En las trincheras de Flandes.

 José Ignacio Velasco Montes.

 Hacía una semana que Pierre Manchòn, tras ganar la estrella de Alférez, se incorporó a su destino en Flandes. Ya sabía de la dureza de la lucha en ese frente. La Primera Guerra Mundial estaba estancada y sólo era un desgaste de hombres y animales de carga.

A veces, cuando veía los cadáveres de ambas especies, se preguntaba en un arrebato de cínico sarcasmo si existía en realidad alguna diferencia entre ambos pues debía ser ínfima, y por un momento recapacitó en ello.

--Sí. Claro que existe. --Y lanzó una carcajada--. Los caballos y los mulos no salen en los periódicos con sus apellidos en las listas de bajas.

--¡Mi alférez! El francotirador ha matado a otro soldado --indica el Sargento que ha comprobado su defunción.

--¿Sabemos cuál es la posición de ese hijo de su madre?

--Enfrente, prácticamente en línea recta entre unas rocas y unos sacos terreros.

--Voy a ver si localizo el sitio y le vuelo los sesos. Tráigame el fusil con la mira de precisión. Yo soy un gran tirador.

Y subió por la escalera que llegaba hasta el borde de la trinchera a la vez que sacaba los prismáticos de la funda que colgaba del cinturón al lado contrario que la pistola. Y se asomó entre los sacos.

Sintió el balazo en el hombro cuando acababa de ver el casco y la boca de fuego del fusil que le había disparado con manifiesta fortuna. Por unos instantes terminó de localizar la posición del francotirador para hacer un esquema de lo que tenía enfrente que pudiera ayudar al que le siguiera en la caza del humano.

No podía mover bien la mano, había estado a punto de que se le escapará, los prismáticos, aunque no tenía dolor todavía. Sabía, era una experiencia común, que no le dolería hasta dentro de un rato cuando desapareciera el shock traumático. Lanzo un abrupto, un largo juramento que hizo acudir a sus compañeros.

--Ese cabrito hijo de su madre ya nos ha cazado a otro, ahora a un oficial. --Dijo el cabo--. Avisad al sargento que ha ido a buscarle el rifle de precisión.

Pierre se miró la herida y vio el orificio en la guerrera de paseo, sucia aún del barro de la reciente lluvia y del contacto con el terraplén de tierra en la que estaba apoyado.

--No hay ambulancias ni sanitarios en este momento. --Le indica el sargento que ha llegado de inmediato--. Como puede andar, Alférez, encamínese andando hasta el puesto de socorro. Ganará tiempo, Señor.

Se puso a avanzar por el laberinto de las trincheras, que le conducían a retaguardia. Se sentía solo. Empezaba a dolerle el hombro y a nadie le había preocupado su herida. Notaba el correr de la sangre por la paletilla, lo que parecía indicarle que la bala tenía orificio de salida por su espalda. Sólo los muertos creaban algo de revuelo, más por curiosidad que por otras razones. Los heridos eran tan frecuentes que nadie les hacía demasiado caso.

--Para una vez que me han herido, no hay ni camilleros ni ambulancias. ¡Maldita suerte! --Dice en voz alta que nadie escucha en el fragor de la lucha.

Sigue andando. Nota un extraño sonido, como un pitido, cada vez que respira. Por un momento piensa que el disparo le ha afectado el lóbulo superior de su pulmón derecho. Sabe de su gravedad pero se abre la camisa y pone un pañuelo que cubre el orificio para que no entre ni salga aire por él.

Su voluntad le hará llegar hasta el lugar en el que se encuentra el puesto de socorro de primera línea donde espera que algún cirujano le opere y eso salve su vida.

Tiene, por momentos, más dolor y la mano se le empieza a dormir. La abre y la cierra para que recupere el movimiento, como ha oído decir que es bueno. Pero en realidad, como puede observar mirándola, la mueve muy poco ya que le transmite más dolor hacia el hombro y no obedece demasiado.

Se empieza a sentir algo mareado, con náuseas, y le parece que principia a ver peor.

--Debo estar perdiendo sangre --se dice--, y esa será la causa.

Tropieza con una caja vacía de municiones que no ha visto ni debería estar allí. Cae redondo al suelo y el dolor del hombro se le incrementa de forma clara. Lucha por incorporarse pero, con una sola mano libre, le cuesta mucho trabajo hacerlo, aunque al final lo consigue.

--Debería haber venido con un soldado como ayuda. Pero a nadie se le ha ocurrido, ni siquiera a mí. --Se dice.

Sigue avanzando mientras mira el suelo en vez del cielo que sabe que no le ayudará nada el contemplarlo. Conoce el camino hasta el puesto de socorro, pero queda todavía casi tanto como lo que lleva recorrido. Le subsisten fuerzas y pone todo el coraje que siempre ha tenido y que con su voluntad mantiene.

--Dos recovecos más y habré llegado --se repite una y otra vez tratando de ayudarse y persuadirse haciéndolo en voz alta para auto convencerse.

Cada vez le duele más y más, y empieza a sentirse cansado, muy cansado. Respira con dificultad y le duele el pecho en si lado derecho. Avanza aunque nota que pierde el equilibrio y lo hace apoyándose a veces en las paredes de la trinchera. Aprieta el paso, pero constata que es más una idea que una realidad.

Acepta que se puede dar por contento si, aunque despacio, pueda seguir avanzando. Puede ver los restos de un fusil roto, y lo coge para usarlo como si de una muleta se tratara. Se siente más seguro y puede avanzar con más seguridad y rapidez, a pesar que en aquel bajío que tiene que cruzar, se ha acumulado agua y es un barrizal que cubren las escasas pasarelas de madera que usan los camilleros y los soldados de cocina. Son unas planchas demasiado estrechas y le resulta muy difícil guardar el equilibrio sobre ellas.

Se detiene por un momento mientras estima lo que debe hacer. Si se cae, lo hará dentro de aquella extensa charca plena de barro y agua sucia. Del tétanos nadie le libraría a pesar de estar vacunado como todos el personal militar. Pero incluso así, lo había escuchado, se daban muchos casos de tétanos incluso en los vacunados, pues entre las mulas de artillería, los caballos de los oficiales y las unidades de caballería, dejan deposiciones por todos sitios y sus deyecciones son las causantes de las terribles muertes por tétanos.

Está seguro de ello por lo que les explicó un médico militar durante un cursillo sobre higiene y otras medidas que debían respetar los soldados en las trincheras, cuando estaba en la academia como alumno antes de ascender.

Cruzó sin ayuda de los restos del fusil, lentamente, tomando todas las precauciones hasta alcanzar el otro lado de la lagareta llena de barro. Podía ver el último tramo. Recordaba que a la izquierda, colocado a la protección de una pequeña colina, se encontraba el puesto de socorro.

Lo alcanzo soltando un suspiro de alegría. Pero su alegría se disipó de inmediato. Sólo había unas tiendas de lona con la cruz roja.

Delante de él, con el fusil en posición de defensa, le apuntaba un centinela que, de inmediato, inquirió.

--París. --Solicito para que le respondiera con la contraseña.

--Sena viernes.

--¿Donde vas? Aquí no hay nadie.

--Estoy herido en el hombro.

--Ya lo veo. ¿Es grave?

--Supongo que sí. He venido andando. No había nadie que me pudiera traer.

--Ya lo veo, ya lo veo. --Repite en su latiguillo el centinela.

--Suelta el fusil y mira mi herida, creo que sangro mucho.

--No sé nada de esas cosas.

--¿Tengo sangre en la espalda? --Pregunta mientras se gira.

--Tienes la guerrera empapada. --Dice inconsciente de que le quita toda esperanza al infortunado alférez que ha hecho un curso de primeros auxilios en la academia y sospecha que la evolución que le acaban de comunicar no le es provechosa para su futuro.

--Me lo suponía. Creo que voy a morir si no vienen pronto. Me estoy desangrando.

--No será tanto. Hace rato que se fueron y deben estar al volver en minutos.

Pierre se sintió mareado de nuevo, de forma más intensa que en las ocasiones anteriores. Tenía la boca seca. Empezaba a notar todo oscuro. No era posible que ya fuera por la tarde. Se sentó sobre una piedra estrecha. Estaba incomodo y seriamente mareado. Fue consciente que se iba inclinando hacia un lado, pero no era capaz de controlar la deriva.

Notó que llegó hasta el suelo y apoyó la cabeza en él quedando mirando un cielo que por momentos se estaba poniendo tan oscuro como no lo había visto ni de noche.

Su garganta emitió un extraño sonido que pudo escuchar con claridad el centinela.

--Eso es un estertor. Pobre oficial. En la guerra nadie somos nadie. Ni ellos, los oficiales

El soldado acudió a su lado. Le toco en el cuello, donde les habían enseñado a buscar señales de vida. Pero no notaba nada. Le habló y lo movió durante un rato.

Al final, con el mecanismo defensivo al que le que había obligado la realidad cotidiana, aceptó un hecho que veía cada día muchas veces y que ya no le afectaba como en las primeras semana y comentó con tristeza..

--Está muerto, señor oficial. ¡Que tenga un buen viaje!

Le cerró los ojos como si quisiera impedirle que siguiera viendo el negro de la noche que había empezado a contemplar un momento antes, pero que se correspondía en realidad con la fuerte luz del mediodía.

                                                   

                                                           Marbella --julio --2017.

 

 

 

 

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