Nyarlathotep, acuarela Dany Martínez, Querétaro México, mayo 2020

Dedicado a mis amigos:

 Isabel Preciat y Lalo Olguín

 

 

Cthulhu, Nyarlathotep, Yog-Sothoth,

Shub-Niggurath, Azathoth

Los dioses primordiales

                                                    H.P Lovecraft 

I

Aquella nota misteriosa recibida por el filósofo y doctor en teología Pelayo y Mendizábal, la noche del veintiuno de marzo de mil novecientos cincuenta y cinco, tenía dos precisiones fundamentales.

La primera era la cuidadosa descripción de la puerta orientada hacia el sur, de la Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción, de Xalapa, la capital veracruzana.

La segunda precisión era el hecho de que, dicha puerta, había sido cerrada a cal y canto por el arzobispo de la diócesis, monseñor Mendizábal, tío-tatarabuelo del doctor, ciento cincuenta años atrás, el veintiuno de marzo de mil ochocientos cinco y que, jamás nunca, se había vuelto a abrir. Los otros dichos en la larga nota, eran parte de la memoria colectiva, por ejemplo, el hecho de que aquella Catedral, -cuando aún no obtenía tal nombramiento, y después de haberse desplomado en mil seiscientos cuarenta y uno, cuando era totalmente de madera-, fuese el único edificio de todos los que se ubicaban en el primer cuadro de la ciudad, que no sufrió el más mínimo daño durante los terribles terremotos de mil setecientos cuarenta ni de los grandes incendios que, los mismos edificios, sufrieron en mil setecientos ochenta y cinco. Aquellos hechos, dieron a la Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción, el renombre de -absolutamente milagrosa-

Pelayo y Mendizábal leyó y releyó la nota, escrita por cierto en una muy cuidadosa caligrafía y entregada sin más detalle por una de sus sirvientas.

-Me la entregó un hombre, había dicho la sirvienta. Y no hubo más señales del mensajero.

Resguardado en su vasta biblioteca, Pelayo y Mendizábal se dedicó entonces a hurgar entre los papeles. Revisó apuntes de periódicos de aquella época, pequeños pasquines que circulaban entre los nobles y poderosos de la ciudad. Notas en la que, se hacía mención, de la puerta sur de la Catedral. -La puerta que no conduce a nada-, leyó en uno de éstos apuntes, y, entonces en vez de aquellos diarios, buscó documentos que, su tío-tatarabuelo, hubiese escrito al respecto. La bitácora había sido escrita de puño y letra por monseñor, y de repente el sobresalto del doctor, al reconocer en la caligrafía, los mismos rasgos en la misteriosa nota recibida esta mañana. Se repuso de aquella sorpresiva coincidencia y empezó la lectura.

II

La fecha de la bitácora de puño y letra.

<veintiuno de marzo de un mil ochocientos cinco, diez con cuarenta minutos de la noche.

Largo ha sido el día, cada segundo marcado en el reloj se ha convertido en una pesada carga para mí, sin embargo la decisión está tomada y los hechos se han consumado.

La puerta interior de la santísima Catedral metropolitana de la Inmaculada Concepción que, mira al sur, ha quedado sellada. Entre los altos arcos de piedra de estilo barroco, con molduras rematadas con hojas de oro, la puerta en mención, con las dimensiones descomunales a continuación descritas, de una altura de siete metros con sesenta y nueve centímetros de altura, y dos hojas abatibles, cada una de las cuales tiene una anchura de dos metros y catorce centímetros por hoja, para una luz de ancho total de cuatro metros con veintiocho centímetros. Cada una de las hojas de la puerta está construida con tres tablones de setenta y un centímetros de ancho, el largo total apuntado y un espesor de treinta y cuatro centímetros. Para constituirse en la más monumental de las puertas de la catedral, mucho más grande que la de la entrada principal. Los goznes y pernios, escondidos en los cantos están forjados en hierro, de hasta cuarenta centímetros de largo, redondeados y empotrados en la piedra, de un numero de hasta seis distribuidos a lo largo para sostener las hojas y sobre todo, para dar los giros de apertura y cerrado cual bisagras.

El sellado de la puerta se hizo primero con los hierros de hasta cuatro centímetros de espesor para bloquear goznes y pernios, enseguida, grandes barras de hierro fueron empotradas en la piedra a ambos lados de la puerta. Barras de cuatro metros y cuarenta centímetros de largo, cuarenta centímetros de ancho y hasta cinco centímetros de grosor. Así también, cada posible ranura sospechosa o sospechada fue, cuidadosamente rellenada con astillas de metal y madera. Un enorme Cristo crucificado, esculpido en madera de caoba negra, fue colocado al frente de aquella puerta y para concluir aquel trabajo, se hizo construir el murete y la pared de piedra hasta desparecer completamente cualquier vestigio de la puerta, con el grande crucifijo dentro.

La obra fue ejecutada durante todo el día, habiendo dado inicio a las cinco de la mañana y concluida, con la colocación de la última piedra y el aplanado del estuco y la argamasa, a las nueve de la noche. Habiendo ya caído la oscuridad, al ser colocada la última piedra, los albañiles José y Esteban y un servidor, fuimos testigos de un hecho misterioso. Una intensa luz que emanaba de aquel lugar tapiado a cal y canto, se concentró en el punto en el que se colocaría la piedra en cuestión, entre ambos albañiles era imposible mantener la piedra aquella en su sitio, una muy inmensa fuerza ejercía una grande resistencia. Yo mismo hube de echar una mano y ni aun así. Fue solamente cuando a ocurrencia mía, embebimos aquella piedra en agua bendita, que la pudimos colocar, al fin.>

De aquel modo concluía monseñor Mendizábal, la bitácora de esa jornada.

III

Pero las preguntas que, el filósofo y doctor Pelayo y Mendizábal, se formuló en ese momento fueron:

Porqué sellar y tapiar aquella puerta, y sobre todo porqué hacerlo de aquel modo. -La puerta que no conduce a nada, recordó en ese momento lo anotado en uno de los pasquines de la época. Y de nuevo empezó a indagar en los archivos personales de su tío-tatarabuelo.

De rápidas miradas leía documentos fechados en la época de construcción de la catedral, algunos incluso de cuando había sido construida en madera. Y por supuesto de cuando se desplomó. Todos aquellos documentos, esencialmente, se remontaban a los inicios del siglo dieciocho. Las órdenes del obispo de Puebla, la diócesis, la puerta hacía la plaza Lerdo. Los arcos y la arquitectura barroca. Apuntes sueltos sobre un jardín y tres panteones construidos y funcionales en las inmediaciones. Y entre tantos papeles sueltos, de pronto, Pelayo y Mendizábal posó su mirada en uno de ellos, del que llamó su atención más que las letras, el dibujo a detalle de la puerta.

En aquel documento, el dibujo de la puerta ocupaba el centro, y a cada lado del dibujo las indicaciones. Del lado derecho en latín y de lado izquierdo la traducción al español. Y de nueva cuenta el sobresalto, aquella caligrafía, recordándole esta vez viejos documentos de su posesión, adquiridos en ocultas subastas.

-H.P Lovecraft, pensó, -los míticos dioses.

Descubrió así las características que debía tener la puerta, las medidas coincidían con las descritas por su tío-tatarabuelo y que no vale la pena repetir; qué tipo de madera usar en la construcción, cómo debían ser preparados los tablones. De la ubicación precisa, la orientación bien determinada dentro del templo.

¿Hacia dónde iba? Detrás de aquella puerta se centraba perfectamente una hendidura de una monumental roca, una montaña de una sola e inmensa roca, las indicaciones tan peculiares y meticulosas de aquella puerta eran para dar entraba a una caverna a cuyo exterior, solamente había una hendidura de siete metros de altura, y cuarenta y tres centímetro de ancho. Debajo del dibujo de la puerta, otro dibujo como si la puerta estuviese abierta y, perfectamente centrado, el dibujo de aquella grieta con sus medidas. En la esquina inferior e izquierda, debajo del texto en español, una especie de sello lacrado, un ojo dentro de una cabeza humanoide puntiaguda y, por delante de la cabeza, atravesándola, el tentáculo de un pulpo con tres o cuatro ventosas.

Al calce de la bitácora monseñor había escrito.

<A las once de la noche, y completamente sólo y en silencio, escuché detrás de aquella tapia, feroces y desgarradores rugidos de bestia en ira. Así mismo, desde la cripta de los arzobispos llegaban hasta mis oídos, lastimeros lamentos, y, llantos dolidos, encaminando hacia allá mis pasos.>

Hasta allí concluía la bitácora de aquel día. El resto de la historia era conocida por la población y por supuesto, había sido también parte de los relatos de la familia.

Monseñor Mendizábal había sido hallado muerto, al día siguiente de aquel veintiuno de marzo de mil ochocientos cinco, dentro de la cripta de los arzobispos; se había dicho que había sufrido una mortal apoplejía, sin embargo nadie explicaba el hecho de los ropajes desgarrados hasta mostrar la desnudez total, las uñas también destrozadas, el rostro y el pecho con arañazos hechos por sí mismo; habían hallado rastros de su propia piel debajo de las uñas. Cabellos arrancados a girones. Ataque paroxístico de la enfermedad sagrada, habían concluido los doctores de la época, nombre con el que, era conocida, la epilepsia de nuestros días.

IV

De vuelta al estudio, el doctor en teología, buscó entre sus documentos y, encontró, aquellos adquiridos en las subastas referidas, la carpeta en la que, se hallaban, tenía una señalización manuscrita de su puño; -Lovecraftianos, decía.

Halló un folio de una muy mala traducción de la primera página del Necronomicón, el libro más maldito que, la humanidad, hubiese conocido en cualquier época. Y que él conservaba a pesar de encontrarla terriblemente mala. Siguió hurgando entre los papeles hasta dar con la caligrafía que coincidía con la de aquel papel del dibujo de la puerta. Allí estaba también el sello del ojo, la cabeza puntiaguda y el brazo del pulpo.

-¡Nyarlathotep! Exclamó Pelayo y Mendizábal lleno de asombro, enseguida le invadió el más terrible de los miedos.

Bajo un millar de formas diferentes Nyarlathotep es el más extraño e impredecible de los dioses primordiales. Muchas otras criaturas son, en realidad, meras máscaras bajo las que se oculta el llamado "Caos Reptante” 

El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

Silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

Y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

Pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;

Mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

De que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.                       

 

Repitió de memoria aquel poema dedicado al dios, mencionado por Lovecraft en sus escritos. Nyarlathotep, mensajero de los otros dioses primordiales.

-Nyarlathotep, es el único de entre estos dioses inmensamente poderosos, que puede asumir formas humanas y mezclarse entre nosotros, pensó el doctor y filósofo, es el único que puede sembrar caos y locura desde su humana apariencia, recapacitó.

V

Veintiuno de marzo de mil novecientos cincuenta y cinco, la nota recibida esta mañana, todos los documentos dispuestos y revisados, la presencia de los dioses primordiales representados por Nyarlathotep. Ciento cincuenta años del glorioso sellado de aquella puerta que daba a ningún lado. Ciento cincuenta años. ¡Nada! Absolutamente nada. Tan sólo un parpadeo en el tiempo cósmico de aquel poderoso dios.

A las ocho de la noche se presentó con el obispo actual de la diócesis, encargado de la catedral, mostró la nota y a grandes rasgos hizo, de la investigación de aquel día, un cuidadoso recuento.

-¿dioses primordiales? Cuestionó el obispo. Y él respondió afirmativamente con un discreto movimiento de cabeza.

-¿Nyarlapepen? Dijo el obispo. Nyarlathotep, corrigió el filósofo y doctor.

-cómo puede decirme que hay dioses tan poderosos como Cristo o como Dios padre, dijo el obispo, elevando el tono de la voz, ¡un sacrilegio! Apuntó.

-no he dicho tan poderosos como ellos, dijo Pelayo y Mendizábal, he afirmado que son infinitamente más poderosos que ellos, de hecho son dioses cósmicos y del multiverso, agregó.

El obispo sonreía nervioso

-Y según sus conclusiones, qué quiere este señor, dijo el obispo en tono de burla.

-Seguramente reclama, como todo dios, su adoración, respondió el doctor, y según la nota escrita por mi tío-tatarabuelo, monseñor Mendizábal. La apertura de la puerta sellada, debe ser antes de que terminé este día, agregó.

A las diez con cuarenta y tres minutos de la noche, la discusión fue acallada por lamentos llegados desde la cripta de los arzobispos. El obispo ordenó a su asistente que convocara de inmediato a las autoridades, presidente municipal, jefe de la policía, etcétera. En cuestión de minutos el amplio atrio de la catedral se vio invadida por los convocados. Una docena de ilustres señores. Se armaron linternas sordas, y candiles, dirigiéndose a la cripta. El grupo en silenciosa procesión, hasta ellos los angustiosos gritos, los lastimeros lamentos. Al abrir la puerta el macabro espectáculo. Los obispos saliendo desde sus sepulcros, los cuerpos incorruptos, las miradas extraviadas y los gestos de enorme temor en sus rostros. Enseguida y cada uno por sí mismos, incluido entre ellos monseñor Mendizábal, desgarrando sus ropajes hasta mostrar a los espectadores sus enjutos cuerpos desnudos. Enseguida el rasguño de sus cuerpos con uñas, los arteros mordiscos de manos y brazos, el doloroso llanto a cada rasguño profundo, a cada mordisco. Hilos de sangre desde los hilachos de la piel. El angustioso sufrimiento al descarnarse.

Las miradas de inexplicable asombro y temor entre la concurrencia, corrieron entonces fuera de aquella cripta hasta situarse frente al sitio en la que, se hallaba, la puerta tapiaba; con martillos improvisados, con uñas, con estiletes, enseguida con marros traídos de la vecindad, con palas y picos. Se tiró la argamasa y el repello, la vista de la piedra que, parecía ser, la última colocada ciento cincuenta años atrás; fue fácil removerla, fue como si hubiese sido empujada desde dentro. Un potente haz de luz emergió al instante, seguido de un clamoroso suspiro. El resto del muro se deshizo como si hubiese sido de papel. Se destrabaron los hierros, se desbloquearon los goznes y pernios; Pelayo y Mendizábal tirando de un lado y el obispo actual, tirando del otro lado, cuarenta y ocho segundos antes de la medianoche, abrieron la puerta. Se asomaron por la hendidura en la roca, el pausado resoplido llegaba hasta ellos; desde la cripta les llegaba también el silencio habiéndose apagado los angustiosos gritos. En la hendidura, el cráneo puntiagudo, el ojo único en el centro, hasta catorce brazos como tentáculos de pulpo, las ventosas destrozando aquella vieja escultura en madera de caoba negra, del Cristo crucificado.

Al asombro y al temor inicial de aquel nutrido grupo de hombres, siguió el horror indescriptible. Allí mismo y ante la visión de aquel dios primigenio, conocido entre otros nombres como el de caos reptante, los hombres desgarraron sus vestidos y entre sí y, con la lucidez en las mentes, se dieron a la tarea de morder sus carnes y beber su sangre. Con una ferocidad infrahumana unos y otros se arrancaban los ojos y los devoraban; como infestos vampiros buscaban ciegos las gargantas, y mordían hasta lograr succionar las carótidas y yugulares, hasta que, poco a poco fueron cayendo en el sopor de la muerte. Al final de aquella noche la puerta volvía a relucir su hechura intacta como al principio.

VI

El veintidós de marzo de mil novecientos cincuenta y cinco, a las cero horas y veintiún segundos del nuevo día, un gran sismo sacudió los cimientos de la Catedral Metropolitana de la Inmaculada Concepción y de todos los edificios del centro histórico de Xalapa. Muchos edificios sufrieron graves daños, los muertos se contaron en cientos, familias enteras perecieron. La Catedral, como en otros eventos catastróficos, permaneció sin daño alguno. En la casona adjunta, el despacho y la enorme biblioteca del filósofo y doctor en teología Pelayo y Mendizábal, también permaneció intacta. Allí fue encontrado él trabajando sobre su enorme escritorio los apuntes que, ahora leo. Dormitaba. Ni siquiera se había percatado del terremoto. En la mano izquierda una nota escrita en una exquisita caligrafía, varios documentos esparcidos frente a él. Una hoja con el dibujo reconocible de la puerta de la catedral, el sello del dios primigenio según el multiverso y el cosmos. 

-Nyarlathotep, había escrito Pelayo y Mendizábal, al calce.

VII

En poco tiempo la catedral retomó su paso, la puerta sur atraía fieles por cientos o miles.

Pelayo y Mendizábal fue recluido en un manicomio de la ciudad de México a instancias de cercanos familiares. Durante el día, la apacible marcha de las horas entre lecturas y apuntes. Paseos silenciosos.

-Hay un demonio que lo castiga y le dicta todo lo que escribe, solían decir los galenos.

Por las noches, puntualmente, cuarenta y ocho segundos antes de cada medianoche, y, sin que pudieran cambiar el rumbo ni los somníferos precisos ni potentes sedantes, dentro de su cabeza revivía una y otra vez las experiencias sufridas tanto en la cripta de los arzobispos como al pie de la puerta sur de aquella catedral. La escenificación duraba exactamente los cuarenta y ocho segundos mencionados, y, de acuerdo a los apuntes de médicos que, se habían turnado su atención durante los últimos sesenta años, aquellos eran sin la menor de las dudas, los más espantosos gestos de horror que, se hubieran conocido, en rostro humano alguno.

 

© 2020 By Oscar Mtz. Molina                

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Comentario por Oscar Martínez Molina el mayo 18, 2020 a las 12:40pm

Gracias por sus lecturas y comentarios.

Comentario por Trina Mercedes Lee de Hidalgo el mayo 16, 2020 a las 10:04pm

Un cuento de espanto y brinco que me hace recordar  lo que me gustaban cuando adolescente. Resulta irònico que exista  la maldad y lo diabòlico entre recintos sagrados  como una Iglesia,  derivàndose hechos y apariciones  dañinas  que transforman a las personas que observan a autodestruirse

Un gusto leerte. 

Abrazos fraternos. 

Comentario por Oscar Martínez Molina el mayo 16, 2020 a las 8:42am

Nyarlathotep Dios mítico, el caos Reptante 

Comentario por BEATRIZ SUSANA OJEDA el mayo 15, 2020 a las 10:02pm

Muy atractivo tu cuento Oscar. Me ha encantado leerte.

Abrazos

Comentario por Ismael Lorenzo el mayo 15, 2020 a las 5:24pm

Oscar, tus cuentos siempre son geniales, pero recuerda un par de cortos para nuestra antología.

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