Panomàrica del municipio de Betulia Santander, Colombia.

ESPANTOS: ¿REALIDAD O IMAGINACIÓN?

 

En el Municipio de Betulia se han conservado, a través del tiempo, una infinidad de historias, cuentos, mitos y leyendas sobre espantos y apariciones que muchos dicen haber encontrado en ciertas ocasiones. Espantos cuya sola mención nos produce pavor escuchar en las noches de veladas hasta altas horas en mi pueblo; miedo e intriga al seguir atentamente a los protagonistas de estos hechos narrarlos en su propia voz.

Historias como la llorona, la mula coja, los compadres, la viuda negra, la monja solitaria, y muchas más, escuchadas sin saber a veces si son realidad o productos de la imaginación de quien las narra. Lo único cierto es que generan intriga y terror.

 

En mi época de juventud presencié con mis propios ojos y sufrí en cuerpo y alma el más grande susto de mi vida ante una de esas apariciones. Sucedió que mi tío Pantaleón Correa, en la octava noche de su muerte, se me presentó, en una apariencia vaga, indecisa. Recuerdo que era domingo, un 19 de octubre de 1.985  y en el pueblo amanecía desplegándose pequeños rayitos de sol después de una noche de lluvias, tormenta y frío. Esto luego de haber realizado la rutina de un festivo normal: Ayudar a limpiar la casa, hacer el almuerzo, culminar las tareas y participar en la eucaristía de la Iglesia con el padre Héctor Rodrigo García, ya que mi familia siempre se ha caracterizado por ser muy católica y mi madre pertenecía a todas las congregaciones y legiones de oradoras de la parroquia, por lo tanto no podíamos fallar un domingo.

 

La misa mayor que se realizaba a las 9 a.m. y luego seguía una hora de charla entre las vecinas y amigas a la salida del templo, a fin ponernos al día (los mal pensados llaman chismorrear a estas reuniones) respecto de los últimos acontecimientos del mundo. Debe tenerse en cuenta que no existía en ese tiempo el internet, los celulares, teléfonos, redes sociales, los Amigos de Betulia ni El Panteón de Melquiades. Sólo teníamos Telecom, agencia a cuyas instalaciones las personas se dirigían y pedían una cita para poder hablar con los familiares que vivían en ciudades aledañas al pueblo, o bien se acercaban a reclamar telegramas o cartas procedentes de distintos destinos. Recuerdo cuánta alegría reflejaban los ojos de mis paisanos al recibir correspondencia de un familiar lejano.

 

Sucedió ese domingo después de almorzar un suculento sancocho de gallina cocinado en fogón de leña por mi madre, cuya sazón era inigualable. Después de lavar los platos y ordenar la cocina recordé que tenía el compromiso muy importante de reunirme con mis compañeras de Tercer Grado (hoy Octavo) de bachillerato para realizar un trabajo en grupo, de matemáticas, me acuerdo muy bien.  La tarea era difícil y todas necesitábamos una buena nota para aprobar la materia, estaba culminando el año y nos correspondía realizar un trabajo impecable para presentarlo a uno de los profesores más tesos y de mal carácter en el colegio.

 

Después de permanecer casi una hora pidiendo el permiso a mi madre para salir de casa a reunirme con las compañeras del colegio y de escuchar las advertencias de ella,  recalcándome que debía estar a las 7p.m. en punto en la casa: esa noche era la octava de muerto mi tío y me correspondía rezar las oraciones que se acostumbran en los rituales de velorios. El cadáver se había velado en mi casa, por ser soltero el finado, sin hijos y en esa época no existían funerarias que prestaran este servicio.

 

Cuando salí de mi casa eran ya pasadas las tres de la tarde y un sol dorado desplegaba sus últimos rayos lumínicos en la cresta de la montaña. Se sentía palpar las nubes que emergían del Salto Blanco y retozaba entre las polleras una brisa helada.

 

Nos reunimos donde una de mis amigas del colegio, con un grupo conformado por cinco compañeros y tan pronto llegamos al lugar escogido decidimos trabajar en completo orden y con muchas expectativas puestas en este trabajo. Fue tanto el esfuerzo y dedicación de todos que el tiempo se nos fue volando como se evapora la bruma al amanecer atacada por los transversales rayos de oro del sol matutino, todo ello entre estudio, risas y a ratos cuentos de juventud.

 

Entonces me doy cuenta al fijarme en el reloj de pared que daban las ocho de la noche. Mi sobresalto y angustia fue tan grande que decidí recoger mis cosas y despedirme de inmediato, dispuesta a irme caminando a toda prisa para llegar a cumplirle a mi madre, pensando en silencio en el regaño tan grande que ella me daría. Así comencé a alejarme del lugar.

 

La casa donde nos reunimos para el trabajo estaba ubicada al otro lado del parque principal y en horas de la noche, un domingo y con el frío y la brisa helada de mi tierra, las calles se encontraban completamente solitarias y  silenciosas. El único sonido era del viento y de los grillos.

 

Entonces, entre paso y paso empecé a sentir el ruido de zapatos de alguien que seguía en el silencio de la noche. Pero al detenerme y observar en derredor no se veía nada en absoluto. En este momento observo un auto arribando al parque y desde allí una mujer me saludaba al bajarse: Era la alcaldesa de ese entonces, la única mujer que ha tenido Betulia en la Administración Municipal, creo, la doctora Gloria Issa, última Administración designada por decreto gubernamental. Después de ella se estableció el sistema de elecciones por voto popular, siendo el primer Alcalde elegido el señor José Joaquín Gómez.

 

Tan pronto la saludé me sentí acompañada, pero sólo por unos momentos. Entre mi salida del grupo y el saludo con la Alcaldesa y sus acompañantes, allegados de mi familia, me dieron las ocho y media. ¡Cuál sería el susto que me llevo cuando siento el repique de la media hora en el reloj de las torres de la iglesia! Ya sentía los regaños de mi madre, la cantaleta toda la semana, el disgusto que tendría por no haberle cumplido llegando a tiempo para rezar la oración de la noche de velación.

 

En ese momento recordé unas palabras que ella y cualquier madre suele decir en estos casos: “Cuidado llega tarde al novenario porque después su tío le jala los pies en las noches cuando esté durmiendo”.

 

Mis manos comenzaron a sudar y mis piernas las sentía pesadas. Procuraba caminar a pasos agigantados, pero no era capaz por la resistencia de la brisa, que no permitía que corriera en ese momento, ya con las calles completamente solas, las puertas y ventanas de las casas ya estaban trancadas. Las pocas luces de la calle se encontraban apagadas. Aún me faltaban cuatro cuadras para llegar a mi casa cuando al cruzar la calle para andar en la carrera que conducía a la calle de mi casa, quise agilizar el paso y correr. Así lo hice hasta llegar a la casa de la señorita Virginia, como la conocíamos todos. Era una  dama soltera alta, hermosa, sencilla que vivía de la costura y elaboraba unos pesebres muy llamativos que se distinguían entre todos los del pueblo con sus figuras en arcilla exhibiendo  una gran creatividad de esta hábil artesana, con cuevas donde estaban ovejas reflejadas en un espejo, al fondo, lo que  hacía creer que estaba el lugar lleno de ellas, pero no eran sino unas diez  duplicadas por el espejo. Este era el secreto de la multitud en su pesebre.

 

Fue frente a su casa que me detuvo algo inesperado, faltando ya dos cuadras para llegar a mi hogar. En ese momento mis ojos vieron algo terrible, abrumador, algo que me congeló, me dejó estática.

 

En la misma carrera, pero en sentido contrario, caminando frente a la casa del señor Pedro Godoy, un mecánico oriundo de otro Municipio radicado en Betulia y que vivía solo cerca a la quebrada llamada la “Olla de los Perros”, mis ojos desorbitados observan a mi tío Pantaleón caminar hacia mí. Era él. Cómo no recordarlo, como no reconocerlo si tan solo cumplía ocho días de muerto. Tenía su estatura, su caminado y hasta su última vestimenta: Una camisa de manga larga, recogida al codo, una toalla cubriendo su cuello, la camisa por fuera, con los dos últimos botones abiertos y su cachucha puesta.

 

Era él, no había duda, era su figura caminando hacia mí. Tan pronto llegara a la esquina que debía cruzar para la calle de mi casa, estaba segura que él me alcanzaría, me agarraría, quizá me mataría del susto, me hablaría. Miles de cosas pasaban por mi mente en ese instante. Mis piernas quedaron sembradas en el suelo, no era capaz de dar un solo paso y recordé la advertencia de mi madre de llegar a tiempo, que  de lo contrario él me jalaría los pies mientras dormía.

 

Pero que rápido estaba pagando mi descuido y de qué forma, Dios santo. Me estaba muriendo por dentro. Caminaba despacio, agilizaba el paso, no sabía qué hacer y qué miedo tan enorme, era tan inmenso el pavor que sentía que hasta mis pantalones se mojaron porque mi vejiga no aguantó y no fui capaz de retener el orín.

 

En estos momentos todo se nubla y el aire se siente espeso. Pero tenía que correr para lograr cruzar la esquina que conduce a mi casa antes que mi tío me alcanzara sin llegar allí. Estábamos a la misma distancia los dos. Quizá si yo conseguía correr velozmente le ganaba, pero no era capaz. Mis fuerzas se debilitaban. Mis pies se pegaron al piso y cuando pasé frente a la casa de las señoritas Forero, tres hermanas solteras que vivían igual de la costura y el tejido en una casa cerca a la de mis padres, una idea rondó llenó mi cabeza: Llego allí y toco la puerta para que Angelina me deje entrar, pero al llegar y tocar por varias veces el portón de madera nadie salió. La casa estaba sola, porque las tres hermanas estaban en el novenario de mi tío en mi casa y mientras más cerca veía a mi tío Pantaleón, más lo reconocía, era él, estaba segura  ¿Por qué se había salido de la tumba?.

 

Mil preguntas sin respuesta me agitaban en ese momento, hasta que no pude resistir más y como una loca comencé a correr y gritar desesperadamente. Gritaba con voz muy fuerte para que mi madre me escuchara y fuera al encuentro mío, pero ella y las demás en casa estaban cantando a la Virgen una “Salve” y no escuchaban mis gritos.

 

Yo seguía corriendo y gritando angustiada hasta que Dios me ayudó y pude cruzar la esquina antes que mi tío llegara a mi lado y me agarrara o hablara que se yo, sólo sé que me hubiese muerto del susto.

 

Cuando las señoras que estaban en mi casa en el novenario acabaron de cantar pudieron escucharon mis gritos y todas salieron desesperadas a ver qué me estaba ocurriendo. En ese instante yo había logrado la hazaña más grande de mi vida: escaparme de un muerto, de un fantasma.

 

La puerta de mi casa estaba abierta y mi madre salía a mi encuentro. Tan pronto llegué a sus brazos caí desmayada. Las señoras del novenario se alarmaron y angustiaron mucho. Eran amigas de mi madre y vecinas.

Recobré el conocimiento gracias a una bola de algodón con alcohol que tenía aplicada a la nariz. Respiré, pues, libremente y abrí los ojos. Mi madre me sostenía en sus brazos y preguntaba qué me había pasado. Con voz entrecortada le comenté que mi tío Pantaleón se me había aparecido y estaba en la esquina, con  lo que no conseguí sino causarle un disgusto enorme, ya que mi madre jamás creyó que los muertos volvieran del otro mundo a espantar a los vivos, así que  me dijo: “Cómo se le ocurre que su tío se va a devolver de donde se encuentre a sufrir más de lo que ya sufrió en esta vida”.

 

Sin embargo tres señoras, vecinas de nuestra casa, decidieron ir hasta la esquina a ver qué encontraban de extraño. Se llevaron una enorme sorpresa, pues al llegar al lugar donde mi tío me había espantado a quien encontraron fue a un hijo de un amigo de mi padre. Estaba allí,  sentado muy orondo y al ver a las señoras les comentó algo extraño que le había sucedido. Ellas atentamente le escucharon narrar hechos que por poco y se mueren, pero de la risa.

 

Sucede que el hijo del amigo de mi padre era de igual estatura a la de mi tío, vestía de la misma forma: camisas manga larga dobladas al codo, una toalla en el cuello, usaba cachucha y también tenía un pequeño impedimento en su mano izquierda que lo hacía caminar con ella levantada.

 

Les comentaba que él venía en la dirección del señor Pedro Godoy y viendo a una joven que caminaba y corría y se devolvía y tocaba las puertas pero nadie le abría, decidió acercarse. Al encontrarse ya a unos pasos de ella se dispuso a preguntarle que le sucedía. Notó que le había atacado un mal extraño, como si estuviera poseída por el demonio porque, gritaba, lloraba y corría desesperadamente.

 

Había quedado muy preocupado por eso y esperaba sentado en el andén a ver qué le había sucedido a esa joven.

Las amigas de mi madre no podían contener la risa al darse cuenta que el tal espanto era el hijo del amigo de mi padre, y que yo lo había confundido con el finado.

 

Decidieron llevarlo hasta la casa de mi madre. Cuando llegaron con él  y lo vi, de la impresión que me dio nuevamente me desmayé, así que mi madre tuvo que reanimarme de nuevo. Me contaron, entre mofa y mofa, risas y carcajadas la realidad del espanto, lo que no impidió que mi madre me regañara duramente por no haber llegado a tiempo.

 

Después ella lo contaba a sus amigas y en reuniones familiares con una gracia que nos hacía reír a todos. Por eso creo que la mayoría de los espantos sólo están en la imaginación de cada persona, que la mente los recrea y el instinto o el miedo, les da vida.

 

 

RECUERDOS

 

Soleada, triste, lúgubre,

cual pájaro escudero,

pienso en la infancia

que saturó de recuerdos

las calles empedradas

de mi venerado pueblo.

 

Fabulosos años

que de mí y de ti

están ya tan lejanos.

 

Recuerdos que quedaron

grabados en el tiempo

con el traspasar pueril

el curso de la mocedad

y devenir vejezuelo.

 

Pero en mi mente

siempre residen

de ti, bello terruño,

lisonjeros recuerdos.

Escrito por Emna Codepi.

 

 

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Comentario por EMNA CODEPI "Pintura-Poesía" el febrero 16, 2017 a las 3:51pm

Gracias Oscar Martìnez Molina por su buen comentario.. Saludos y bendiciones.

Comentario por Oscar Martínez Molina el febrero 15, 2017 a las 9:44pm
Emna muy grato leer esta historia. Buen ritmo que va ganando en la narrativa

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