Fotografía tomada en aparadores en calles de la zona Rosa, CdMx

El día no era propicio para la muerte, el sol brillaba radiante y el cielo azul se hallaba espléndidamente despejado de nubes. Si uno se asomaba por los caminos con lo único que, se topaba, era con el trinar de los pájaros y el revoloteo ansioso por levantar el vuelo. Les digo, el día no era propicio para la muerte y sin embargo justo a las dos de la tarde don Julián Bermúdez vino a caer redondito.

-Pero si yo lo vi cuando pasó por mi casa, se sonrió conmigo. ¡Ay! hasta se despidió de mí, el bendito. Decía la seño Carmela. Vecina de santa Rosa de las tunas.

-Pero pues así son las cosas, nuestro tiempo es sólo el que dios dispone. Dijo enseguida Martha. La que tiene el depósito de cerveza.

-¡Tan bueno el hombre! Exclamó de pronto don Melquiades Ruiz. Dueño del molino de café. Y la manera en la que vino a morir. Agregó.

-¡bueno y respetable! hasta que se enredó con esa mujer, aventurera y puta como no se había visto otra.

¿Qué será ahora de doña Jovita, su mujer? Preguntó Martha.

-¡Ay mi chula! Además del dolor, la vergüenza. Dijo la seño Carmela.

Al fondo el caserío alineado por toda la acera derecha del camino de terracería. Hasta cinco o seis casas uniformes. El congal, para la gente decente. El putero, para el resto de nosotros, indecentes. Por cada casa tres o cuatro mujeres de la vida galante, con su matrona y su golpeador. Cuartuchos de mala muerte. Y allí en alguno de estos, despatarrado y frío don Julián Bermúdez. Se le enredó la mujer después de haberla acercado una tarde de lluvia y lodo, en su camioneta. La buena obra que le dio primero, la entrada, después la inocencia de quererla hacer su querida.

-¡Pero si de eso viven estas! Cómo se fue a enamorar de ese modo. Dijo Josefa la mujer de don Melquiades, uniéndose al corrillo.

El chisme corriendo ya entre las casas y las calles del pueblo, hasta llegar a los oídos de doña Jovita, por boca de su sobrino Manolo quién entró corriendo acompañado de su madre, doña Lucía, hermana de la señora Jovita.

-¡Dios mío tía! Mataron a mi tío Julián. Y el silencio y el asombro de doña Jovita.

-lo mataron en el putero tía. Los ojos que le echó enseguida su madre doña Lucía.

-en el congal Manolo, en el congal. No seas mal hablado.

Después del silencio, doña Jovita se destapó en un copioso llorar.

Para entonces la gente se arremolinaba en torno al caserío, a las afueras del pueblo. Los municipales, ocho en total que conformaban la fuerza pública, acompañando al presidente y al encargado del ministerio público. A cual más buscando ser protagonista de aquel suceso.

Prostitutas y proxenetas asomaban las narices tras las puertas, todos con miradas y gestos de asombro en sus caras.

-¡abran paso a la autoridad! Y es mejor que vayan cooperando. Exclamó el presidente municipal, secundado por el representante del ministerio y de cuatro de los ocho policías, ante la puerta de una de aquellas casas non sanctas.

-es en la otra casa. Respondieron los aludidos.

Y la comitiva comunicándose con gestos redirigió los pasos.

En la casa marcada por la fatalidad reinaba el silencio y las caras largas. La matrona, Medarda, recibió a la comitiva.

-Eduardito, dijo dirigiéndose al presidente municipal. Con todas las confianzas de haberlo cobijado en aquella casa infinidad de veces.

-¡señor presidente municipal! Exigió Eduardo. Medarda bajó la mirada.

La descripción del cuadro con el que se encontraron fue de drama. Sobre la cama, totalmente desnudo don Julián Bermúdez, boca abajo, el balazo estaba puesto a la altura de la nuca. Las sábanas y una de las almohadas manchadas de sangre. El representante del ministerio público cogió el extremo de una sábana y cubrió con ella las enjutas, y ya para ese momento, frías nalgas del difunto. En un sillón tapizado con tela floreada el lloriqueo entrecortado y quedo de Ana, mejor conocida en aquellos tugurios como Zulia.

Brevemente aquí la historia de Ana, chiquilla de escasas veinte primaveras. Oriunda también de santa Rosa de las tunas. Hija de Don José Carmona, matancero de puercos y compadre de don Julián Bermúdez. Ciertamente de cara muy hermosa, con ojos aceitunados y labios delgados y sensuales, nariz respingada y pequeña. Cabello siempre largo a la cintura, y siempre también con un esmerado arreglo. De carnes mejor ni hablar, pero sólo para redondear el asunto, decir que era dueña de una cintura muy estrecha compaginada con unas caderas de ensueño, los muslos firmes y estilizados. Los dioses la habían castigado además con unos senos de volumen medio, redondos y firmes ¡Una diosa en toda la extensión de la palabra! Ligerita de verbo, cálida, pizpireta y cusca. Aún no terminaban los acordes del vals de sus quince años cuando ya se había escapado con el novio en turno. La vuelta a casa tres o cuatro meses después y de allí, a seguirse de frente con el siguiente prospecto, hasta que una buena tarde, cumplidos los dieciocho, decidió que ya era hora de irle sacando buenos pesos a sus encantos. Lo de Zulia se lo enjaretaron al día siguiente de haber llegado a aquella casa. A la que por cierto, no faltaba nunca clientes, allegados no tan sólo por la belleza sino, sobre todo, por el morbo de saberse amantes fugaces de aquella pequeña diosa.

El cuadro pues en aquella habitación repito, era de drama, el hombre entrado en años, difunto ya, acostado en la cama, desnudo. La joven sentada en el sillón floreado, y el entrecortado lloriqueo. Los ojos hinchados, el maquillaje deslavado, el cabello despeinado.

¡Zulia! Exclamó el representante del ministerio público, en esta ocasión el presidente municipal se había hecho a un lado. Uno de los policías repitió para que la mujer hiciera caso ¡Zulia! Dijo. De aquella comitiva todos, salvo uno de los policías, habían visitado alguna vez aquella casa, aquella habitación, aquella joven. Ana levantó los ojos y encaró a los hombres.

Entre tanto y una vez repuesta de la primera impresión, doña Jovita retomó su acostumbrada calma ¡dios se lo perdone en su infinita gracia! Dijo. Esperaremos aquí en casa. Agregó.

Después se abrazó de doña Lucía, su hermana y dijo ya sin llanto alguno.

-¡Pobre hombre! Cómo se fue a enredar en esas enaguas. Mientras, las dos hijas y los tres hijos varones llegaban al congal, todos envalentonados y exigiendo a gritos la captura del culpable, sin miramiento alguno entraron a la casa señalada, gritos e improperios de las dos mujeres, en contra de Ana, los tres varones guardando la compostura dentro de lo que cabe. Los tres también, en diferentes tiempos, visitantes de Zulia. Fuera de la casa y extendiéndose entre los mirones las noticias, - que según un balazo en la nuca-, desnudo el infeliz, que fue en punto de las dos de la tarde. Y a cual más los varones, mirándose entre sí y cuestionándose dónde se hallaban a esa hora del día.

El levantamiento del cadáver se llevó a cabo alrededor de las diez de la noche. Al principio unos opinaban que con la presencia del representante del ministerio público y del presidente municipal era suficiente, y sobre todo si había el entendimiento con los hijos allí presentes hasta que, Medarda, dejó caer las palabras precisas.

-Pero es que todos los señores aquí presentes, salvo éste y señaló a uno de los policías, han tenido sus quereres con Zulia, y mientras no se tenga al asesino, todos son sospechosos. Y se miraron entre sí. El policía señalado hizo un claro mohín de vergüenza, sobre todo por la presencia de las hijas del difunto. Ser el único en aquella habitación que, no se animó a perderse en la cadencia de las caderas de la joven, lastima el orgullo.

-Que venga entonces el ministerio público de San Francisco el bajo, poblado distante a cuarenta minutos de donde ellos se hallaban. Dijo el señor presidente municipal. Y comenzó la espera. Ya para entonces en la casa del putero, se habían agregado, tres o cuatro sobrinos y también tres o cuatro nietos de don Julián Bermúdez y de la seño Jovita. Todos varones mayores de edad y también asiduos visitantes. Medarda ofreció cafés y agua de limón ¡Una cervecita! Dijo en tono de broma el policía que se había quedado con las ganas de Ana. Las miradas de reproche en el resto de los concurrentes. El ministerio llegó por fin a las ocho con veintitrés minutos de la noche. Se hizo acompañar de dos asistentes para ir tomando nota. El representante del ministerio público de santa Rosa de las tunas y el presidente municipal junto con los cuatro policías y solamente dos de los hijos, una hija y un hijo, del muerto.

-Los demás esperen afuera. Y de nuevo la descripción del lugar de los hechos. La hora del deceso. La posición y las condiciones en las que se encontró al difunto.

-Ana o Zulia. Respondió Ana ante la pregunta de su nombre. Agregó el apellido Carmona. ¿Zulia Carmona? Preguntó el asistente. Ana Carmona, respondió ella, Zulia es como mi nombre artístico. Agregó.

Enseguida dijo que don Julián había llegado alrededor de la una y media de la tarde, que habían quedado que a esa hora era lo mejor porque el caserío se mantenía sin clientes y en silencio, todos dormitaban aprovechando las horas de calor. Dijo que la casa estaba vacía, que él, acostumbraba ser muy discreto, que terminó como otras tardes y aquí, al decir que terminó,  por alguna razón Ana miró de frente a la hija de don Julián. Enseguida dijo que, como otras tardes, también le pidió que dormitara a su lado. Que debió ser un pestañeo profundo de escasos minutos y que, la despertó de pronto, el tronido de un disparo y más que el tronido el peso del señor Julián aplastándose contra su cuerpo. Luego dijo que como pudo se zafó de aquel cuerpo inerte y que se sentó a llorar en el sillón. Después entraron las otras mujeres y doña Medarda, despertadas por el llanto. El sopor y el calor del mediodía, la siesta obligada, la costumbre de dormir hasta bien entrada la tarde. Comprenda usted que por nuestra labor, nos desvelamos hasta las seis de la mañana y empezamos de nuevo como a las seis de la tarde. Fue la respuesta constante y puntual.

Afuera la gente siguió a la espera, hasta el momento en que comenzó el barullo y vieron cómo, el cuerpo del señor Julián Bermúdez fue sacado de la casa envuelto en unas sábanas y fue subido a una camioneta.

La seño Jovita había dispuesto que se velara en la sala de su casa. Para cuando el difunto llegó, ya acomodado en su caja, aquella sala estaba repleta de flores y coronas, se ofrecía café y galletas a las personas que llegaban al velorio, y para los más allegados de la familia, tamales y empanadas de queso con azúcar. El llanto no se hizo esperar entre los hijos y el resto de la parentela. Los rezos y las plegarias a cada quince minutos. La seriedad y el silencio de doña Jovita, el ir y venir de uno a otro lado, recibiendo pésames, abrazos, dando órdenes. Ya para esa hora se había puesto un vestido negro y a pesar del calor, se cubría la espalda con una mantilla negra. El chismerío de la gente, repitiendo una y otra vez lo mismo, entre susurros. El disparo, el congal, las dos de la tarde, Ana o Zulia, según quien se atreviera a pronunciar el nombre, la hora de la siesta, todos durmiendo, nadie vio nada por la hora claro, desnudo, boca abajo. Y por supuesto de la llegada del ministerio público desde la cabecera municipal, no era para menos, todos visitadores de la tal damita, bueno todos menos uno de los policías y ya para ese entonces todo el pueblo sabía que, aquel ingrato, había sido señalado por la señora Medarda como el único que no había tenido quereres con Zulia. La misa de cuerpo presente se hizo a las doce de la noche y no era para menos, tan devotos en la familia y tan amigos del sacerdote.

Al día siguiente la presencia del ministerio público de san Francisco el bajo con el representante del ministerio y el presidente municipal de santa Rosa de las tunas.

Me gustaría empezar diciendo que hay dos caminos, dos cosas concretas por hacer. La primera, si viera usted señor presidente es que la cosa no está nada fácil. Dijo. Lo del arma sin problemas, fue una de bajo calibre, una .22 disparada a muy poca distancia, el arma prácticamente pegada a la nuca. El problema es la hora del crimen que coincide con el silencio y la tranquilidad de la zona. Agregó. Después hizo una pausa eterna. Para retomar la plática. Esa muchacha tiene vueltos locos a todos los hombres del pueblo, incluidos a ustedes dos por supuesto. Y ambos intentaron una discreta tos y un fugaz desvió de la mirada. Si queremos averiguar tendríamos que ir haciendo un intenso interrogatorio de todos los que desfilaron por ese cuarto, y viéndolo bien, esa tal doña Medarda, los tiene a todos muy bien en la memoria. Habrá que ir visitando a cada uno según los vaya mencionando ella, los habrá desde los hijos y nietos del finado, pasando por una retahíla de ilustres varones del pueblo, hasta recaer en algunas representaciones de las autoridades.

¿Y el otro camino? Preguntó el alcalde  

El otro camino sería que todos nos diéramos por bien servidos y pusiéramos en el asunto un punto y aparte. Contestó el ministerio público.

En efecto, mucha gente relevante del pueblo se veía entre sí con sospechosa reserva, las mujeres quisieran o no, interrogaban con silenciosa mirada a sus maridos, hermanos, hijos. Las maestras hacían lo mismo con sus compañeros varones, y de igual manera lo hacían hombres y mujeres de otros gremios. ¿Hasta dónde había llegado el encanto de Ana ahora bien nombrada también como Zulia? Hasta dónde, hasta con quién. El único que específicamente había quedado fuera, había sido el policía aquel señalado por doña Medarda, y al que con la vergüenza en la cara y con la pena en la mujer, se vio en la necesidad de abandonar el pueblo. Ni Don José Carmona, padre de la muchacha, quedaba fuera de dudas, en este caso se podía alegar venganza de otra índole. Así pues, con el paso del tiempo las aguas fueron tomando su cauce. El congal abrió de nuevo, y poco a poco, las puertas de las casas. Zulia dejo de ser Zulia y como Ana, se cambió de pueblo y terminó en San Francisco el bajo, como esposa formal del ministerio público. Las votaciones en santa Rosa de las tunas, las volvió a ganar Eduardo el presidente fincado en el buen manejo de aquel asunto del muertito en el putero. La señora Medarda, se retiró de aquel mundillo de la vida galante, se quedó en el mismo pueblo que la viera nacer setenta y tantos años atrás. Se quedó para integrarse de nueva cuenta con las amigas de antaño incluida por supuesto a la señora Jovita, amigas desde la más tierna e inocente infancia, y para llevar por invitación de esta, los últimos años que, les quedaba, para servicio y gloria de la iglesia ¡porque así lo demandaban sus almas!

¡Jovita! Dijo. Doña Medarda. Alguna de estas tardes de regocijo y tranquilidad, mientras tomaban una taza de café. Aquí te entrego tu pistola. Agregó, mientras sacaba del bolso el arma y se la entregaba a la señora Jovita. Y efectivamente era una calibre .22 tal y como lo había dicho el ministerio público.

©2019 By Oscar Mtz. Molina                                 

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Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 31, 2019 a las 12:14pm

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