Don Antonio y Doña Carlotita. Berriozabal 2016

 

No fuiste antes ni después. Fuiste a tiempo.

A tiempo para que me enamorara de ti.

 

Jaime Sabines

 

I

Despertó en medio de la noche, se sentó a la orilla de la cama, en penumbras palpó una y otra vez a su alrededor buscando con su mano derecha la presencia de su mujer. Adormilado aún, sintió ese breve temblor que agita el alma de un niño ante la pérdida, o ante lo desconocido. Parpadeó dos o tres veces para ajustar sus ojos a la oscuridad. El silencio de la noche hacía que, hasta sus oídos, llegaran los cantos de los grillos y el lastimero croar de alguna rana. Finalmente se desperezó, y pudo tener la certeza del sitio en el que estaba ¡La recamara de su casa! Sonrió levemente por el breve tiempo en el que tuvo ese temor. Se puso de pie y colocó sobre los hombros el cobertor. Se asomó con sigilo por el pasillo, santiguándose al pasar ante el Santísimo que ocupaba el centro del oratorio, y que siempre, mantenía una tenue lámpara iluminándole. La sala ligeramente más iluminada que su propia habitación. Hizo con los labios un incierto sonido, una especie de silbido y siseo para que fuese escuchado por su mujer.

-¡Aquí! Respondió ella.

La encontró cubierta por un chal y enrollada por la cortina del ventanal. Asomada hacia el huerto de la casa.

-¡mira la luna! Dijo su mujer.

La abrazó por los hombros y apartando un poco la cortina, también se asomó por el ventanal, para ver plenamente la luna.

-Parece de sangre. Dijo él y permanecieron después en silencio. Observándola.

Corrían ya las primeras horas del día veinticuatro de septiembre del dos mil quince. Berriozábal había sido su refugio en los últimos veinte años de sus vidas. En el huerto, el viento frío de aquella madrugada mecía rítmicamente la copa de los árboles. Hasta ellos llegó desde el jardín, el aroma de sus flores, huele de noches, y azahares.

II

- ¡La tierra es blanda y húmeda! Negra como la conciencia del hombre. El azadón hundiéndose en surcos cortos y pequeños. Recibiendo el puñado de semillas. Tomates, hierbabuena, cilantro ¡Camotes y chayotes!

-¡Yuca! Y los ojillos brillando en ese rostro de mujer joven y hermosa. El suspiro traspasando la montaña. Hijuelos de plátanos recogidos al paso y sembrados más que todo con fe. Cafetos arrancados al abandono, la poda cuidadosa y esmerada. Los enormes varejones que, el olvido, había dejado ir con rumbo al firmamento. Cafetos encomendados a una crianza de apretujados tiempos. El frío en la montaña. El olor a pino, a juncia, a soledad. Alumbrados por la tenue luz del quinqué de petróleo. El rasgueo de una guitarra en aquel solitario páramo. La voz entrañablemente entonada y hermosa de soprano lírica. El brillo de unos ojos que no dejan el parpadeo. Yajalón y las luciérnagas que la iluminan, la llovizna pertinaz, la sinfonía de pájaros, chicharras, grillos, el canto ronco de sapos. Chachalacas y peas alborotadas al caer la tarde. En la pequeña cocina, el fogón cobijando plátanos asados, atole de avena, el oloroso café desde una jarra de peltre, y el vapor surcando espacios. La pequeña casa de adobe y tejas, empalizado de maderos. El piso de tierra apisonada, con apenas breves cuadriculas de ladrillos rotos. El cuchicheo eterno de la pareja, al caer la noche.

¡Qué difícil empezar la vida en matrimonio con un baúl cargado de ilusiones! Sólo de eso.           

Al caer la noche el silencio acompañado del sonoro canto de búhos y lechuzas. Y el ronco gruñido de tlacuaches encaramados en los frutales. El mordisqueo y el golpeteo de los frutos desgajándose desde las alturas. El sobre salto de ella, la mirada tranquila de él.

-Durmamos tranquilos. Decía él en esas noches de silencio, interrumpido por estos extraños sonidos de montaña.

-Están también tranquilos, los perros. Y colocaba cerca de si, la pistola que les hacía buena y grata compañía. Reclinado en una esquina el rifle de un sólo tiro.

El trabajo es arduo día a día. Bajar al pueblo y comenzar la faena en la tienda. El comercio ajeno, las cuentas cuadrando a cada uno de los clientes. Las extendidas jornadas hasta bien entrada la tarde. La inquieta soledad de su mujer allá arriba en el rancho, apenas la compañía de las dos pequeñas crianzas. Niños a préstamo o a regalo. El ir y venir atendiendo las gallinas, correteando los pollos, recogiendo huevos puestos a hurtadillas. Los frijoles borboteando en la olla de barro. Las verduras sazonadas con cebolla y ajo, y con sal y pimienta. Rebanadas de tomate maduro. Puntas tiernas de chayote, flor de calabaza, brotes de hierba mora. Las tardes resbaladizas entre el cafetal y los platanares, entre el fresco bosque de pinos. El beso de bienvenida al esposo, la alegría de volver a verse después de una larga ausencia desde las cinco o seis de la mañana.

-¿y de comer que tienes? Preguntaba él con una sonrisa.

Cogía el rifle y marchaba al cercano bosque, perdiéndose en el estrecho sendero. En su mano izquierda un puñado de granos de maíz.

-voy a ir poniendo al fuego una olla con agua para hervir. Exclamaba ella con la sonrisa en el rostro.

A su paso la alocada algarabía de las chachalacas, el puñado de maíz surcando el aire. La algarabía tornándose en loco frenesí, y el sonido seco de un solo tiro puesto justo en el ave. El retorno a casa con el silbido eterno en los labios, a lo lejos mientras ella se asomaba por la puerta de la casa, el levantaba la presa inerte, sostenida por la cabeza. Zarandeándola ufano. El resto era una labor de limpieza y aliño. De trocear la chachalaca en piezas, y de esperar a que el agua hirviendo y el fuego hicieran la labor de cocerla. Se miraban a los ojos mientras, sentados a la mesa, comían. En la radio quizás, escuchaban alguna canción de las de moda. Los planes dando vueltas y vueltas en aquellas cabezas ¡Sembremos tal y tal verdura, tal y tal fruto!, hagamos manteca de cerdo, vendamos carne y chicharrón. Ofrezcamos la cosecha de café ¡Hagamos dulce de yuca!

Y la exclamación a una sola voz:

¡La yuca se siembra en luna llena!

Y al día siguiente que habría luna llena se encontraron los dos sembrando yuca.

-Estoy embarazada. Dijo ella. Mientras limpiaba de tierra las manos, los dedos, las uñas. Y mientras cubría de tierra la planta de yuca.

-Cantemos y bailemos entonces. Respondió él. Y aún con las manos sucias, llenas de tierra, la rodeó por la cintura y comenzaron a bailar. Allá abajo, Yajalón parecía un campo de brillantes. Titilando como estrellas, en el cenit plenilunio. Aquí en la tierra, las pequeñas matas de yuca aferrándose a los surcos, mecidas por una brisa fresca.        

Partieron de Yajalón porque las ilusiones no pasaban de ser solo eso, ilusiones efímeras. Partieron de aquel pueblo, no tan sólo con sueños más aterrizados y concretos, sino que lo hicieron además, con cuatro hijos y uno más que les regaló el destino, al poco paso del tiempo. Yajalón se quedó tan sólo, enredado en su memoria.

III            

Les gustaba hablar de aquel tiempo que se fue, en un parpadear de pestañas.

-Antonio y Carlotita. Ese afán de volar de un pueblo a otro. De sembrar amigos y regar sus caminos con melodías. El canto suave de ella, la alegría al escucharla en la mirada de él, La sin par naturaleza rítmica de un baile.

 -¡La yuca se siembra en luna llena! Dijo de nueva cuenta ella, señalando ahora la luna roja, de sangre.

Al día siguiente él iría al vivero por una docena de plantas para sembrarlas en el huerto. Ella volvería a tener las manos, los dedos y las uñas, llenas de tierra. El sin duda alguna ayudaría haciendo los surcos, y acercando el agua para regar la siembra. Se mirarían a los ojos como se habían acostumbrado a hacerlo a lo largo de un camino andado, durante más de seis décadas juntos. Hablarían ahora de los nietos, y de los bisnietos. Y seguirían con la eterna dicha de una taza de café caliente entre sus manos.

Las noches de vigilia los encontraría uno al lado del otro, sus manos recorrerían en torno de cada uno el espacio que, el otro ocupaba, hasta chocar con un brazo, con una cintura, con un cuerpo. Y de nueva cuenta repasarían en una charla de murmullo, aquellos recuerdos que seguían vivos en la memoria.

Yajalón. Las chachalacas. El huerto de tomates y cilantro. Los frijoles de la olla. La guitarra caída la tarde. Los plátanos hervidos. El lodazal rumbo al rancho. La marimba del pueblo. El cafetal y los pinos.

¿Qué habría sido de nosotros si nos hubiésemos quedado allá en el rancho? Preguntaría ella.

-¡Viejo! ¡Viejo! Exclamaría enseguida, sin hallar respuesta.

A su lado el siseo primero y la respiración profunda. El ronquido pausado y sereno.

© 2017 By Oscar Mtz. Molina

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Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 27, 2019 a las 10:43am

Les vuelvo a compartir esta historia. Hoy mis padres cumpliendo su aniversario 65  de casados. y este cuento nació por y para ellos. 

Comentario por Oscar Martínez Molina el enero 25, 2018 a las 7:26pm

Un enredo de la memoria. Secreto entre mis padres y yo.

Comentario por Oscar Martínez Molina el julio 19, 2017 a las 11:10pm
Al alba...alma de los senderos...fortuito tiempo...hilvanando sueños...desenredando soledades...amortajando silencios.

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