Escenarios de inmigrantes, en dos novelas: "La trampa" y "Llorar no cuesta", de la autora cubana Lázara Ávila Fernández

Capítulo: Moyuba el eri mi
(fragmento de la novela cubana "Llorar no cuesta)

Al segundo día de estar en el mar, absolutamente a la deriva, hubo un mal tiempo que los obligó a sacar agua hasta con las manos. La lluvia y el viento amenazaban con hundir la embarcación. Las olas comenzaron a barrer todo a su paso. Al principio las mujeres gritaban y se agarraban unas a las otras con fuerza, pero después tuvieron que sobreponerse al pánico y ayudar a los hombres.

Un golpe de ola sacó a Lázaro quien se había pegado mucho a la proa tratando de salvar unas provisiones. En menos de un segundo el mar se lo tragó sin dejar rastro y sin que nadie pudiera auxiliarle.

Mujeres y hombres se quedaron en silencio, empapados en agua y con el temor reflejado en los rostros, atónitos en medio del desastre. Cualquiera de ellos podía ser la siguiente víctima. A unas brazas del bote creen ver un cuerpo. Es un segundo, ya después solo es el mar y las olas que continúan altas.

Cuando el mar se calmó cada uno de ellos se refugió en su mundo interior tratando de comprender lo que había sucedido. Habían perdido a un hombre. Y se habían quedado sin nada de provisiones. No tenían la menor idea de qué tanto los había alejado la tormenta de su ruta.

No tenían la menor idea de las estadísticas: uno de cada cuatro cubanos morirá en el intento de abandonar la Isla por mar. Uno de cada cuatro sin importar el sexo, la edad o el color de la piel.

Sin agua nadie sobrevive. A ninguno se le ocurrió amarrar al menos una vasija con el líquido potable a la embarcación. Noventa millas es la distancia más corta que separa a Cuba de Cayo Hueso. Una distancia que es posible recorrer hasta en una piragua si se quisiera. Desde donde ellos salieron es solo un poco más.

Pensaron que sería embarcarse y llegar. Por primera vez sienten miedo. Un terror que les pone la carne de gallina. Mantenerse con vida es ahora el principal objetivo. Y para ello necesitan estar unidos.

Han transcurrido veinticuatro horas desde que la tormenta los dejara sin provisiones ni líquidos. Desde que Lázaro fuera tragado por el mar. Durante ese tiempo los hombres: Andresito, Remigio y Miguel Ropa Vieja han hecho hasta lo imposible para reparar el motor. Se sienten agotados, con sueño y sed. El aire es húmedo y denso. Arriba el sol calienta fuerte.

Tienen una discusión por un poco de agua que en medio de la tormenta Cacha logró proteger. Ninguno de los hombres está en sus cabales y los tres viajan armados. Miguel porta una navaja, Remigio y Andresito un cuchillo. Se insultan, se van a las manos…

Solo se calman cuando se dan cuenta de que Miguel Ropavieja ha sido herido y está perdiendo sangre. No saben qué hacer.

Cacha le hace un torniquete a mitad del antebrazo con un pedazo de blusa que Teresa le alcanza. La sangre al fin se contiene.

Al siguiente día Teresa desde que amaneció –entre vómito y vómito– le pide a la virgen de Regla, a Yemayá que los proteja, que no los abandone a su suerte.

Ceferina muestra síntomas de deshidratación y quemaduras en los labios. Cacha está sentada de modo que su sombra le proteja la cara a su maíta. Pero el sol es inclemente. Por suerte, parece que va a llover; un poco de agua dulce les vendrá bien a todos. Miguel Ropa Vieja lleva la herida destapada. Un pedazo de piel deja ver el corte profundo y abierto. Le duele la cabeza y a ratos tiembla.

El sopor le permite a Miguel Ropavieja recordarlo todo: ha ido conociendo a Cacha, ya sabe dónde vive, está al tanto de sus horarios. Y por alguna razón que no alcanza a comprender la mujer lo trae loco.

La vigila. La ha visto con Reutelio María. El viejo le da dinero. Y ella ya no está dando viajes a La Habana y le devolvió los veinte “verdes” a Martín. El propio Reutelio la llevó a casa del hombre para que saldara la deuda y le hizo prometer que no lo haría más.

Cada vez que Miguel se acuerda de que se está acostando con el otro le reclama para que lo deje, pero ella siempre le da la misma respuesta:

–No quiero ir presa, Miguel, no quiero.

–Mil gente va y no les pasa na', y tú tienes pa' eso –le replica él –. Cuando te conocí tú estabas yendo.

–Cuando me conociste era tan terrible como ahora Miguel, ¿o será que no lo entiendes...?

–Y si de repente mi suerte cambia, ¿lo dejas? Coño, Cacha, ¿si mi suerte cambia lo dejas?

–Que no es tan sencillo, créeme que yo quisiera dejar esta vida, yo quisiera, pero no puedo –le dice, mientras se pega al pecho del hombre. Se refugia en él.

Están debajo de unas cañas bravas a orillas del río, que hace una suerte de herradura antes de llegar a la presa del pueblo. Los dos desnudos, acariciándose. Lo único que se escucha es el trino

de los pajaritos. El río está tranquilo y corre cuesta abajo con un andar pausado como para no molestar a los amantes. Hay una brisa suave que los besa a ambos, que les despierta los sentidos, que hace que las lenguas se busquen y que el sexo del hombre la penetre con suavidad. Ella se abre, lo recibe sin reparos como lluvia de verano. En un torrente de orgasmos. Más su mente permanece alerta, acostumbrada a estar a defensiva.

–No vayas más por la casa. No quiero que Reutelio se dé cuenta. Va a llegar un día y nos va a encontrar juntos y yo tengo una hija que alimentar. Y tampoco quiero que vaya a haber un muerto de por medio que en Cuba la gente no se faja a los piñazos sino con machete... y tú lo sabes.

Miguel Ropavieja está desempleado; se defiende con lo poco que gana de la pesquería. Amanece en la presa y regresa tarde. La mayoría de las veces a pie. Tiene una bicicleta, pero casi siempre está en llantas. Su madre espera hasta que él llegue para comer algún bocado que él mismo cocina. Caldo de cabeza de pescado. Hueva de pescado. Pescado con sal. Tiene que andar ligero para que la madre coma porque a veces se le queda dormida y al otro día cuando amanece no se sostiene en el balance porque, aunque todavía es una mujer joven está muy enferma. Desde que perdiera al esposo en un accidente de tránsito, cuando Miguel tenía ocho años, ella se tiró a morir y cada día muere un poco.

A veces él consigue unos plátanos y los pone a hervir junto con el pescado. Atrás quedaron los tiempos de ir al bar de la esquina y comprar un litro de leche por sesenta centavos, o uno de yogur. Ya eso no se consigue ni aparecen en ninguna parte las galletas dulces que tanto le gustan a ella. Cerraron el mercadito paralelo que había en la 31, y puede que no haya sido lo mejor, pero por lo menos aliviaba las penas.

No bebe ron ni guarfarina, no fuma, su tiempo lo dedica a la presa y a la mesa de juego. En su mente está la gran partida que lo va a sacar de la miseria a él, a su madre, y ahora a Cacha.

El juego es ilegal, le caben de tres a ocho años. Él lo sabe. Vender pescado es prohibido también, si lo cogen lo multan. No obstante, cuando no está en la presa o en la calle vendiendo se mete en casa de Cuca donde se reúne la nata de los jugadores.

A veces también la plantan en una casa de tabaco abandonada, otras debajo de alguna mata en medio del monte. El asunto es estarse moviendo de un lugar a otro para despistar a la policía y a los chivatos.

Hoy no parece ser el mejor día. Con doscientos pesos se entró a jugar, consiguió ese dinero después de tres días de pesca. Y lo ha ido dejando en la mesa. En una última jugada y más pela’o que un coco la suerte comienza a gratificarlo.

Hay tres cartas viradas boca arriba y Ropavieja tiene igual cantidad en sus manos. Después de los tres descartes y antes de que se pidan nuevas barajas es su turno para hacer la apuesta.

Tiene sed. Suda. Antes de apostar saca dos pesos guardados debajo de la planta del pie y le pide a Lola, la mujer de Evaristo que le alcance un refresco de botella. Ninguno de los hombres bebe ron allí. Se cuidan de problemas para evitar que llegue la policía por una pelea. El refresco está frío y calma un poco su sed. Pero es solo unos segundos. Un sabor a azúcar prieta o morena, como también le dicen algunos, se le ha quedado en la garganta.

–¿No tienes un poco de agua? –le pregunta a la mujer y agrega–. Ese refresco estaba demasiado dulce. Cada vez te los hacen peor.

Su padre era un guajiro de las lomas de Cándito que apostaba cada semana en las vallas de gallos. Su madre a veces jugaba una calderilla en la Lotería Nacional. Tal vez, de ahí o de la pobreza le viene a Miguel Ropavieja el afán por el juego.

Los agentes de la policía llegaron en silencio, ninguno de los jugadores se dio cuenta. El trayecto hasta la unidad es difícil, en medio del polvo que entra por las ventanillas de la patrulla. A Miguel Ropavieja se le ha secado el gaznate, está consciente de lo que viene. La sed es insoportable. Siente que tiene fiebre. Cada vez que está asustado le da fiebre.

La propuesta que al principio no acepta, lo sorprende. Le piden que trabaje como informante. Saben todo sobre él y entienden que es un buen prospecto.

La conversación fue larga, solo entre él y un instructor nuevo llegado de Pinar del Rio. Por lo visto el hombre tiene un gran conocimiento de la zona. Necesitan de alguien como él que infunda confianza, que se conozca cada rincón y además que ya tenga cierta fama de merolico y de marginal. Y eso se la ha ido dando la venta ilegal de pescado y el juego. No estará solo, tendrá apoyo todo el tiempo.

Si él acepta su primer trabajo será ayudar a limpiar el municipio de banqueros, pero le tienen reservada una misión más importante: entrará a trabajar al matadero de res porque hay que detectar por dónde es que está saliendo la carne. Recibirá entrenamiento y toda la preparación que necesita.

–No podía decirte en lo que andaba ni siquiera el día del entierro de mamá que solo pudiste pasar por la funeraria un segundo como una más. Ese fue el peor de mis días. Cogieron y metieron preso a medio mundo de la gente que jugaba silo, y también a Teté la banquera y a Filipito. Y yo en la funeraria velando a la vieja, y la gente que había sido mi gente presa por mi culpa. Pero, ya estaba monta’o en el burro y tenía que seguir dándole palos.

Quise morirme cuando entró Remberto, el esposo de Teté, y me dejó cien pesos para lo que me hiciera falta. Yo no quería aceptar ese dinero ni los veinte pesos que me trajo Adolfo, el hermano de Filipito. Pero tuve que morderme la lengua y cogerlos.

Cuando Reutelio comenzó a preparar el hurto en complicidad con el administrador, el matarife que estaría esa madrugada era él. En lo que el administrador y su hombre de confianza tiraban los maletines, Miguel Ropavieja llamó a la policía. Ese era el plan, había que coger a la gente infraganti. Él no sabía que Reutelio María era el que estaba detrás de la cerca.

–Lo otro tú lo sabes, Cacha –le dice Miguel a la mujer mientras que el miedo a morir allí en medio de la nada lo hace sentirse con fiebre.

Ella lo ha escuchado sin decir palabra, apretando las manos. Deseando que su mala suerte se aleje. Deseando ver alguna señal de tierra firme a lo lejos y no un horizonte que se confunde cada vez más con las aguas calientes que les rodean.

–Cállate, por Dios. No quiero saber. Ahora no quiero saber, cállate –le dice y la voz le sale agria, seca por la sed y el hambre.

Todos han prestado atención. El mar ruge y las palabras del hombre rebotan entre ola y ola. Remigio y Andresito lo miran con odio, con un rencor salido de los días de lucha y de hambre en los que conseguir un plátano para poner a la mesa era ser afortunado. Se incorporan y a una voz se lo arrebatan a Chacha y lo tiran al mar.

Atrapado entre las olas queda Miguel Ropavieja, el pescador, el hombre de la presa que no le teme a nada ni a nadie, salvo a la cárcel.

Intenta respirar, intenta bracear hasta la embarcación, pero en la cubierta Remigio y Andresito no van a permitirle que suba. Han tomado el control y es en serio. El agua salada se le mete en cada poro. Le arde sobre la herida abierta. Las mujeres están sobrecogidas de terror. Una corriente se encarga de él y lo aleja. Irremediablemente lo aleja.

Los lectores cero de esta novela han dicho:
-Has escrito una novela desgarradora, me ha hecho llorar y confieso que no lloro con mucha facilidad. "La trampa" es una novela maravillosa, que todos deberían leer. Te felicito. -Clara Avila
-La Trampa es una novela de dolor y sentimientos. Trae a lomo descubierto historias que muchos vivimos y por eso el nudo en la garganta. -Ale Marrero.
Sinopsis:
David llegó a los Estados Unidos siendo un niño, y nunca ha regresado a Cuba, su país de origen. Sin embargo, tras la muerte de su padre y la aparición de unas cartas que hablan acerca de su pasado y de la madre que nunca conoció decide visitar la isla. En Cuba es inevitable que conozca a Fernanda, la nieta de Reutelio María, con quien comparte un pasado en común. David no puede evitar el enamorarse de la mujer por lo que llegado el momento le propone que se vaya con él a Estados Unidos. Fernanda vacila porque está muy apegada a los recuerdos, pero ante un cambio de circunstancias acepta la propuesta. La travesía será por tierra, tomando como trampolín a Ecuador, solo que ninguno de los dos sopesa a cabalidad los peligros a los que se enfrentarán por lo que caen en la trampa que les depara el destino. La trampa es una saga histórica en la que algunos de los descendientes de las familias protagonistas de la novela cubana LLORAR NO CUESTA, aparecen para dar continuidad al acercamiento que hace la autora a la realidad cubana contemporánea y al tema de la migración. Y aunque uno y otro texto guardan relación, ambos, pueden leerse de forma independiente, no es necesario leer el primero para entender el segundo y viceversa. Cada texto tiene voz propia.
TEMA: INMIGRANTES, MIGRACIÓN ILEGAL, CUBANOS, TRATA DE PERSONAS, MIGRACIÓN DE CUBANOS POR TIERRA.
Sobre la autora:
Lázara Ávila Fernández, (Pinar del Río, Cuba) es filóloga y editora. Mujer inquieta y apasionada por las letras, el mundo de la radio y los espectáculos artísticos. Hijos y nietos son su mayor orgullo. Disfruta mucho el cuento corto y la ciencia ficción.
Ha publicado los libros de poesía "Te escribo" (2017), "Cinco poemas de amor" (2015), "Te amé" (2016), "Alguien" (2016), "Lluvia amarga sobre tulipanes" (2017) y "Ella" (2019).
Los libros de relatos cortos "El Regreso" (2017) y "Hashtag Cuentos" (2019).
Los libros infantiles: "La calabacita que quería ser princesa"(2017), "Las aventuras de Juancito: O el niño que vino de Marte" (2018) y "Mariano, Tinito y Campeón" (2019).
Autora de las novelas: "Llorar no cuesta" (2015), "Condenados" (2017) y "La Trampa" (2019).

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