(El segador / Millet)

EL DESPOJO

¡Mira! Ya va oscureciendo.
Otra vez vuelve la noche y se lamenta un mortal
y hay otro que sufre con él.
Tiritando bajo las estrellas del otoño,
año tras año se inclina más profundamente la cabeza.

GEORGE TRAKL
(Austria)


Despaciosa y certera la mano de Pedro Burguillo. Afilado el machete, vuela entre la maraña de mosquitos para trozar la maleza, o para desbrozar el matorral y permitir que la cosecha sea buena. Así se lo ha dicho Andrés Díaz: que la limpieza sea completa y pueda justificar el salario que le paga generosamente (Hazlo así, Pedro Burguillo. Con precisión y firmeza. Al término de cada semana tendrás la paga. Limpia bien, Pedro Burguillo; que no quede matorral ni zarza). El brote es rebelde y hace sudar a Pedro Burguillo. El sol se prende de su espalda negra, más negra que la sombra del barranco.

El tiempo de la espesura es lento y se mide con el batir del aire cruzado por la seca violencia del machete. Está absorto Pedro Burguillo en su sudor y en la mascada del tabaco que espesa su aliento. Por eso el hombre no se da cuenta de la proximidad de alguien que se acerca. Suena un silbido que alerta la hojarasca y pronuncia perfiles de extraña tensión en el ánimo del rustico atador de brozas. Lo escucha y advierte el sentido que exhala el llamado. Se hace pájaro Pedro Burguillo con otro silbido, el suyo más agudo, más de tierra. (No te distraigas en la labor, Pedro Burguillo. Este terreno debe estar listo para el banqueo y debes terminar de segar y limpiar. Recoge la gavilla y quémala, Pedro Burguillo, pero no te entretengas. Pronto tendremos lluvia, largo invierno). El murmullo de la tarde ya avanzada no permite saber si el silbido de los gruesos labios es de hombre o animal. Da lo mismo, pues sólo quien sea de este lugar puede captar el mensaje en la estancia de húmedo silencio. Debe conocer estos lugares el visitante. Se ha entablado la comunicación y el recienvenido advierte que su mensaje tuvo respuesta. El machete cae pesadamente sobre la gavilla y puede aun cortar alguna rama, seca y áspera como las manos del segador. Aparta la fronda Pedro Burguillo y observa al que llega; pero toma de nuevo el machete y pregunta con la mirada. La orden tiene visos de autoridad: "Soy el Juez del Distrito y necesito hablarle".

Aún esta receloso Pedro Burguillo, pero decide acercarse. (No te entretengas, Pedro Burguillo. Es mucho el trabajo pendiente). Los árboles escuchan mascullar al negro contra el inoportuno que pretende restar tiempo a su labor. Andrés Díaz no le reconocerá el salario completo. Y comienza el segador a remontar la pequeña colina con el machete en la mano (¡No se sabe!...). A ratos, se quita el sombrero para sacudirse con él la embestida de los mosquitos.

El silbido de los labios de Pedro Burguillo es ahora distanciador. Hace una simple melodía para aparecer distraído, o tal vez invoca algún ensalmo para ahuyentar maleficios. No lo sabe el Juez del Distrito cuando le pregunta con fingida cortesía su condición en el lugar. ¿Condición? Se clava la mirada dubitativa en los ojos del Juez. "Yo solo hago banqueo; trabajo todo el día en cualquier lugar donde me paguen". No tiene nombre Pedro Burguillo cuando se le requiere identificación. A él no lo llaman nunca por un patronímico definitivo. Una vez puede ser Ignacio, otra, Pedro; y cuando el Juez exige precisa la respuesta, el negro siente en los labios el impulso de una palabra: "Hidalgo" (Sé que eres un hombre trabajador, Pedro Burguillo. Conozco tu vida y tu hidalguía ... Bonita palabra). Así es Pedro Burguillo. Su compostura esta hecha de sorpresas. No traiciona a Andrés Díaz que le permitió trabajar contra el sol mientras canta algún contrapunteo de caña, o cuando enlaza el fluido de la quebrada con su garganta para aplacar la sed. Poco se le paga a Pedro Burguillo en el trabajo que hoy esta haciendo; pero tiene la proximidad de la tierra y el sueño de apretarla en sus manos y sentirla propia. Algún día sus hijos tendrán aquí sitio. "¿Muchos hijos?" Ya ha perdido la cuenta, pero, eso si, nunca ha sido burrero. El Juez sonríe. Así los ve la tarde que escapa: al uno, con traje de ciudad pero descuidado: las manchas de la ropa desvaída del Juez se confunden con las que deja el sol en su paso a través del follaje verdinegro. Y a Pedro Burguillo como una estatua de sombra, confundido también con los timbres de la espesura, por su silbido, por su fulmínea figura.

Se inquieta Pedro Burguillo. La faena debe continuar para que el salario sea completo, y las preguntas continúan. Se impacienta pero no dice una palabra. Ha aprendido a callar y a ocultar con el silbido sus propósitos y sus temores; por eso entona con más fuerza. Tal vez el Juez se canse y se retire pronto. (Te he dado este trabajo, Pedro Burguillo, porque sé que eres honrado. Cuento con tu fidelidad para cuidar mi propiedad y hacerla buena. Te pagaré lo que te mereces). Pero parece que en la tierra que él trabaja se ha sembrado alguna ambición, y se desata por ello una avalancha: dueño, condición, titulo. ¿Qué sabe Pedro Burguillo de títulos? Esta tierra que él puede amasar a discreción pertenece a la caña y el cambur, al tabaco y a la sombra. Esta allí para que la fecunden, como él lo hace ahora. ¿Podrá alguien tener más derechos que él mismo, cuando ni Andrés Díaz conoce el uso del machete, ni la broza, ni la tarde, ni el calor ni el cambio del viento? Y habrá posiblemente alguien más que pretenda quitarle esta tierra a Andrés Díaz, por encima de él mismo. (Cuídame la tierra, Pedro Burguillo). Silencia el nombre de Andrés Díaz, pues si pronuncia la palabra podría sentirse traidor a su trabajo y a su patrón. O tal vez traicionarse a sí mismo cuando ya no pueda arroparse de maleza ni cantar con los mosquitos. Es tenaz el interrogatorio del Juez. La autoridad debe atenderse, más aún cuando se ejerce en defensa de los derechos bien habidos. ¿Que cosa será "bien habidos?" Suena a bien nacido, a amparo de Dios de la selva; pero nada le dice a él que sólo desea concluir su labor. (Esta tierra, Pedro Burguillo, la adquirí en un buen remate. El negocio no pudo ser mejor. Los antiguos dueños tuvieron que dármela).
El Juez se retira unos pasos y desaparece de la vista de Pedro Burguillo, pero al poco rato regresa acompañado de otro hombre, también con atuendo de ciudad, sucio el traje y sudorosa la frente. En las manos trae una pequeña tabla en donde esta fija una hoja de papel. Hay que instruir el justificativo. ¿Para justificar qué cosa? Sólo sabe de sus herramientas de trabajo y del sudor en la espalda; sólo conoce el murmullo de las hojas de caña y el zumbido de los mosquitos. Sólo eso justifica, pues sólo eso lo consuela. Lo demás lo saben en su casa cuando regresa ya entrada la noche. Un paquete con pocas viandas, una botella de ron y otra de leche, una canción para mañana. Pero hay que instruir el justificativo. El acompañante del Juez esgrime el lápiz y comienza a escribir palabras que Pedro Burguillo nunca ha escuchado. Algo así como "constituido el Tribunal", "dejar constancia a perpetuidad". Intuye el segador algún interés en la tierra de Andrés Díaz. ¿Quien tendrá los ojos puestos en este lote abrupto, pleno de zarzas, que sólo puede servir a Andrés Díaz? O a él mismo, ¿por qué no? Podrá tal vez el Juez del Distrito sacar de sus ropas un machete y desbrozar la tierra; pero nunca lo hará como el. Tampoco podría hacerlo Andrés Díaz. El atuendo de los visitantes no es apropiado para la faena, aunque está en mejores condiciones que el pantalón deshilachado que él mismo trae puesto. Por lo menos la ropa de Pedro Burguillo tiene una razón para estar así, mientras que la de los inoportunos visitantes -y tal vez la de Andrés Díaz- esta sucia y arrugada aun sin el trabajo.

No lo dejan a Pedro Burguillo seguir trabajando. Insinúa el retardo y señala hacia el poniente. La noche esta próxima y el debe concluir la labor en este pedazo de terreno, junto al barranco. Pero la acuciosa indagación del Juez parece interminable. El escribano continúa su tarea larga y tediosa, plagada de palabras sin sentido, como mosquitos capturados en una lámina de miel. El negro no menciona el nombre de Andrés Díaz, a pesar de la insistencia del Juez en sacarle una confesión. Una traición haría Pedro Burguillo si hablara. ¿A quien traicionaría? Jornada a jornada aprieta puños de tierra y aspira su olor de selva, fragancia de sábila, sorpresa de dormideras. Tiende la mano Pedro Burguillo y arranca una planta, un trozo de suave espuma verde, y lo ofrece al Juez y su ayudante. Se miran extrañados y declinan la dadiva. Ahora es Pedro Burguillo quien sonríe. ¿A quien traicionaría? (De esta tierra obtendrás tu salario, Pedro Burguillo. Por eso, cuídala bien). Pero si Andrés Díaz no conoce la broza, ni la tarde, ni el banqueo; si Andrés Díaz vive en la ciudad y sólo visita la tierra de vez en cuando, siempre para ordenar y disponer, nunca para trabajar. ¿Qué sabe Pedro Burguillo quién pretende quitarle la tierra a Andrés Díaz? Alguno de la ciudad, sin duda; alguno de sus enemigos. Tal vez la misma persona a quien su patrón despojo con la justicia.

Se confunden en la intención del segador las razones de su silencio (Protege esta tierra, Pedro Burguillo. En ti confió). ¿Y la oportunidad de tener para sí el beneficio de la tierra que solo él, sin la ayuda de nadie, fecunda, cultiva, ilumina de blancos, verdinegros y atardeceres? Callar es siempre bueno. El lo aprendió desde que era niño, cuando a falta de compañía se volvió hacia sí mismo y pudo hablar con el humo del tabaco y con el rumor de las quebradas.

Ha avanzado la tarde y todavía el acto no ha concluido; pero ya lo que el escribano asienta no parece muy grave. "No se pudo constatar el despojo. No procede la aplicación del interdicto". Es posible que el Juez esté desilusionado y la tierra que Pedro Burguillo cultiva con tanto esfuerzo siga en la posesión de Andrés Díaz. Podría también ser posible que él mismo, en la labor de banqueo y en la quema de la gavilla de brozas, atraiga más cada vez hacia si mismo el amor de la tierra; que a la tierra él la fecunde para que sea suya. (Yo no tengo tiempo para ocuparme de mi heredad; por eso te la he encomendado, Pedro Burguillo. Cuídamela bien). Podría morir Andrés Díaz y no existir más esa persona a quien el Juez llama "el poseedor legitimo". Debe estar él, sólo él, arropado con la maleza, con la fibra de su mano tendida sobre el machete certero.

La despedida es breve. Un gesto agridulce, de cansancio y abandono, mezclado con un dejo de contrariedad, hace el Juez del Distrito. Parece que el pretendiente de la ciudad ha perdido la esperanza de quitarle la tierra al patrón. Y piensa Pedro Burguillo que también a él mismo. Por ahora, recibirá todavía el salario para comprar las viandas y el ron y la leche. Podrá cantar aún mañana otra faena y levantar el machete para limpiar de maleza la fecunda mies con la que hará su pan luminoso. Y podrá soñar que el pedazo de tierra negra de humo y blanca de ceniza que perfumará de nuevo sus manos, se aproxima a su dominio (Cuida mi tierra, Pedro Burguillo). El negro ha estado siempre aquí, y la rica heredad de sombras y melancolías sólo a él lo ha escuchado.

Pedro Burguillo nada dirá de la Visita del Juez del Distrito. Ni a su mujer siquiera.

Los pasos son amortiguados por la noche. Se alejan silenciosos el Juez y el escribano por la loma, hacia la salida distante y con rumbo a otras actuaciones tan inútiles como ésta de hoy. Los mira Pedro Burguillo y piensa que es preferible que el lote de fértil entraña quede, por ahora, en manos de Andrés Díaz. (No duer..., Pedro Burguillo. Cultiva y trabaja para mí). ¿Para mí? La siembra será mejor aprovechada y el fruto de las manos del negro segador llegará a la propia mesa sin la mediación del salario.
Clava Pedro Burguillo el machete en la tierra dolida y mira hacia la noche.

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Comentario por juan ignacio arias anaya el diciembre 17, 2018 a las 8:07am

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