ERROR DE APRECIACIÓN.

En muchas ocasiones la diferencia entre muchos humanos y los mulos, puede ser sólo la diferente forma de caminar. E incluso, a veces, el mulo puede ser más inteligente, aunque posiblemente no tan tenaz en el error.

J. I. Velasco Montes.

1

La nave sufrió una gran sacudida e inició una vibración que fue creciendo paulatinamente. Las luces oscilaron con un parpadeo dubitativo que acabó en oscuridad total. Los focos de emergencia se encendieron en escasos segundos, al tiempo que la alarma, con su tono de sirena intermitente y desagradable, se escuchaba por todas partes. Las puertas que separaban las secciones estancas se cerraron con golpes secos, dejando el interior del "Velmont” dividido en islotes independientes.

Lois, un granjero con destino a Rigel, salió de su compartimiento con un pensamiento fijo en su mente: escapar.

Arremetió, sin mirar, en dirección a las portillas de evacuaci6n. Tardó escasos minutos en llegar a ellos y se introdujo en el primero que encontró. Por el pasillo de acceso había arrollado a varias personas, empujándo1as, golpeándolas sin la menor consideración.

--Que se las arreglen como puedan. Yo me largo antes de que esto explote. Un segundo de duda y eres hombre muerto. Vamos a ver, ¿cómo eran las instrucciones? Primero, cerrar el compartimiento de la burbuja y apretar el botón amarillo del cuadro de conexiones. ¡Apretado! Todo va bien, pues se ha encendido la luz verde. Ahora el pulsador naranja de la preignición. ¡Ya esta! A continuación, sentarse en la butaca anti-G, tirar de la manilla verde para que se instale el cinturón de seguridad y así estar sujeto para cuando se dispare. Ya estoy amarrado y en posición. Ahora se debe pulsar el botón rojo del brazo del asiento. ¡Listo, allá voy!--

La pequeña esfera de emergencia sale disparada por su conducto de expu1sión. En unos segundos ambas naves se separan en direcciones opuestas a tremendas velocidades. Lois, por efecto de la aceleración inicial, ha perdido momentáneamente la conciencia y yace semihundido en el blando sillón al que le sujetan unos potentes arneses.

En el navío de transporte intergaláctico la situación se estabiliza y, en unas horas, la avería del fuselaje, causada por el choque con un meteorito, queda reparada.

Cuando la ausencia de Lois es advertida, han pasado varias horas. El comandante se limita a anotarlo en el libro de bitácora, dándolo por desaparecido.

2

Lois, tras cargar con el escaso equipo de emergencia que lleva la burbuja, abandona ésta y se interna por aquel planeta en el que la pequeña nave aterrizara de forma automática. El entorno es agreste y salvaje. Árboles corpulentos, de troncos macizos y nudosos, ascienden hasta desaparecer entre una frondosidad malva que impide la visión del cielo. Pequeños animales huyen a su paso, desapareciendo por la espesura que le envuelve. Enormes rocas amarillas le impiden el paso haciéndole dar grandes rodeos. El aire tiene un extraño olor que no acaba de reconocer. Debe contener alguna sustancia que le provoca una sensación de asfixia y fatiga que le obliga a detenerse con frecuencia. El suelo, de color rojo orín, forma una costra que cruje bajo sus pies agrietándose a cada paso.

Una aparente roca que sobresale parcialmente del suelo, muestra tres cuencas oculares cuando llega a escasa distancia de ella y la puede observar con claridad. Es la calavera de un enorme animal que le sonríe en su desnudez, mostrando los descarnados dientes y la cerúlea amarillez de sus mondos huesos. El rosario de sus vértebras se prolonga varios metros, semicubierto por otras partes de su esqueleto. El conjunto muestra claramente el tamaño aproximado de su propietario. Lois lo mira por un momento con aprensión y prepara temblón la pistola, dejándola montada y con el seguro. Conecta el "localizador de vida" y lo ajusta a animales de un tamaño algo inferior al suyo. Después reemprende la marcha lenta, tediosa y llena de vueltas y revueltas.

-¡Puff! Qué mierda de planeta. Pero no me quejaré. Al menos estoy vivo. Pobres desgraciados los de la nave, a estas horas convertidos en polvo sideral. Para sobrevivir hay que ser rápido y listo como yo, o de lo contrario. . . ¡Zas! Desintegrado en un segundo.

Primero fueron horas de constante y difícil marcha; después días enteros en un sobresalto por aquél sombrío bosque, en el que cada ruido se le antojaba un animal; cada chasquido le hacía volverse asustado y hasta las sombras le parecían fantasmas. Lois avanzaba irregularmente por la cambiante superficie. Lomas rocosas cuya morfología y estructura vibran bajo sus pies lanzando lastimeros gemidos; llanos inmensos de pequeñas piedras tan esféricas e iguales, que es como caminar por un mar de canicas; lagos de tranquila superficie sepia en la que se reflejan los soles binarios del sistema; enormes saltos de agua cuyo caudal se hunde en simas tan profundas que parecen no tener fin; paisajes tan extraños y variables que carecen de una 1ógica climática: bosques, desiertos, montañas, lagos, aluviones, sinuosos ríos de enormes meandros, tundras inacabables, vergeles sobre arena, todo en una manifiesta, confusa y anormal sucesión.

-Que inverosímil planeta. Sin viento y sin otra señal de vida que esos pequeños anima1es que casi no logro ver. O esos monstruosos esqueletos que me aterrorizan con su tamaño. Debo continuar, he de encontrar algo.

La vida se le vuelve monótona, aburrida y sin sentido. Durante el día camina sin rumbo fijo, persiguiendo incansable la línea del horizonte. Cuando se cansa y tiene sueño, monta la cúpula de seguridad y se introduce en ella para dormir. Dos veces al día ingiere las tabletas de concentrados totales liofilizados. No existe noche tal Como el humano la concibe. Siempre hay un sol brillando en el cielo. Unas veces el rojo y cuando éste se pone, ya brilla en el lado opuesto el amarillo.

Lois se está poniendo nervioso. Carece de imaginación y soporta mal la soledad. Son varios días de incesante caminar en medio de un paisaje siempre cambiante, siempre nuevo, pero con una constante que le aterra: el silencio. A ratos habla en voz alta; otras canta o grita, buscando, en un intento infantil, una compañía que no encuentra.

Al salir de un bosque que lleva horas atravesando y que ha sido una enorme masa de árboles bajos y rechonchos, de troncos múltiples y retorcidos que soportan unas gruesas copas de ramas violetas y arrugados frutos, penetra en un desierto de cenizas volcánicas de color verdoso y olor desagradable. Sus piernas se hunden hasta las rodillas, y cada paso es un esfuerzo ímprobo para desenterrar el miembro correspondiente. A su paso, una nube de polvo le acompaña. El recorrer una pequeña distancia, que le agota hasta la extenuación, le ocupa toda la jornada. Cuando decide descansar y mientras monta la cúpula, se repite por enésima vez la misma pregunta que lleva todo el día haciéndose:
--¿De dónde habrán salido estas cenizas? No se ve un solo volcán en todo lo que alcanza la vista.—

Cuando logra atravesar aquella enorme masa de polvo, penetra en un extenso valle de rocas agudas y descarnadas. No hay un árbol, ni una sombra, sólo rocas en una monótona y reverberante explanada que parece no acabarse nunca. Por etapas, avanza mientras se lo permiten sus fuerzas. Las irregularidades del suelo le impiden una marcha normal y cada paso es un sufrimiento. Se siente agotado y descorazonado. En numerosas ocasiones está tentado de apoyar la pistola contra su sien para terminar de una vez su sufrimiento. Pero quiere vivir y algo en su interior le empuja a continuar adelante.

--Tiene que haber otra cosa. Debe existir alguna zona habitable. Todo el planeta no puede ser de este modo. No es posible. Tengo que encontrar un sitio donde pueda quedarme.

Reanuda la marcha con vacilación, mirando a todos lados, buscando un oasis en medio de aquel mar cubierto de encrespadas olas de piedra de color naranja. Durante días, bajo un cielo en el que se alternan los dos soles, nada cambia...

3

Se despertó con una sensación indefinida, difícil de explicar. Era como si alguien le estuviera observando. Miro el "localizador de vida" y el dial marcaba la presencia de algo de un tamaño no mayor que el suyo. Miró a su alrededor, pero no lo localizaba. Debía estar en algún sitio oculto y en su entorno sólo existía una posibilidad de esconderse: el cercano bosque de la derecha. Recogió el exiguo campamento y preparó el ama. Se dirigió hacia la zona de árboles mirando el dial del aparato. La señal se confirmaba. Se introdujo entre los troncos y conforme penetraba, éstos se hacían más y más frondosos. De súbito lo vislumbró. Permanecía quieto contemplándolo entre unas ramas. Su actitud no era belicosa. Lois suspiró aliviado y relajándose se dirigió en línea recta hacia él. El ser, al que todavía no veía bien, retrocedía al tiempo que él avanzaba. A retazos fue haciéndose una idea de su forma. Era un cuadrúpedo de buena alzada y grácil silueta. Un cuello largo y elegante soportaba una cabeza de buen tamaño, dotada de ojos frontales, nariz procidente y boca de implantación inferior. El cuello, por lo que pudo observar estaba dotado de una gran movilidad, lo que le permitía llevar la cabeza a las más diversas posiciones. El extraño vigila su avance y retrocede despacio tratando de retrasar el contacto. Lois observa que está cubierto de un tejido brillante, muy ajustado, que termina en el cuello con un aro metálico. Es un collar ancho e irregular, que recuerda el cierre de una escafandra.

Lois avanza con precauciones hacia él.

--¡Tranquilo! No te asustes caballito; no te voy a hacer daño. Esto si que es suerte. Ahora podré ir más rápido. Es cuestión de cazarlo y domarlo. De este modo ganaré tiempo y comodidad.—

El cuadrúpedo retrocede con lentitud mientras no pierde de vista a Lois y con sus movimientos de cabeza parece estudiar el aspecto e intenciones del humano y piensa sobre su conducta decidida de acercarse a él.

--¿Será un nativo de este planeta? Trae un arma en la mano, de eso no hay duda. Pero no parece que quiera usarla. Debo tratar de comunicarme con él. Es evidente que se trata de un bípedo inteligente. Me quedaré esperándole par facilitar este primer contacto.—

Lois avanza despacio. Lo hace silbando, como hacía con los perros y los caballos allá en la tierra.

--¡Que sonido más extraño emite! ¿Será lo único que es capaz de hacer? No lo creo. Por otras señales que muestra debe tener un coeficiente intelectual superior a esos sonidos sin articular que emite. Debe ser un gesto de amistad o tener algún otro significado que no logro interpretar. Le contestaré y mientras lo hago le haré un saludo con la mano, lo que es muy fácil de interpretar.

El cuadrúpedo contesta con una serie de ruidos guturales articulados. Es una voz ronca, de bajo, pero tiene una secuencia y un ritmo que recuerda a una conversación. Los sonidos llegan con claridad hasta Lois. Al mismo tiempo, el ser con forma de caballo, levanta una de sus manos delanteras y hace gestos con ella.

--No relincha. Es un sonido articulado. Que caballo tan raro. Parece más tranquilo. Iré más despacio, tratando de no asustarlo. Mientras, le hablaré con suavidad.-

Lois se acerca con lentitud. Emite palabras tranquilizadoras en tono suave. El cuadrúpedo contesta y continúa moviendo la mano en una clara señal de saludo, de deseos de paz. Pero Lois no capta matices y sólo es capaz de ver un caballo.

--¡Ah! Cocea asustado. Debo darle tiempo a que se acostumbre a mí presencia. Es un soberbio ejemplar. Una vez dominado. Una vez domado..., aunque posiblemente lo esté ya, como indica esa extraña montura que lleva. La brida del cuello es muy rara, pero esta claro que es para que el jinete se agarre a ella y lo dirija. Aunque a mí me gustaría más un buen bocado. Creo que podré acostumbrarme en poco tiempo. Con él avanzaré a más velocidad y encontraré antes a los nativos. Le hablaré con suavidad, pues es algo que va bien con los perros y los caballos.—

Lois articula una serie de palabras cariñosas, al tiempo que se acerca con precaución. Están ya a pocos metros. Ambos se miran con inquietud y desconfianza.

--Ya lo suponía. Es inteligente y ahora es cuando me esta hablando. Es un lenguaje rico en inflexiones y matices, lo que implica un buen nivel intelectual, El ruido de antes debía de ser otra cosa. Le hablaré también.

Y el cuadrúpedo le habla al humano con suavidad, articulando bien las palabras.

--¡Eh, amigo! No tengas miedo. Soy también inteligente aunque seamos distintos. Estoy aquí por un accidente de mi nave. Pero no traigo malas intenciones para tu planeta. Mi nombre es Whortz.--

Lois escucha los sonidos que emite Whortz y continúa su avance.

--¡Tranquilo, tranquilo! No te voy a hacer daño caballito, ¡muy bien, así! No te asustes. Ahora te voy a acariciar. . .

Llega hasta él y le acaricia el cuello. Así lo ha hecho toda su vida con los animales de la granja. Pasa repetidas veces la mano en el sentido del pelo, percibiendo el tacto suave de la extraña ropa que lleva puesta. Le habla quedamente, con tono cariñoso, insinuante e interesado. Whortz permanece quieto pero alerta y tenso.

--Debe ser el modo de saludar de esta raza. Aunque me repugna que me toquen, debo resistir. No parece querer hacerme daño. Lo saludaré de igual modo. ¡Hola, amigo! ¿Eres un nativo? ¿Dónde queda tu hábitat?

Whortz levanta una mano y la pasa por el cuello y el hombro de Lois. Lo hace con suavidad mientras desgrana una serie de sonidos.

--¿Te gusto, eh! Tú a mí también—malinterpreta Lois-- vamos a ser buenos amigos. Así me gusta, noble y bien domado. En poco tiempo podré montarte sin problemas. Eres un animal manso y sin resabios. ¡Buen chico!--

Lois insiste en sus caricias e inspecciona a Whortz en todo su contorno. Palpa sus manos y patas, da suaves golpes en sus ancas. Revisa el ropaje que lleva encima y toma las cosas que toca, sin comprender lo que son.

--Que extraños arneses. ¿Cómo serán los nativos de este planeta para enjaezar así a los animales? Ha debido perder parte de ellos y por eso no entiendo qué puedan ser todas esas cosas que lleva colgando. Quizá los aborígenes sean muy diferentes a mí. Pero no importa demasiado. Sé montar a pelo y no tendré dificultades.--

Whortz resiste, dominándose, el manoseo a que se ve sometido. Mientras aguanta las molestias que le ocasiona el humano, una idea se va abriendo paso en su mente. Conforme el pensamiento va tomando forma y se afianza aflorando a su lado más consciente, el cuadrúpedo empieza a agitarse.

--¿Qué hace, qué quiere? Aquí ocurre algo que no comprendo. ¡No, no es posible! ¡Eh, amigo! Soy un ser inteligente igual que tú. Sin duda mucho más inteligente que tú. Te estás equivocando, me confundes.--

Lois una vez más, vuelve a interpretar mal los signos que le envía Whortz. No se detiene a pensar por un segundo. Sólo necesita una bestia que le transporte y solamente ve lo que necesita. Trata de tranquilizarlo, hablándole suave y despacio, mientras lo acaricia.
--¡Soo! Caballo bonito. ¡Quieto! Que no te voy a hacer nada. Tranquilo. ¡Soo!--

La mano de Lois agarra el aro del cuello y hace fuerza con él. Tira hacia el suelo, en un castigo e intento de dominio manifiesto. Whortz, que nota la presión y el dolor, se agita más y más. La idea que desde hace rato ronda en su cerebro, se va confirmando por momentos.

--¿Pero que hace, que extraño comportamiento es este? ¿Debo mostrarle todavía con más claridad que soy un ser inteligente?--

Whortz cesa en su agitación e introduce una mano en una de las bolsas de su traje, Saca una placa metálica con inscripciones y la tiende hacia Lois. Éste la toma, le echa una mirada superficial y la guarda en uno de sus bolsillos.

--¡Ah, que bonito! Muchas gracias, caballito. Ya veo que comprendes. ¡Vamos, tranquilo! Te voy a montar, no te haré daño.--

Da un salto y se coloca sobre el lomo de Whortz. Sólo dura unos segundos sobre él. De inmediato es derribado al suelo por el cuadrúpedo que adopta una posición erguida. Después, Whortz, retrocede tirando al humano con ojos furibundos.

--¡No lo intentes otra vez o te mataré! Te equivocas conmigo, no soy ningún animal de carga.--

Lois se levanta furioso. Se quita una de las correas que lleva en la cintura. La agarra por uno de los extremos y con actitud tozuda se dirige hacia el centauro.

--¡Quieto he dicho! ¿No quieres que te monte, eh! Pues no tienes otro remedio. Ya te enseñaré yo quien manda aquí.--

Se dirige hacia él con la correa en la mamo. Whortz recula unos pasos y le contempla avanzar. Al llegar a su lado, le pasa la mano por el cuello mientras le musita al oído palabras dominantes. Después vuelve a intentar montarlo. Whortz, que está prevenido y adivina la maniobra, dobla las patas y se agacha. El impulso de Lois le hace caer por el otro lado y rueda unos metros.

Lleno de genio, se levanta y golpea con la correa por todas partes. Whortz introduce la mano en una bolsa que lleva entre los pliegues de su ropa y saca un tubo de unos pocos centímetros y lo dirige a Lois. Éste contempla la pequeña varilla metálica y los movimientos de su oponente, y de nuevo los malinterpreta.

--No quiero más cosas. ¡Maldito animal! Ya te daré yo regalos. Tirarme dos veces. No me había ocurrido en mi vida. ¡Toma, desgraciado, toma!--

Y la emprende de nuevo a correazos. Del tubo sale un chorro de luz negra y Lois queda fulminado. Mientras su cuerpo se inclina hacia el suelo, comprende, quizás con la clarividencia de la muerte, que se ha equivocado, pero ya no tiene remedio.

--¡Oh...! Pero si es... un ser inteligente... y me ha matado. Yo me había equivocado

Al llegar al suelo ya está muerto.

--Te ofrecí amistad y sólo viste en mi un animal de carga. He tenido más paciencia contigo que en el resto de toda mi vida. ¿De que mundo vienes? ¿Eres acaso de una raza ciega, sorda y tonta? Te di señales más que suficientes para que pudieras entenderme. En todo caso yo debería haberme subido encima de ti, pues demostraste ser el menos inteligente.--

Whortz acumula piedras encima del cuerpo de Lois. Al terminar, reemprende la marcha en solitario por un planeta en el que lleva mucho tiempo buscando una compañía con la que compartir la soledad del naufrago espacial.

Pero una vez más se repite, si un compañero, pero que tenga al menos unas poca células que le sirvan para pensar.

F I N

28 - 06 - 2018.

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Comentario por Trina Mercedes Lee de Hidalgo el agosto 11, 2018 a las 9:51pm

Formidable narración donde se encuentran dos perdidos  de diferentes planetas en una competencia de inteligencia e interpretación de lenguajes, gestos y acciones que confunden ante la indebida respuesta y deja como vencedor  el ser espacial.

En nuestro mundo ocurre lo mismo, la falta de comunicación o de mala calidad, nos tiene sumergidos en un caos que convierte en crisis la subsistencia.

Un gusto leerte completamente, por la calidad del texto, tanto en su conformaciòn, redacciòn y secuencia de las ideas.

Un abrazo en la distancia.

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Segundo lugar “Cómo encender una llama - Alberto Pocasangre

”Tercer lugar “El viaje del sapito sapitón” - Adela Soto

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