EL VAGABUNDO

 

            Sentado en plena banqueta se movía poco. Si hasta eso sabía, el finiquito sería cuestión de tiempo, y de este poco, pues  estaba muy dañado.  Presentía hubiera otra cosa más grave

¡En cualquier momento esperaba llegara el desenlace!

            Él,  que fue un banquero exitoso, había vivido los últimos meses, entre olores nauseabundos, expelidos por basura, drogas y alcohol, siempre soportando tarugadas,  de los dizque amigos, que arrimaba y convivían, los cuales con sus tonterías, no dejaban dormir.

            Todo eso le llevó a quedar en ese estado. ¿Qué esperaba?

¿Acaso no era un indigente? ¡Entonces  a ellos no culpara!

            Estaba consciente de haber perdido todo. Su mujer le había repudiado. Los hijos se avergonzaban de él por estar ya viejo. A los maridos de las hijas no les  caía. Claro veía cómo renegaban, cuando alguna vez  llegó a pretender cobijar por una noche en sus casas, a modo no quisieron permitir siquiera, quedar a dormir en el garaje, como él había pedido.

            Qué triste saber haber perdido todo. Y pronto perdería lo que todavía restaba.  Imposible entender qué iría pasar cuando agravara peor, sin tener a quién recurrir, sin saber si luego lo fueran a saber, aquellos que en otro tiempo fueron los suyos… Tristemente  se dijo…

            -  ¿Míos...? ¡Si jamás los tuve...!   ¡Y si los tuve, los perdí...!

            Sonrió amargamente.  Luego  este acto de conmiseración para sí mismo, metió la mano en la bolsa derecha que contenía un montón de papeles bastante mugrosos.  Seguramente eran los recortes de periódico, que él guardaba como su único tesoro. Ahí aparecían fotos de quienes amó y seguía amando. ¡En festejos de la alta sociedad!  

            También  traía otras porquerías que almacenaba en el bolsillo. Estuvo  sacando todo, hasta cuando por fin aparecieron los cigarros. Tomó uno de ellos, tirando con enojo al suelo,  la paja que dentro de la cajetilla estaba acumulada.  ¡Sí…,  la paja…!  El ingrato recuerdo que dejara  el sitio donde durmiera la noche pasada,  pues  se había metido dentro un galpón, por supuesto sin pedir permiso, todo por haber notado que estaba  abierto.

            ¡Sólo pretendía dormir, reposando un poco!

            Pero ni durmió, pues si logró el ingreso, fue sólo  para salir huyendo, poco menos a las tres de la madrugada, dado llegaron por ahí dos peones, por ser prácticamente la hora en que llegan, quienes arriban para ordeñar las vacas, que ni lo dejaron dormir, pues por estar los pesebres al otro lado, toda la noche las escuchó mugir.

            Y a pesar ser vago, no estaba acostumbrado a ese tipo de ruidos.

            Los gañanes lo persiguieron armados con un bieldo, ya sentía lo encajarían en su cuerpo. Ni tiempo dieron para sacudir lo que se adhiriera en las ropas, que más que eso, eran harapos, pues al salir de casa, su mujer no permitió llevara, tan siquiera una muda.

            Qué horrible sintió cuando comprobó, a ella la apoyaron los hijos, a quienes tanto cuidó y pagó la carrera universitaria,  con la cual se mantenían, quedando a gozar, de cuanto a él habían despojado.

            Por fin encontró la cajetilla.  De ella sacó un cigarrillo, llevando a los labios  para poder fumar.

            No completó el acto,  pues por más buscar,  no encontró las cerillas.             Recordó habérselas prestado a un cuate, aquél patán imbécil, el que siempre gritaba a todo mundo, que recordara él se había acostado con su hermana. Al principio escuchar aquello molestaba, después ya ni caso hacía.  Aunque lo hubiera hecho… ¿a él qué le importaba?  

            Ni siquiera tomarlo en cuenta, por saber al tal vago igual  que él…   !Una escoria viva, a la que todos huían! 

¡Era un hombre de la calle! Aunque uno nunca sabe…

            Eso había ocurrido  antes de encontrar la puerta del galpón abierta.

            El tal fulano se arrimó para invitar una colilla. Seguro su intención fue ofrecer, para  quedarse con las cerillas, y ahora que pensaba, ya no se las regresó.

            -  Así son estos cuates – se dijo sin enojo – Piden la mano y se toman el brazo… Y eso que dicen ser amigos…

            Como fuera, no podía prender el cigarrillo, eso nada gustaba. Comentó.

            -  Ni hablar, - Y siguió rumiando el pensamiento, para en seguida  voltear a mirar a todos lados, esperando encontrar alguno, a quien pedir diera lumbre, si quisiera, pero sobre todo si no exigiera retribución por hacer el favor. Eran los últimos pitillos, encontrados en un bote de basura.

            Seguramente pertenecieron, a quien por haber hecho promesa de dejar de fumar, los habría tirado. Egoístamente los conservaba como oro molido. ¿Cuándo podría conseguir otros? 

            ¡Por eso los cuidaba tanto!

            Cayendo en cuenta nadie había cerca, prefirió lanzar una interjección de disgusto, para quedar donde estaba sin moverse.

El corazón latía velozmente, seguro sería cuestión de semanas, de días, o de horas… Vaya si bien lo presentía...

            ¿Cómo saberlo exactamente...?

            Sin querer pensó en el hijo médico, ese que tanto alentó a que estudiara, a pesar estaba renuente en hacerlo, y ahora gozaba de prestigio y de dinero. Graduó, sólo para  verlo confabular con su madre,  la esposa con la que dilató tantos años, en un matrimonio lleno de improperios y reproches, hasta echarlo fuera de su casa, alegando se había convertido en un estorbo  insoportable, pues los achaques que padecía, a esas fechas repetían constantemente.

Cómo recuerda cuando ella gritó…  ¡Lárgate!

            Dijo… -  ¿Qué necesidad tenía, de estar aguantando las molestias de quien ya no se compondría? ¡Los viejos sólo sirven para morirse!

Al recordar esto, molesto contra lo que habían hecho contra él,  musitó.

            - ¡Todos son unos idiotas! –  Volvió a reflexionar cuánto dolía,  quejando un poco, debido al dolor que oprimía el pecho, sabiendo sin dudar, estaba demasiado enfermo, ¿Pero y qué…?  No contaba con alguien  siquiera para exponer las dolencias que soportaba.

            Para darse valor soltó una grosería, no tan fea, puesto su educación no lo permitía. Acomodó entonces  preparando para echar un sueño, a ver si con eso pasaban los agudos dolores provocados por los espasmos que sentía le  taladraban,  como nunca pensó  pudieran llegar a darse en su propio cuerpo.

            Guardó en el bolsillo cuanto había  sacado.

            Con gran cuidado se reclinó, acomodando para tratar de dormir,  agradeciendo internamente al árbol,  la benéfica sombra  donde se recargaba.

            Y cayó más en sopor, que en sueño.

            Despertó cuando un dolor en la cadera, por cierto muy fuerte y   agudo, hizo saber que alguien lo estaba golpeando con la bota. Sin querer ofender  reclamó airado

            -   ¡Órale buey…!   ¿Pos tú qué traes…? – Abrió los ojos.

            Luego se arrepintió por haber dicho tal cosa, cuando observó quién era aquél, que sorrajaba las patadas.  Pudo observar, era un representante de la ley. ¡Un policía, pues…!

            Quiso levantarse para salir huyendo, pero el otro lo detuvo, estaba encanijado, a modo gritó una sarta de maldiciones.

            -  ¿Cómo me dijiste, grandísimo idiota?  

            Y diciendo esto, soltaba fuertes toletazos que caían en todos lados, principalmente en la cabeza,  que al hombre  hacían ver estrellas.

            No estaba acostumbrado al mal trato, pero sí a manejar situaciones de desquicio, por eso en cuanto logró poner en pie, hablando como hablan los vagabundos, clamó piedad, sin decir realmente que eso buscaba,  expresando en tono lastimero.

            -  ¡Chántela jefe, por ahí una disculpa!  Se lo juro, no sabía fuera usted.

Ya no le haga al ofendido, si se fija, sólo estaba echando un sueñito. Estoy enfermo, me siento mal, disculpe usted la grosería.

            El fulano no entendía, al contrario.  Si antes hubiera perdonado, ahora no lo haría, ni porque ofreciera una buena gratificación, por no llevarlo a encerrar en los separos, donde con seguridad encontraría otros, que lo despojarían de su cajetilla de cigarros. El policía engallado, viendo sumiso a quien golpeaba, seguía despotricando.

            -  ¿Un sueñito dices?  Mira que te voy a dar el gusto. Te voy a llevar donde puedas dormir a pierna suelta, para eso son varias veces que se las he pasado,  bola de vagos malvivientes.  Y no entienden…            

            ¡Ahí  vuelven a venir a dormir bajo  este árbol, donde saben bien, no se permite siquiera pisar el pasto!  –  Agarrando del brazo izquierdo al hombre, lo retorció hacia atrás, haciendo sentir una dolencia terrible, a quien su único  pecado, era estar durmiendo por sentirse demasiado mal.

            Así sin dejar de propinar golpes, lo sacó del prado y llevó hasta la patrulla, donde metió sin contemplaciones, irritado por, según dijo, haberse resistido al arresto,  además injuriado a  la autoridad con palabrotas.

            Al llegar a la comisaría, el hombre no llegó a la celda. Cuando ordenó el policía que se bajara, ya no se movió.  Repitió la orden, se iba enojando.  Tanto que enojado,  volvió a golpear con la macana  gritando.

            - Bájate, no te hagas, estos golpes no son para tanto.

            La verdad era evidente. ¡El hombre estaba muerto!

            Espantado llamó otros compañeros, mostrando a quien era ya cadáver, sintiendo no tanto su deceso, sino temor por la responsabilidad que para él, pudiera generar aquello.

            -  Ya me endrogué – así les dijo. -  Creo se me pasó la mano

            A lo cual, uno de  los compañeros replicó.

            -  Ni te apures, ¿Quién quieres lo reclame? ¿No ves,  sólo es un hombre de la calle? Seguro éste va de inmediato a parar en la fosa común.

            Para calmar la angustia del amigo sugirieron.

            -  Vamos a llevarlo directamente a que hagan la autopsia.  Uno dijo,

            - Tú declara que venía vivo, pero se murió en el camino. Recuerda, el forense que realiza las autopsias es bien cuate, prepara por ahí unos billetes, ya verás pasa todo, como si hubiera sido un accidente. Seguramente gracias la dádiva, dirá que murió de hambre.  Tú ten calma, de eso yo me encargo.

             El hombre  fue llevado tal como dijeron. Llamaron a quien haría su autopsia, para hablar del asuntillo. Quiso ver el “Fiambre”

            En cuanto vio el cadáver,  ocurrió algo inusitado.

            Con lo que no contaban, fue el grito desgarrador que lanzó el galeno,  sólo de ver la cara de quien traían ya difunto...

            - ¡¡¡¡Papá…!!!!

 

 

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Comentario por juan ignacio arias anaya el octubre 22, 2019 a las 12:11pm

Margarita María Madruga

El drama humano de quienes llega un momento en que la suerte les cambia, no tiene patria y se da en muchas partes.

Saludos

Ignacio

Comentario por MARGARIDA MARIA MADRUGA el octubre 21, 2019 a las 3:54pm

Gran historia a pesar del terrible resultado.
Leí un libro que cuenta tal historia con cuatro personajes ricos que viven en un callejón.

Comentario por juan ignacio arias anaya el octubre 2, 2019 a las 7:53am

Hugo 

Gracias por tu buen comentario. 

Cierto, no fue un artículo de gozo, sino una reseña de una vida maltratada. 

Te felicito por ir a Santa Fé. 

Esperaremos tus aportes, hechos con tinta y papel 

Saludos 

ignacio 

Comentario por juan ignacio arias anaya el octubre 2, 2019 a las 7:52am

Laura C. 

Muchos vagabundos no lo son por no ser productivos, sino por las circunstancias que los rodean.

Cada caso es una vida y cada vida se desenvuelve no a gusto de quien la vive, sino como va llegando.

El abandono de los hijos, golpea demasiado

Saludos

Ignacio  

Comentario por juan ignacio arias anaya el septiembre 23, 2019 a las 2:33pm

José Ignacio Velasco Montes

También los vagabundos, aparte de su historia, tienen mucho de orgullo, ya no sé si de status social o qué.

Por desgracia, muchos de los vagabundos no son parias de nacimiento, sino las circunstancias los forzaron

Saludos

ignacio 

Comentario por juan ignacio arias anaya el septiembre 23, 2019 a las 2:30pm

Laura C.

Este escrito concursó en un Club Literario

No ganó más que Mención Honorífica  pero a mí me parece muy exacto, de la vida rea l

Saludos

Ignacio

Comentario por José Ignacio Velasco Montes el septiembre 23, 2019 a las 1:14pm

Jo. juan Ignacio. Todo el desarrollo en lógico, exacto, habitual. 

Solo el el querer dar pasta a la forense me sorprendió  y el final, que el forense o el  médico sea su hijo te sobrecoge.

Me ha gustado mucho, Juan Ignacio. Vagabundo o Vagamundo es algo que vemos cada día. En mi zona de vida y cafetería en la que escribo por las mañanas, hay uno que habla en Ingles. He tratado de hablar y de invitarlo a comer, a un café,. a lo que quiera, y sólo me contesta, sin mirarme. Nothing. No es un depresivo,es un absoluto independiente que vive de lo que coge en la basura y lo debe vender: cascos de vidrio, latas vacías y de eso vive. y no acepta hablar con nadie. 

Ni siquiera con el Irlandés dueño de la cafetería Passión Café, en la que siempre esta invitado a un café por su paisano, pero que casi nunca va, pues los que le conocemos de vista, pues no habla, tratamos de ayudarle y esa ¿Ofensa supongo? hace que nos rechace a todos. He tratado de dejarle dinero delante ya que no me atiende, lo arruga y lo lanza lejos. A uno de los que tratamos de ayudarle, que se puso pesado, le cogió un billete de 5 euros, y le prendió fuego.  

Tengo claro, recuerdo que estudié algo de eso hace años, y que es  un "RESENTIDO SOCIAL", que odia a los que pululan en su entrono y tratamos de darle algo por caridad, aspecto que no acepta por nada. 

Me ha gustado.

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