Ángel  Medina.

 

EL  ENJUICIADOR

 

Los términos  “iustitia” y “cumpassio” se contraponen. La justicia tiene como antagonista a la compasión. Situados al filo de la navaja ¿cómo acertar?

 

Aquel enjuiciador era temido por todos. Émulo del  Draco de la Antigua Atenas, sus  dictámenes concluían con el máximo correctivo, por lo que se decía de él, que sus leyes, más que redactadas con la pluma habían sido escritas con la propia sangre de los reos. Su rigor le había hecho apropiarse de la respuesta del legislador heleno, que, preguntado por qué imponía casi siempre la pena capital a los condenados, aducía que las pequeñas  infracciones  merecían tal castigo y no había hallado otra sanción superior para los delitos más graves.

Paradojas del destino, su carrera fue  truncada por un ictus, quedando condenado a tener que vivir en una silla de ruedas, y era tal la aversión que desprendía que  ni  siquiera sus más   allegados quisieron  hacerse cargo de él.  Para su suerte, una desconocida mujer aceptó el  penoso trabajo de cuidarlo.

 

El provecto no lograba conciliar el sueño a pesar de los somníferos y con frecuencia despertaba de sus pesadillas dando gritos. Presa de su onirismo, se le aparecían los rostros cuyos nombres figuraban inscritos en las lápidas de sus olvidadas tumbas. Había un gigantón que estranguló con sus manos a un hombrecillo. Otro, el de un campesino adicto a historias truculentas que, despechado por su mujer decidió empalarla junto a su amante. También una anciana que, movida por la celotipia aprovechó el sueño de su marido para coserlo a puñaladas con una tijera de cocina. Ciertamente, todos ellos habían quebrantado gravemente la legalidad, pero él decidió que fueran muertos en lugar de conmutar el castigo por la cadena perpetua.

 

Ante la dantesca visión,  se justificaba diciéndose que había sido necesario aplicar todo el peso de la rectitud, no sólo por castigar aquellas abyecciones, sino también para disuadir a otros cometerlas, debiendo prevalecer la justicia por encima de cualquier conmiseración.

 

Eran muchos los  que habían sido enviados al cadalso, pero entre todos los recuerdos prevalecía uno, correspondiéndose con la figura de una dulce muchacha que apenas contaba dieciocho primaveras. Era una buena chica, aunque sin formación, de convicciones sencillas y piadosas. Las malas compañías le hicieron entrar en el incierto mundo de las drogas, quedándose embarazada sin saber quién era el padre de la criatura que llevaba en el vientre. Un día, bajo los efectos de los estupefacientes, estando la comuna reunida y continuando sin obtener el reconocimiento de la autoría, habiendo perdido el control de sus emociones y aprovechando un descuido los encerró en el granero, atrancó la puerta y le prendió fuego, pereciendo todos. Consecuencia de aquellos crímenes fue castigada con la muerte, fijándose la fecha de la ejecución para el día siguiente al alumbramiento.

 

Todo carácter termina doblegándose bajo el peso del dolor. El tiempo y el calor que recibía por parte de la muchacha acabaron por hacerle vacilar de su proceder  en la aplicación de la ley del talión, y deseando poder reafirmarse en lo justo de aquellos fallos tomó los legajos de las sentencias y procedió a revisarlas.

 

Rebuscando en los documentos  descubrió con horror que los fundamentos de uno de los expedientes no les resultaban ahora  suficientemente probatorios, por lo que el veredicto no se ajustaba a Derecho. Tan sólo le restaba continuar la lectura para saber de quién se trataba. Y al punto, sintió un miedo atroz, pues de hacerlo, no se trataría ya de una víctima anónima, indeterminada e imprecisa, sino de alguien mandado ajusticiar, con nombre y apellidos, y sobre todo unos rasgos  humanos  cuyos ojos no dejarían de interpelarle.

El   inmisericorde mandó a su cuidadora que arrojase aquellos tochos de papel al fuego de la chimenea para así evitar que el remordimiento anidara en él con redoblada intensidad. Estaba tras ella observando el cumplimiento de su orden. En un momento determinado dio un respingo, sobresaltándose. Mientras se consumía el papel en la llama, parecíale que  aquel nombre trataba de cobrar vida, elevándose las letras impresas de tinta en un intento de escapar de la lumbre.

Aquella noche pudo dormir más tranquilo. Fue la última vez que aquellas  miradas le perseguían  con sus reproches. Ojos helados por el frío de la muerte. Manos que corrían hacia él para atraparlo y arrastrarlo al infierno que habitaban. Multitud de gritos que estallaban en su fría testa voceando que le aguardaban en el  averno adónde él les había enviado. Y sobre todo los de la mujer embarazada a cuya hija permitió vivir.

 

El estado de su ánimo estaba cada vez debilitado, pero el momento que más detestaba era cuando tenía que asearlo en sus necesidades personales. Era allí y entonces donde   más sentía herido su orgullo por la humillación al  reconocer su dependencia hasta el extremo. Cruel paradoja para quien hasta entonces se había constituido señor de vida y muerte, teniendo que admitir su miseria física y moral.

 

-          ¿Por qué haces todo esto?- quiso saber- Bien sé que no puede ser el dinero, pues no hay plata suficiente para pagarlo. Yo soy un hombre viejo y terminal. Tú, en cambio estás en la flor de la vida.

 

En tanto hablaba, observó la limpia mirada de la muchacha y sus pupilas  le recordaron a alguien, esforzándose en conseguir saber a quién correspondían. De repente, una lágrima resbaló por su semblante hasta llegar a la boca, saboreando el amargo sabor del dolor y la compasión.

 

-          ¡¿Tú?!- le demandó con sorpresa.

-          Sí, señoría. Lo ha adivinado. Soy la hija de aquella desdichada a la que mandó ejecutar el día que vi la luz del mundo.

-          ¡Fue la justicia la que se llevó a tu madre!- balbució confuso, asomando en sus palabras el intento de justificación.

-          Mi madre me dejó un testamento escrito para que pudiera leerlo en su momento. ¿Recuerda aquellos papeles que me hizo quemar? En uno de ellos se encontraba su nombre. Entonces, supe que la persona a la que cuidaba era su verdugo. En la carta me decía que moría para expiar su delito, pero que mantuviese siempre, por encima de cualquier otra disposición, el precepto del amor. Incluso para los enemigos. Con esa recomendación trataré de vivir siempre. El resto ya lo conoce.

 

Cada vez más enmarañado en su pensamiento, acertó a responderle:

 

-          Ahora tienes la oportunidad de poder castigarme. Sabré comprender tu sentimiento de abandonarme a mi suerte  y morir como un perro solitario, y así vengarás  mi culpa.

-          ¡No!- le respondió con determinación- Mi  resarcimiento  será continuar cuidándolo hasta que entregue su alma. Su razón, la de verse sometido al perdón. Usted eligió el camino  ciego de la justicia  y yo el de la clemencia.

 

El viejo lloraba como un niño.

 

Epílogo.- El juez draconiano le costeó la carrera y acabó accediendo a la Magistratura. En el bagaje del aprendizaje conservaba los consejos de aquel hombre, conculcándole en la aplicación de la ley el tener en cuenta siempre la indulgencia posible hacia la debilidad humana.

 

 

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