La mar se arremolinaba sobre los arrecifes costeros, llegando mansa a la caleta donde los hombres se preparaban para lanzar el pequeño bote a las aguas, casi frente a la mole del barco fondeado a unos cables de la costa, su oscura silueta recortada contra el horizonte nocturno, los cañones y pedreros insinuándose a la luz de la luna que rielaba sobre las ondas. Se escuchaban los ruidos de la noche antillana a sus espaldas: susurros, roces de hojas, gritos inarticulados, chirridos, gemidos espeluznantes y toda la gama de sonidos que conforma la música de la vida silvestre tropical.
La nave pirata estaba alerta, mientras esperaba a los mercaderes de rescate, nombre pudoroso para lo que era, de acuerdo a las leyes del Imperio Español, contrabando, violación de los decretos reales, rebeldía contra los bandos prohibitorios que partían de la Chancillería del Alcázar Real de Madrid, de San Lorenzo del Escorial, del Palacio del Pardo o cualesquiera de las múltiples residencias de los monarcas a las cuales concurrían los miembros de los Consejos de Indias para convencer al ocupante del trono y a sus validos de que aumentaran más y más las cargas sobre el comercio indiano, que tanto oro reportaba a los mercaderes de la Casa de Contratación de Sevilla y sus socios en el clero y la nobleza, dejando a la mayor parte de España fuera de la fiesta. Por ello el contrabando enriquecía entonces a los comerciantes con más redaños de las colonias, dispuestos a desafiar el poder de oidores e inquisidores, de veedores y leguleyos, de gobernadores y capitanes de mar y guerra, para vender sus productos a un precio redituable y de paso sentirse más libres mientras toreaban la amenaza de horca u hoguera, porque el comercio de rescate se llevaba a cabo, las más de las veces, con herejes: luteranos, calvinistas, hugonotes y hasta ingleses antipapistas, yendo en contra también de los preceptos de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Amén
Sobre ello meditaba el más anciano de los hombres que ahora, ya el esquife en el agua, remaban con brío hacia la nave que parecía expectante, como si ella, al igual que la tripulación que la habitaba, estuviera nerviosa ante la posibilidad de un encuentro con los marinos reales españoles.
El hombre de piel oscura y pelo canoso, se protegía con un doble coselete de cuero encima de una fina cota de malla y en la pretina cargaba dos pistolas de mecha y una daga, que para quien fuera conocedor de estos artilugios, no escondería su procedencia oriental: acero de Damasco. Terminaba su armamento una navaja en la bota que calzaba su pie derecho, si no contamos como arma la afilada hebilla que cerraba su grueso cinturón. Desde su posición al frente de la pequeña embarcación, calibraba todos y cada uno de los movimientos que veía en el buque anclado en el medio de la pequeña bahía. De ellos dependía que pudieran llevar a cabo las negociaciones y el intercambio sin ser sorprendidos por las autoridades; no sólo capitanes de buques armados, sino también alguaciles, corregidores, oficiales y soldados acantonados en las lejanas fortalezas que guardaban a duras penas villas de mayor importancia y número de vecinos que el poblacho que habitaba en la costa norte del centro de la isla Juana o La Fernandina o Cuba, como le habían seguido llamando los colonos y sus hijos, aunque el nombre legal fuera Juana, en honor de la hija de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, tanto monta, monta tanto.
La figura del bajel se agrandaba a cada tanda de remos, denunciando ante el ojo experto del hombre que viajaba a proa que era una urca holandesa, muy trajinada en esos menesteres. Honda era la poza donde flotaba y buenos marinos quienes la llevaran hasta allí, pues este tipo de bajel, a diferencia de las carabelas, necesita mucho calado y los prudentes sólo las fondeaban en aguas profundas y conocidas. Claro que, antes de entrar aquí, probablemente lanzó un bote que la precediera explorando los suelos marinos para evitar que se desfondara o encallara en los bajíos traicionaros de la costa norte cubana.
Pero ya llegaban al lado de la escala de cuerdas, tras dar el santo y seña acordado a los vigías que oteaban tanto la línea de la costa como cualquier señal que otros vigías, apostados en las afueras de la bahía, hicieran como nuncio de que se acercaba un galeón, una pinaza o cualquier barca que pudiera alertar a los buques de su Majestad que vigilaban las costas y archipiélagos de la siempre fiel.
En la movible cubierta les esperaba un comité de bienvenida, todos armados, como era usual en estos negocios de dineros, que traen la desconfianza al género humano. Un olor conocido cosquilleó en las narices del jefe de los comerciantes de rescate, en tanto saludaba con una venia al grupo de oficiales que esperaban en el puente y que los recibieran con grande honor y finuras:
-¿Cómo están ustedes, qué tal les va, se encuentran bien sus familiares?- y otras lindezas, vertidas al castellano por un lengua o traductor ¿traidor?, que parlaba en ambos idiomas, la lengua del Arcipreste tanto como la de los herejes flamencos. El jefe de los isleños dejaba hablar a los otros mientras inspeccionaba discretamente, casi de manera inconsciente, los armamentos del buque, su disposición, las armas que portaban los hombres sobre cubierta, la arboladura y otras muestras de la calificación del capitán del velero, minucioso y disciplinado como todos los de su tierra.
De pronto y para pasmo de los presentes, se dirigió en flamenco al capitán, vestido con armadura afiligranada, de belleza inusual por esos pagos de las Indias occidentales, donde las armaduras y otros aditamentos y herrajes guerreros hacían sudar la gota gorda a quienes se empecinaban en usarlos para figurar, además de necesitar de una buena limpieza casi diaria, por aquello de los calores y la humedad. Los negros y europeos naturalizados, siguiendo el ejemplo de los indios, que solían vestir algodón contra las armas de piedra de sus congéneres, trataban de andar lo más ligero posible y cuando más usaban, como Don Valdés, el jefe de los indianos, una pechera de cuero o una cota de malla.
Por este detalle presumió el magnate cubano de piel oscura que el capitán era nuevo por estos lares, primerizo en el Mar de las Antillas, o de las Lentejas, pero conocido por el mal nombre de Mar de los Caribes o Mar de los Caníbales, esa tribu belicosa a la que le daba lo mismo matar a un blanco que a un negro que a un indio de otra tribu, para ellos eran lo mismo, carne asada al pincho; él lo sabía por experiencia.
Het Geachte (Su Señoría) –se dirigió al alto oficial flamenco- nos gustaría saber que tipo de mercancía trae para intercambiar. Os lo pregunto porque hace unas semanas un buque inglés nos remedió muchas necesidades.
El blanco y rubio nórdico miró con sorpresa al mestizo que se atrevía a interrumpir una conversación entre hombres blancos, evaluando sus ropas de buen paño y sus armas, algunas dellas ostentando adornos de plata, algo inusual en un esclavo. En realidad el simple hecho de ir armado era singular en un hombre de raza negra. No menos sorpresivo era que se hubiera dirigido a él en fluido neerlandés, cuando todos los demás isleños se atenían a la traducción que les hacía un flamenco que, por haber estado como prisionero de los españoles durante la guerra de Flandes y sobrevivido a la Inquisición, conocía el idioma de Quevedo, de Góngora y de Lope,.
Al recuperarse del estupor inicial y ver que los isleños no reprendían al atrevido moreno, ni se sorprendían por su insolencia, el capitán entendió que ese era el interlocutor con mando y le respondió, así mismo en holandés:
-Es usted el principal en esta comisión, por lo que veo. Y también un hombre de mundo, porque habla más de un idioma. ¿Estuvo usted en Europa?
-En realidad hablo cuatro idiomas, seis si contamos el lenguaje de los indios caribes y algo de latín. Los otros son el inglés y el portugués. Y digámoslo así, soy el anciano de esta comisión. Me nombran Alonso Valdés, para servir a Vuesa Merced y al Rey de España, a quien Dios guarde.
Al Capitán le pareció advertir en este parlamento una punta de ironía en la referencia al Rey español cuando el negocio que ambos tenían entre manos era precisamente el de defraudar al gobierno y el tesoro de este Rey, que además era enemigo de los Países Bajos.
-Pero vayamos a lo nuestro, sugirió Valdés. Hagamos nuestro intercambio, para beneficio de vuestra república de un lado y de mis vecinos de otro. Y se sentó en una silla mientras acomodaba de manera muy profesional sus armas para que no le molestasen, gesto que el marino admiró como el de alguien acostumbrado al manejo de la ferretería letal que llevaba encima.
Valdés mientras tanto, tomó en cuenta que la nave tenía dos órdenes de cañones, pero lo más notable era que estaban montados sobre cureñas a la inglesa, debajo del cañón y con ruedas pequeñas, para que no estorbaran durante el combate. Esto permitía cargar el arma por la boca sin que chocara con el cañón de la otra banda, aunque ambos estuvieran siendo cargados a la vez. Muchas naves europeas usaban cañones con cureña terrestre, de grandes ruedas y con un palanquín trasero que obstaculizaba la carga dentro del buque después del primer disparo. Quizás cuatro cañones de 16 libras, algunos falconetes y pedreros portaba el navío. Nada que hacer frente a un buque de línea de la Armada Real. Sólo siendo muy prestos y ligeros podrían los holandeses escapar indemnes de un encuentro con un galeón, una záwraq u otro de los barcos que usaba la corona para patrullar y defender las aguas y costas de sus colonias americanas.
Los hombres, luego de discutir y coordinar los pormenores del intercambio de productos europeos prohibidos, por mercancías antillanas, se despidieron con cortesías y zalemas, después que el capitán invitara a Valdés a una reunión más íntima, pues quería saber pormenores de su aprendizaje de idiomas tan dispares como el caribe y el latín.
-Ahora me entero de que supierais tantas lenguas, padre. Dijo el hijo mayor de Valdés, que por el contrario de su padre, mostraba la color tan clara como un europeo del norte. – Pensaba que hablabais el español y el inglés, este último por que es el de mi madre.
Su padre, esta vez a popa del barquichuelo, miraba a la silueta del barco de alto bordo que se alejaba a cada tanda de remos que daban sus acompañantes, fundiéndose con las sombras de los bosques tropicales que les rodeaban. Luego de un largo silencio, como si despertara, se volvió a su hijo Valdés el Joven, suspiró y le dijo:
-Algún día te contaré toda la historia. No quiero llevármela a la tumba.
-¿Quién habla de tumbas, padre? Usted está muy fuerte aún y mis hermanos y yo le necesitamos para que nos guíe y enseñe todo lo que sabe.
-Ningún hombre conoce cuánto le va a durar la vida. Pero a la mía no debe quedarle mucho tiempo. Y si voy a heredarles mis bienes, mucho más valiosa es mi historia, porque tiene en sí los fundamentos de mi riqueza. Así que no te apresures a rechazar lo que te cuente, que ello es parte fundamental de esas enseñanzas que quieres recibir. Terminemos este negocio con los “herejes” y luego nos sentaremos a conversar ustedes y yo. Sé que tienen muchas preguntas que hacerme. La principal es cómo un negro como yo puede tener propiedades y dinero, amén de una esposa, tu madre, de raza blanca. Pero todo se andará y ya nos llega la tierra firme. Desembarquemos que ya es tarde y las mujeres de todos los presentes deben estar preocupadas. Ya sabes que estos honrados comerciantes que nos visitan de vez en cuando también suelen piratear, pues lo cortés no quita lo valiente. Quizás nuestras armas, que esta noche les mostramos como al desgaire, les quiten las malas ideas del caletre.
Al llegar a tierra guardaron el bote y borraron las huellas en la arena para que los espías de la corona no pudieran sospechar de su visita a la playa. Luego de dejar a dos integrantes de la expedición vigilando la mole de la nave que se mecía al ritmo de las olas, se internaron por los caminos vecinales que taladraban el bosque y que en ocasiones sólo eran una pequeña partición entre las masas de árboles. Sentían sobre sus cabezas a las jutías saltar de mata en mata, mientras los majáes, primos hermanos de las serpientes anacondas de tierra firme, pero más pequeños, se deslizaban por los troncos o se enrollaban en las ramas a la espera de una presa a la que deshuesar con sus fuertes músculos. Contaban de ellos que en algunos lugares muy intrincados, como las montañas de Oriente o la Sierra del Escambray, existían ejemplares del grueso de una palmera, capaces de estrangular a un venado o a un hombre, ocultos en las espeluncas que sólo exploraran los indios taínos y siboneyes encontrados por los españoles cuando descubrieron el archipiélago cubano para los Reyes Católicos. Muchos pensaban que eran sólo paparruchas de campesinos analfabetas.
La partida iba ojo avisor, con las armas prestas, pues la experiencia les indicaba que en asuntos contra la ley humana tanto hay que desconfiar de la justicia como de los compañeros de delito o de otros delincuentes. Y aunque ahora no llevaban blanca ni objetos de valor consigo, una emboscada para raptar y luego pedir rescate era una ocurrencia totalmente normal y lícita entre honrados delincuentes. Si hasta los reyes lo hacían, pardiez.
Los pájaros nocturnos dejaban la cacería para verlos pasar, mientras los miraban con sus agudos ojos. Lechuzas y búhos cazaban ratones y culebras pequeñas, mientras los guaraguaos, los falcones y los cernícalos, dormían a pierna suelta en lo alto de pinos, palmas, siguarayas o ceibas musculosas y gigantescas, del grueso de una secuoya, verdaderas fortalezas vegetales, que ensombrecían más el húmedo bosque tropical que se extendía, todavía, sobre la mayor parte del territorio de la isla Fernandina, como también llamaron los cartógrafos a la ínsula atravesada ante la boca del Golfo de Méjico.
El calor era agobiante sobre el bosque y en las tierras colindantes, pero la proximidad del mar y el manto protector de los árboles creaban un clima fresco, varios grados por debajo de la temperatura que había en el interior.
Por fin llegaron al caserío, construido con materiales locales: madera de palma para las paredes, hojas de la misma planta para los techos. Sólo la casa de Valdés, el ricohombre del poblado estaba hecha de madera con techo de tejas catalanas que debían haber costado una fortuna. Claro que el magnate podía haber comprado materiales a buen precio a los contrabandistas, pero hubiera sido demasiado evidente. No hay que tentar a la suerte… ni a la envidia. Así que contrató el material para sus techos, ha muchos años, en San Cristóbal de La Habana, a expensas de que un buque trajera el encargo desde el puerto de la Veracruz en el Virreynato de la Nueva España.
Con esas ayudas, la casa del corregidor Valdés era una de las mejores en muchas leguas a la redonda, comparándose sus lujos en ocasiones con las de gente de calidad y valimiento de villas harto más pobladas, verdaderas urbes para la medida de las Indias, con pobladores que llegaban a la enorme suma de seis mil vecinos. ¡Pero si Madrid tenía sesenta mil y era la capital del mundo!
Obviando la algarabía de los perros que alborotaban como si fueran infieles musulmanes, los hombres se despidieron hasta el otro día y fueron a dar, aquellos que eran casados, a los brazos de sus mujeres que los esperaban nerviosas, en tanto los mozos que estaban por casar decían adiós con las manos a sus prometidas, que les sonreían detrás de sus madres. Unos cuantos siguieron todavía viaje hacia casas apartadas de la aldea, algunas en el camino real. Luego de unos minutos, los ruidos se acallaron, las conversaciones cesaron y el silencio se adueñó del pequeño villorrio, aunque algunos hombres quedaron en alerta, con las armas cerca de la mano y la candela encendida para prender la mecha de los arcabuces, -algunos tan antiguos como la conquista pero todavía en buen estado para descristianar- si necesario fuera.
Don Valdés, -mientras su hijo mayor se iba a dormir con su esposa canaria, mezcla de español y guanche-, se sentó a la mesa de la gran sala que servía para recibir visitas, escribir contratos y pagar a su peones. Se sirvió un poco de cerveza, de contrabando, claro, a la que era muy aficionado, (aunque nadie entendía dónde se había acostumbrado a ese líquido, al que los peninsulares tildaban de “meado”) y comenzó a escribir notas en un cuaderno de tapas de cuero de becerro, algo muy caro en tiempos en que pocos sabían leer y menos escribir, aunque los tiempos cambiaban de priesa. Una muestra podía ser la carga de libros que un corsario catalán le había vendido, entre los que se encontraban muchos de caballería y uno que llamaban ‘El ingenioso hidalgo’, aunque hijos de algo somos todos, hasta los judíos, digo yo.
El llamado Valdés llenaba con su letra pliegos tras pliegos de la resma de papel. A la luz del candil, que su mujer había encendido, se le veía mejor: era de configuración fuerte pero armoniosa, ojos verdes en una cara en que se mezclaban los rasgos negros y europeos, denunciando que su s ancestros no eran de la misma raza. Tenía el pelo corto y muy canoso, los labios anchos y una mueca cruel le cruzaba el semblante de vez en cuando, mientras parecía recordar días lejanos en el tiempo y el espacio. La mano que empuñaba la pluma exponía un anillo de extraña factura, alejada de las formas acostumbradas en el Nuevo Mundo, tanto como de las de los plateros y orfebres de Toledo y Sevilla. Quizás, como la singular daga, era obra de un artesano del Mediterráneo oriental, aunque no tuviera los arabescos propios de esa fábrica. Probablemente hubiera sido forjada más allá de la Arabia Feliz, en uno de esos países a los que viajaban unos pocos elegidos de la suerte o la desgracia, naciones situadas en los mares que hasta hace unos años estuvieran cerrados a los cristianos y también a los herejes, porque ahora tanto portugueses católicos como flamencos y holandeses luteranos, recorrían las aguas de la mar océana llamada Pacífico por Fernao de Magalhaes o Magallanes, dicen que el primer hombre que le dio la vuelta al mundo, aunque él nunca pasó de las islas Molucas y fue su segundo, Sebastián Elcano, quien logró regresar a España cargado de especias valiosas, porque nadie sabe para quién trabaja.
Valdés seguía con su escritura, llenando una tras otra resmas de ocho pliegos, mientras la noche se agotaba sobre los cocoteros y las palmeras, los cañamelares y las tablas de yuca; al igual que los cobertizos donde se apilaban las pieles y la cecina de res que formaban la riqueza del poblado.
El indiano seguía escribiendo y de vez en cuando bebía o echaba un vistazo a la claridad que poco a poco se insinuaba en el ventanuco que daba al exterior, abierto para que circulara el aire fresco de la madrugada y refrescara a los otros habitantes de la casona, que se multiplicaba en habitaciones donde moraban los hijos y sus esposas, las hijas y sus esposos así como otros deudos de la familia Valdés, que reproducía la estructura de los señoríos feudales que ya languidecían en Europa, sobre todo en el Norte protestante.
De pronto el ruido de una matraca desperezó al patriarca de la familia, quien apartó los ojos del trabajo que estaba haciendo y tomando uno de sus pistoletes y poniéndose la daga en la cintura, se apresuró asomarse con cautela a la ventana, manteniéndose en la penumbra desde la cual podía observar el exterior fácilmente, sin que pudieran catarle.
Vio pues a un hombre que corría hacia su casa mientras hacia sonar una matraca, señal acordada en el pueblo para avisar de la presencia de un barco de la Armada Real. Se apresuró en ir a la puerta y en llegando a ella, abrirla para recibir a quien, sin resuello, boqueaba para llevar aire a sus pulmones. Y hubo de pasar casi un minuto para que al fin el mensajero pudiera hablar. En ese ínterin se fue reuniendo frente a la casa una buena copia de vecinos, curiosos y asustados, que habían sido despertados por los secos ruidos de la matraca. También los perros, adormecidos durante largo rato durante la madrugada, se ponían a ladrar, uniendo su ruido al de los hombres que conversaban, preguntaban y opinaban, creándose una algarabía parecida a la de los mercados árabes. No por gusto la mayor parte de los pobladores españoles de las Antillas eran descendientes de canarios, judíos conversos y andaluces con sangre mozárabe, que huían de las penurias y las pramáticas reales que los ponían bajo el ojo malévolo de la Santa Inquisición.
Recobrado el resuello, el matraquero logró igualmente recuperar el habla, que no hay esta sin aquel, y dijo todavía con voz entrecortada:
-. Un barco real se acerca a la costa desde el oeste. Parece que quiere cerrarle el paso a la urca. Tiene tipo de galeón, porque lleva mucho velamen, por lo que pudimos ver en la oscuridad, aunque la vista se engaña a estas horas.
-Martín, dile a la gente que se arme para guerra. Hay que observar bien de cerca el curso de este encuentro. Quizás la existencia de nuestro pueblo dependa de ello. Tomad también los barriles de pólvora que están almacenados en la cueva. Es importante que estemos apercibidos para cualquier contingencia. Tomen caballos, burros y mulos, pues los necesitaremos. Iremos por el camino más llano y no por los montes. Hay que impedir que ese buque vaya a una capitanía y nos denuncie; o que ellos mismos desembarquen para llevar a cabo averiguaciones. Esto es muy serio. El barco de los herejes está en la caleta más cercana a nuestro pueblo. No habrá forma de explicar qué hacía ahí sin que nosotros avisáramos a las autoridades. No importa que todavía no haya cargado nuestras mercancías. Somos reos de traición e infidencia si esto trasciende. Pero el mar es traicionero y quizás no sea tarde para remediarlo con su ayuda.
Los hombres todos lo miraron con asombro, aún cuando muchos de ellos lo conocían de cuando había llegado a la zona con una mujer blanca, varios hijos y caudales para contratar jornaleros, talar árboles, hacer caminos y traer animales de labranza y de cría que a todos en ese perdido lugar beneficiaron. Intuían que existía un secreto en el pasado de aquel benefactor, capaz lo mismo de negociar con piratas, lo que había aportado riquezas a la zona antes desconocidas, que de sembrar frutales o traer cañas de azúcar que alguna vez dijo había visto ser explotadas en las Canarias, lugar al que nunca explicó cómo llegó.
Partidos los lugareños en busca de sus armas y pertrechos, o a buscar sus cabalgaduras aquellos que se habían levantado armados, el patriarca de la familia Valdés, luego de sacar sus propios caballos y mulos, capitaneó a sus hijos en busca de la plazuela donde se reunían ya los miembros de la partida que iría a vigilar las acciones de los buques. En estando en ella y cuando aún no se había organizado el orden de la marcha, se sintió un fuerte trueno y muchos, engañados con el parecido, miraron al cielo, que ya se aclaraba, limpio de nubes. Entonces comprendieron que se trataba de un cañonazo, el primero de advertencia, que lanzaba el supuesto galeón para intimar rendición del corsario holandés. Pero todos sabían lo que les ocurría a los marinos de otras potencias que eran atrapados en aguas de las colonias españolas del Nuevo Mundo: eran colgados de inmediato de una entena o entregados en el puerto más cercano a las autoridades de la Inquisición, quienes los torturaban durante meses y luego los quemaban vivos, o muertos, si tal era el deseo de Dios.

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Comentario por Rolando Ambrón Tolmo el julio 24, 2009 a las 3:42pm
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