---no todos los abuelos son buenos, dijo Eréndira

---pero los míos si lo fueron, respondió Carlos

--- sí, pero no todos lo son, afirmó ella

Mi abuela era una desalmada, agregó Eréndira

y se fue corriendo.

 

Gabriel García Márquez

 

 

Azul cielo, con un margen verde turqués simulando el marco, así la recuerdo, y a pesar de que muchas veces le pregunté a mi padre y a uno que otro tío, ninguno pudo asegurarme que estos fueran necesariamente los colores de aquella puerta. Estaba en un cuarto de ladrillos, al fondo de la casona, junto a un viejo cobertizo en el que alguna vez me asomé por el entretecho y pude mirar algunos enseres de la caballeriza: sillas de montar, sogas, riendas, cubetas hacinadas, costales y pertrechos para los caballos, y un viejo sombrero colgando de un gancho de la viga. Era un lugar al que nunca nos sentimos inclinados a explorar, no sé si era la insignificancia de la puerta y el cuartito, o la cercanía del cobertizo del que siempre nos hablaban como lleno de pulgas y ratas, o quizás por la velada orden de los abuelos y los tíos invitándonos a alejarnos de ella.

Sucedió una tarde gris y fría a la hora del crepúsculo, yo tenía la mirada perdida rumbo al cobertizo, y, entonces, miré cómo se abría la puerta azul y como, desde allí, se asomaba una niña descolorida y pálida, de aproximadamente mi edad, -no era mi imaginación, estaba seguro de que no podía serlo-, ella alzó la mano derecha y saludándome se mantuvo en esa posición, pude apreciar su rostro de facciones indígenas, pero ninguna mueca en él. Evidentemente, a mis doce años, lo único que me pasé haciendo esa noche, durante la cena, y cada día de la siguiente semana, y casi puedo decir ahora que, durante un buen tiempo de aquel mes, fue preguntar a quién tropezaba conmigo acerca de aquel encuentro. Valga decir que a cuál más se ponía extrañamente serio, y hacía inmediata referencia a mi imaginación o a mis inventos. También recuerdo que, en aquellos días, los más serios fueron los abuelos, y que incluso el abuelo evitó cruzar palabras conmigo durante un buen tiempo. Hasta que las cosas se fueron calmando y el olvido volvió a invadir mi infancia. Pasaron los meses. El cobertizo aquel se rehabilitó. Construyeron una bodega en la que nada guardaban, derrumbando todo con tal cuidado, pero sobre todo con tal presteza que, cuando volví de un fin de semana, no existían más ni el cobertizo ni el cuarto de ladrillos con aquella puerta. Solamente en mi memoria se agolpaba de tiempo en tiempo, de allí mis aisladas preguntas de lo que había visto, y sobre todo de dónde había quedado la puerta, como si el solo hecho de verla fuera a darme respuestas.

Un buen día, después de muchos años, - yo, ya un hombre hecho y derecho- con aquella complicidad que las madres tienen con los hijos, cuando de los suegros o de la familia del padre se trata, mi madre me dijo a bocajarro.

---¿te acuerdas del sueño de la niña en la puerta del cobertizo? Dijo y al decir esto sentí cómo ella misma empezaba a liberarse de alguna angustia que invadía su pecho.

---no fue tu imaginación, continuó diciendo

---fue una realidad muchos años antes de que tú nacieras, agregó

Yo me senté y abrí más que los ojos, el corazón y los oídos.

Una hija natural del abuelo, producto de la relación con una sirvienta, los enojos y los exabruptos de la abuela, las culpas del abuelo, el rechazo de los hijos mayores, la discriminación en la crianza, el repudio constante, la muerte extraña y repentina de la madre, la desaparición casi inmediata de la niña, -- víbora desagradecida—las acusaciones de la abuela, el robo por algún agente viajero, el paso del tiempo que restaña heridas, finalmente, el silencio.

Yo había sido el último de los nietos con aquellos extraños sueños, coincidentemente alrededor de los doce años, otros primos habían tenido también aquella visión; las murmuraciones entre los mayores, el silencio, y desde luego el olvido, habían sido en todos los casos las respuestas.

Decidimos a iniciativa mía reunirnos, seis en total, platicamos acerca de aquellos encuentros, -por las diferencias de edades-, cada uno relatando de alguna manera la forma en que, esa noticia, hizo mella en los abuelos y desde luego en los tíos, nuestros padres entre ellos. Todos recordábamos, -a diferencia de ellos-, el color preciso de la puerta: azul cielo con el marco verde turquesa, así como la palidez de la niña, el gesto de la mano levantada en un saludo y el rostro de rasgos indígenas sin ningún gesto.

Sin más tíos que tuvieran autoridad alguna sobre nosotros, con los abuelos muertos hacía ya mucho tiempo, nos dimos a la tarea de escarbar un poco en nuestra memoria, y, sobre todo, de escarbar en el sitio que ocupara el cuarto de ladrillos con aquella puerta azul cielo y verde turquesa y en la que continuaba la bodega en desuso.

¿Pero qué buscamos? Recuerden la afirmación precisa de que, a la niña, se la robó un agente viajero, decíamos cada uno de nosotros, por lo bajo.   

Removimos fácilmente el delgado piso de cemento. Apenas habíamos empezado a cavar cuando asomaron -casi a ras de suelo-, pequeños huesos humanos que, incluían, un cráneo con un extraño hundimiento en el occipital, y a su lado una hachuela, de esas que de un lado tienen el filo y en el otro una especie de mazo, de esas con un pequeño mango de madera, de esas hachuelas que son de acero. De ese acero duro y frío.

 

© 1990 By Oscar Mtz. Molina

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