La noche y yo hemos amanecido hoy a destiempo. Como si nos hubiésemos caído de la cama soñando todavía. Así ha transcurrido la mañana y el día entre sol y sombra derrochando horas. La oscuridad que me cobija ahora, desplaza cierta ambigüedad confusa. Y aquí estoy frente a la página a punto de contar intimidades, que tal vez sólo sean verdades a medias o fabulaciones atrevidas. No lo sé, vienen de lejos, de otra boca, de otra memoria tan manipulable como cualquier disco duro.

Antes de anochecer , cuando los primeros copos de nieve primaverales apenas rozan el suelo , un sobresalto súbito, rompe la plácida vaguedad que se había apoderado de mí . Una llamada, una más en mi colección de imposibles, dice al otro lado de la línea que escriba al dictado lo que pasó la primera y última vez que nos encontramos, que lo publique en mi blog llamado El Nombre de la Rosa, antes de las 8h 36 minutos del 17 de Abril, 2009. Advierte que no se me ocurra ocultar nada. Asegura saber sin margen de error lo que hago, lo que estoy sintiendo. Propone que acepte el trueque. A cambio, él desaparecerá de mi recuerdo para siempre. Lo que no es poco. Todo esto escucho mientras cae la nieve, y más que respirar, aspiro deseando que el aire llegue a los pulmones. Pero tampoco sé dónde ni con qué puedo encontrarme cuando menos lo espere. A la postre, tal vez pase el resto de mi vida teniendo que mirar para atrás, entre la niebla.

Porque esta tarde he sentido como entonces, clavada en la nuca, su mirada de boa. Y he vuelto al sitio, al momento, al escalofrío. He regresado a Perthshire, el Corazón de Escocia. Mediados de Noviembre, concretamente el 13. Y he recordado aquella noche memorable entre amigos. He revivido en segundos la cita con un personaje sombrío del pasado , uno que hubiese querido olvidar después de aquel entonces , que vuelve y revuelve de mil formas convertido siempre en amenaza emboscada.

Y pensar que todo empezó en el rincón de Jekyll and Hyde. Nosotras, Caitlyn y yo , estábamos con la cuadrilla de amigos, como siempre, pasándolo muy bien. Cruzar el umbral de nuestro Pub preferido era regresar al pasado. Iluminado por antiquísimos farolillos y luz de velas, se bebía, se cantaba, y se bailaba el swing . Cerca de nosotros, bebiendo pero no bailando, acariciando la pipa con las manos, estaba un hombre solo, mirándome entre pestañas. Tenía morbo a simple vista. Lo mismo pensó Caitlyn. Eufóricas como estábamos, nada se nos ponía por delante para coquetear a más y mejor. Bobadas. La verdad de la paliza es que siempre fuimos un par de beatas con ínfulas de femme fatale . A fin de cuentas de femme fatale solo teníamos las ojeras y los labios pintados de rojo China. El desconocido nos sonrió y le sonreímos. Nos miró y le miramos. Nos saludó con un gesto de cabeza, y como estaba tan solo, fuimos, mejor dicho fui a invitarle a nuestra mesa. Llegué sola a su rincón porque Caitlyn se había quedado en el camino bailando con Ralph, que sorbía los vientos por ella. Mi ferviente admirador llevaba jersey de cuello alto negro, y una bufanda rojo burdeos al cuello. Le brillaban algunas canas en el pelo a la bohemia pero con estilo. Declinó reunirse con el grupo, dijo que le interesaba mucho más estar conmigo. Me pidió tan persuasivamente que le acompañara que, dándomelas de mundana , no tuve más remedio que aceptar el trueque, atraída por sus ojos grises, su mirada hipnótica, sus modales elegantes , su voz suave y pausada, sus manos. Todo en él atraía con fuerza. Además, la crema de whisky me había desinhibido bastante. Recuerdo todavía el calorcillo envolvente garganta abajo, pecho, estómago, vientre, y otras palpitantes latitudes, hasta tocar fondo; un masaje irlandés en profundidad. Saludable, vive dios. Lo suficiente para tomar otro y varios Carolans con el inesperado amador, incapaz de percibir el posible abismo.

No era un hombre guapo, no. Era mucho más que eso. Dijo llamarse Lynus. No sabiendo que hacer sentada frente a él, me puse a contar la archisabida historia de porqué el Pub llevaba el nombre de la famosa obra de R.L. Stevenson, nacido el 13 de Noviembre de 1850 en Edimburgo.
Asi que Jekyll and Hyde. Silencio largo. Y tú, cómo te llamas.
Emma , me llamo Emma-. Le dije sin saber porqué, el primer nombre que me vino a la boca, mintiendo. Emma, Emma, tú me perturbas.
De todas maneras no sabría qué responder, por lo tanto no dije nada.

Así me fui enredando y así me fue envolviendo. Para cuando quise darme cuenta del tiempo transcurrido, varios de mis amigos se habían ido y sólo quedaban Ralph, Caitlyn, y James. Para los efectos, únicamente James, los otros seguían en plan tortolino.

Pasadas las dos de la madrugada, decidieron volver a casa, andando, como era habitual. Vivíamos todos cerca, pero distantes en el pequeño condado. No había carretera, sólo caminos por donde apenas cabía la vieja carroza mortuoria de cristal, con farolillos de carburo, tirada por caballos muy negros, enjaezados con vaporosa plumas color azabache. El cochero, de luto riguroso, usaba siempre sombrero de copa, guantes de cabritilla, y vestía abrigo de esclavina para llevar al difunto hasta su última morada. Le calculábamos cien o trescientos años. Era un hombre sin edad. Decían los lugareños que siempre tenía el mismo aspecto, que por él no pasaba el tiempo, que era perdurable como la bruma o como el musgo enraizado y espeso de los bosques. Siempre había sido así de viejo, o así de joven. Teníamos miedo de encontrarle por el camino a esas horas. Cruzarse con el funerario caballero de sopetón en medio de la noche, traía muy mala suerte. Muy mala suerte. De modo que me dispuse a marchar pero sentía las piernas de trapo y muchas ganas de quedarme. Nunca había conocido un hombre tan misterioso. No podía despegarme de la silla. Lynus, les dijo a mis amigos que no se preocuparan, que él me dejaría en casa sana y salva, que un paseo en el silencio de la noche sería reparador.

Esperaremos despiertos, dijo Caitlyn.
Ella y su hermano James me invitaban con frecuencia a pasar largas temporadas en la casona propiedad de sus padres en Perthshire y otras veces mis padres les invitaban a nuestra casa . Éramos muy amigos, nos encantaba estar juntos.

Take care, love, dijeron con un guiño cómplice. Baila mucho y lo pásalo bien.
Y se fueron.

De repente me sentí temblorosa, con ganas de correr tras ellos, de escapar, invadida por un miedo confuso y desperdigado. Miedo a mí misma. Buscando protección en el alma. El alma, esa cosa ambigua y difusa, que acapara secretos perdidos. Inconfesables.
Lynus sonreía. El diablo me está sonriendo, pensé. Levanté la palmatoria con la vela casi consumida y se la puse a la altura de los ojos. Eran de un gris acerado, y tenían, estoy segura, algo que petrificaba. Qué quieres de mí, le pregunté. En inglés no existe el usted. Depende de lo que quieras darme, dijo. Tengo la impresión de ser una mariposa atrapada en el microscopio y siento vértigo, le contesté.
En ese momento alargó la mano por encima de la mesa para acariciar la mía. Instintivamente la retiré. No fue caricia, fue posesión.
Por debajo de la mesa sujetó mis rodillas entre las suyas, al tiempo que susurraba, entrégate, no luches, entrégate. Has bailado para mí, has suspirado por mí, has pecado por mí. Confiésalo Emma, atrévete con la verdad desnuda. Emma, Emma, dame, dame tu verdad desnuda, tus pecados que son mi maná, tu aroma mi elixir.

Arrastrando palabras le respondí que jamás he pecado porque un ser limitado nunca puede ofender al Ser Infinito. Después me abrí la blusa hasta la cintura. Aquí está, le dije, la verdad desnuda que quieres. Te la doy antes de que me la quites. Y las frases empezaron a brotar descontroladas, brutales, obsesivas. ¿Es aprensión mía o se te han quedado los ojos enredados entre mis pechos? ¿Podría ser? No lo esperabas. Te sobresalto. Te perturbo, Lynus. Quieres que grite. Te gusta el grito. Y el miedo impreciso. Tu imprecisión me aterra. Necesito gritar. Quieres que grite. ¿Te acuerdas cuando me hacías gritar a la fuerza, Lynus? Una y otra vez, una y otra vez. Tú y yo nos conocemos hace tiempo. Nunca más he podido sentarme tranquila sobre la hierba fresca. Nunca todavía. Ni he podido mirarme en el espejo, ni tocarme el cuerpo. Sólo a veces, de pasada, para secarme el agua, o la sangre. Torpemente. Mi cuello, el más precioso del mundo decía una de mis abuelas. Dichosa abuela que me quería tanto. También a ti te gustaba. Era tu obsesión. En el columpio. Tú y yo nos conocemos Lynus.

Lynus estaba ahora a mi lado, mis pechos desnudos contra su pecho, me levantó en vilo así abrazada y empezamos a bailar algo, no sé qué, si a eso se le podía llamar bailar, porque su boca muy cerca de mis labios repetía, confiesa Emma, confiesa, dime Emma qué paso en el columpio. Y la música, tal vez un viejo vals, no terminaba nunca. El Pub se había quedado vacío. Dónde estaban todos mientras yo flotaba en las tinieblas del miedo impreciso, el peor de todos los miedos.
Te molesta la luz, le dije al extranjero, sin fuerza para desasirme; te molesta la luz. Prefieres la penumbra del confesionario y las sombras. A que sí. A que sí. Sólo las palabras y el jadeo separaba ya mi rostro del suyo, tal era la estrechez del abrazo y las bocas. El columpio Emma, el columpio. Vamos al columpio…

No recuerdo más. Olía a tierra, un aroma penetrante.

De pronto me encontré sola, desorientada, como quien despierta de un profundo sueño, con la blusa abierta, caminando rápido a casa. La blusa abierta. Qué había pasado. Dónde estaba Linus. ¿Sería ese el nombre? Lloviznaba, la niebla sigilosa e inquietante sólo se dejó ver cuando ya estaba encima. Porque la niebla escocesa es así. Espesa como un hongo atómico, entra y se desplaza con vida propia. Sin avisar. Ocultando presencias, borrando rastros.


He llegado al final de la página y de las palabras, hoy 13 de Abril , 2009




Descuelgo el teléfono para que nadie llame esta noche.




Todo está dicho.




Casi todo.




Pase lo que pase no quiero volver al columpio.


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La fotografía es de Jerry Schatzsberg</ Se llama Heart

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