Imagen tomada de Internet

De la obnubilación, el delirio, la pesadilla, el sueño.

I

Lo único que se puso sobre los hombros para cubrir la espalda fue la roída toalla que cogió al pasar de prisa por el tendedero. Faltaban diecisiete minutos para la seis de la mañana. Justo lo había oído en la pausa de música de radio lagarto.

Berriozábal sumaba ya cinco días seguidos de lluvia. La fría y lluviosa mañana se cubría además por una espesa niebla.

Atravesó a toda prisa el huerto de casa, prácticamente en línea recta, chocando contra las ramas bajas y golpeando con la cabeza, algunos mangos que colgaban al paso.

Su corazón endiabladamente acelerado.

Tan sólo escuchar el sonido y lo presintió de inmediato.

Los dos disparos habían sonado sordos y secos. Uno enseguida del otro ¡Pum! ¡Pum! Después de eso, breves ladridos de perros que, en vez de seguir la algarabía, volvieron a quedar mudos y quietos.

Llegó jadeando a la casucha al fondo. De un empellón abrió la puerta y en la medida que iba adentrándose por la casa, comenzó a llamarlo.

-hijo, hijo. ¡Manuel! ¡Manuelito, hijo!

 Al fondo, en cuclillas, Carmenza, la mujer de Manuel, apenas sollozaba quedo. A un costado suyo y tirada por el suelo, la pistola .38 súper.

II

¡Mirá Manuelito! me podés gritar, mandar callar, echarme los ojotes de pistola. Te podés burlar de mí, decirme lo que se te pegue tu regalada gana.

Así con todo, hay lo veremos de a cómo nos va ir tocando.

Me podés poner apodos, muy dados en tu familia.

Me podés decir que, con el tiempo, me voy poniendo gorda y fodonga

¡Lo fueras viendo primero a la cocha de tu hermana!

Pero ni así Manuelito ¡Ni así! Una se va curtiendo de a poco con el paso de los años.

¡Ni así Manuel!

Eso te lo puedo jurar, que ni con todo eso, cambiaría una pizca de lo que siento por ti, aquí dentro.

Me podés juzgar de haberme avejentado de tanto en tanto con los pasos que, junto a ti, he caminado. Me podés echar en cara, la flacidez de mis carnes y las arrugas en el cuero. El entrecejo que, de tarde en tarde, me va frunciendo el ceño.

Me podés dejar un rato en el olvido de varón, en las soledades de hembra ansiosa.

¡En las angustias de refocilarme a solas! En las angustias del toqueteo solitario e infame para saber que, aún sigo siendo carne de mujer inquieta.

¡Mirá Manuelito!

Con todo y eso, al caer la oscuridad en el pueblo, al llenarse Berriozábal de neblina y frío, allí te voy a seguir esperando.

Allí voy a estar atenta y presta para ti ¡Oílo muy bien Manuelito! Voy a estar esperándote como lo he hecho desde que nos unimos en matrimonio.

Con todos tus gritos y tus reclamos, con tu mirada perdida, con tus gestos mal encarados, con tus largos silencios.

¡Pero! Y este “pero”, si va en serio.

¡Jamás! Lo oyes ¡Jamás! Se te ocurra atravesarme otra vieja al paso, ni levantarme de tu mano, un solo dedo.

Porque el día que lo hagás, lo uno o lo otro, te vas a quedar en un silencio eterno.         

III

Es admirada y orgullosa

Bella, velluda velludita

Amable bonita y caderona

Bella, velluda velludita

¡Que se aquieten tus ansias Manuel! Que se queden quietos tus pensamientos, mejor aún, que se mueran antes siquiera de haber nacido. Carmenza, hijo, es mujer de una sola rienda, de una sola silla, de una sola pieza ¡Le estas echando demasiada leña al fuego! Muy pendejo serás si seguís creyendo que no se entera. Si lo he sabido yo, cuanti más ella ¡Sarao este! Las mujeres no necesitan saberlo de oídas, con sólo verte a los ojos ya tienen su propia historia, con minucias de detalles. Pero en tu caso, Manuel, tú mismo lo has venido predicando, anunciándolo a diestra y siniestra. Tu vestimenta, tu aliño, tu ojo alegre. Tus cantaletas para uno y otro lado ¡Verraco de mierda, semental de barriada!

En la sencillez de mi entendimiento lo he ido mirando cómo te mira tu mujer, es mirada del alma esa, es vista de dolorimiento. Y no es bueno eso hijo. No trae nada bueno. Carmenza no se traga lo de tu mejora en la labor ¡Ay! Hijo mal haya la hora en la que se te atravesó la puta esa.

Es admirada y orgullosa

Bella, velluda velludita

Amable bonita y caderona

Bella, velluda velludita

-Ay papá chocheaste galán, lo de Carmenza es sólo de dientes para afuera. 

IV

¡Ah burro! Que según esto el Manuel anda en enredos de novio. Quién lo viera ¡tan serio! ¡Y dónde fue a meterse! Ni Dios lo quiera

-¡ay mi chula! Al macho arisco no lo paran las riendas, ni lo enderezan las espuelas. Este cabrón siempre ha sido un mosca muerta. Seguro la Carmenza, su mujer, se ha pasado la vida de pena en pena.

No lo crea usted, doñita. Su historia siempre se había mantenido fuera de los dichos y de las lenguas sueltas. Pero la calentura por las hembras despierta hasta al más plantado. Y repito pues, donde putas fue a meterse.

-¿la conocés?

Seguro doñita, Encarnación Jiménez, nalgas prontas, para servir a los hombres y pa chingar a sus mujeres.

-¡ay Dios! Ora si ya me hiciste reír. Apagá la hornilla de los frijoles. Quemados van a resultar entre tanto güiri-güiri. Corridita se te va la boca con el chisme. ¿Y tú marido?

A ese lo tengo cogido por los tanates, madre le va a hacer falta pa’ que yo se la rompa, si se anda por las ramas.

-¿otro mosquita muerta?

No tía, a las primeras lo rasuro.

V

¡Y deay mi chula! ¿Qué es que estas pensando pues que andás tan calladita, o nada más te hacés pendeja?

-ay tía. Todo lo que se le vino encima a Berriozábal ¡Nubes y nubarrones! Ya no es aquel pueblito tranquilo y calmo de nuestras infancias.

Ya no pues. Qué se le va a hacer. Mirá, progreso quería uno y nos fuimos olvidando de nuestras propias raíces, hasta que otros nos impusieron las suyas. Berriozábal siempre había ido caminando pasitos atrás de Tuxtla y de Chiapa de corzo. A su propio entender. Pero nos pusimos a jugar a las carreritas y ahora sí, a quejarnos de las consecuencias.

¿Te acordás de todas nuestras calles empedradas? Nuestras casas de adobe y teja. Aquellas humedades y aquellos fríos que pasábamos de niños. ¿Te acordás de los grandes solares y patios en nuestras casas? Las pencas de maguey del que sacábamos ixtle y mecates. Del sonsonete y el traqueteo de las carretas jaladas por los bueyes. Del olor a pan por las mañanas o al ir cayendo la tarde. Aquel sí era pan de a devis ¡galán! no la pendejada que te zampás ahora. ¿Te acordás cómo se extendía la niebla invadiendo calles y patios, metiéndose a las casas por puertas, ventanas, rendijas? ¡Ay mi chula! ¿Te acordás de aquellas añoranzas? Ya ni el encanto del picor y la comezón de las niguas entre los dedos de los pies, o entre los pliegues de las nalgas, nos queda.

¿Pa qué putas nos sirvió el progreso, si se llevó con su llegada, todos nuestros sueños?

VI

Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes...

A las once y media de la noche repiqueteaba en mis oídos la cantaleta de la oración a la Virgen. A cada paso que daba venía a mí, la plegaria ¡Agobia llenarse la cabeza de la misma palabra, la misma oración, la misma frase! Acababa de apagar las luces de mi cuarto y de pronto, oí el taconeo inconfundible, el mismo taconeo que había escuchado toda la vida, vecinos ambos desde la infancia. Sin dudarlo al oír aquellos pasos, se me vino a la cabeza el nombre, y desde luego, detrás del nombre, el hombre.

-¡Manuel! Pensé dentro de mí.

Y enseguida mi corazón empezó a palpitar acelerado ¡desbocándose! ¡La desgracia cayendo sobre ti, Manuel! Y me descubrí de pronto, pensando en que algo grave iba a ocurrir en su vida. A las once y media de la noche, entre el sonsonete de la plegaria, Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes. Ven conmigo…escuché clarito el cambio de paso en su taconeo y ese trastabilleo me hizo pensar también enseguida, en su muerte. Lo único que se me ocurrió en mi soledad y en la oscuridad de mi cuarto fue, postrarme de rodillas, y entonces sí rezar y pedir a diosito por su protección.  A estas alturas, con la amargura de los años encima, ya casi rondando los cuarenta, Manuel y yo a pesar de haber sido amigos de niños y novios de jóvenes, ya sólo nos juntamos en mis rezos ¡La flor de mi vida! ¡El tesoro de hembra núbil! Se quedarán a resguardo de los santos puestos de cabeza. Se alejaron los pasos, silenciándose el taconeo. Caí después entre la niebla y el sopor del insomnio y el sueño hasta que, desperté en un sobresalto al alba, con el tronido cercano de los dos disparos seguidos. ¡Pum, pum! Dentro de mi cabeza volvía a encadenarse y a repetirse la petición a la virgen.

Dulce Madre, no te alejes, tu vista de mí no apartes.

Ven conmigo a todas partes y nunca sola me dejes.

Ya que me proteges tanto como verdadera Madre,

Haz que me bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

VII

¿Te acordás Carmenza de aquellas correrías en los carnavales de Coita?

-¡Ahh! Cómo no me voy a acordar pues. Horas y horas bailando y correteándonos con cascarones de huevo, llenos de harina.

Pinche Carmencita. Empanizadas quedábamos. Y empapadas de agua hasta la coronilla. En una de esas te hiciste novia de Manuel. Apenas andábamos en primero de prepa. ¿Te acordás?

-me acuerdo pues. Y con Manuel, desde aquel momento perdí la cabeza. Y perdí la prepa. Jamás me arrepiento de haber cambiado los sueños que tenía en aquellos tiempos, por la dicha de haberme casado con él. Lo único es que estábamos muy tiernos. Pero chunquita, ya lo bailado quién nos lo quita.

Eso si mi chula, quién nos lo quita.

VIII

-¡Ña Karla! ¿Ya suposte de la gran balacera que hubo esta madrugada, acá cerca?

¿Gran balacera? Así se hacen los chismes Mateo. Deja ya de andar inventando, fueron sólo dos disparos.

¡Gran balacera! Te pusieras a trabajar en vez de andar con tanto cuento.

IX

Es muy bueno en todo lo que tiene que ver con motores de gasolina, carburadores y si me apuran un poquito, no lo hace nada mal en cuestiones eléctricas. Muy cuidadoso y detallado el cabrón. Y muy atento y calladito en lo que hace. Hay lo ve uno trajinando en silencio. ¡Ahh, pero como siempre! Tenía que venir a travesarse una mujer. Y a partir de allí, se fue todo a la chingada. Eran más sus ansias por salirse de escapada con aquella güila, que por cumplir con la tarea. No ha habido tarde que no se la pase de glorioso semental, en vez de aplicarse a sus hijos y a la Carmenza. Pero ya lo dice el dicho que sentencian los viejos, “jalan más un par de tetas, que cien carretas”. Y mirá que esta canija, las tiene muy bien puestas.

-A usted también lo desorienta, maestro         

A todos, nada más tenés que darte una vueltita a eso de las cinco de la tarde, para darte cuenta de cómo, toda esta bola de sonsos anda más pendiente de las nalgas y las tetas de la fulana esa, que de sus propias miserias.

-¿y usted maestro?

También un poco

X

Al paso, al paso, al paso.

Uno, dos, uno, dos, uno, dos

Mirada al frente.

Guardando distancias

La vida en Berriozábal se nos va en un suspiro, la mañana se ocupa en el trabajo, la jornada se extiende desde las seis de la mañana en que se levanta uno, hasta la una y media de la tarde, cuando el silbato de la escuela nos despide de vuelta a casa. De allí, el tiempo sigue su curso denso y lento. Asomarse a la calle a ver quién pasa, quién habla, quién grita. Adivinar desde la siesta en la hamaca, quién taconea el paso ¡Quién agita nuestra alma! Recostado, leyendo la hojarasca de García Márquez. El día ha sido terrible tratando de enseñarle a los alumnos nuevos modales, herramientas que deberían tener en sus vidas. Nuevas historias que vayan cambiando sus caminos. Y entonces asoma ella. Encarnación Jiménez. La güila, la fulana, la de las nalgas, la de las tetas. Fue mi alumna hace apenas tres o cuatro ayeres y mira donde anda enredada ahora. Los ojos tan grandes y oscuros, la boca y la nariz tan perfectas ¡Tan linda! Seguro por estas tierras derramaron semilla, extranjeros avecindados en tiempos idos. Sólo así se explican estos ojos tan lindos, y este porte, y ya estando en esto, estas nalgas y estas tetas. La coincidencia de vernos, la atenta espera para asomarme justo al paso, el saludo breve y fugaz.

-¡Maestro! Dice ella

Encarnación, respondo yo y ella se escabulle de cualquier asomo de plática. Tanto esmero en mis lecciones, tratando de cambiarles el rumbo. Tratando de que no sean iguales a los otros. Y mira, Encarnación Jiménez desgrasándole el alma al muchacho mecánico.

Mientras la veo alejarse, dándome la espalda, suspiro y pienso para mis adentros.

Aquí deberías estar enredada en mis brazos, meciéndote en mi hamaca.

La soledad es triste en Berriozábal. Muerde y aprieta el cogote. Asfixia el alma.               

XI

¡Ay mi chula! Acordáte que así como hay soledades que no se mitigan con la presencia del marido, así también, hay ansiedades que no se aquietan con la soltería y la arrechura.

-¿Y entonces qué pues tía Mincha?

¡A chingarle!

-¿a chingarle?

No hay de otra. Asentá cabeza mamita, dejáte ya de andar de nalgas prontas. Ese tal Manuel es harina de otro costal, fijáte en el profesor Adrián, ese si es futuro, y según las lenguas de Berriozábal lo traés herido de un ala.

-herido de un ala y de todito completo, sólo hay que verle sus ojos cuando al paso, se asoma por la puerta de su casa, y se le va la vida mirándome.

¿Y entonces qué mi alma?

-¡hay tía Mincha, qué le vamos a hacer pues, puta que es una! No crea usted. El asunto con el profe Adrián me ronda la cabeza, pero dentro de mi corazón las ansias son con el Manuel, por más que caída ya la tarde me vuelva sola para mi casa, y a pesar de que una y otra vez me arrepienta, no hay poder humano que haga tirar para otro lado. Sus consejos tía Mincha, las miradas de reproche de la gente, los dedos que señalan, la boca que no para de hablar de mis andanzas ¡todo vieraste! Entra por un oído y sale por el otro. Sé que soy la burla de mis viejas amigas, pero me duelen más los silencios de mis hermanos y las miradas extraviadas de mi mamá.

XII

¡Hacía siempre un chingo de frío! Tan cerca de Tuxtla y tan distinto. Un pueblote arrumbado cuesta arriba. La vida tranquila y llana del Berriozábal de los años setentas. Paso obligado para ir a Coita, y a puerto Arista, y al cerro de la sepultura, y a México, y si me apuran tantito, para abrirse al mundo. El Berriozábal de las calles con hoyancos ¡empedradas! Quizás en una de esas se podía topar uno con la tía Chofi, la del poeta Sabines. Lluvia pertinaz de la mañana a la noche, todo el día, toda la noche. Eterna humedad y ventisca fría. Tendejones en los que, uno, se refugiaba para comprar galletas, chicles, golosinas. Y para ir surtiendo día a día las necesidades de la comida. El Berriozábal de las pocas familias que, eran dueñas, de camiones, tiendas, negocios de curtiduría de pieles y madererías. Y desde luego los viveros que, sobrevivieron y sobrevivirán, cualquier época. Las tardes con neblina en las que, se procuraba siempre, echar la cascarita de futbol, a media calle. Gritos y sombrerazos correteando tras la pelota. Lánguidas tardes de sentarse al filo de las banquetas y contarse historias de espantos y pleitos de familia, saboreando una fanta de naranja, mordisqueando galletas de animalitos o marías. Los días memorables de torrenciales lluvias resguardándonos dentro de las casas de adobe y teja. La visita a don Jesús para que nos hiciera viajes de carga en su carreta tirada por bueyes. Encaramarse y perseguir nuestros desvelos entre el traqueteo de las bestias, con el eterno vaivén de las llantas de metal y madera entre las piedras. Asomarnos, al empezar nuestra adolescencia, entre el juego y el trajín, pacas de ixtle o troncos para la leña o madera para la carpintería, desmañanádos eternos para corretear el poco transporte para ir a la escuela. Los gritos y las correrías de las mamás apurándonos, para cumplir con las tareas. El Berriozábal de las calladas noches, el repiqueteo de las campanas del templo de Santiago, patrono y santo del pueblo. Esas noches de sábado con el desvelo y el sonsonete de acordes lejanos de marimba, extendiéndose la tocada hasta las primeras horas de la madrugada. El Berriozábal del que, como si de pasar una página se tratara, amaneció una buena mañana de domingo, con el gentío inundando calles y veredas, puestos agrios de ventas sobre las banquetas, asadurías de pollos en las esquinas, fruterías y tendejones de ropa. Confiterías, carnicerías, farmacias de cualesquier índole ¡Cantinas de tercera! El sueño evaporado en esta nueva época, las familias ancestrales desplazadas por nuevas visitas, por bravos inquilinos a una tierra que se olvidó de sus hijos, de sus mecates, de sus hamacas y se convirtió a la nueva religión de la desesperanza.

XIII

-¡Ña Karla! No hay jabón

como no va a ver ¡búscalo bien!

-¿Dónde lo puso usted?

Donde siempre Mateo, donde toda la vida, allí en la alacena.

-¡Óigaste! Que sí fue balacera, es lo que todo el mundo anda diciendo.

Ponte a trabajar y déjate de arguendes, fueron sólo dos disparos ¡Que balacera, ni qué balacera!

XIV

¡Hacé oídos sordos Carmenza! Hacélo por tus hijos viste y por ti misma, y por tu familia, y por todas las cosas que han vivido juntos ¡Hacélo por mí, hijita! Y por tu suegra que ya anda muy mala. Lo de Manuel y esa fulana pasará. Son calenturas de varón en celo y de hembra en querencias. No vale la pena, Carmencita, no vale la pena.

-ay suegro, la historia de la tal Encarnación y el Manuel ya está muy adelantadita y la suerte de su hijo, ya también está echada. ¿Varón en celo? Y una qué pinches pitos toca en esta fiesta.

Esa tu mirada no es nada buena, hija. Caso veo compasión en ella. Y no es bueno. Mirá que, el odio, emponzoña el corazón y envenena el alma.

-Así es suegro, hay se los haya entonces. La mirada también se nos va opacando con las angustias y las penas, y a estas alturas, lo único que queda es irse ateniendo a las consecuencias.

¡Ay Carmenza! A Dios padre deberías dejarle los castigos y las recompensas.

-Duérmaste tranquilo suegro, con la certeza y la tranquilidad que lo mío se lo dejaré a Dios, y que lo de su hijo ya me haré cargo.

XV        

Le gustaba caminar en solitario por las calles de Berriozábal y dejar que, la luna de noviembre, aluzara sus pasos. Le gustaba ir de uno a otro lado del parque central cobijándose entre los grandes árboles. Dos disparos fueron, uno enseguida del otro, poquito antes de la seis de la mañana, así lo habían escuchado todos en la sintonía de radio Lagarto. El tío Manuel, su padre, había llegado a toda prisa hasta la casa al fondo del terreno, gritando a viva voz, ¡Hijo, Hijito, Manuel, Manuelito!

Acuclillada en un rincón, y con la pistola tirada a su lado, Carmenza sollozaba quedo.

XVI         

-¡Ña Karla! ¿Se acuérdaste de la Encarnación Jiménez?

No Mateo, no me acuerdo                 

-Aquella la del Manuel, que Dios guarde en su gloria, y la Carmenza ¡la de la gran balacera!

No me acuerdo, pero a ver dime, qué pasó con ella.

-Pues que según las habladurías del pueblo ya vive con el profe Adrián

A ver, deja de hacer tu trabajo y siéntate a contármelo, eso sí está bueno. Y no me salgas con mentiras como aquella de que fue balacera, siendo que sólo fueron dos disparos.

-a que ña Karla, si a usted también, bien que le gustan estas historias.

 

© 2017 By Oscar Mtz. Molina

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Comentario por Oscar Martínez Molina el diciembre 23, 2017 a las 8:37pm

Asentá cabeza mamita, dejáte ya de andar de nalgas prontas. Ese tal Manuel es harina de otro costal.

Comentario por Oscar Martínez Molina el noviembre 30, 2017 a las 5:15pm

¡Ay mi chula! Acordáte que así como hay soledades que no se mitigan con la presencia del marido, así también, hay ansiedades que no se aquietan con la soltería y la arrechura.

Comentario por Oscar Martínez Molina el noviembre 25, 2017 a las 8:29pm
-Duérmaste tranquilo suegro, con la certeza y la tranquilidad que lo mío se lo dejaré a Dios, y que lo de su hijo ya me haré cargo.

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