Arturo se sentó junto a otro indigente en el albergue con su plato de comida. Acomodó su largo sacón marrón para evitar sentarse sobre este, le sonrió a su barbudo y sucio compañero que comía rápidamente, y con movimientos torpes.

-Eres nuevo acá. Yo soy Arturo ¿y tú?- dijo tras tocarle el hombreo, el otro lo miró y asintiendo con la cabeza sonrió enseñando que le quedaban pocos dientes. A pesar de no haber obtenido respuesta Arturo comenzó a hablarle.

Ay, amigo, su usted me hubiera visto hace tres años. Salía de trabajar, porque yo trabajaba en una empresa excelente, soy contador, si, así es amigo, parece que estoy mintiendo, pero no, increíble, un contador que no supo contar, la ironía de mi vida.

Siguió comiendo aquel plato de lentejas algo aguadas e ignorando que el barbudo lo miraba siempre asintiendo y con una sonrisa forzada, ya con el plato vacio continuó:

¿En que estaba?, Ah, sí, salía de trabajar, y caminando hacia casa paré un momento para comprar cigarros. No sé ni porque amigo, pero me jugué una lotería, cosa que jamás hacía. Cuando llegué a casa le dije a Karina, usted ni sabe quien es Karina, perdón, ella por ese entonces era mi mujer. Al principio no le gustó, dijo que era plata tirada, pero pasaron pocos días y me entere de que fui el único ganador.

Arturo se acomoda en la descolorida silla de madera, se ríe, deja su plato a un costado en el suelo y continúa su relato con entusiasmo.

Cuando supe el monto que había ganado quedé impresionado. Era obvio que con eso vivía los próximos cincuenta años cómodo. Si, era mucho, muchísimo, era tanto que podría haber forrado mí casa dos o tres veces con tanto billete.

Lo primero que hice fue correr a comprarme un auto, casa ya tenía, bueno un tremendo auto un Audi que te morías, rojo, cero kilometro, esa máquina llegaba a los cien por hora en nueve segundos, un sueño.

Llegué al trabajo, me metí en la oficina del jefe lo insulté a él, a la mujer y a toda su descendencia, le rompí el jarrón chino ese que cuidaba como su fuera su hijo, después fui y le di una buena patada a la mesa donde yo trabajaba, tiré todo al carajo y salí gritando renuncio. En la puerta me mandé un bailecito, y me largue en el Audi saludando con el brazo estirado y me despedí así:

Arturo hace un gesto con su mano derecha, levantando el dedo medio y larga una carcajada sonora, aun con la sonrisa dibujada vuelve la mirada al otro nombre y le sigue contando.

A los tres días más o menos con Karina salimos de crucero, con todo, ahí perdí guita en el casino, pero no me importaba, le compré los zapatos de marca que ella siempre decía que nunca iba a tener, no me acuerdo como se llamaban, y mira que Karina lo repetía a cada rato, que nunca iba a tener esos zapatos, que eran los mejores, bueno, solo recuerdo que los diseñaba un argentino famoso. La verdad para mis ojos eran iguales a cualquier otro tipo de zapato, pero como tenían ese nombre eran carísimos. La cosa es que Karina andaba como loca con esos zapatos.

Fueron dos semanas impresionantes. Nos tomamos todo, comimos las cosas más raras que te podes imaginar. Cuando volvimos a Montevideo venia el

cumpleaños de la madre de ella, cumplía sesenta y pensé, ¡Pucha! No es cualquier edad, es de esas redondas, tipo treinta, cuarenta, cincuenta, hay que hacer algo, así que fui y alquile un baile, no un salón de baile, un baile, fui y puse plata para que no dejaran entrar a nadie esa noche. Quedó el barman y el dj con la familia. La vieja estaba enloquecida, y para colmo le regalo todos, pero todos los vinilos originales de Sandro, si porque ella siempre estuvo enamorada de ese, así que pensé ¿Por qué no? era buena onda conmigo la doña.

Karina se la pasaba en el quirófano. Me pidió que quisiera hacerse la cola, los labios, agrandarse los pechos, achinarse los ojos, al final quedó como una muñeca, estaba chocha viéndose al espejo. Quedó divina, salida de una playboy, y se puso pelirroja, porque era castaña ella.

Una noche que Karina estaba en lo de la madre vino Soledad, la hermana, y me pidió directamente, asi sin anestesia, que ella también quería hacerse algunos arreglitos, y bueno, era mi cuñada, le había dado a la madre los vinilos y la fiesta, pero a ella nada.

Yo comía en restaurants todos los días, porque eso es algo que me encanta.

Ya te imaginarás que después del Audi, vino la Harley. Siempre había soñado con una Harley. Mi suegra me decía que cuidara más la plata, pero es que me parecía tanta, y Karina siempre estaba de a cuerdo con mis gastos.

Arturo sacó un cigarrillo de su empolvado sacón, se lo ofreció a su acompañante, sin dejar de sonreír negó con la cabeza entonces Arturo lo encendió pensando que era el último que le quedaba, quien sabe hasta cuándo. Se lo fumó y siguió con su charla.

Antes de lo de mi premio a Soledad no la veía nunca, pero después venia a cada rato. Cada vez que Karina se iba a lo de la mamá, Soledad aparecía en casa insinuando que necesitaba una cosa y otra, a veces le hacía caso y otras veces no.

Cuando mi mujer cumplió años hice lo mismo que con la madre, digo lo del salón, el regalo fue muy diferente. Soledad me dio la idea de regalarle dos pasajes para que se fueran cuatro semanas a Nueva York, pero ella no quiso que fueran solas así que al final termine yéndome con ellas.

La pasamos muy bien, pero ese vieja fue un antes y un después. Cuando regresamos con las compras, que no fueron pocas, Karina se fue a cenar a lo de la madre y Soledad se quedó porque quería arreglar lo que habíamos traído. Sacó de su valija una botella de champaña, y se puso como a bailar con la botella, y se reía, Me dijo que teníamos que brindar por Nueva York y no sé, amigo, se me tiró encima prácticamente.

La relación con las dos hermanas fue lo más caro de mi vida. Pero duró poco, no sé si cuatro o cinco meses.

Una noche Soledad esteba conmigo, y le pregunte lo que siempre quise saber, que porque Karina iba a comer a lo de la madre y ella no. Soledad me dijo que eran muy diferentes y nada más. Me acuerdo porque esa misma noche de la pregunta estuvimos tomando bastante y cuando me desperté en el sofá de mi casa desnudo con Soledad abrazándome dormida, y un tremendo dolor de cabeza, esteba Karina mirando, para al lado de nosotros.

Me corrió de la casa a patadas, Sacó a su hermana de los pelos a la calle, sin siquiera dejar que se vistiera. Soledad se tapaba con algunas de las ropas que

Karina me tiro por la cabeza. Y esa fue la última vez que vi a mi cuñada. Hice varios intentos por arreglar las cosas, pero no hubo manera.

Karina se quedó con la casa, me cobro la mitad del Audi, por lo menos no me reclamó la moto. Alquilé un apartamento y fue ahí que me di cuenta que al tercer mes de renta ya no tenía con que pagarlo. Me volví loco para bancar los gastos del divorcio. Vendí la Harley para ir sobreviviendo, en el apuro mucho no le saque, busque trabajo como contador, pero mi exjefe le conto a todo el mundo como fue mi despedida y hasta que le rompí el jarrón, termine vendiendo el auto que, claro, me dio ganancia muy inferior porque ya no era cero kilometro y le había tenido que pagar la mitad a mi ex.

Todo esto pasó en dos años, Si amigo, lo que iba a durar cincuenta años se terminó en dos. No soy el mejor contador del mundo parece, saque muy mal las cuentas, la erre por cuarenta y ocho años.

Arturo se rie y le lagrimean los ojos. Niega con la cabeza y recorre el albergue con la mirada, vuelve los ojos a los de su peludo y desdentado acompañante y le dice:

Y aquí estoy con usted en este lugar que por lo menos no me deja pasar hambre, y me da una cama. No tengo clientes porque tengo una reputación de mierda, mi mujer me dejo, mi suegra me odia, de mi cuñada no supe nunca más, y no me queda ni para un segundo cigarrillo.

Al terminar de hablar mira a su compañero y arqueando las cejas comenta:

No me va a decir cómo se llama usted, parece

El hombre barbudo seguía asintiendo y sonriendo, cuando se le acerca otro indigente y lo toma del brazo e intenta llevárselo.

¿Qué hace amigo? le pregunta Arturo, y el otro responde

Aquí amigo, ayudando a Pocho para que vaya a su cama, es que es nuevo acá y a demás sordomudo.

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