Óleo sobre tela, cuadro de Lau Mendoza, CdMx 2019

 

Que más mata esperar el bien que tarda,

 que padecer el mal que ya se tiene.

-Lope de Vega

 

 I

Se abrió con la mula del seis y entonces el que la puso, el compadre Eulalio, volteo a mirar de lado a lado a los otros tres en juego. Enseguida se fueron colocando las fichas según el turno y el número que fuese preciso. De cuando en cuando se echaban una o dos chupadas al cigarro y también dos o tres tragos a la cuba o a la cerveza, según fuera el gusto.

--Esto está de la puta madre, exclamó Eulalio, al repasar la mano que traía. -Ni como botar la gorda, agregó.

Los otros tres lo miraron primero a él y, enseguida, de reojo repasaron sus fichas.

--Es la calor, dijo Mincho y de un sólo jalón se despachó lo que quedaba de la cerveza.

El calor en efecto estaba de la chingada, las camisas de los cuatro empapadas de la espalda pero sobre todo de los sobacos. Ni teniendo la puerta abierta se alcanzaba la más mínima brisa. Como autómatas uno a uno se fue desprendiendo de las fichas, Eulalio resoplando, -hay que descargarse, decía uno y otro.

--¡Cabrones! Exclamaba Eulalio, cada vez que tenía que dejar pasar la ficha, -me tienen ahorcado, agregaba luego y el resto reía.

Por las calles del pueblo y a pesar de que, ya eran las cinco de la tarde, se alcanzaba ver la resolana.

Cincuenta años después y recién haber cumplido los ochenta años de edad, se asoma por la ventana del departamento en la ciudad de México.

--Se acabaron las partidas, dijo, en tono melancólico a la hija que, se había hecho cargo de él, desde hacía veinticinco años.

-–papá dijo ella, no empecemos con la misma cantaleta, agregó.

--mejor muerto que éste encierro, alcanzó a murmurar Eulalio.

–si me vieran mis amigos cómo me encuentro ahora, se cagaban de la risa, agregó.

--papá todos están muertos desde hace mucho, respondió la hija. --Así que de cagarse nada, agregó.

--Por eso digo que mejor muerto, dijo el viejo con un tono de voz aburrida.

--no te hagas el mártir papá, afuera la cosa está muy seria, dijo la hija. Y se acercó hacia él por la espalda, y le acarició primero el brazo, y luego la cintura. Lo rodeó en un abrazo y se pegó a él.

--ven, le dijo, señalando la mesa del comedor, --cómo vez una partida de dominó, agregó.

--un solo a solo, dijo él. Y comenzó a hacer la sopa.

--A ver que tienes abuelo, dijo el nieto, aproximándose.

Con las dos manos el viejo hizo la casita para esconder las fichas

--Los mirones son de palo, dijo, y sonrió.

--ahora cómo extraño mi cuba, agregó


II

--Deberíamos ir al puerto hija, exclamó de pronto el viejo Eulalio, una vez haber movido su ficha, mientras que, al mismo tiempo, dijo: capicúa. Dando a entender que, con aquel movimiento, la partida la tenía ganada ya que, se daba la oportunidad, de colocar su última ficha en cualquiera de las dos puntas.

La hija sonreía nerviosa, con aquel movimiento del viejo se desarmaba su estrategia y con él, su anhelada victoria.

--iremos uno de estos días, respondió. Y daba vueltas y vueltas a la ficha de dominó sobre la mesa. Después, la dejó quieta y soltó la carcajada. –nunca podré ganarte, dijo.

El viejo respondió que nunca, y se levantó de la mesa, caminó de nuevo hasta la ventana, observó la calle vacía y en silencio pese a ser las once de la mañana.

--esto de la peste esta de la chingada, dijo. No poder ni siquiera ir al café de la esquina, agregó.

--no empecemos de nuevo, dijo su hija, no es peste papá, es pandemia, ya verás que todo pasa pronto.

--¿iremos al puerto? Dijo el viejo, y, volteó a ver a su hija con esos ojos eternamente irritados, llorosos y con lagañas.

--iremos, respondió la hija.

 

III 

Esa tarde de siesta soñó de nuevo con el puerto jarocho. El puerto de sus buenos años mozos, el café de la parroquia y hasta se le veía suspirar profundo. Soñó con los paseos por el malecón, con la alegría y la dicharachera popular de los paisanos, con los jaraneros que, a arpa y guitarra, se desprendían de sus cantos, soñó que le cantaban a él solo, la bruja, la tienda, la iguana, el tilingo lingo. Y se soñó bailando, también solo, había que verlo zapatear impetuoso contra el piso, soñó con la entrada de algún barco, majestuoso castillo flotante con el cabestro al frente, el sonido de la corneta anunciando su entrada hasta el atracadero. Un barco plomizo, metálico, que, se alzaba, como una inmensa catedral con su chimenea como campanario, la larga proa terminada en punta. El puente de mando con su capitán como un sacerdote o un emperador al frente, soñó también con la arena negruzca de la playa, y con los muchachos jugando béisbol, con los gritos animados de las porras, con las mentadas de madre, con los tiernos insultos que, salían, de aquellas anónimas gargantas, soñó con un plato de chilpachole de jaiba, unas picadas, un vuelve a la vida, allí, en cualquier fonda a la orilla del mar. Soñó con Mincho, con Pepe y con Marco, sus eternos amigos, soñó con una mesa de lámina de la cerveza corona, y tres cervezas y una cuba, la de él, y una mano de dominó y justo cuando hacían la sopa, lo despertó la voz del nieto.

--¡abuelo! Dijo el nieto, te desperté porque te estabas quejando mucho, agregó.

 

IV

A las siete de la tarde frente al televisor, las noticias con toda la parafernalia de los informadores oficiales, el repaso de las últimas veinticuatro horas, cifras y más cifras, mapas y gráficas de colores, recomendaciones que iban y venían, la taza de café con leche en su mano derecha, la pieza de pan en la izquierda, el mordisco tímido al pan, el sorbo ruidoso al café, el movimiento de cabeza ante alguna que otra aseveración de los informadores. La hija y su ya eterna frase, --ya vez porque quedarse en casa, papá.

--mejor pon música hija, dijo entonces el viejo, ya estuvo bueno de tanta pendejada, --escuchemos a Agustín Lara, agregó.

--papá, cuando termine todo esto iremos al puerto, dijo la hija.

--mejor ir pronto hija, respondió él, para qué dejarlo para otro día, los autobuses aún funcionan, agregó

El viejo se quedó solo en la sala, escuchando aquellos discos de Agustín Lara, mientras su hija y su nieto se encerraban cada cual en su habitación.

El hombre, lúcido, no pegó pestaña en toda la noche, de café en café se le fue la noche, asomándose de rato en rato por la ventana. Aquella soledad, aquel silencio, aquella melancolía; en lontananza algún lastimero ladrido de perros, algún maullido de gato, algún triste lamento de grillo. –cómo fue posible que me fui quedando solo, se preguntó, y entonces se acordó de que, por lo menos, hacían dieciocho años de no ir al puerto. La promesa eternamente diferida de la hija, --ya iremos--, ahora los gastos del colegio, la enfermedad fulana, la hipoteca. Y por supuesto que él, lo entendía.

En aquella soledad suspiró profundamente y se despertó en su memoria el olor del mar, el olor de la tierra húmeda, el olor y el colorido del guayacán y comprendió entonces que la vuelta a su tierra, a su puerto tan amado, a su malecón eran ya asunto de imperiosa urgencia.

 

Lo encontraron donde suponían que estaría, sentado en una de las bancas del malecón del puerto, lo hallaron con su pantalón gris de algodón, su guayabera blanca, su sombrero panamá, blanco, y, con sus zapatos muy bien boleados. La hija y el nieto bajaron del auto, ni siquiera dudaron en reportes y búsquedas infructuosas en la ciudad de México, tomaron la autopista y cinco o seis horas después, estacionaron en la acera del malecón, al que habían recorrido cuidadosos hasta hallarlo. Ese gesto en sus caras, atribulados y serios, un dejo entre angustia, alegría y enojo.

En medio del silencio el viejo Eulalio apuntó con el dedo y se dirigió al nieto.

--allá se jugaba muy buen béisbol, dijo señalando la playa, --y allí, dijo después, --en aquella parte había una fonda, un pequeño restaurante de playa, habían mesas dispuestas en la arena, allí jugábamos dominó, agregó.

--¿Te acuerdas hija? Dijo, con Mincho y los amigos, ¿te acuerdas? Agregó

La hija para entonces había dejado la máscara de enojo y sonreía.

El malecón vacío.

--qué bueno que vinimos pronto hija, que bueno que nos decidimos de este modo, dijo, y empezaron los tres a caminar rumbo al coche.

 

 

© 2020 Oscar Mtz. Molina

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