EL SEÑOR HIRE

Homenaje a Simenon

El señor Hire siempre está asomado a la ventana de su cuarto. Lo ven los vecinos cuando pasan por la calle frente al viejo edificio de apartamentos donde vive, y lo ve también la mujer que es el motivo de su obsesiva curiosidad. Allí está el señor Hire mirando por la ventana a su vecina en el apartamento del edificio contiguo. En el cuarto suena siempre que está en la ventana, el movimiento final del cuarteto con piano de Brahms, en la romanza melancólica que es una queja y una danza sobre espejos, engarzada en un rondó tempestuoso. El señor Hire pone a sonar el tocadiscos en ese pasaje del cuarteto cuando se asoma a contemplar a la mujer de quien nada sabe, ni siquiera el nombre. Para ella es el anuncio de ser observada con pasión o tristeza por el hombre solitario, sin nombre tampoco, porque de él sólo conoce su entrar y salir cuidadosos, su silencio, el sombrero negro, el paraguas y su atuendo severo. Nunca se ha escuchado en el vecindario una queja contra el señor Hire, casi como si no existiera en esta pequeña barriada que lleva vida apacible, apartada del bullicio de la ciudad. Sus pasos son apenas un murmullo en la acera, y para nadie es más que una sombra. Sólo la mujer percibe la vibración de unos ojos, la melancolía encajada en un torbellino de cuerdas, y sabe entonces que él está detrás de la ventana y que la mira con devoción de soledad, pobre señor Hire.

Los sueños del señor Hire deben llevarlo por amplias calles en la madrugada, con un tiempo de bronce, acompañado por la mujer. Millares de bombillas estallarán sobre el pavimento brillante por la lluvia reciente, mientras ellos buscarán un refugio para vivir el cálido silencio que encenderá sus pasiones. Sueños. El otoño próximo despoja de esperanza al señor Hire, pero continuará soñando que aún está en el parque, caminando con ella por sus veredas, escondidos en la glorieta, y no querrán hablar para que el silencio sea único oficiante. Tan solo sueños, porque la mujer apenas lo ha mirado cuando él la observa desde la ventana; o quizás sí le ha respondido y le sonríe de modo ambiguo que hace feliz al señor Hire.

El rito se repite cada tarde, en un escenario sombreado por el ala de los edificios, en el día declinante. Él no cree que alguien sepa de su tenaz curiosidad, y menos que piense y se diga que la ceremonia cumplida cada tarde tenga el motivo de una pasión voraz. Sólo es suyo el secreto; no suyo propiamente sino de ambos. Nadie más puede entrar en ese sagrario. Encontrarse al azar con ella no debe ser difícil. La rutina puede hacer que se crucen en la calle, o coincidan en la panadería. Entonces ella fingirá no conocerlo y mostrará indiferencia, y él la seguirá con la mirada y querrá hablarle. Le dirá su nombre y preguntará por el de ella. Algún día se hará más comunicativa y le hablará de sus cosas. Pero el señor Hire siente lejanía en la mujer, la ve como si no estuviese a su lado sino tras la ventana de su apartamento, fría como estos días de otoño.

La pasión del señor Hire ahogará vehemencia en la soledad de su aposento, con el fondo del movimiento final del cuarteto de Brahms; y ella sólo humedecerá en el recogimiento de sus fantasías. Alguna vez se ha topado con la conserje del edificio, que limpia las escaleras. Apenas un saludo sin palabras; la vieja conserje lo mira fijamente con un gesto de censura que nota el señor Hire. Algo puede saber de su obsesiva contemplación, pero a él no le importa porque es dueño de su vida y de la vida que construye en la casa vecina. Finge indiferencia y sigue sus pasos para entrar a su apartamento y despojarlo de silencio y oscuridad. Suena el cuarteto con piano en la romanza elegíaca que llega hasta la ventana donde una mujer escucha y observa mientras el señor Hire no desprende de ella sus ojos. Ambos están en la danza y sienten la emoción que desborda de la música. Puede ser que ella lo ame. Y así siempre, sin perturbación, al paso del tiempo, sea con la bruma que se prende de los días o con el fragor de lluvias violentas.

Un día ella no está, no aguarda la música que vendrá desde la ventana del señor Hire. Habrá ido al parque a pasearse a solas en la hora del último sol, a buscar las huellas de un secreto en el limo de los senderos enmohecidos. Nadie pudo saberlo, pero un ominoso silencio rodeó su paseo solitario y hubo un temblor de aguas estancadas en la fuente, allí donde quedó el cuerpo sin vida junto a un paraguas roto, como un amasijo de nervios por donde rodaron sus lágrimas.

No suena aquí, en este parque, la romanza con el fondo armonioso que acompaña el escenario, sino un viento creciente que barre la hojarasca del otoño. El barrio apenas comentó el suceso: se dijo que fue una muerte violenta, un crimen de venganza. Todo en el mayor secreto. Fue recogido el cuerpo y llamados los vecinos, la calle mantuvo el mutismo de la sospecha y el rumor fue un malestar pasajero.

El señor Hire ha llegado esa tarde a su casa y ha develado la penumbra, para dar inicio al rito de la música y la contemplación. La romanza inicia cuando él se aposta en la ventana en busca de unos ojos huidizos, una sonrisa insegura. Ella no está; sólo una palidez lunar sobre los muebles, el rescoldo de un hogar abandonado. Permanece terco en la ventana, tal vez pronto llegará y le dirá discúlpame, no tuve la intención; fue que hallé en el parque a un viejo amigo que me detuvo para hablar del tiempo, de ti, de la vida. Ya comprende el señor Hire que debe disculparla: ella tiene derecho a los amigos, a pasearse en el parque a la hora de semipenumbra, a llevar su paraguas por si acaso llueve en este tiempo ventoso. No se contenta con estas explicaciones. El amigo puede ser algo más, un apasionado de celos que le causará daño por preferir la admirada presencia del señor Hire cada tarde.

Cuando termina el rondó la primera vez, vuelve a sonarlo dos, tres veces, para llamarla en la noche que ya ha entrado a plenitud. En la casa vecina un velo tupido impide ver el interior. El silencio que sigue es angustioso. Se retira el señor Hire de la ventana para hacer algo que lo distraiga de la ansiedad, pero regresa muchas veces. No ha llegado ni llegará esta noche, y el abandono lo desasosiega porque la mujer está en el parque, sentada al borde del estanque con su amigo. Hablan del tiempo, del señor Hire, de cosas que a él están vedadas. No puede estar cerca de ella y eso basta para enloquecerlo. Ya no podrán pasearse tomados de la mano como los han visto las horas de la tarde.

Se sienta en la butaca para escribir en un cuaderno, quizás la historia de su locura o el itinerario de la mujer en este día de ausencia, para justificarla o recriminar su actitud. Lo envuelve el humo de sus invenciones hasta que el cansancio lo vence y la música de la noche es distinta: un susurro de lluvia cortado por el chirrido de los grillos protege la duermevela del pobre señor Hire. Este primer día de invierno, más negro que toda la noche, sorprende a los del barrio con sus espumas de acero.

Pocos salen a la calle para no perder la orientación con el frío; pero a la puerta de la casa del señor Hire llegan dos agentes de policía a buscarlo. Una simple orden de arresto lo conducirá a interrogatorios y requisas. Su mutismo es más duro que las preguntas sobre su vida y sus obsesiones; más firme que el asedio que quiere arrancarle la confesión de haber matado a la mujer en el parque, porque él la ha perseguido con tenacidad, la ha espiado y ha invadido su soledad. Cómo podrá responder el señor Hire si él ha amado a esa mujer; y si la ha espiado, como dice la conserje del edificio, es porque su amor es de verdad y lo que desea es brindarle ternura y vigilancia. Cómo pudo ser él causante de tan enorme desgracia. Regresará a su casa, quizás en libertad. Pasa por el parque humedecido por la lluvia, se detiene frente al estanque. Parece un rumor su voz en la ciénaga de verdes tristes, fríos como la mujer indiferente a la devoción que le ha profesado tantas veces. El invierno es un grito propagado por el viento y pudiera versele desesperado, enfrentando la traición de una mujer que no tiene otra respuesta que el asombro.

Por fin llega al viejo apartamento para repetir una vez más el ritual. Se tiende una niebla sobre el aposento del señor Hire, y un golpe seco de muerte se desvanece en el ambiente, mientras suena la romanza de Brahms y las palabras escritas en el cuaderno proclaman una confesión.

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Comentario por Daanroo Mattz el diciembre 18, 2019 a las 1:04pm

   No se puede ser simple u objetivo, cuando la dificultad de la soledad implica dilataciones perversas, ni aún cuando "el mudo y el testigo" son el mismo vocablo de la singularidad.

   Perdón por la expresión, pero ¡Pobre  Sr. Hire! indocumentado en su propia sobriedad, realza lo más bajo de la romanza, -la sinfonía del silencio es deliciosa,- para que tratar de domesticarla, al final, en cada muerte, el suspiro es el mismo.

   De la confesión ni hablamos...  dejemos a la ciénega del olvido, lo lúgubre de la sazón.

Comentario por Edith Elvira Colqui Rojas el diciembre 7, 2018 a las 3:33am

Un hermoso cuento 

Comentario por juan ignacio arias anaya el diciembre 6, 2018 a las 5:50pm

Buen escrito, lleno de simbolismos

Saludos 

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