Eran cerca de las cinco de la tarde. Aún me recuperaba de la odisea del regreso desde el hospital, donde ejercía como  médico forense. Recorrer aquellos cuarenta kilómetros era una aventura agotadora, de duración y hechos impredecibles. Pero esta vez había tenido suerte. Un carro fúnebre, que iba rumbo a la prisión Combinado del Sur, me había dejado en el entronque de la carretera a mi pueblo. Media hora más tarde, saltaba sobre una carreta repleta de cajas de madera vacías, rumbo a Sabanilla del Comendador,  apenas a seis kilómetros de mi destino. En la cafetería, donde media hora atrás habían vendido las últimas croquetas elásticas  en medio de una bronca, la totémica dependienta limpiaba el atolladero con un trozo de frazada raída, que parecía empegostar aún más aquel piso que una vez fue de lozas.

Llegando al parque de la iglesia, alguien me gritó desde una moto destartalada.

_ ¡Médico, vamos!

Ahora descansaba unos minutos. Era verano y aún quedaban  varias horas de claridad.

Poco después dejaba la bata sobre el camastro y me engalanaba con aquella muda de ropa que  había resistido varias generaciones. Me encasqueté el sombrero de paja y atrapé un pomito vacío. La mochila de saco de yute ya me gritaba al lado de la bicicleta, con sus seis carretes hechos con latas vacías que había ido recolectando por los basureros. En ellas el enrollado pulcro de las líneas de pescar, que terminaban en pequeños anzuelos comprados a un viejo artesano que los vendía  a siete por un peso. De paso, agregué media barra de maní molido de mi propia cosecha, y una botella repleta de aguardiente casero que Papito, mi compañero de andanzas, destilaba clandestinamente, usando azúcar robada del central y fermentada durante un mes en agua y levadura. La levadura se la conseguía una prima en la panadería donde trabajaba, escondiéndola entre las tetas.

La bicicleta era el órgano más importante de mi cuerpo, con su armazón de manufactura soviética y un injerto de gomas chinas en las que no cabía un parche más.

Aseguré la mochila a la parrilla, después de haber agregado las carnadas de filetitos congelados de tilapia cortados en tiras de cinco centímetros.

Esta vez iba solo, pues Papito estaba con fiebre. Rumbo a la salida sur, hice dos paradas, una en el portal de Lencho para comprarle tres tabacos de Manicaragua a dos pesos cada uno, y dos casas más allá, para rellenar el pomo de café mezclado con polvo de chícharos.

Ya pedaleaba felizmente por la carretera semi desértica rumbo al central.

Andados unos ocho kilómetros, torcí a la derecha, por una fangosa guardarraya que semejaba un majá desenrollado entre los cañaverales quedados de la zafra anterior.

Cuando perdí de vista la carretera, con las gomas atascadas en el fango, me hice a un costado y miré en todas direcciones, aguzando el oído. Solamente el estampido de los lagartos en las hojas secas, perturbaban la calma ardiente. Así fue que, cargando el vehículo y dando tropezones, avancé unos quince surcos cañaveral adentro y acosté mi bici sobre la cama de paja, cubriéndola a medias.

Al retomar el camino, hice un nudo en las hojas superiores del plantón orillero, a manera de  señal y me eché la mochila al hombro, con un buen trago de alcohol y un tabaco que humeaba como las lejanas chimeneas del central en tiempos de zafra.

Ya el sol maduraba al borde de los cerrojos del Oeste. Me esperaba una caminata de dos kilómetros entre charcos, pequeños sembrados, restos de arboledas de cuando hubo fincas por allí, y potreros del Estado.

Un kilómetro más tarde, ladeaba un pequeño descampado recostado a los raquíticos cañaverales. Aquel mínimo sitio fue asiento de un bohío del que solamente quedaban trozos de cemento entre espartillos moribundos, marilopes y mariposas. Detrás, tres matas de toronjas, una de las cuales, amiga íntima, me surtía con su jugosas lunas verde amarillentas, que gracias a Dios, no muchos comían por ser amargas. Eché una docena dentro de la mochila, que ya hacía sentir su peso.

La luz del crepúsculo iba quedando descuartizada, mostrando sus hermosas vísceras caleidoscópicas por guardarrayas y cayos de marabú del potrero, que ahora enfilaba acercándome a la presa.

Traté de acelerar el paso cuanto la impedimenta me permitió. Al llegar a la puerta de alambres del potrero que rodeaba al manto de agua, eché las cosas al otro lado y cerré cuidadosamente, ante las oscuras claraboyas de una decena de vacas flaconazas, con más apariencia de pescadoras que yo.

A poco, avanzaba sobre el trillo a lo largo de la alta cortina de tierra que cerraba a las aguas, para descender a un centenar de pasos y culebrear ansiosamente por las márgenes del Sur, buscando un buen pesquero, el más propicio para este anochecer, entre los cinco o seis que ya conocía de años.

Precisamente donde el lomo plomizo, apenas rizado a trechos por las hebras de brisa, se fue estrechando de manera que la otra orilla distaba unos cien metros, me detuve, dejé caer la mochila y aprovechando los últimos ripios de claridad, empuñé el machete y desbrocé unos pequeños sitios en la orilla, donde situé lajas de piedras para colocar los carretes.

De tal forma, en quince minutos dejé el pesquero listo. Una media decena de carretes improvisados quedó sobre las piedras, con las líneas estiradas en distintas direcciones, de manera que a la primera picada, la lata rodaría haciendo el conocido escándalo.

Entonces me puse a descascarar una toronja mientras dejaba el cabo de tabaco al lado de la mochila e iba escrutando las cercanías apenas visibles, tratando de adivinar las cabezas de las jicoteas cuando salen a respirar. Pude ver algunas  grandes como semillas de aguacates, pegadas a un tronco mutilado de palma, que sacaba su muñón desde el centro del brazo de agua.

Acababa de asegurar las baterías en la linterna, cuando sonó la primera lata con un triple tintineo, pues había colocado dos o tres rocas más adelante para que el ruido fuera inconfundible.

Como no había luna, alumbré por unos segundos, los necesarios para localizar el punto. Anduve por detrás para no enredarme con las otras líneas y dejé la interna en un bolsillo. Justo a  la orilla del agua, la lata giraba a pequeños intervalos, desenrollando el nylon. La tomé con la izquierda y con la otra mano, entre el índice y el pulgar, fui tanteando. En pocos segundos sentí la presión. Era el primer animal. Halaba lentamente, unos dos o tres metros y se detenía de nuevo, como para tragar la masa de tilapia. Al siguiente halón, tiré hacia mí firmemente, sin brusquedades. Cuando sentí su peso, no pude reprimir el grito.

_ ¡Coño, buen animal! Ven chiquilla, no te me escapes.

Fui enrollando la línea en la lata. Entonces supe que flotaba boca arriba, como una canoa, alivianándose. Halé con ambas manos hasta sentirla atascada en el fango, a dos pasos de mí. No cedí, pues arañaba con sus cuatro patas de filosas uñas. Entonces le planté un pie encima, hasta que pude voltearla. Yo jadeaba como en un orgasmo, como si el mundo no existiera. Por el volumen y el peso adivinaba que era una hembra de tres o cuatro libras. Tuve que alumbrar unos instantes para localizar el saliente del anzuelo en sus comisuras pétreas y, con mucho cuidado, empujar hasta desanzuelarla. La eché en la mochila, al tiempo que saqué otra toronja para la celebración.

Fue una de las mejores noches que tuve. Tres hembras y dos machos, todos de buen tamaño. La carne de una semana asegurada.

Sería cerca de media noche cuando recogí los aperos y sudando la gota gorda, me eché al hombro el bulto, ahora con un peso multiplicado que se sumaba al cansancio de la hora.

Me sabía de memoria  aquellos trillos. El regreso hasta la cercanía de la carretera me tomó una hora, hasta localizar el nudo en las hojas de caña, ahora mojadas de rocío.

Dejé la pesca al costado y me sumergí en el amasijo de tallos y follaje cortante, hasta el punto donde reposaba, o debía reposar, la bicicleta; pero no la encontré.

_ ¡Dios mío, no me hagas esto!

Salí de nuevo y con la linterna, me aseguré de la señal. Conté los pasos hasta adentro de nuevo, mientras clamaba por todos los santos. Repasé durante media hora todo el pajizal, enredándome con los bejuquillos, sufriendo la embestida de un hormiguero que me acribillaba hasta las ingles, mientras el instinto me empujaba a rebuscar, porque debía estar equivocado.

La desazón y el agotamiento, triunfaron sobre la terquedad, hasta que terminé echado a la larga, pateando la yerba enfangada a orillas del cañaveral. Me incorporé después como alguien que envejece veinte años de repente. El ruido de los lagartos en la paja y el graznido de las lechuzas me sonaban como insultos. Me esperaban infinitos kilómetros de marcha en la noche maciza, con aquel saco a cuestas, que ahora pesaba más que mi cuerpo derrotado. Pero no tenía otro remedio que hacerlo.

 

Pastor Aguiar

Visitas: 140

Comentar

¡Necesitas ser un miembro de Creatividad Internacional para añadir comentarios!

Participar en Creatividad Internacional

Comentario por Pastor Aguiar el diciembre 18, 2011 a las 7:37pm

Gracias, querida Jeni, por tus palabras, por tu lectura siempre esperada ansiosamente. Un abrazote.

Comentario por Jeniffer Moore el diciembre 18, 2011 a las 4:32pm

Cada vez que leo este relato le encuentro nuevos matices que me sorprenden y deslumbran. Gracias por tu arte.

Gran abrazo.

Libros – Editores

E-mail: 

creatividadinternacional@gmail.com

__________

Creatividad Internacional’, es una red abierta, donde no se tiene que registrar para ver su información y colaboraciones, hay +6,000 Foros de Discusiones sobre grandes escritores y cineastas; actualización diaria de noticias literarias y cinematográficas y +18,000 blogs con creaciones literarias de gran talento. 

Un espacio para exponer creaciones y opiniones a críticos, editores y productores. Los invitamos a participar.

Ismael Lorenzo, Director, Creatividad Internacional

Alina Galliano R.I.P. Jorge Dominguez, Alonso de Molina,  Alejo Urdaneta, Liss Rivas Clisson, Debbie Indira, Gloria Zúñiga, Fabio Pabón.

Subdirectores

____________

PROGRAMACIÓN RADIAL DE 'CREATIVIDAD INTERNACIONAL'

ENTREVISTAS, CINE Y LIBROS,  CONVERSATORIOS  

479 Programas radiales, +67,800 visualizaciones en Youtube, Pags en FB, Twitter y en Instagram. 

__________

El silencio de los 12

Ismael Lorenzo

'El silencio de los 12', narra las historias, en sus propias voces, de mujeres agredidas sexualmente, sus consecuencias y secuelas de estos abusos. Desde el Líbano hasta España, desde Francia hasta Italia

El silencio de los 12

Nueva edición revisada

____________

'Creatividad Internacional' no se hace responsable por los contenidos y opiniones publicados por sus miembros. 

Somos una entidad sin fines de lucro. Una red fundada hace más de 13 años,  se reciben donaciones. 

____________

Matías Pérez baila la Macarena

Ismael Lorenzo

La Pentalogía de los 'Matías Pérez', iniciada  hace un par de décadas: 'Matías Pérez entre los locos', 'Matías Pérez regresa a casa', 'Matías Pérez en los días de invierno', 'Matías Pérez de viaje por el Caribe', y 'Matías Pérez baila la Macarena'.  Disponibles en las Amazon.

MATIAS PEREZ BAILA LA MACARENA

____________

Amigos en Tiempos Difíciles'

Ismael Lorenzo

En este libro recién publicado 'Amigos en Tiempos Difíciles', Ismael Lorenzo describe las vicisitudes y pérdidas sufridas por la estafa que condujo a una orden judicial de desalojo y como muchos volvieron la espalda pero aparecieron otros

AMIGOS EN TIEMPOS DIFICILES

______________

Bajo las olas

Ernesto González

Bajo las olas, tras las huellas brumosas de M. Yourcenar

Permite que emerja radiante, en toda su majestad y magnitud, la mítica figura de Margarite Yourcenar; al menos para sus muchos admiradores, este es un rencuentro, un recuento: su personalidad, sus libros, sus demonios

BAJO LAS OLAS 

_____________

PREMIO LITERARIO 'REINALDO ARENAS, DE CREATIVIDAD INTERNACIONAL 2022'

En el 2022, su 8va versión es en 'Novela'. Se hará la entrega del Premio en un centro cultural de Miami, el 7 de diciembre, el 32 Aniversario de la muerte de este gran escritor.

_____________

Ramona: Estampa de mi vida

Lázara Avila Fernández

El libro que leerás a continuación representa las memorias de una mujer ya adulta. Son ocho estampas o relatos cortos en los que nada de lo que se cuenta es ficción

RAMONA

_______________

El Hospital Embrujado

Sonia Crespo

UNA NOVELA DE SUSPENSE, THRILLER Y MISTERIO

EL HOSPITAL EMBRUJADO

____________

Años de sobrevivencia

Ismael Lorenzo

‘Años de sobrevivencia’, es la continuación de las memorias comenzadas en ‘Una historia que no tiene fin', y donde se agregan relatos relacionados a su vida de escritor y a su obra 

Años de sobrevivencia

___________

Casa Azul Ediciones

SERVICIOS EDITORIALES

Email: casazulediciones@gmail.com

'Creatividad Internacional', red de Literatura y Cine, un espacio para exponer creaciones y opiniones a críticos, editores y productores.

© 2022   Creado por Creatividad Internacional.   Tecnología de

Emblemas  |  Reportar un problema  |  Términos de servicio

VISITAS DESDE MARZO 5/09: