Me sentí como si me hubieran atravesado con un estoque. Las horribles fieras empezaron a mostrar sus fauces; sus colmillos rutilaban con el fulgor de la luna. Mi amigo, en un principio, quedó paralizado por el pánico. Pero en cuanto vio que los perros se le acercaban, reaccionó y empezó a correr desesperadamente hacia la verja, donde yo contemplaba la escena con una palidez mayor que la de la luna. Los perros, accionados por desmedido furor, se pusieron a perseguirle como flechas disparadas hasta que al final lo alcanzaron y dieron con él en tierra. Se me heló la sangre de terror. No dudé en ir en auxilio de mi amigo; no me iba a quedar ahí impasible, al otro lado de la puerta, mientras esos monstruos hundían sus colmillos en el cuerpo indefenso de Peter.
Desenfundé la espada y con su punta forcé la cancela de la verja hasta que al final cedió, abriéndose ruidosamente sobre sus goznes. Los perros seguían acosando a Peter. Me enfurecí y arranqué a correr enarbolando la espada, con el propósito de ensartar a alguno de aquéllos.
Las bestias interrumpieron su macabra labor. Me miraron con los ojos inyectados en sangre y se dieron a la fuga aullando. Sin duda el brillo de la espada, que reflejaba los rayos de luna de forma fascinante, debió haberles asustado.
Llegué donde estaba mi amigo. Éste tenía el cuerpo bañado en sangre, su traje estaba hecho pedazos.
Peter estaba inmóvil, lo cual me produjo un buen susto. Puse mi mano sobre su desgarrado hombro y, desesperado, comencé a moverle mientras gritaba:
−¡Peter, Peter, Peter!
Mi amigo había perdido el conocimiento. ¿Qué iba a hacer yo entretanto? Por supuesto había que abandonar el inmediato proyecto de Peter de entrevistarse con lady Jane; seguro que de estar en estado consciente, me habría pedido que le llevara al lado de ella. Pero eso no podía ser. Dejando las emociones aparte, la razón me alegó la gran necesidad que Peter tenía de cuidados.
Lo tomé entre mis brazos y emprendimos el regreso a casa del alquimista. Hube de llamar a la puerta a puntapiés, puesto que no podía soltar al niño. Richard Johnson acudió presuroso a abrirnos y no pudo por menos de espantarse al comprobar el estado en que traía a su sobrino.
−¿Qué le ha pasado? –preguntó el alquimista, ahogándosele las palabras en la garganta.
Le puse al corriente de nuestra desventura mientras acomodaba a Peter en el camastro más cómodo de la casa. En el ínterin, el niño profería trémulos suspiros. Richard Johnson se hizo con ungüentos de uno de los armarios para curar las espantosas heridas.
En primer lugar, despojamos al niño de sus ensangrentadas vestiduras, procediendo a limpiarle las mordeduras. Acto seguido el alquimista comenzó a aplicarle sobre las mismas unas cataplasmas que acababa de laborar. En ese momento, Peter fue presa de electrizantes espasmos; se diría que por su cuerpo pulularan infinidad de pequeños insectos. Yo lo coloqué encima de la frente un paño empapado en agua.
Tras unos minutos de un incesante delirar, Peter abrió de repente los ojos. Nos miró de forma introspectiva. Entonces sus labios comenzaron a articularse temblorosos. Y desvió la vista en mi dirección; parecía como si quisiera decirme algo.
−Raúl, Raúl, ¿dónde estoy? –pronunció finalmente.
−Estás en casa –respondí imprimiendo a mi voz un acento de consuelo.   
−Me duele –manifestó refiriéndose a sus heridas−. Sí, un dolor muy vivo… Siento que me hundo lentamente en un abismo de tinieblas… No tengo nada a lo que agarrarme… ¡Me hundo!
Lo comprendí al punto: se trataba de los delirios que preceden a la muerte. Sentí como si una capa de hielo cubriese mi corazón; Peter nos iba a dejar de un momento a otro. Yo no estaba dispuesto a aceptar esta certeza; bien sabía Dios el cariño que le había tomado. En mis pueriles intentos por confortarle, aferré con fuerza su mano y, tratando de infundirle seguridad, le dije:
−Peter, no te estás hundiendo. Te tengo bien sujeto, ¿lo ves? No permitiré que te hundas. –Sin embargo, la palidez de Peter se incrementaba aceleradamente−. Peter… ¡Dime algo, por favor!
Mi agonizante amigo volvió a mirarme. Sus ojos se transformaron en sendos regueros de lágrimas. Me admiré de la facilidad que tienen muchas personas para derramar llanto, cuando a mí tanto me costaba.
−¡Lady Jane! −balbució−. ¡Ay, pobre lady Jane!... Si tengo que morir, lo haré por ella… Pero que ella viva… Raúl, tío mío, no permitáis que la dejen sin el perfume de sus flores.
−No lo permitiremos; tú tampoco –terció Richard Johnson.
Peter respiraba cada vez con mayor dificultad. Entonces me atrapó la mano, e hizo que aproximara mi rostro al suyo.
−Raúl, quiero que me prometas que harás todo lo posible por salvar a lady Jane, el amor de mi vida. Dime que no dejarás que la maten. ¡Por favor, dímelo!
Sentí que, asombrosamente, las lágrimas estaban a punto de reventar en mis ojos. Estreché la mano de mi amigo con todo cariño.
−Sí, Peter, no dejaré que la maten –asentí moviendo la cabeza−. Pero no digas tonterías. Tú también nos ayudaras. Al final verás lo felices que seremos todas. Ya verás.
−Raúl –dijo Peter pausadamente−. Estoy muy contento de haberte conocido y de haberte enseñado la verdad del corazón. No obstante, la senda del amor es muy tortuosa. Podrás encontrar personas que se aprovecharán de tu amor e incluso llegarán a burlarse de ti. No desesperes; también encontrarás gente que te querrá de verdad, por lo que tú eres, al margen de tus defectos tanto físicos como morales. En este mundo sólo hay una verdad: el amor. Amar es lo más verdadero de la vida.
Fueron sus últimas palabras. Una vez consumadas, los espasmos arreciaron en su cuerpo. «No, Peter, no me dejes solo en este mundo. No, otra vez no. Dios mío, Tú eres bueno, sálvalo», dije para mis adentros.
De pronto sobrevino lo inevitable… El estertor… El estertor que había liberado el camino de su alma hacia un lugar en los cielos.
CONTINUARÁ…
Julián Esteban Maestre Zapata (el jardinero de las nubes).
 
 

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