(La muerte y la doncella / Egon Schiele)

EL TÁLAMO DE ULRICA

*

Corrió por la calleja hasta la casa del suegro Hoffmann (este apellido sonaba como un espasmo asmático, de ahogo, vigoroso en su recuerdo). Corría desconcertado, aturdido por unas copas de alcohol, sin tener una palabra precisa que decir, llevado sólo por la necesidad de comunicar algo, expresar un significado del dolor y la incertidumbre que trae en sus largos pasos. Cómo decir el suceso sin alterar al viejo tudesco de buen vivir e indeclinable optimismo, sin producirle un colapso, o la muerte. Los viejos son más resistentes ante la desgracia, quizás porque ya han visto tantas, y es posible que ahora no se desespere como tú crees, y alivie tu confusión y te ofrezca sosiego. En fin, el tiempo se hace corto en la vejez y la puerta está entreabierta hacia el otro lado; por esa razón soportan el dolor y todo es más ligero.
Pero no crees poder decirle al viejo que la vida de Ulrica ya no es ni ligera ni nada; cómo decirle que allá donde estaban pasando sus primeros días como esposos, Ulrica había dejado su pasión enredada en las sábanas, se había volcado en gritos sin freno y llorado sin cesar hasta que la voz se le fue apagando y los sollozos fueron manchas de sangre en las almohadas. Ulrica diciendo adiós al breve tiempo de las noches nupciales, rodeada del bullicio nocturno de la calle, ante la breve luna en el ventanal, espejo vacío en la estancia estremecida; Ulrica en la memoria tendiendo su mano hacia ti para que la salves de este torbellino. Presencia en la memoria, para ti que ahora corres a toda prisa, queriendo convencerte de que estás desesperado porque no sabes cómo decirle al viejo que Ulrica se ha ido poco a poco, entre jadeos que creías de placer y eran de ansiedad y dolor; miedo quizás a decir que llegó el gran suceso.
El viejo lo comprenderá porque ha vivido tantas cosas en ochenta y cinco años, muchos de ellos en el barrio La Candelaria, casi un pequeño pueblo, desde que era repartidor de las bodegas de víveres hasta que tuvo casa buena cerca de la plaza, con altos portones y zaguán y palomas que ensucian el patio. Allí donde Ulrica había jugado en su soledad de niña sin hermanos con quienes pelear; en el solar donde las palomas y sus pichones eran sólo para ella, donde inventaba juegos que llenaban el vacío de otras compañías, el pasar la niñez sin ver más allá de lo que el padre le permitía. El viejo Hoffmann dedicado al trabajo y a sus amigos mientras la niña soñaba un futuro acomodado en los corredores de la casa. Después fue Ulrica sin ambiciones, en paciente espera del amor conforme y para siempre, que recibiría con vestido de novia en el altar de la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria.

**
Hoy has llegado de nuevo al barrio, te alojaste en el hotel La Candelaria, en el mismo aposento que te había albergado con Ulrica la noche de la boda. No sabes qué buscabas al hospedarte aquí: si fue por no hacer el esfuerzo de ir por otras posadas del barrio, o por la nostalgia de aquellos momentos de descubrimiento de la pasión de una mujer que parecía todo recato y fue de repente muestra de la más sensual voracidad. Y ahora, sentado en la cama que antes simbolizó el refugio nupcial, has pensado cómo decir al viejo lo ocurrido. Planificas argumentos y explicaciones, esbozas palabras de consuelo. Y sales.
Los pensamientos están enredados en tus pasos. Cuántas veces habías escuchado de ella misma la historia de Ulrica, y cuántas más le habías contado la tuya, cuando eras aprendiz de rico haciendo negocios en el barrio, en competencia con el padre de tu mujer prometida. Ella estaba cerca de ti con el temor de perderte, y ahora no corría tras las palomas. Tu amor no era desbocado sino paciente, preparado para un futuro, ya casi en tus manos, que te permitiera ser el autor de la fusión de los dos almacenes y propietario en la mejor zona comercial del barrio La Candelaria. Ulrica pensaba en el amor eterno y no tenía mucho para elegir. Era, al fin de todo, la niña medio rica que esperaba tener asiento propio con hombre propio y dinero para llevar ocio tras ocio, mientras llegara la vejez. Pero descubriste que no era así, y fuiste hallando coincidencias con ella, Ulrica pasional, mostrándote sus preferencias para acercarse a ti. Ya sabes, el amor no es otra cosa que el empeño de una coincidencia. Busco en ti semejante respuesta hacia algo que nos espera y nos atrae, a ti y a mí misma: una postal, una melodía en la calle, el desvarío de la razón. Hemos reconocido que compartíamos la misma experiencia, y soy narciso y tú eres el agua, para duplicar nuestro reflejo.
No llegó la vejez para Ulrica. Su vida se quedó en el camino de una breve pasión que comenzó como intento el día de la boda y en los viajes de la luna de miel, y luego fue el derroche y la euforia que creían interminables. La primera estación fue el hotel del barrio La Candelaria, en la vecindad, cerca del abrigo de la casa; y después caminos de peregrino, en otros poblados vecinos. En cada hostal desfogaba la entrega. Ulrica se ofrecía con plena libertad, entregada sin pudor al delirio amoroso, y tú observabas con sorpresa las coincidencias en el espejo de tus aprehensiones, en ti Narciso que eras Ulrica. No tenía razón quien pensase que te alentaban propósitos de interés económico; te convencías a solas de la verdad de tu devoción hacia la novia desposada. La idea del matrimonio con la hija del competidor resultó un feliz logro, y ahora hubiera podido decirle al viejo Hoffmann que fue una elección definitiva, sana y honesta.
***
Ya casi era el momento de regresar, y ocurrió lo más inesperado en un viaje de luna de miel. Cuántas veces habrá sucedido que una mujer joven, vivaz, en pleno ejercicio de la felicidad, venga de repente a quedar pasmada de ojos abiertos sobre almohadas ensangrentadas. Era para ti impensable; pero era peor comunicar la noticia. Bastaba decir al viejo: allá quedó ella en pueblo vecino, en una sala de medicina forense para cumplir requisitos legales, en espera de que vayamos con usted para traerla al barrio y al velatorio; porque el viejo debe asistir aunque el dolor lo desarme. Ya sabes que los viejos tudescos son duros y no se dejan vencer por las adversidades. Sabrá recibir y acusar el golpe del magno suceso.
Cuando llegas, encuentras cerrado el portón. Tocas con insistencia, alguien debe estar en la casa: el viejo dormido en la siesta de la tarde después de tantas cervezas, la señora de la limpieza en la parte de atrás no escucha los toques. Llamas todavía más y escuchas unos pasos que vienen a abrir. Cruzas el portal y llegarás al cuarto del viejo; allí detendrás el impulso. Cómo iniciar lo que parece una confesión o una denuncia policial. El suegro saldrá de su duermevela y no comprenderá tus palabras. Pero estás dispuesto a decirlo lo más pronto.
Queda todo en propósito. Abre la puerta la señora de limpieza y te dice que el viejo no está, ha salido a alguna colocación de mercancías, o estará jugando a las cartas y bebiendo cerveza como de costumbre, hasta bien alta la noche. No está. Pero puedes dejar cualquier mensaje, ella lo comunicará; o tal vez ni lo haya entendido. Sólo dígale que es urgente; estaré en el hotel de siempre. Allí le dirás.
Después el regreso es despacioso, perdido ya el impulso de la obligación que debías cumplir. Ya no podrás decirle a tu suegro con la misma resignación que no sufra, que Ulrica fue feliz y está en paz. Es posible callar y no decir nada. Que aplaces la noticia para mejorar el argumento. El aplazamiento te permitirá organizar los pensamientos, dar coherencia al hecho para hacerlo aceptable. En último término, el viejo podrá enterarse luego por otra persona. Piensas que debes desprenderte del deber filial y social; una profunda indiferencia te abruma y lo único que quieres en este acto semiconsciente es decirle lo más pronto y sin énfasis sentimentales, de la muerte de su hija. En la confusa idea ya no viven afectos ni pasiones; sólo un compromiso. Hasta es probable que la señora de limpieza haya olvidado dar el mensaje o lo haya comunicado mal. Ni siquiera te conoce. Todo eso viene junto, en sendero de pausado regreso. Espera, abandona el intento de decirle al viejo la desgracia. Para qué ser portador de una noticia que después vendrá sola. Qué hacer ahora es la única pregunta en tu regreso de pasos erráticos, tan diferentes de los que te habían traído a la casa de Ulrica en La Candelaria.
Estos caminos del barrio son misteriosos. Siempre se halla alguna sorpresa en las esquinas, tantas esquinas en manzanas iguales, con casas iguales, de portón como el de Ulrica, quizás con palomas que no huyen de los gatos, con el zurear de pichones que llaman por alimento; y tú conoces bien las calles del barrio La Candelaria. Por aquí has pasado años de aprendizaje muy diferentes a los del maestro o el boticario; los tuyos han sido de calle de verdad, calle y riesgo: la aventura de un asalto para robar, el color de una falda que se confunde con el aroma de tantos perfumes. Son rojos los aromas y blanco el armiño, falso armiño, la capa de esta mujer que apenas dice con una sonrisa aquí estoy (para qué hablar cuando la palabra es aroma y color), ven conmigo para quitarte ese rostro de abandono y confusión. Ya es de noche y tienes frío y te decides. Vamos, qué otra cosa puede dañarme. Vamos.
Y en este decir llegan al Hotel La Candelaria. No busques otro lugar si aquí tienes ya albergue, desde que viniste la primera vez con Ulrica, y ahora en este regreso sin propósitos claros. No tomas la decisión con seguridad pero algo te dirige a la misma habitación, acompañado de la mujer de la capa de falso armiño. Sientes enorme vacío, olvido del motivo que te ha traído a tu barrio, desinterés por todo, hasta por este disfraz de aquelarre que te lleva sin voluntad y sin deseo hacia tu aposento de rango nupcial, para decirte al oído cosas que no siente y que apenas puedes escuchar o entender.
Los colores del hotel La Candelaria apagan intensidad y el cuarto no tiene música. Vagas formas y recuerdos surgen en un momento, vienen como retazos deshilachados de la memoria. Está aquí otra vez Ulrica, que tiene ahora un maquillaje sin recato y te ofrece su cuerpo impúdico, trazos de juventud, la risa que tienta y llama y convierte el murmullo de la insinuación en ruido ofensivo. Las manos te palpan y permaneces quieto, sin la respuesta salaz que ellas buscan, porque tal vez esperas algo que no está allí. Los sentidos están atentos a lo que ocurre en el exterior del albergue; oyes las voces disminuidas como un eco, el portal que cierra el último comercio, la despedida de la jornada. El silencio se extiende en el barrio, se extingue poco a poco el rumor de la calle y sólo quedan pasos lejanos; se van los pasos hacia más lejos, te van dejando solo con esta mujer de armiño desteñido.
Transcurren pocas horas en la alcoba maltrecha y sin ningún rasgo personal que te recuerde aquel tiempo del amor de Ulrica, ningún otro amor. En la mesa de noche está el vaso en el que tal vez bebió; la sala de baño guarda toallas y frascos que pudieron ser de ella y ahora serán de la extraña aparición que ha conquistado el tálamo de tu noche de bodas. No tienes conciencia precisa de que la hayas besado, o que la hayas poseído como lo hiciste con Ulrica; no tiene importancia ahora porque ni lujuria ni nada sientes, salvo cansancio y desgano, la confusión de no saber qué hacer y tampoco importarte. Esta falsa seducción nada significa, pero está allí invadiendo un espacio que fue tuyo y que en este momento no representa la imagen de Ulrica ni la de ninguna otra persona; es sólo una presencia sin cuerpo y sin voz, en la atmósfera bochornosa de habitación cerrada que el sueño hará desaparecer.
No se escuchan ya los gritos y tumbos de los beodos que buscan llegar a sus cuartuchos de tablas, y han callado las canciones lejanas de alguna fiesta en el vecindario. Es el conticinio.
Se interrumpe repentinamente la calma con el golpe de pasos firmes en las escaleras de madera, como campanas opacas que crujen y retumban en el hotel La Candelaria. Llegan a tu puerta y suenan después los toques que llaman con urgencia. Despiertas a medias de tu inquieto sueño, junto al fantoche rojo echado con sus fofos brazos extendidos en posición de indulgencia. No sabes de dónde viene este abrupto ruido ni dónde estás ni quién te acompaña.
La mujer de lacio aspecto se levanta y apenas cubierta con la sábana acude al llamado. Abre la puerta; la luz del pasillo penetra en el cuarto y alumbra su pelo enmarañado, los sucios afeites corridos, los exhaustos ojos sin expresión. Allí frente a ella está el viejo Hoffmann, de pie en el umbral, ebrio y en actitud de asombro, mirando hacia adentro en la habitación, mirándote fijamente en el lecho matrimonial de Ulrica, con el visaje descompuesto por el ahogo y la sorpresa.

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