EL MAGO.- PARTE 7ª y ULTIMA.                                          

7.-

 Observa como el petulante individuo que sube la escalerilla es por sí mismo todo un espectáculo de vanidad y estupidez. Quizás, si le diera una buena lección, cambie y se pueda transformar en una persona algo más digna y normal.

--Ya me tiene usted aquí. ¡Hipnotíceme!

Prudente, Li Chuang, conserva su postura y mantiene algo que se ha propuesto. En todo caso, el mando y el control del tiempo de desarrollo de cada momento los maneja él. Y en ningún caso se debe dejar atropellar por la personalidad y el temperamento del espectador que colabore en su acción.

--Le veo muy seguro de sí mismo, ¿Señor…?

--González.

--¿En que trabaja?

--Soy delineante de alto nivel. Colaboro con un famoso arquitecto.

Andrés capta que ha indicado que colabora y no que trabaja para ese arquitecto, lo que es un índice de vanidad muy alto, aspecto que queda muy claro con sus demás formas de ser y comportarse.

--Bien, Señor. Si me hace el favor, siéntese en esa silla y ofrezca a mi labor toda la resistencia que desee. No se preocupe por mí, si no puedo hipnotizarlo, bajaré la cabeza y reconoceré que no he podido y que usted me ha vencido. Cada día que pasa es algo en lo que trato de ser mejor, por lo que soy menos vanidoso, menos soberbio y reconozco mis limitaciones ante personas tan fuertes de carácter como usted.

--Tendrá que hacerlo. Me imagino, que ahora se pondrá delante de mí, mirándome a los ojos y moverá las manos ante mi cara para que me quede dormido. ¿Será así, claro?

Li Chuang no contesta. Con un elegante gesto le invita a que se siente en el lugar que le ha indicado.

El Sr. González vuelve a saludar al público con un aire de presunción y ostentación clara y se sienta de cara al público. Cruza las piernas de forma petulante y mira hacia la sala con una estereotipada sonrisa de dominio de la situación. El mago gira a su alrededor una vuelta completa y se coloca a su espalda por un momento y de inmediato colocado en un lateral empieza a hablarle con voz lenta, baja y meliflua.

--Os vais a dormir, pues notáis que todo os sobrepasa. Las piernas os pesan, las manos se han vuelto de plomo y apenas si podéis sujetar la cabeza, que se os irá cayendo a un lado.

Y Li Chuang da una sonora palmada.

Durante unos instantes no ocurre nada. Súbitamente la pierna que tiene cruzada, resbala sobre la otra y se apoya en el suelo. La sonrisa de suficiencia se borra y queda serio. Los dos brazos resbalan de los brazos de la silla y quedan exánimes a ambos lados, colgando de los hombros. La cabeza oscila y cae sobre el hombro derecho.

Durante unos minutos, el mago no hace nada. Después camina y da una vuelta completa a su alrededor antes de quedar al lado del dormido y colocarse mirando al público que guarda un silencio sepulcral.

--El Sr. González no quería dormirse, pero es evidente, como ven, que tenía mucho sueño retrasado. Ahora comprobemos si está o no hipnotizado.

Andrés se coloca delate de él y o mira por unos segundos antes de ordenarle.

 --Levántese --ordena con voz suficientemente alta para ser escuchado en toda la sala-- y acérquese hasta aquella mesa señor González.

Con movimientos lentos se alza de la butaca y camina hacia el mueble que le he señalado y queda al lado de él sin moverse. El mago le sigue a distancia. Saca papel, pone la grabadora en marcha e inicia un interrogatorio:

--¿Puede decir su nombre completo y los datos personales que le pida?

--Me llamo Rafael González Ruiz.

--¿Qué edad tiene?

--Treinta y siete años.

--¿En qué trabaja?

--Soy delineante.

--¿Casado o soltero?

--Casado y con dos hijos: un niño y una niña.

--¿Cree usted en la hipnosis?

--No.

--¿Qué cree que es?

--Un engaño, pues el hipnotizador está de acuerdo con el que va a ser hipnotizado.

--¿Cree que usted que se encuentra ahora mismo hipnotizado?

--No. A mí no hay quien me lo haga.

--¿Está muy seguro de ello?

--¡Sí!

--¿Entonces es que usted es amigo del mago Li Chuang, y está colaborando con él en este momento, para engañar al público?

--No, nunca haría algo así.

--Le creo.

--Señoras, señoritas y caballeros. Quiero dejar claro que el Sr. González esta hipnotizado. Sé que en sesiones de este tipo se suelen hacer cosas en las que la dignidad del hipnotizado sufre un claro menoscabo. No es mi modo de ser el de hacer cosas de ese tipo y no le obligaré. Podría hacerlo, pero no realizaré nada que atente a su dignidad de persona. Por lo tanto, lo que hará son cosas muy sencillas o complicadas, que muestren que obedece. ¿Quiere alguien subir y comprobar su estado?

--No me importaría hacerlo, soy médico y quisiera verlo de cerca y hacerle unas pruebas dado que nunca he tenido ocasión de hacerlo.

--Suba. Y si alguien más lo desea, puede hacerlo del mismo modo. Pero sólo consentiré que se le trate con exquisito cuidado y sin afectar a su dignidad. ¿De acuerdo?

Dos personas suben al escenario. El médico actúa de una manera profesional desde el primer momento. Saca una pequeña linterna y le mira las pupilas. Le toma el pulso. Levanta un brazo y lo deja caer, viendo como este se desploma con rapidez y sin ninguna resistencia. Sin avisar, por sorpresa, colocado por su espalda, tira de él hacia atrás y al ver que va a caerse lo sujeta cuando lleva un cierto recorrido.

--¿Si le causo dolor lo sentirá? --Interroga.

--Lo sentirá, pero luego, cuando lo despierte, no lo recordará.

--¿Puedo hacerlo?

--Hágalo, pero suavemente, que no le quede señal.

Coge una mano y aprieta sobre una uña hasta que el hipnotizado lanza un grito, pero no hace ningún gesto de retirar la mano.

Durante un rato más, le hace diferentes pruebas, como caminar, inclinarse, ponerse de puntillas, flexiones de piernas y, finalmente, lo hace sentar y con el canto de la mano golpea bajo la rótula buscando el reflejo de extensión de la pierna.

Al final, indica:

--Como médico, estoy seguro que no es consciente de lo que le estoy haciendo. Acepto que se encuentra profundamente hipnotizado. Muchas gracias Sr. Li Chuang.

--Ha sido un placer verle trabajar. Muchas gracias a usted por su colaboración.

Dirigiéndose a la otra persona que ha subido inquiere.

-- ¿Quiere hacer algo con el dormido?

--¡Sí! Voy a hablar con él pues es mi amigo.

--¡Hágalo!

--Rafael, ¿me conoces?

Durante unos momentos mira a su interrogador antes de hablar de modo extraño.

--Sí.

--¿Quién soy?

--Enrique.

--¿Te encuentras bien?

--Sí.

--¿Dónde estás?

Mira a su alrededor con expresión de sorpresa antes de decir:

--No lo sé. Es un sitio muy raro, que no conozco. ¿Qué hago aquí?

--Estás en un teatro y te han hipnotizado.

--No puede ser.

--Lo es, ya te lo contaré cuando despiertes.

--Muchas gracias, Sr. Li Chuang. --Indica Enrique.

Hace un gesto de inclinación y vuelve al asiento desde el que ha llegado un momento antes.

--Ahora --indica al público--, voy a hacer que me escriba algo que sólo él podrá leer cuando le despierte. Ni yo lo leeré, pero a él sí le quedará constancia que ha sido hipnotizado.

Hay un rumor en la sala. Los presentes cuchichean entre ellos.

--Sr. González, siéntese por favor en esta mesa, coja el bolígrafo, y escriba algo que sólo usted pueda saber. No hace falta que sea muy extenso, basta con que cuando lo lea sepa que solamente usted pudo escribirlo. Cuando termine, lo firma y lo mete en el sobre que tiene delante, ponga dentro su anillo de casado y lo cierra pegando la solapa. Cuando esté todo hecho, se guarda el sobre en su bolsillo derecho. ¡Empiece cuando quiera!

El mago se aleja hacia el otro lado del escenario, desde donde queda observando. Con movimientos lentos el Sr, González, como lo viene haciendo todo, tras sentarse a la mesa, sigue las instrucciones y escribe. Al cabo de un rato dobla el folio, lo introduce en el sobre, con dificultad se saca el anillo, lo guarda y pasando la lengua lo cierra, y lo dobla antes de metérselo en el bolsillo indicado.

--Cuando se despierte a mi palmada, usted no recordará nada de todo esto.

Da una palmada. El Sr. González sacude la cabeza varias veces y, de inmediato, vuelve a la actitud que tenía recién subido al escenario.

--Bueno, ¿Cuándo va a empezar a hipnotizarme?

--Ya lo hice y acabo de despertarle. ¿Recuerda algo de lo que ha hecho?

--¿Qué puedo recordar, si acabo de subir y estoy esperando que empiece?

--¿Está seguro de ello, Sr. Don Rafael González Ruiz?

--¿Cómo sabe mi nombre si no se lo he dicho?

--Sí, sí que lo ha dicho. Pero no lo puede recordar.

Por un momento queda serio, valorando algo que no acaba de entender. Pero de nuevo por un momento su expresión de suficiencia vuelve al rostro, y pregunta mirando hacia el final de la sala.

--Enrique, ¿me han hipnotizado?

--Sí, Rafa, lo han hecho y lo he podido ver y comprobar. Además te han grabado todo.

--¿Me estáis tomando el pelo? No es posible.

--Es una realidad. Lo siento, pero así es. --Confirma Enrique.

--¿No se lo cree? ¿Tan seguro se encuentra de ello? ¿No puede admitir que puede ser hipnotizado cómo lo podemos ser cualquiera de nosotros?

La expresión del rostro se le altera y muestra más contrariedad que sorpresa. Es evidente que ante las pruebas ha empezado a dudar.

--Mirad vuestro bolsillo derecho. Hay un sobre y dentro de él se encuentra su alianza y una carta dirigida a vos, que os habéis escrito, con algo que solamente vos podéis saber y leer. ¡Hacedlo!

--¿Es cierto, Enrique?

--Así lo hemos visto todos. Nadie, ni el mago, saben lo que hay en esa carta. Sólo tú la has escrito y solamente tú podrás leerla como te han dicho.

Con la carta en la mano, se muestra claramente contrariado. La abre y se coloca el anillo. Mientras la lee, se lleva la mano derecha a la cabeza, y se mesa el cabello. Al terminar, saca un mechero y la quema. El último rescoldo lo tira al suelo, espera que se queme y pisotea las cenizas esparciéndolas.

Sin decir una palabra, baja del escenario y por el pasillo central, con grandes zancadas, sale del teatro sin mirar a ningún lado.

Como hombre y fuera de su papel de mago, por unos instantes comprende y a la vez no acepta su comportamiento. El que se acaba de alejar enojado, ha dejado claro en todo momento su especial idiosincrasia y al final, su soberbia. Andrés percibe que la sensación de ridículo experimentada le ha debido desquiciar, pero hubiera sido mucho más normal recurrir a la aceptación, a la broma inclusive pues el humor es un arma que en situaciones así dan una salida elegante al que ha hecho algo risible. Pero con esa salida, además se he comportado como un grotesco y maleducado bufón.

Cuando va a intervenir, desde el fondo de la sala, Enrique, que se ha levantado, indica:

--Pido perdón a todos en su nombre. Es mi amigo. No es mala gente, pero tiene un amor propio exagerado. Perdónenle, ya se lo recriminaré yo.

Enrique sale de la sala y desaparece.

--Señoras y señores. No ha pasado nada. Es un hombre susceptible, no se lo tengamos en cuenta. Cada uno de nosotros somos como somos y aunque todos queremos mejorar y ser más válidos, a algunos les cuesta más trabajo descubrirlo y poner suficiente coraje en ello. ¿Alguien más quieres ser hipnotizado?

--A mí no me importa. --Indica un hombre de mediana edad-- y puede preguntarme lo que quiera, creo que no tengo nada que ocultar. Y además, como he venido sólo --y se ríe a carcajadas-- mi esposa no se va a enterar de nada de lo que pueda decir.

Y mientras avanza, se ríe en compañía de toda la sala. Es un hombre alegre, sin complejos, feliz y extrovertido. Para el mago que lo observa con curiosidad, queda claro que se toma la vida con mucha tranquilidad, que realmente nada le importa demasiado. Y al comportarse así en ese momento crucial del espectáculo, ha roto la tensión que había creado el recién escapado.

En su interior, mientras espera que suba el jocoso que está llegando a la escalerilla de acceso, acepta que lo que hace no se ajusta a lo que la diosa de la magia Circe le indicara y admite, para sí mismo, que una vez cumpla el contrato firmado, tendrá que buscar otros derroteros muy distintos de lo que está haciendo.

Pero se dice, como expresan los cómicos en estas ocasiones, “la función debe continuar”.

          Y el espectáculo prosigue pleno de nuevas escenas, nuevas sorpresas y variaciones que sorprenden y maravillan a un público que se ha vuelto crédulo y agradecido

 

          Pero eso, lo que sigue… es ya otra historia.

 

                                        F   I   N.

 

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Comentario por Laura C. el junio 30, 2017 a las 2:28pm
La desconfianza es necesaria como medio de autoprotección, pero cuando todo indica que no tiene razón de ser y hay sobradas muestras de que cometemos un error si insistimos en la misma postura, no cabe otra cosa que ceder ante lo irrefutable.
El ego es nuestro mayor enemigo y nos puede conducir a perder contacto con personas que amamos, de las cuales desconfiamos injustamente.
Estupendo final... ¡Mágico!
Abrazos

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