Código de Copiale

 

Con dedicatoria para Lila e Isabel, amigas,

 Nacidas como yo, en el mes de marzo.

 

I

La noche del cinco de marzo recibí una extraña llamada telefónica. Se trataba de un licenciado, concretamente un notario, informándome que, el señor Aquilino Guzmán Meneses, me había mencionado como parte de sus herederos y que para llevarse a cabo la apertura y lectura del testamento, la primera condición era que todos los mencionados en el documento, estuviésemos reunidos. Haciendo un poco de memoria resultó que el señor Aquilino Guzmán Meneses, había sido primo lejano de mi padre, en tercer grado o algo así, sin embargo en sus mocedades habíase cultivado una sólida amistad entre los dos. Siendo aún solteros, ambos se alejaron del pueblo e hicieron vida y fortuna en diferentes estados. En un único momento de sus vidas, coincidieron en una reunión, hacía de esto alrededor de veinte años. En aquella ocasión, y de ello me platicó mi padre, los dos viejos amigos habían hablado de las respectivas familias que habían forjado. Allí salí a relucir yo, hijo único, profesor universitario de lengua y literatura, y escritor de cuentos y de ensayos. Por su parte el primo lejano hizo mención de haber tenido cinco hijos. Volviendo al punto de esa llamada francamente, desplazarme a otra ciudad para ir a una lectura de testamento no estaba en mis planes. El notario hizo hincapié en motivos legales y cosas de ese tipo. Lo platiqué con mi mujer y mis hijos, tengo dos, y por allí salió en la charla de amigos. Entre vino y vino todos me animaron.

Volé de la ciudad de México a Guadalajara. Me hospedé y me puse en contacto con el notario. Uno de los otros herederos pasaría por mí. La reunión sería esa misma noche, en la casa del finado. Puntuales nos encontramos a la entrada de la casa los cinco hermanos, una docena de nietos, una señora que resultó ser una vieja asistente de aquella familia, y yo. Todos mencionados en el testamento, además, después me enteré, dos personas que habían estado presentes como testigos de la voluntad del difunto volcada en el testamento, nadie más, según las indicaciones. El secretario y por supuesto el notario. Una seriedad para llevar a cabo la voluntad de aquel muerto que, incluía, por parte del notario, el haberse encargado de que la casa se hubiera mantenido cerrada y bajo vigilancia, hasta cumplir a cabalidad lo mencionado y firmado en el documento.

La casona resultó tan asombrosa como todo lo que, a partir de la llamada del notario, me venía ocurriendo. El enrejado en forja, el jardín al frente con exuberantes bugambilias, la escalinata de granito y cantera rosa, los elevados techos. La sala estaba preparada para recibirnos, se habían dispuesto sillas y sillones en abanico de tal manera que pudiéramos vernos unos a otros, sin la necesidad de pasarnos la jornada girando nuestras cabezas. Al frente el notario sentado junto al secretario con una mesa de trabajo de por medio y a cada lado de ellos, los dos testigos. Se habían encendido los dos enormes candiles que pendían del techo, iluminando espléndidamente todo aquel enorme salón. En una rápida mirada pude apreciar los enormes ventanales, el cortinaje en rojo y desde luego el mobiliario.

-¡Si no tienen inconveniente daremos inicio! Dijo el notario. Y enseguida, todos nos dispusimos a escuchar la lectura. Todo el rollo de la fecha, la ciudad, los alcances legales, etcétera, con el formalismo y el recoveco de que sólo son capaces los licenciados. Después el párrafo propiamente escrito desde la voz del actor:

Yo Aquilino Guzmán Meneses, gozando de cabal salud física y en pleno uso de mis facultades mentales, y teniendo como testigos a los señores fulano y zutano, amigos íntimos, manifiesto ante el señor licenciado tal y tal, al frente de la notaría número tal que, es mi deseo, que se lleven a cabo las siguientes disposiciones respecto de los bienes materiales, con la condición de que ninguno de mis herederos podrá disponer o disputar los bienes de otro y en caso de que así fuera, mis amigos y el señor notario, deberán proceder a quitar al rijoso los bienes heredados y entregarlos a la beneficencia pública. Dicho esto, Aquilino Guzmán Meneses, dio paso a describir en el testamento su voluntad para con todos nosotros. Largo sería tratar de decirles con lujo de detalles todo aquel asunto ¡Valga decir! Que, en aquella lectura, se hizo mención de un par de ranchos de considerables extensiones, cabezas de ganado, una decena de casas situadas en ciudades cercanas a Guadalajara, bodegas, la casona en la que estábamos, un par de importantes negocios y algunos edificios de locales comerciales del centro de la ciudad, cerca del mercado de San Juan de Dios. Varios Vehículos, importantes sumas en monedas y documentos de valores, así como notables inversiones en bancos y casas de bolsa. A la par de la detallada descripción de los bienes, el actor hacía mención del sujeto que la heredaría. Con el salto de párrafo, en esos instantes yo me imaginaba al viejo haciendo la pausa y quizás tomando un buen trago de agua y pasando enseguida a la siguiente descripción. Nuestras miradas yendo y viniendo de uno a otro en especial, porque la dinámica que había ensayado el muerto era la de describir primero los bienes, y después mencionar para quién serían. Yo, un poco como espectador externo, viendo además las reacciones en las caras y los gestos tanto de quien era nombrado en ese instante, como del resto de familiares. Sobre todo sabedores ellos de lo que iba saliendo en juego. Uno a uno los herederos fueron nombrados. Yo veía como los ranchos, las casas, los negocios grandes, las ingentes cantidades de dinero, se fueron repartiendo. En un momento dado quedamos a la espera de ser nombrados tres de los nietos, la señora que había sido asistente y yo, el extraño.

Siguió la lectura, así mismo dispongo que el señor Jesús Méndez López, mi nombre y en este caso invirtió el orden, ya que primero me mencionó y después dijo… se le haga entrega de los cinco libros resguardados por el notario, licenciado tal y tal, así como la carpeta de documentos manuscritos de mi puño y letra y que, en su totalidad, se agrupan en treinta y siete folios. Para mí nieto fulano de tal, y aquí me di cuenta que ya se había pasado a otro heredero. Todos mirándome. Todos gritando con aquellas miradas el alivio que sentían al conocer, finalmente, lo que yo había heredado ¡Cinco libros y 37 folios!

Se concluyó la sesión con la entrega formal que me hizo el señor notario, de la valija, una de cuero con herrajes y correas, que abrió delante de todos nosotros mostrando que contenían los cinco libros, los contó pausadamente, uno, dos, tres, cuatro, y cinco, así como una carpeta de piel sellada y perfectamente lacrada, con los manuscritos. Una vez roto el sellado también los contó a la vista ¡Treinta y siete! Dijo. Volvió a cerrar la valija y me la entregó. Habían pasado cinco largas horas y dieciséis minutos. Esa noche, de todos los herederos, fui el único que salió con su herencia a cuestas. El resto iría de cena, yo, en tales circunstancias, pedí que me llevarán al hotel. Mi viaje a la ciudad de México salía a las diez de la mañana. Esa noche también me enteré que, Aquilino Guzmán Meneses, hasta su último día de vida en efecto, había gozado de completa salud y plenitud de sus facultades mentales, y que su muerte había acaecido justo al día siguiente de haber cumplido ciento un años de vida. Recostado en su cama y sin sufrimiento alguno.   

Al llegar a mi habitación, dejé la valija sobre la cama. Marqué al teléfono de la casa, el repique y enseguida la voz ansiosa y a la vez muy intranquila de mi mujer ¡cuéntame! Dijo ella. Mejor no haber venido ¡pura pendejada! Le respondí. Y me quedé en silencio.

¡Bueno, bueno! Pasa algo malo. La voz ahora angustiada de mi mujer.

Colgué el teléfono.

II

El problema de tener buenas amistades, y nosotros las tenemos, es que se enteran y se involucran con uno en este tipo de enredos. Por más que yo no lo quería, cuando iba caminando con rumbo a la salida del aeropuerto, vi a mi mujer y a los amigos esperando. Después de tantas expectativas creadas y en particular tanto misterio, cómo salir ahora con que, aquella valija con los libros y los papeles, lo eran todo. Y no es que necesitara los dineros o los bienes, vivimos con una holgura bastante cómoda ¡Pero en fin! Además mi mujer enojada por haberle colgado la noche previa y por no contestarle las llamadas de esta mañana. Alegué cansancio y en lugar de irnos a un bar para celebrar, nos acompañaron a la casa.

-¡La valija con libros! Gritaron al unísono. Cuando les dije que eso era lo que había heredado ¡ah! Y los folios. Y abrí la maleta. Abrí también una, dos, cuatro botellas de vino.

De aquellos libros en la valija el único reconocido de inmediato era La Biblia, los otros resultaron ser de suma rareza, conocidos por mí tan sólo en referencias históricas. El código de Copiale, el Libro de Conjuros de Honorio, De masticatione mortuorum en Tumulis (después averiguaría que se traduce como La masticación de los muertos en sus tumbas), y el último La poule noire o La gallina negra. Entre broma y broma sacudí delante de ellos la carpeta con los manuscritos. Mi mujer tomó de la valija la Biblia, la cubierta era de cuero y al centro tenía solamente el título al igual que en el lomo, lo abrió y en la anteportada nuevamente el título, enseguida una especie de subtítulo: Las Sagradas Escrituras (1569) y al calce la anotación: Textos Originales en hebreo y griego traducido al español por Casiodoro de Reina. Aunque perfectamente bien conservado, el libro dejaba ver en su hechura su indiscutible antigüedad.

-¡Dios! Exclamó mi mujer. ¡La Biblia 1569! Esto es un tesoro. Agregó.

Yo, recién había cumplido cuarenta y ocho años de haber nacido.

III

¡Pensar en vender aquellos libros! No paso por mi mente ni por una millonésima de segundo. Siete semanas después de haberlos recibido en herencia, renuncié a mi trabajo como profesor, así como a cualquier otra actividad relacionada con la edición y la publicación de mis ensayos y relatos. Habilitamos en casa una de las habitaciones, como estudio, dejando solamente la mesa de trabajo, un par de sillones, con cortinas adecuamos aquel espacio de modo tal que la luz, el sol, y las humedades estuviesen naturalmente equilibradas. Me acostumbré al uso de cubre boca y guantes mientras leía y releía manuscritos y libros. La computadora siempre estaba lista para hurgar lo que se tenía referenciado de aquellos libros. No fue difícil y al contrario resulto de una claridad esplendida, leer de puño y letra lo que, Aquilino Guzmán Meneses, escribió en aquellos treinta y siete folios.

La mañana del 23 de agosto de 1937, contando con treinta y dos años, conocí en la ciudad de Guadalajara… libanes, oriundo de tal ciudad. Después de haber estado conviviendo toda aquella época, muy poco español, algo suelto en italiano, inentendible en algunos momentos… me mostró la valija de piel en la que, yo suponía, guardaba sus escasas ropas. Alkutub y señalaba dentro, libri, y al mismo tiempo abrió la valija ¡libros! Exclamé al verlos. Con una sonrisa tan sincera como jamás había visto antes, cogió la valija y me la entregó, tuya, dijo y después con un fuerte abrazo nos despedimos para no volver a vernos jamás en la vida. De ese modo llegó la valija con los libros a mi vida.

Una especie de breve introducción para dejar sentado el cómo llegaron aquellos libros a Aquilino Guzmán Meneses. Enseguida hacía una descripción detallada de la manera en la que había ido haciendo las lecturas, las horas que les dedicaba en aquellos días, con prácticamente, apenas unos breves minutos de descanso.

Intuitivamente y por razones de mi formación familiar el primero de aquellos libros que, me atreví a explorar, fue La Biblia. Coincidentemente también, la primera frase en el texto hebreo del 1:1 es bereshith que quiere decir “en [el] principio”. El Antiguo Testamento lo leí en cincuenta y seis horas y ocho minutos, el Nuevo Testamento lo hice en diecinueve horas y treinta y cuatro minutos. La totalidad de La Biblia, reloj en mano me tomó pues, setenta y cinco horas y cuarenta y dos minutos. Al término de aquella lectura inicial y completa, me pasé las siguientes seis semanas, releyendo algunos versículos e incluso libros completos tanto del Viejo como del Nuevo Testamento, revisando pormenorizadamente las anotaciones al calce; sin yo saberlo en aquellos momentos, hice de La Biblia anclaje, para volver a ella cuando en su momento leí después cada uno de los otros cuatro libros de la valija. El código de Copiale (Copiale Cipher) fue el siguiente, la respuesta del porqué seguí con este libro es así de sencillo, porque me llamó la atención su cubierta azul con brocados en dorado, y sus páginas amarillentas sujetas por hilos. "Junto a un montón de velas, varios instrumentos y anteojos, perspectiva microscópica, un paño y un vaso de agua deben estar presentes” así da comienzo el código. Cada palabra que iba leyendo se iba integrando a mi memoria y a mis conocimientos, el libro resultaba ser un portento de geometría y matemáticas sólo para los elegidos, aquellos que se consideraban así mismos como “doctores del ojo” y que se habían asignado la tarea de abrir los ojos al mundo. Era también una guía del rito de iniciación de la Masonería en el que, se explica con detalle, la importancia del escenario en las ceremonias, a renglón seguido varios símbolos, hasta construir un mosaico de matemáticas. Una estrella redonda que representa a Dios como el mayor maestro de obras y también de la geometría. El 3 es la Trinidad, el 5 el ser humano. En la tercera parte del libro los conceptos más abstractos, una mezcla de ideas religiosas y matemáticas que son la base filosófica de la secta. En mi caso, el primer milagro de toda aquella aventura, me descubrí asimilando con claridad aquellos símbolos y aquellas matemáticas, y leyendo y entendiendo a la perfección aquellas palabras escritas en alemán antiguo, sin haber estudiado aquel idioma. Era como si el anclaje de la lectura del primero de aquellos libros, La Biblia, y su minuciosa relectura, hubiese abierto en mi cerebro áreas muy específicas para saber el alemán antiguo y sobre todo, para entender la simbología. Una expansión inexplicable del universo, dentro de mi cabeza. Biblia y Masonería, intrincada y controvertida coincidencia. El otro milagro tuvo que ver con un asunto mucho más terrenal, la necesidad de hacerme de dineros para poder subsistir, y entonces seis cachitos de la lotería comprados y olvidados en una de las bolsas del pantalón, con el premio por seiscientos pesos plata.

Sin darme un solo descanso seguí leyendo los manuscritos, Aquilino Guzmán Meneses continuó diciendo.

… De masticatione mortuorum en Tumulis, fue mi siguiente libro y de pronto me vi, como en el caso del alemán antiguo, leyéndolo y comprendiéndolo a la perfección en el latín en el que estaba escrito. En total contraste con los dos libros anteriores, La Biblia y el código de Copiale, que cada uno a su manera hablaba de Dios como centro del universo, religión, ritos y sabiduría, en este tercer libro el tema central es el vampirismo. En él se apunta la poca credibilidad en la resignación de los muertos. La vida de intratumba hierbe con una actividad sobrenatural. Los muertos tienen un apetito feroz, implacable, eterno. Los espíritus intrépidos de la época suelen pasear por el cementerio, de noche, y detenerse a oír el ruido de los muertos al masticar sus propias extremidades bajo tierra. Si se piensa que tras esta lectura hubo temor o desasosiego en mi alma, puedo decir que no la hubo. Como vuelvo a repetir, mi mente, mi cerebro había tenido una luminosa expansión tan maravillosa que, de pronto, me vi en aquellas horas analizando y contrastando febrilmente todo lo que aquellos libros habían traído para mí, de conocimientos. En mi vida económica no me dormía en mis laureles, de los dineros de la lotería me atreví a rescatar a un buen vecino, dueño y endeudado hasta las raíces, de una bonetería. Aquellos dineros resultaron oxígeno puro. La poule noire o La gallina negra fue mi siguiente lectura, el libro está escrito en francés, y al igual que los anteriores, puedo decir que sin problema alguno para entender este nuevo idioma. El tema fundamental es la magia, y aborda tres variantes fundamentales del ocultismo: los anillos, los talismanes, y la invocación de vampiros. De inicio narrativo y ficcional, el libro hace un giro para transformarse en una especie de guía que muestra los secretos para fabricar anillos mágicos y talismanes con propiedades sobrenaturales. Nuevamente ritos y símbolos no solamente para invocar un vampiro sino para forzarlo a que nos obedezca, a hacer que seamos su amo. Bajo esta premisa, el vampiro estará obligado a torcer el corazón y los deseos de cualquier persona que el oficiante le ordene. Ahora entenderás porque en el plano de mi vida material, en el transcurso de apenas unos meses, pasé de ser medio socio de aquella bonetería, a ser el dueño absoluto de las doce existentes en aquella época en el centro de Guadalajara. Sin salir de casa, para ese entonces había adquirido esta mansión afrancesada, me pasaba las horas de lectura en lectura, iba y venía entre los textos de la Gallina Negra y los de La Biblia, y entre los de El código de Copiale y De masticatione mortuorum en Tumulis, navegando horas y días enteros entre los textos de todos ellos, y así llegó el ultimo de aquellos libros, El Libro de Conjuros de Honorio. El libro maldito del ocultismo y la obra de magia negra más diabólica de todos los tiempos. De nuevo el idioma sin ser un problema: Yo te conjuro, poderoso Grimorio, para que me seas de utilidad y provecho y me hagas salir en bien en todo cuanto en tu mediación emprenda. Yo te conjuro por la virtud de la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo para que tus enseñanzas me sean beneficiosas tanto para el cuerpo como para el alma… instrucciones contenidas en el Libro de Conjuros, para invocar espíritus y controlar demonios. Todo ello, bajo los rituales cristianos, invocar la sangre de Jesucristo, y al termino sacrificar un gallo negro…

Y así detalle a detalle seguí la lectura de aquellos treinta y siete folios. Desde luego también saber de la inmensa fortuna acumulada por aquel hombre, sin apenas salir de casa. Mi mujer y mis hijos, los amigos con el día a día de sus vidas. Seguir las lecturas tal y como las había llevado a cabo mi predecesor. La Biblia, El código de Copiale, De masticatione mortuorum en Tumulis, La poule noire y finalmente El Libro de Conjuros de Honorio. Y hallarme como aquel hombre con la luminosa expansión de mi cerebro, llenándose a plenitud de conocimientos, el equilibrio entre la bondad y la maldad, la sabiduría y el pleno dominio del universo. El encierro por supuesto, porque nada hay más loable que leer y releer el misterio que encierran estos textos, pero sobre todo el dominio pleno. Todas las respuestas a las dudas, todas las emociones controladas. Por supuesto también y sin dar un paso fuera de casa, ahora esta enorme mansión que me cobija, dueño y señor de las más variadas empresas, cumulo de fortunas invaluables. De mis hijos y nietos, de aquellos viejos amigos, de mi esposa, dueño soy de todos ellos. Un día, justo cuando cumpla ciento un años de vida, me recostaré en mi cama, y decidiré que ha sido todo. La valija con los libros y ahora con los manuscritos que he escrito, deberá buscarse entonces, otro esclavo.

 

© 2019 By Oscar Mtz. Molina              

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Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 22, 2019 a las 10:10am

¿Y quién no se ha sentido embrujado con la magia de un libro?

Comentario por Beto Brom el marzo 18, 2019 a las 3:08am

Quedé atrapado con la lectura- Deleité uno a uno los pasos del más que interesante relato.

¿Será por que nací un 5 de Marzo?

Shalom amigazo

Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 15, 2019 a las 11:27am

El reposo dentro de mi cabeza después de haber escrito este cuento. Me traía enredado las últimas 4 semanas.

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