Autorretrato CdMx mayo 2019

Los yonquis funcionan en tiempo de droga y con metabolismo de droga.

Están sujetos al clima de la droga. Son calentados y enfriados por la droga.

El impulso de la droga es vivir bajo condiciones de droga.

No se puede escapar de la enfermedad de la droga igual que,

no se puede, escapar al efecto de la droga después de un pinchazo.

YONQUI

WILLIAM BURROUGHS

 

 

 

El incidente

Dio un pequeño salto hacia atrás y sin darse cuenta, alcanzó la orilla de la banqueta con el tacón de su pie derecho. Le fue imposible guardar el equilibrio y cayó estrepitosamente. El hombrón aquel trataba inútilmente de ponerse en pie. En la medida en que me acercaba en su ayuda, empezó a hacerse conocido. Eder Coutiño, -el negro-. Chiapaneco, bohemio, borracho, drogadicto y eternamente solo. Habían pasado 18 o 20 años de nuestra despedida. Mi aspecto sin duda había dado un giro total de mejoría. Considerando que a los 24 años llevaba a cuestas la ansiedad de probar lo que se cruzara en mí camino. Alcohol y droga por supuesto, y sobre todo el deseo incrustado en las entrañas por la compañía de mujeres. Adicta ansiedad de poseerlas insaciablemente. Lo sostuve desde atrás por las axilas y apoyándome firme di un jalón hacia arriba. El hombrón aquel hizo al mismo tiempo un esfuerzo, aventándose hacia adelante. Murmuró con torpeza algunas palabras que sonaron a “gracias” y al mismo tiempo esbozó una estúpida sonrisa. Sacudió su ropa, y cojeando reanudó su paso. Lo vi alejarse hasta que se perdió entre la gente que inundaba las calles, y después, solamente veía su cabezota que sobresalía por encima de todos.

El disparo a los recuerdos

Dieciocho o veinte años atrás y mi mente rauda se incrustó en el verano ardiente y en el calor sofocante del puerto de Veracruz. Cumplíamos ya treinta y cinco días de una parranda memorable. Alcohol y porros habían sido el alimento a nuestras almas. Caminé desde la orilla del mar. Los zapatos y la camisa en mis manos. La arena caliente abrasando mis pies. A pocos pasos de mí, Eder hundiendo sus huellas en la caliente arena. Detrás, y también a pocos pasos de nosotros, Lizbeth. Pecosa de la cara, menuda de estatura. Hermosos ojos verdes. Cabellera rubia. Voz casi un susurro. Eder, Lizbeth y Freddy. Este último yo, José Alfredo Lira Pastrana. Oriundo de Tuxtla. Abogado recién egresado y endiosado a las altas lides de la política local de la ciudad y a la de mi estado. -¡Enorme futuro!-. Enganchado también entre el alcohol, la mota, y las mujeres. Mi talón de Aquiles. Así pues para darle un reposo a mi espíritu, y alejar un poco las lenguas tuxtlecas de mi entorno. Una mañana de cruda y desvelo tomo mi mochila, las botas camineras y desde luego la billetera que daría respaldo a mi jornada. El autobús del ADO en pleno centro de Tuxtla. En la segunda norte. Y un par de horas después recorriendo estrechas carreteras hasta Córdova. Y allí la indecisión de seguir hasta la capital, -como decía mi boleto- o abortar el viaje y virar hacia el puerto de Veracruz. Quince minutos para comer. O para atizarme un porro. Y allí sentado, justo doblando la esquina mi inspiración y mi espiración que sin más van dando paz a mí agitado cuerpo. Noche ingrata de peda. Dejo caer mi cuerpo sobre mi bolsa y cinco minutos después, según yo. Y treinta y cinco según el administrador local del ADO, alegamos a gritos porque el autobús me ha abandonado. ! Mierda, mil veces mierda! y mis ojos enrojecidos y mi voz arrastrada. ! Drogado de mierda!, voy a llamar a la policía.

! Amenazas, amenazas! sabes quién soy yo? eh, sabes pinche puto? sabes quién soy yo?

 

Los efectos de la mota

La hilaridad es un efecto gracioso de la hierba. No solamente te ríes y te ríes por simplezas. Literal: te cagas y te orinas de la risa.

-Eder y Lizbeth, mi novia.-

-Mucho gusto-

Y de nuevo gracias.

Y de nuevo a destornillarme de la risa.

-Me hubieses dejado para romperle la madre al güey.

-Estarías con la policía.

Y de nuevo la pinche risa. Carcajadas hasta el llanto y no pendejadas. Arribamos al puerto de Veracruz un par de horas después. Minutos antes de subir a la cabina del tráiler, Eder y yo nos dimos de nueva cuenta un atizón. Para tranquilizarnos, fue nuestro pretexto. Lizbeth pegada al chofer, después yo, y Eder el más corpulento pegado a la puerta. Yo dormitaba y cabeceaba a más no poder. Eder completamente dormido y roncando ruidosamente. Entre delirio y delirio Lizbeth haciendo platica con el chofer. Y este de inmediato con sus propuestas. Vamos dejando a este par de pendejetes. Y yo abría los ojos grandes y de nuevo arrastraba mi lengua. Mierda, mierda. Salían las palabras de mi boca. El tipejo sin más metiendo el clutch hasta el fondo y moviendo la palanca de las velocidades hacia atrás, totalmente pegada a las piernas blancas y firmes de Lizbeth.

La voz apenas audible de ella:

-es mi novio.

-¿El que está bien pacheco?

–No, el otro.

-¿El güey grandote?

-Aja.
Y estando tan cerca, claramente veía a Lizbeth repegar aún más las piernas contra la palanca de velocidades- La muy puta. Y el pobre de mi amigo Eder echando la jeta. La muy puta, y el pobre de mí entrañable recién conocido amigo Eder, seguramente soñando con ella.

 

El toque de tus dedos, mirar de terciopelo

La cuesta recta entre Córdova y el puerto, las largas bajadas y el cambio de velocidades en el tráiler, el sonido desfogado del enorme motor. Truuuuuuuuuuuuuuuuur. Y el desbocado paso de la enorme mole rodante. No te descuides mierda de chofer. Y en un momento entre mi pestañeo inconsciente, la falda de Lizbeth recogida hasta el tronco de los muslos, las pantaletas blancas y la mano morena, muy prieta del chofer -tremendo contraste con la piel y las pantaletas blancas de Lizbeth- los dedos desplazando la entrepierna de los calzones. ¡Coño! atento a la manejada, y nuevamente el sonido desbocado del motor. Truuuuuuuuuuuuuuuuur, y el cambio durante el ascenso. Mi lengua arrastrada, el movimiento de mis manos lento, extraordinariamente lento. Eder y su ronquido pegado a mis espaldas. Sonreía, me cae de madres que la muy puta sonreía, y que no se haga pendeja. Y además no hizo absolutamente nada para evitarlo. Es más, simplemente separó las piernas y el cabrón hijo de puta le metió los dedos, justo después de haber soltado suavemente el clutch y que la caja de velocidades pasaba de la octava, a la séptima, bajando suavemente después a la sexta. El paso lento de la pesada máquina y entonces el dedo mugroso y grasiento entrando y saliendo sin ningún recato. El ronquido brusco de Eder y su tronco pesado recargado sobre mí. El codazo a su vientre y el despertar ansioso. Enderezo mi cuerpo y veo el rostro serio de Lizbeth. Ansiosa también acomoda su falda y el chofer de nuevo mete el clutch y desplaza la palanca hacia la séptima, y el dedo seguramente húmedo oprime la uña de la palanca y asciende hasta la octava. El desfogue del motor, y el tráiler sale disparado bajando nuevamente la cuesta. Truuuuuuuuuuuuuuuuur.

-¡Huele a coño!

-Cállate pendejo, es tu boca.

-No, huele a eso.

Me cae que tengo un olfato refinado. Lizbeth solamente se enconcha y se acomoda.

Está dormida, la voz rasposa del Negro Eder.

Así es ella. Cabrona y puta. Pienso para mis adentros.

 

Arribando al puerto de Veracruz

No me consta pero seguro que bajándonos del tráiler, y el puto chofer se acomodó una zarandeada cachonda. Ni que insistir con Lizbeth. Eder mide fácilmente los uno ochenta y cinco, y tiene cara de pocos amigos. De todos modos aceptó nuestra agradecida despedida. Después, bolsos en hombros iniciamos la marcha. Caminamos sin mas directo al malecón del puerto, el día soleado y caluroso, y a las primeras de cambio las cervezas en el primer changarro. Y cinco o seis chelas después pagué a mis gloriosos invitados. Recorrimos aquella tarde alternando nuestros pasos entre el andador formal donde niños y jóvenes conversaban y jugaban entre patines y bicicletas, y la playa donde esquivábamos beisbolistas de guante y bate, y el agua cálida del mar. Lizbeth subiéndose la falda para no mojarla y dejando al descubierto sus blancas piernas. Botas al hombro y la sensación de la arena y el agua en mis pies. Cabizbajo, el hombrón dibujaba apenas una sonrisa.

La lengua a pesar de las cervezas con sensación reseca. Dos o tres cervezas más y como postre: un par de pastas de anfetas y el porro de hierba. Y de nuevo la risa que te traba la quijada y te escurre las lágrimas. Recostados en la arena y aunque no lo crean, descubriendo elefantes, caballos, estalactitas y luciérnagas en las nubes. Y la risa pendeja, desde luego. Y cayó la noche y con ella la parvada de malvivientes en torno nuestro. ¿Y de dónde son? Y qué chingados te importa. Y el pomo para compartir. Y mejor más alejados del centro por la policía de mierda. Y el atajo y la vereda. Y la noche que se ha ido haciendo de fiesta. Y Eder con su mujercita hermosa y pequeña, y su enorme corpulencia. Y la morrita que trae el shorsito untado hasta las nalgas, y el tipejo de la cicatriz en la mano. Y el bolso de donde van saliendo los porros cuidadosamente enrollados. Broder, broder. Y la necesidad que brota sin ninguna decencia. Allí en plena playa jarocha, apenas detrás de algún matorral de hierbas secas. La morrita aflojó sin más una vez que le pasé el carrujo desde mi boca. Y sin tanta hipocresía. Total para eso eran, para cambiarlas por un buen polvo, o una buena hierba. Y nos alcanzó la madrugada.

Descubrimos las solitarias calles del puerto con el acompasado ritmo de nuestros pasos. El silencio y la claridad de luna llena. Eder, Lizbeth y Freddy. En la lejanía algún danzón, y alguna risa.

 

Hotel de cinco estrellas

A las seis de la mañana nos dieron cabida en un hotelucho de muerte. Doblé la apuesta. Una mierda de cuarto. Y pagué sin más la primera noche. O mejor dicho el primer día. Una vez traspasada la puerta Eder moja la cabeza bajo el grifo de agua fresca, y se prende después a beber directamente de este. Retira su camisa y se refresca también el cuello y la espalda, y deja correr de nuevo el agua por su nuca. Agitadamente moja entonces su rostro y vuelve a prenderse de la llave para tomar más agua. Apenas se seca. Recostado en la única cama del cuartucho y prácticamente ocupándola toda con su enorme humanidad. No bien cae de espaldas y ya ronca. Mi turno, y entonces mientras pretendo hacer la misma maniobra en el lavabo y viéndola a través del espejo, Lizbeth comienza a despojarse de su blusa y de su falda, después hace lo mismo con el sostén y las pantaletas. Estoy aturdido. La euforia y la desinhibición de la mota seguro han dado paso ya a las alucinaciones. La mezcla con el alcohol. Cervezas, ron, cannabis. La mujer de este amigo esta pirada de loca. Hace calor, su voz que murmura. Se recuesta sobre el torso desnudo de Eder y con la misma rapidez se queda dormida, ocupando la pequeña porción que quedaba libre de la cama.

A las cuatro de la tarde me despertó el ruido de una puerta que se abrió de golpe. Eder y Lizbeth con dos six de tecates. Sonrientes y a la mar de acicalados. Comida. Y señalan un platón de mariscos. Ensalada fresca en otro platón tan grande como el primero. Tu cambio me dicen y así sin más me entregan billetes de cien y de cincuenta. Tomamos mil de tu cartera. Comida, cervezas, ensalada fresca, risas y más risas, Eder comiéndose a besos a Lizbeth y repasando piernas, nalgas y coño con sus manazas. El calor sofocante del puerto y el baño que me refresca. Todo en ese orden. De nueva cuenta a las calles en busca de música y baile y desde luego. Y principalmente desde luego, de alguna princesita que me quiera.

Danzón dedicado a…

Danzón dedicado a Freddy. Y el Freddy (o sea Yo), levantándose de su mesa en donde ha estado pisteando gratamente con Eder y Lizbeth. Nos hemos enchufado sin más una botella de chivas con agua sin gas y un chingo de hielo. On the rocks y con un chisguetito de agua sin gas. Camina sin tambalearse, contrarrestados los efectos mareadores del alcohol con los apaciguadores de la hierba. Bien tranquilo el güey, y bien seguro el cabrón. Saca a bailar a la mujer que desde hacía ya rato le gritaba con los ojos que se arrimara. Y se arrimó. Y se levantó su acompañante. Y el Freddy que ni madres que se echa para atrás. Y que el otro güey tampoco lo hace. Y entonces el Freddy que ahora si se tambalea con el madrazo que le dan y que de refilón lo resiente en el pecho. Y en fin que allí se vuelve entonces todo un desmadre. Afortunadamente, justo cuando todo estaba bien prendido, se fue la luz, o algún amigo la cortó. Salimos por piernas. Tres, cuatro, hasta cinco cuadras después. Y risas y más risas, Lizbeth, Eder, Freddy y la mujer que siempre si quiso salir a danzar. El asunto me recuerda de nuevo el rugir del tráiler desbocado. Truuuuuuuuuuuuuuuuur. El clutch hasta el fondo y el cambio en la palanca de velocidades. Marina, había dicho, apenas apaciguarnos después de la rápida escapada. Más alta que Lizbeth, morena clara, cabello negro, alaciado, y suelto hasta la cintura. Labios gruesos y delineados. Tetas más bien pequeñas y eso si, culona. Caminamos hasta la solitaria playa. El rumor del vaivén de las olas. La brisa fresca. Lizbeth sonreía. Eder volcado sobre sus espaldas. Voltee a mí alrededor. Qué soledad tan fría. Marina aspiraba con fuerza y cerraba luego la boca. No quería dejar escapar absolutamente nada de aquel humo. Abría los ojos, tomaba mi rostro entre sus manos y exhalaba entonces dentro de mi boca. Jugueteaba al final con sus labios y su lengua. Reíamos en aquella vorágine, y en esa risa se unían también los otros dos. Con esa alegría y aquella insensatez Marina se despojó completamente de su ropa. ¡Menuda hembra! exclamaba mientras hundía mis labios entre sus piernas. Las acometidas y la explosión se dieron justo a pocos metros de la otra pareja. Mi cuerpo entero entró en un movimiento frenético y desbocado hasta aullar rompiendo el silencio. El malecón a mi alcance. La vetusta arquitectura de San Juan de Ullua, a tiro de piedra. Eder y Lizbeth alertas. ! La policía! y en chinga. El jalón por la camisa. La bragueta abierta y aun chorreando esperma. Marina desnuda y boca abajo. Córrele güey. Ya déjala. La pinche vieja está bien peda…

 

Octava oriente Sur, en Tuxtla (La vuelta a los orígenes)

-¿En dónde es que está escondido el hijo de la gran puta?

-y entre dormido y pedo reconocía la amorosa voz de mi mamá.-

-Dejeloste tía, no estamos haciendo nada malo.

-Estamos chupando tranquilos.

-Es su cumpleaños del Beto, pues.

Y el Beto, apenas si podía tenerse en pie y esbozar cualquier gesto pendejo que hiciera el símil de una sonrisa. De balbucear algún saludo mejor ya ni hablamos.

-Que Beto ni que su chingada madre.

Nuevamente los gritos de mi mama. Y ni quién intentara alguna negociación. Cariñosamente me agarraba entonces de los pelos y después de dos o tres jaloneadas, la retahíla de improperios.

-A chingadazos es que te voy a bajar el pedo.

Y rájatelas el primero bien puesto entre las orejas y la nuca.

-Dejeloste tía que se duerma.

-Deleste cafecito bien cargado.

-Un su baño de agua fría.

Bola de ojetes, con cada frase mi mama se enardecía más y más, y agarraba más fuerza en sus brazos y sus manos. Rataplán y otro chingadazo con brutal puntería. Rojo quedaba mi cachete.

Al día siguiente el mismo sainete:

-Si sos buen estudiante hijito. Qué putas es que andás haciendo con tu vida.

-Eres mi alma hijito. Y tú tan bolo.

Mientras me ponía un paño helado en la nuca y en los cachetes.

-Fijáte lo que pasó con tu padre.

-Tenélo de ejemplo.

-Tan brillante y acabado por el bendito vicio.

-Otra cosa le hubieras heredado.

Y mesaba mis cabellos y acariciaba mi adolorido rostro.

Y así cursé la carrera. Abogacía. Con una boleta plena de dieces y mención honorifica. Y las pedas y después los pasones. Y la angustia y las andanzas de mamá en mi búsqueda. Y los jalones de pelos y las buenas madrizas. Y también las compresas heladas y el café cargado y el mesado de cabellos y las maternales caricias. El bendito vicio como siempre.     

 

El cementerio de Tuxtla

Viví toda mi vida en la octava oriente sur. Desde que las calles eran de pura terracería, y que para nosotros eran además nuestro campo de futbol. Sobre todo por la ausencia total de coches. No solamente porque batallaran para rodar, sino porque en aquellas épocas todos andábamos bien jodidos. La calle desembocaba a pocos metros del cementerio de Tuxtla. La entrada lateral nos quedaba a tan sólo cien metros de distancia, pero aunque estuviera cerrada la puerta, la barda era muy baja y completamente fácil de subir. Una barda blanca, siempre bien pintada y con algunos medios arcos. Allí fue nuestro campo de entrenamiento. Entre la tumba de doña Engracia López Mena y la de Don Ceferino Campos Lazo, -que tengo incrustadas en mi memoria con santo y seña de tantas horas que pasé contemplándolas- me reventé mi primer porro. Luisito de la Peña (qepd), fue el entrañable amigo que me condujo. Sentados los dos en aquella solitaria tarde. Leyendo cuidadosamente despedidas y recuerdos en las lapidas. Entre atizada y atizada y para no perder la costumbre, las latas de cervezas. A la una de la madrugada, el griterío de mamá y los demás vecinos llamándonos. Nos quedamos dormidos pues, había sido nuestra única excusa. De complexión más bien incierta, Luis de la Peña se mostraba siempre debilucho y flaco, de piernas cortas y abdomen planito, siempre faltándole los frijoles. Era también después de dos o tres carrujos, el más aguerrido gladiador, un madreador nato. El eterno acompañante de las parrandas. Camello y revendedor de mota y hábil en la negociación de lo que hiciera falta o de lo que fuese el encargo, bien fuera morfina, dialudid, pantopón, eukodal, paracodina, dionina, codeína, demerol, metadona. Y para ello, enredado siempre con el boticario de la esquina, o el talachero junto al panteón. Vivía a dos casas de la mía. Y la madre y los hermanos le pegaban duras tundas como para dejar en claro que no aceptaban sus andanzas. A mí jamás me pidió un centavo por la hierba, o para las pastas y las tachas, pero siempre procuré por él. Pinche Luisito. Se dio finalmente la cruzada de su vida y una noche nos reunimos todos en su casa para acompañarlo en su velada. ¡La madre siempre es la madre! Lloró y reprochó a Dios como jamás he visto hacerlo en otros velorios. Los hermanos, resignados y taciturnos se mantuvieron siempre en silencio. La plebe nos acercamos en un momento dado, todos en bola, y más de uno con la hierba en el alma, y en coro le espetamos en su pálido rostro: pinche Luisito, no que muy verga.  

Patricia Solís (la Paty)

Allí también entre esas tumbas le robé a la Paty su primera vez con la inocencia de sus diecisiete primaveras, apenas cumplidas. Primero con el pretexto de leer e inventarle cuentos con toda la letanía de las lapidas. La confianza de haberla conocido prácticamente de toda su vida. De allí pasamos a los besos y a una larga sesión de manoseos. Incluidos desde luego los besos en la panocha y las jaladas y venidas de don pispiote. Hasta una tarde en que una cosa fue llevando a la otra, con su consabida lista de promesas.

-Si yo te quiero un chingo, vos Paty.

-Si tú siempre estarás conmigo.

-Si nuestras familias se han conocido de todo el tiempo.

Entonces, Patricia dio su consentimiento.  Aquella tarde y bajo la claridad de la poca luz de los pasillos del cementerio. Entre las tumbas que mencioné. Patricia Solís, se quitó las pantaletas y me dio la prenda. Lloró después porque le ganó el sentimiento. Acostadote sobre la tumba fría de don Ceferino escuché aquellos lamentos.

-¿No me vas a cumplir verdad?

-¿Sólo querías llegar a esto?

Pinche Paty. El pispiote todavía caliente y tieso y ella ya, echándomelo en mi carota.

Yo estudiaba el segundo año de la carrera, era muy brillante con mis materias, pero además andaba metido en un montón de arguendes que incluían asesorías y clases particulares a los más pendejos, preparaciones para los exámenes, ayudantías a mis profesores, asistencias a despachos privados y públicos, enredos y trabajos en las filas juveniles del partido (el RIP todopoderoso, con el consabido primerísimo lugar nacional de Oratoria). Y las tertulias literarias absolutamente disfrutables, en las que además de largos y acalorados discernimientos sobre libros y nuestros propios escritos, nos entregábamos con total libertad al alcohol, a la mota, -y por allí a algún cabrón con la novedad del polvito o algunas pastillas - que gracias a Dios a mí nunca se me ocurrió. En aquella época. Y al sexo. Que por fortuna y también a Dios gracias, la repartición era totalmente democrática.

Por eso repito: Pinche Paty y su lloriqueo. 

-¿No me vas a cumplir verdad?

-sólo querías esto.

Como sos pendeja hijita. Sólo a ti se te pudo ocurrir que el Freddy te cumpliera.
Panocha tiernita es que quería ese hijoeputa.

 

El ascenso

En el cuarto año de la carrera tiraba yo en las grandes ligas de la política. Lo de presidente de las fuerzas juveniles era ya una jalada. Lo bueno estaba en mi asistencia formal con el diputado Alvarado. Presidente del Congreso. Allí sí que estaba lo bueno. Había comenzado a llenarme los bolsillos de dinero. Mi calle de la octava oriente sur en breve estaría pavimentada. La casa paterna revocada y ampliada con la venia de mi mamá. Ella también había dejado la costumbre de madrearme, pero seguía con la misma cantaleta de siempre.

-Si sos tan inteligente hijito porque putas no cambiás.

-Hacéte de una tu noviecita.

-Mirá que guapa se puso la Paty, y además Educadora

-Dejáte ya de andar de pito suelto.

-Cambiá para bien hijito. No quisiera que un día de estos me llegara la noticia de que en una de tus fiestas, perdiste la conciencia para siempre, y todo por el bendito vicio.

El diputado Alvarado me nombró primero su ayudante, con el respaldo siempre de mi brillante paso por la facultad, y mis logros juveniles y ya no tan juveniles en el partido. Ayudante como a otros cuatro o cinco más de mi generación. Lo de asistente personal me lo gané en poco tiempo y me lo gané por pura chingonería. Alvarado venia del sur del estado. Allá por Tapachula. Tenía rancho y una familia bien estable. Mujer y cinco hijos. Formal el viejo. Se enteró desde luego de mi excelencia académica, y finalmente -pueblo chico infierno grande- también de mis desvelos, parrandas y sueños.

-hay cuando quieraste una su muchachita, para sus soledades.

Y luego, luego quiso el viejo.

 

Miroslava

Para ese entonces sin ningún problema me movía ya como pez en el agua.
Una tarde calurosa de mi tierra tuxtleca acudí donde la güera y sin más le pedí me hiciera el favor de presentarme alguna de sus jovencitas bailarinas. Es un obsequio al jefe.

-Pero tené en consideración, que se trata chunquita ni más ni menos que del presidente del congreso. Y no de cualquier pendejo.

La güera sin ningún titubeo le dice a una fulanita que se encontraba allí de orejona.

-decíle a la Miroslava que se arrime.

Si no hubiese sido por el compromiso explícito con Alvarado. Aquella misma tarde habría probado aquel bocado.

Miroslava era una mujercita menuda pero maravillosamente formada, que acudió al llamado de la güera vistiendo aquella cálida tarde un diminuto short espléndidamente entallado, y una ligerísima blusa de algodón. Trigueñita con el cabello ensortijado y negro azabache. Ojazos grandotes y también negros. Cejas perfectamente delineadas. Nariz pequeñita. Labios carnosos y sensuales. Del pescuezo hacia abajo aquella mujer era una diosa perfecta: hombros, pechos, cintura, caderas, nalgas, muslos, piernas, pies y dedos. Haría falta todo un compendio de anatomía, estética y filosofía para poder describirla. Haga pues cada uno el trabajo mental de imaginársela. De cada conclusión imaginaria saque cada uno el máximo atributo de cada una de las regiones descritas. Hágase en conjunto la meticulosa selección del atributo más altamente calificado. Ármese después con cada uno de estos maravillosos atributos cada lugar con cada pieza, como si se tratara de un rompecabezas. Y así como la hayan armado, era ella. Pero además puta.

La güera:

-sos agraciada Miros. El Lic. Te ha recomendado con uno de altos vuelos. Uno-de-cagada-grande-y-apestosa.

-Que sea muy considerada. Apunté

-Ya lo oíste Miros, muy considerada

-Y extremadamente discreta.

-Con tu boquita cerradita mamita, y tus piernitas muy abiertas.

Es un señorón de la política. Serio. Y muy apegado a la familia. Ampliamente respetado.

-Ya lo oíste al Lic., Miros? silencio total, consideración y entrega. Viste mamita.

El pispiote con el deseo inmenso de salir de sus cabales ante la presencia de aquella diosa. Y mi mente poniendo en consideración el futuro de mi carrera política.

-si te pregunta, contestás. Si no te pregunta, mejor no decís nada. Yo misma voy a escoger tu ropita, y yo misma te voy a maquillar. Con discreción pues, pa que no se te note lo puta.

-¡Ah! y un consejo más, pa que ya te vayás a alistar: -te lo lavás muy bien tu culito hijita, no vaya ser que al señor se le antoje también por allí.

-Y es que uno nunca sabe con estos señorones tan respetables. Esto último lo dijo la güera dirigiéndose a mí.

-Luego anda uno pasando vergüenzas.           

 

Moneda de cambio: alcohol, drogas y sexo

A partir de la Miroslava y los buenos consejos de la güera, el ascenso fue exponencialmente hacia arriba. Tuxtla quiérase o no era el lugar al que convergían los políticos y las imposiciones de los caciques regionales. Los grandes productores de café del Soconusco y de la región selva, al norte del estado, convivían con los dueños y señores del maíz de la Frailesca. Los ganaderos de la franja de Tapilula, Pichucalco, Unión Juárez, Salto de Agua, Ocosingo y Palenque. Al norte. Y desde Villaflores hasta Tapachula, por el sur. Pasando por Jiquipilas, Arriaga, Tonalá y una serie de puntos intermedios.
Todos los políticos pasaban entonces por la bendición de las dos instituciones. El cacicazgo y el partido político (el RIP). Justo aquí era donde yo me movía en completa libertad. Y no me valía solamente de mis conocimientos y andanzas desde las entrañas de la política. Asesor de asuntos varios. Organizador. Escritor de discursos oficiales. Maestro de ceremonias. Intercesor de peticiones. Enlace con los partidos de oposición. Encargándome también de extenderles su cheque mensual de consolación. Pero con todo esto mi autentica valía era la de poner a cada político y a cada cacique. Nuevo o viejo. En su justo medio. Y las únicas monedas que tenían el suficiente peso, eran el alcohol, la droga, y el sexo. Con la dosis precisa de dos ingredientes totalmente míos, la indiscreción de mi presencia. -Siempre en el momento crucial y oportuno-.  Y la discreción de mi silencio.

Todavía ahora en estas nostalgias y en mis más íntimos silencios, viene a mi mente el recuerdo grabado con fuego, del ganadero hosco y huraño, bronco y autoritario, renuente absoluto a los cambios que proponía el gobierno para cambiar el rostro de dominio y caciquismo en su región. La noche pintaba para un enorme fracaso, sin embargo allí estaba yo con la consigna de cambiar aquel engendro. La concurrencia escanciando botellas de finísimo coñac, y puros importados de la habana. La silueta delicada y frágil asomándose discreta, la blusa fina de encajes dejando a la imaginación el sutil talle, el discreto nacimiento de los senos. El andar silencioso, los pantalones blancos entallando la estrecha cintura, engalanando las caderas y resaltando primorosamente las nalgas. Las entalladas piernas acompasadas en un andar sensual. El rostro de ángel con la nariz respingada y pequeña, enmarcada por intensos ojos azules, y la boca que concluía aquél marco de mirar perfecto, los cabellos sueltos en un espejo de plata. El anzuelo pues, estaba puesto.  Poco a poco el corrillo se fue quedando desierto hasta que de aquella banda de bebedores gratuitos, quedábamos en pie, el hosco ganadero, la pequeña belleza del cielo, y yo. Aquel era entonces el momento de mi discreción, y sin más les deje solos.

Los detalles precisos de aquel encuentro ni los conozco, ni viene al caso hacer mención de ellos. Al día siguiente sin embargo, el encuentro por demás buscado por mí era justo con el rico ganadero. Una mirada de sincero arrepentimiento. Una sonrisa fugaz. Un apretón de manos, unas palabras sueltas al viento.

-Lic. En relación a sus propuestas y a mi apoyo, cuente con ello. Confío plenamente en sus decisiones.

Y agregó enseguida:

-y respecto a lo de anoche, confío también en que todo quedara entre nosotros.

-Sin ningún problema, ya todo se ha resuelto, y el hombrecito que se hizo pasar por angelical doncella, va camino al destierro. Le juro que hasta a mí me vendió su engaño. Respondí sereno.

Jóvenes y viejos. Fuertes y poderosos. Conservadores y libertinos. Cada uno con una deuda moral que yo me encargaba de pasar a cobro oportunamente. 
Muy joven para tanta responsabilidad a mis espaldas. El círculo se fue ampliando de tal manera que llegó un momento en que aquello tenía que desbordarse. Y de pronto, más que un político de enorme futuro, comenzaron a verme no solamente como alcohólico, drogadicto y depravado, sino, para fin de mi carrera, como el gran padrote de la fiesta. Aquí fue donde después de una larga juerga decidí descansar y hacer el viaje.

Alvarado, por cierto, dejo familia y rancho. Tomó posesión formal de Miroslava y con los años hasta se casaron. Fue el eterno presidente del congreso y también el eterno prospecto a la gubernatura del Estado. Ha sido también mi amigo y mi cómplice político.

-Ni modos Licenciado. Me decía en cada cambio de gobierno.

-si asomo mi cabezota los chiapanecos me echaran en cara lo de mi mujer. -pero bien valió la pena el cambio por la gubernatura.

Y recordando a aquella diosa y la enorme posibilidad que tuve de habérmela pisado, también coincidía que en mi caso la elección había sido extraordinariamente benéfica. Respetuoso y siempre sincero con el maestro Alvarado, muchas han sido las veces en las que con suma cordialidad he sido invitado único en su hogar. También con aprecio y sinceridad saludo a Miroslava, quien con voluntariosa discreción asiste a nuestras charlas.

-¿Señora Miroslava como está usted?

-Muy bien Freddy. Responde con una sonrisa y después, prudente permanece callada.

-te lo lavás muy bien tu culito hijita no vaya ser que al señor se le antoje también por allí-

Y juro por lo más sagrado que pueda yo tener, que jamás ha pasado por mi mente, hacerle la pregunta de si se le antojo o no.

El puerto Jarocho, de nueva cuenta

Treinta y cinco días cumplíamos entonces de andar de tumbo en tumbo por las calles y por las playas de Veracruz. Treinta y cinco días también de andar apretujados en esta pocilga de cuartucho. Así como mi cartera se adelgazaba, mis carnes pasaban sus propios apuros. Indescifrables mis balbuceos. Los ojos ya no solamente eternamente rojos, sino que ahora se habían hundido en unas enormes ojeras. Mi paso lento y perezoso. Habiendo recorrido las calles y callejuelas del puerto, la reserva de mota y misceláneos, agotada. El enredo con drogatas locales. El intercambio de hierba por nalgas, y de estas por pastillas tranquilizadoras, o por una raya de polvo. En el mismo sentido Eder, el hombrón de gesto adusto, había ido encorvando más los hombros y el torso, habiéndose enganchado para estas fiestas en las ligas mayores. Fumaba, comía, se inyectaba, y hasta en supositorios se metía lo que estuviera a mano, heroína, morfina, opio. Solamente Lizbeth, más prudente con el alcohol y la hierba, había conservado su lozanía, su belleza y la chispa de sus ojos. Después de haber andado por la playa. Decidimos por vez primera descansar un poco en el cuarto del hotel. El cansancio asomaba sin más en nuestros rostros. En esa lucidez que nos llega de vez en cuando a quienes como yo, andábamos embarrados hasta el cuello. Tomé turno en nuestro baño. El agua limpia y fresca recorriendo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Con el sonido de la regadera, el recuerdo reciente de la voz de mamá repicando en mi sien. El bendito vicio, herencia de tu padre. La puerta que se abre. Lizbeth completamente desnuda y con la sonrisa bien puesta. Empezó entonces ayudándome con el jabón por mi espalda, y por los brazos, y por las piernas. Mientras que yo hacía lo mismo con ella. Se abrazó a mi cuerpo desnudo y sin decir palabra comenzamos entonces a besarnos y a recorrer nuestros cuerpos con las manos. Murmuraba quedamente y veía en aquella mirada una ansiedad por dejarlo todo, como jamás lo había descubierto entre todas mis andanzas. Desde la secundaria donde había probado mi primera cerveza y el primer cigarrillo, pasando por los kilos de mota atizados en el cementerio, y las pastillas de las últimas semanas. Decenas y decenas de ansiosos jóvenes y decrépitos viejos halagándome en busca de alguna fiesta, alguna reunión, algún porro, alguna vieja. Decenas y decenas de amiguitas condescendientes y putas, buscando mí presencia para el empujoncito en sus carreras públicas o en el revolcón con algún señorón de mierda. 24 años de mi vida. Un joven brillante en su carrera, dieces y dieces, mención honorifica. Campeón nacional de Oratoria. Presidente del culo y valiente defensor de lame-mierdas.

-Bendito vicio, herencia maldita. En las sienes la vocecita de mamá.

 

La limpieza del alma

Lizbeth llamó entonces a Eder. Y sin más. Como si aquel hombrón hubiese recibido una orden absolutamente directa se unió a nuestra limpieza. Desnudos. Sumido en el éxtasis de la lucidez. Completamente entregado a la exploración cuidadosa y lenta de mí conciencia. Y turnándome con Eder en la complacencia suprema de amar intensamente a Lizbeth. Lentamente voy hundiéndome en ese sueño y en ese marasmo solamente libertador, para aquellos que como yo, han pasado por la intensa experiencia de llegar a la cima del alcohol, a la cima de la droga, a la cima del sexo. Y han tocado el piso de los infiernos.

Veinticuatro horas dormido. Eder desaparecido del cuartucho aquel. Yo lucido pero arrastrando la lengua. El alboroto afuera. La investigación precisa. Y más que nada la libertad puntual por la nota hecha de puño y letra:

Avisen a mis padres que vengan. Nadie más que yo lo ha decidido. He corrido mis pasos con una libertad que lentamente fue atándome en la cárcel de mi propia conciencia. La dirección…etc. Lizbeth.

Dejé el hotelucho. Dejé la bolsa. Dejé la conciencia. Eder desaparecido. Lizbeth muerta por decisión propia. Caminé con el peso de la libertad sobre mis hombros. Y con la angustia repetida de las palabras de mi madre. Caminé por las calles placidas del puerto de Veracruz. Por el malecón y sus luminarias que comenzaban a dar paso a la noche. Caminé aquel malecón de cabo a rabo escuchando los gritos alegres de los jarochos jugando béisbol. La música del arpa y el cuatro, que por primera vez hicieron que mis ojos se llenaran de lágrimas. Música alegre y viva indescriptiblemente causándome llanto. Mas al centro la luminosa presencia de la Parroquia, y su música de marimba. (No es equivocación aquí también hay marimba). Y aquí también uno tiene derecho a pedir un exprés, tal y como lo pedí, en lugar del tradicional lechero.

 

Neblina, frio y humedad en Xalapa

¡Apomorfina!, me dijeron en el huerto. Y asentí con los ojos rojos y las ojeras hundidas en mi rostro. Una gran ansiedad invadía mi cuerpo. Calambres en las piernas y el estómago, así como enérgicos temblores, amenazaban con tumbarme al suelo. Balbuceaba, y castañeaban mis dientes. Los esfínteres habían hecho lo propio y la peste ascendía hasta mis narices. La mezcla de orines, vómitos y heces.

El tratamiento fue una apuesta de 2 a 3 semanas. La apomorfina tenía la función de ir suplantando la necesidad de las drogas que en las últimas semanas habían creado una dependencia física y una adicción biológica y sicológica más allá de mi voluntad. Había desde luego, efectos secundarios que hacían estragos en mi vientre. La náusea y el vómito. La elevación de la temperatura, -a veces, con picos que se acercaban a los cuarenta grados-. El dolor de cabeza intenso. El insomnio y la fatiga. Dosis aisladas de cortisona corriendo por mis venas parecían aceleran aún más el alivio a los síntomas.

La neblina, el frio y la humedad de Xalapa, me descubrieron finalmente una mañana envuelto en una gruesa frazada, sentado en la escalinata. Frente a mí, cafetos en flor, y naranjos llenos de azahares, inundando mí espacio con olores a miel. El sonido placentero de aves inundando con su canto la sensibilidad de mi alma. Ahora, todo sería cuestión de mi voluntad y de la entereza de afrontar sin pestañear el nuevo universo que parecía abrirse solamente para mí.

Deje Xalapa, y el huerto después de permanecer sin las drogas y sin el apoyo de la apomorfina y la cortisona durante 4 semanas. Me refugie en la lectura y en la música. En los paseos apenas despuntar el alba, bajo aquella llovizna pertinaz y aquel frio que aunque calaba mis huesos, hacia recordarme que a pesar de todo seguía con vida.

 

Y de nuevo en Tuxtla

Haber regresado a casa, a Tuxtla, al Trabajo, doce semanas después de aquellos buenos treinta y cinco días. Me dio la oportunidad de reponer un poco el ajetreo de mi rostro y la flacidez de mi cuerpo. Sobre todo me dio la oportunidad de reponer la flacidez de mi alma.

-¿En dónde es que estabas escondido hijo de la grandísima puta?

Fue la cariñosa bienvenida de mi mamá. Que en aquellos tiempos había tenido también al igual que yo, un ascenso espectacular de gran a grandísima puta.

Aquellas semanas había compartido conmigo la ansiedad y el desvelo, la fatiga y el dolor de no saber nada de mis andanzas. Había recorrido palmo a palmo cada uno de mis senderos. Con la angustia siempre en el rostro. Con el llanto y la sinrazón que la llevaba a indagar en oficinas, en casas, en amigos, en puteros. Lo de la cruz roja, verde, azul, anfiteatro de la escuela de medicina, lo tengo que dar por hechos.

-Vio mi rostro y me comió a besos. El bendito vicio, herencia de tu padre.

Vio mi rostro y sonriendo dijo.

-También él lo intentó muchas veces y siempre tenía esa mirada tuya cuando quería hacerlo.

 

Epílogo

Doce años sin duda pueden medirse de distintas maneras. Pueden ser por ejemplo144 meses. O cuatro mil trescientos ochenta días. O ciento cinco mil ciento veinte horas. O seis millones trescientos siete mil doscientos minutos.  O dos sexenios. O dos gobiernos. Alvarado, con aquel inmenso poder que tenía dentro del congreso revisó cuidadosamente mi caso y asintió. Está bien, perdemos un padrote y ganamos una conciencia. Me designó entonces a la Secretaría de Cultura que era por donde mejor sabía moverme. El crecimiento de allí pal real seria ya responsabilidad mía. Mamá sigue viviendo en la octava oriente sur. Cerca del cementerio. Por eso para mí no fue ninguna sorpresa cuando a los dos años de lo de Veracruz, me presenté un día de visita. Justo cuando recién cumplía los 27 años. Hacían ya seis años de la última vez de haber visto a Patricia. Y aquella ocasión coincidimos.

-¿Y vos Paty como estas?

-Bien

-¿Te casaste?

-No, como crees, sigo esperando a que me cumplas lo que me prometiste aquel día.

-Pinche Paty. ¿A poco en serio lo creíste?

-¿A poco no lo dijiste en serio?

-Y si te dijera que fue la calentura y la emoción de la tumba.

-Y si te dijera que soy bien pinche terca, y sigo esperando lo que me prometiste aquel día.

Aquella tarde mientras caminaba desde mi oficina, en el Palacio de Gobierno, bajando las escaleras de los portales y en dirección a la avenida Central, el hombrón aquel cayó estrepitosamente, sin más le había ayudado a levantarse. Lo vi alejarse después hasta que se perdió al doblar la esquina. Nunca le vi intenciones de querer voltear hacia mí ¡jamás me reconoció! En mi cabeza, de vuelta el cartucho de aquel hotel en Veracruz, las huellas de nuestras pisadas en la arena, la imagen de Lisbeth desnuda y su apagada sonrisa, la llamarada de la morfina recorriendo mis venas, la correa de látex sujetando mi brazo, la jeringuilla y el gotero a un lado, la resequedad en la boca, las náuseas y el dolor de cabeza, el aletargamiento primero y enseguida la euforia.

Cae a plomo el sol en el cielo azul de Tuxtla, desde la acera contraria, Patricia me llama a gritos.

-¿Te sientes bien? Me pregunta mientras, al acercarse, escudriña en mi mirada.

¡Son los calores y el sofocante bochorno! Le respondo.

La ansiedad por un pinchazo la llevamos siempre enredada en la cabeza, los que fuimos nunca dejamos de serlo.

Miro de reojo a mi mujer, retomamos el paso en silencio.

 

 

México DF, Marzo 2012

© 2012 By Oscar Mtz Molina             

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Comentario por Oscar Martínez Molina el mayo 15, 2019 a las 9:53am

Gracias por tu comentario Francesca Oliver

Comentario por Francesca Oliver el mayo 14, 2019 a las 6:49am

Me ha encantado su relato

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