dotada de atributos celestes. No hacía falta haber cursado un doctorado en Harvard para averiguar lo que Rebeca había ido a hacer a la barca del pescador. ¡Qué atrevimiento, qué decepción! Todo ello revestía mayor carácter de escándalo por cuanto Shana Merton era una vieja solterona a quien le habían tirado los tejos muy escasas veces en su vida. Este escándalo no podía permanecer impune; el párroco debía ser informado tan pronto apuntase el día, y también todas sus amigas, tan solteronas y amargadas como ella. Se hacía necesario investigar la verdadera procedencia de Rebeca Evigan; de eso se encargaría el párroco, que era el que disponía a este respecto de los recursos necesarios. De momento, lo auténticamente relevante era que Rebeca había estado a solas con ese descastado de Jeremías Sandoval.
***
Arthur Seyfried tenía una estrecha amistad con el sheriff del condado, y decidió apelar a la misma para averiguar lo que se pudiera acerca del pasado de Rebeca Evigan. No podía ocultar nada bueno quien se rodeaba de amistades como la de Jem Sandoval, ese pescador de vida tenebrosa.
Todos los pasos necesarios serían andados. 
CONTINUARÁ…

Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
 
 

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