(La noche / Beckmann)

EN LA DUDA

Por colinas,
caballos veloces aplastaban
la nieve profunda…
A un lado
un templo sagrado, solitario
asomaba al camino.
De pronto estalló la nevasca
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache
un graznido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido augura desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas”

(Pushkin: La tempestad de nieve)

Naciste, pobre funcionario de provincias, para cumplir el mantenimiento del orden en un pueblo asediado. Dices vivir hoy la nieve de primavera, la última del infinito invierno que impide tu sueño, en una barraca que sirve como habitación y tiene lo indispensable.
El cielo te cambió la felicidad por la costumbre, lo leíste en un poema. Tu existencia tiene callos como los de tus pies macerados en duras botas. Te sientas por la tarde en la mecedora a la puerta del calor. El pueblo está siempre vigilado por un ejército militar que tiene un jefe de Departamento con quien juegas a las cartas. Ocurren esos movimientos inexplicables de camiones de tropa que van por las calles levantando el polvo rojo de la sequía, y no sabes para qué ni a quién persiguen o buscan. El jefe del Departamento es tu amigo pero no te da respuestas. El juego de cartas exige atención.
Siempre, en algún lugar del pueblo, es maltratado un hombre, a veces un niño o una mujer. No sabes de la falta que les imputan. Siempre hay alguna persona humillada o torturada, lo exige el orden y no hay otra explicación.
Dices recordar a una niña casi mujer a la que trajeron con su padre. El hombre venía a empujones y lo golpeaban para que no se detuviera y llegase al lugar de confinamiento: un almacén agregado a la barraca de soldados. Te enteraste de que el hombre se había rebelado ante una orden inútil. El lenguaje silencioso del cautivo engendraba fuego, el silencio es fuego. Porque no cantó, su sombra canta ahora y va goteando sufrimiento. Irá al almacén con suelo de tierra apisonada y allí quedará aherrojado. Ese es el destino que impone la autoridad.
En la espectral textura de la oscuridad, la melodía de sus huesos quebrantados sonará como campana seca.
Ella había visto cómo maltrataban a su padre, escuchó sus lamentos y nada podía hacer. Y tú estabas allí y también presenciaste la humillación que sufrían los prisioneros de la nada. La niña dejó de serlo cuando contempló la agresión de los inquisidores, vio cómo iba callando el alarido del padre hasta apagarse en la tierra, costras de gris en el desierto del pueblo. Lo vio morir antes de que pudiera llegar a la prisión de la barraca.
La niña fue tomada a la fuerza y llevada a otro lugar cerrado: cuarto de herramientas oxidadas, olor de podredumbre.
La llevaron al cuarto pestilente y debajo de su vestido de niña ardió un campo de llamas. Calló su palabra pero su rabia la transformaba en bestia que pateaba, y fue agredida y sus pies golpeados hasta deformarse. Los ojos recibieron el golpe involuntario y quedaron atrofiados: sólo le dejaron un resplandor para que pudiese seguir el camino. En su visión maltrecha, un agujero, una pared que tiembla.
Y tú estabas allí.
Después sentiste remordimiento, quisiste ser padre, la figura llamada padre, cualquiera que sabe que maltratan a su hijo y no puede protegerlo. Ese hombre prisionero tenía un deber que cumplir y no pudo hacerlo: nunca le será perdonado. Saberse condenado por no salvar a su hijo, ése era su único conocimiento. Y tú querías asumir la paternidad tronchada a la niña. Así lo sentiste ese día.
Te acercaste a la mujer baldada y le ofreciste protección. Estás solo y envejeces. Ella no se opuso y se fue contigo, pero no te quería porque eras otro funcionario de aquellos que la agredieron y mataron al padre. Ablandaste el rencor – o creíste hacerlo – a cambio de seguridad y alimento. Había yacido días animales, y el viento y el fuego de la ira se borraron por algo que parecía sumisión y era indiferencia. No sabe ahora si es pájaro o jaula, o mujer que ha quedado entre cirios para cubrirse de cenizas. Tan fácil para ella saber que no hay nada más.
Actuaste con rectitud, deseabas compensar el dolor y la humillación, porque la soledad ya la traía. Decías para ti mismo que no había otros motivos dudosos para tenerla contigo. En el fondo tenías la certeza de que hay un lugar y un momento para la penitencia, y ese era tu casa. Estabas pidiéndole una contrición de la que ella no era deudora. Con eso justificabas el acercamiento amoroso, rechazado en silencio. Sabías que ella no volvería a ser enteramente humana.
El amor puede ser un simple hecho de la vida, y los actos de un funcionario de provincias pueden significar todo o ser inocuos: amarla para aliviar su tormento, poseerla, intimidarla, alejarla de ti. Todo eso pudieras hacer. La contemplas y ves sus cicatrices, sientes que la salvaste de morir pero te reconviene la culpa de no haber evitado su dolor sin remedio. Todo parece normal.
Cedía la mujer a tu búsqueda, pero cerraba los ojos ciegos para no abrirlos nunca más. Que afuera el curso de la vida se alimente de relojes, de flores sin perfume. Ella toca los espejos de su mutismo y no pronuncia palabras que no puede articular en su mente alterada.
Pudo sonreír alguna vez, dejar que la acariciaras y responder al llamado de la sensualidad; pero todo era efímero. Sus ojos apagados miraban hacia la noche en pleno día. La palabra era solamente un sonido ininteligible. Es muda la muerte. El voraz sonido de la garganta de la niña es un murciélago que vuela al techo de la barraca. Tú eres una máscara callada, sin poder ofrecer el sortilegio de la palabra que une, y vigilas este aposento de miseria donde la temible sombra es la tuya, porque ella no tiene sino oscuridad y no percibe ningún cambio, apenas la lumbre de la llama de una vela.
No sabías si la amabas cuando un amanecer ya no estuvo más. Le habías dicho una vez: “Haz que no muera sin volver a verte”, y llegó ese día en que ella no estaba. Signos en los muros, insectos que se posan en el estambre de la ventana.
Sales a encontrar al viento, preguntando a la noche. Te llama la sapiencia de lo oscuro y acudes a la sombra, asediado por lobos hambrientos en el desierto negro. Late el silencio con sangre espinosa y suena lívida su ausencia. Preguntas a la incierta luz de las constelaciones cuál libertad le diste a ella al rescatarla. No fue la de comer o pasar hambre, permanecer callada o hablar contigo. Cambiaste su vida y pudo sobrevivir, pero nunca sanaste su herida con bálsamo alguno. El abrigo paternal que quisiste ofrecerle estaba roto. No lo tenías tampoco para ti.

Tengo toda la noche en las venas. Puedo ahora perderte, dejar mi cuerpo mudo a la urgencia del deseo.
Al anuncio del primer albor, cuando el ave ensaya su canto, abriste la puerta hacia el día y quedé entre filosas piedras, cerrado el portón hacia mí mismo. Quedamos, al alba, solos, separados. ■

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Comentario por juan ignacio arias anaya el diciembre 28, 2018 a las 3:30pm

Buen escrito describiendo el horror de una tragedia 

Saludos 

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