Los Tarzán de antes y de ahora, me quedo con los de antes

El primer y más memorable Tarzán filmado en un rudimentario blanco y negro, que vimos en la infancia, en la televisión, ya que Johnny Weissmuller deja los campeonatos de natación para calzarse un taparrabos, saltar de liana en liana con la mona Chita, lanzar su legendario aullido, pelearse en la selva con cocodrilos y leones

Hacerle monerías a sweet Jane (existen serias dudas de que Maureen O’Sullivan portara ropa interior, imagino que a causa del bochornoso calor de la jungla, aunque rodaran en los estudios) en el año 1932, pocos años después de la llegada del sonoro.

Creo haber visto esas películas entre finales de los cincuenta y los sesenta. No viví el bautismo de mi Tarzán favorito, que me acompañaba en la niñez. No he vuelto a ver esas películas. Es probable que ahora resultaran excesivamente naives, o convencionales, o torpes, pero en su época eran excelentes.
Por supuesto, han existido muchos tarzanes, pero la mayoría cutres. Las productoras siempre han confiado en la pasta que generarían las resurrecciones de la exótica criatura que parió la imaginación de Edgar Rice Burroughs.

Y no les ha debido de ir mal. Pero ninguno de ellos ha durado demasiado tiempo. Por ejemplo: cada vez que repasan la apasionante trayectoria vital de la baronesa Thyssen citan que estuvo casada con Lex Barker, intérprete del mítico Tarzán. Pero no conozco a nadie que haya visto esas películas, incluido el firmante. Tanto Tarzán para nada.

Hay excepciones. Me pareció bonita y espectacular Greystoke, la leyenda de Tarzán. La dirigía Hugh Hudson, señor con oscar y enorme tirón comercial gracias a Carros de fuego. También creo haber visto por primera vez en la pantalla a esa señora tan elegante y distinguida llamada Andie MacDowell. Terminaba con el niño salvaje regresando a la mansión inglesa de sus aristocráticos padres, rescatado para la civilización aunque añorando África, heredando el título de Lord Greystoke y comiendo perdices al lado de su amada Jane.

Y en ese escenario, complacido con su burguesa existencia, volvemos a encontrarlo en La leyenda de Tarzán. Podían haberse esmerado con el título, ya que es el mismo de la anterior aparición. Se supone que van a ocurrir muchas cosas en el retorno de Tarzán a África, acompañado de la hasta entonces infértil Jane, para ayudar a la amenazada tribu de nativos que le cuidaron y amaron. También para reencontrarse con un fraternal gorila, que acabó mosqueado y celoso con él. Y para enfrentarse al sibilino y cruel emisario del rey Leopoldo de Bélgica, que quiere adueñarse de las minas de diamantes que posee en el Congo una tribu ancestral. Todo ello narrado en paralelo con la antigua historia en la jungla del Tarzán niño y adolescente.

Y efectivamente, existen muchos escenarios exóticos, efectos especiales de lujo y acción continua. Pero en vano. Todo es previsible, rutinario, hueco, tópico. Alexander Skarsgård, el nuevo Tarzán, tampoco aporta nada especial. El chico es tan guapo como hierático. Se supone que los secundarios Christoph Waltz y Samuel L. Jackson, esos actores siempre brillantes con Tarantino, van a otorgar un toque de clase. pero me cargan ambos. No funciona ni la sofisticación del primero ni el histrionismo del segundo. ¿Por qué ya no existen grandes películas de aventuras? Para reconciliarse con el género, hay que volver a ser feliz con El hombre que pudo reinar, El viento y el león o El halcón y la flecha, viejas pero olvidadas.

Y creo haber visto esas películas entre finales de los cincuenta y los sesenta. No viví el bautismo de mi Tarzán favorito, que me acompañaba en la niñez. No he vuelto a ver esas películas. Es probable que ahora resultaran excesivamente naives, o convencionales, o torpes, pero en su época eran excelentes.

Por supuesto, han existido muchos tarzanes, pero la mayoría cutres. Las productoras siempre han confiado en la pasta que generarían las resurrecciones de la exótica criatura que parió la imaginación de Edgar Rice Burroughs. Y no les ha debido de ir mal. Pero ninguno de ellos ha durado demasiado tiempo. Por ejemplo: cada vez que repasan la apasionante trayectoria vital de la baronesa Thyssen citan que estuvo casada con Lex Barker, intérprete del mítico Tarzán. Pero no conozco a nadie que haya visto esas películas, incluido el firmante. Tanto Tarzán para nada.

Hay excepciones. Me pareció bonita y espectacular Greystoke, la leyenda de Tarzán. La dirigía Hugh Hudson, señor con oscar y enorme tirón comercial gracias a Carros de fuego. También creo haber visto por primera vez en la pantalla a esa señora tan elegante y distinguida llamada Andie MacDowell. Terminaba con el niño salvaje regresando a la mansión inglesa de sus aristocráticos padres, rescatado para la civilización aunque añorando África, heredando el título de Lord Greystoke y comiendo perdices al lado de su amada Jane.

Y en ese escenario, complacido con su burguesa existencia, volvemos a encontrarlo en La leyenda de Tarzán. Podían haberse esmerado con el título, ya que es el mismo de la anterior aparición. Se supone que van a ocurrir muchas cosas en el retorno de Tarzán a África, acompañado de la hasta entonces infértil Jane, para ayudar a la amenazada tribu de nativos que le cuidaron y amaron. También para reencontrarse con un fraternal gorila, que acabó mosqueado y celoso con él. Y para enfrentarse al sibilino y cruel emisario del rey Leopoldo de Bélgica, que quiere adueñarse de las minas de diamantes que posee en el Congo una tribu ancestral. Todo ello narrado en paralelo con la antigua historia en la jungla del Tarzán niño y adolescente.

Y efectivamente, existen muchos escenarios exóticos, efectos especiales de lujo y acción continua. Pero en vano. Todo es previsible, rutinario, hueco, tópico. Alexander Skarsgård, el nuevo Tarzán, tampoco aporta nada especial. El chico es tan guapo como hierático.

Se supone que los secundarios Christoph Waltz y Samuel L. Jackson, esos actores siempre brillantes con Tarantino, van a otorgar un toque de clase. pero me cargan ambos. No funciona ni la sofisticación del primero ni el histrionismo del segundo.

 ¿Por qué ya no existen grandes películas de aventuras? Para reconciliarse con el género, hay que volver a ser feliz con El hombre que pudo reinar, El viento y el león o El halcón y la flecha, viejas pero no olvidadas.

Crítica tomada de la web

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