SEGUNDA PARTE.

  Cuando voy a entrar en el quirófano, observo que los tres ayudantes ya se están lavando con todo el rigor de una de las premisas fundamentales de la cirugía: “La absoluta asepsia” para evitar infecciones, por lo que al pasar cerca les autorizo:


–Pintar y dejar preparado el campo para abrir al levantar la toalla húmeda que lo cubre mientras tanto.


–Si jefe, así lo haremos como siempre.


– ¿Cuántas veces os he dicho que no me llaméis jefe?
No contestan. Todos tenemos claro que entre las

rutinas y los reflejos condicionados no solemos dejar de hacer las cosas habituales en las que ni se piensa.
Penetro y me acerco a dar la mano y un poco de ánimo al Sr. Fernandez que me mira ilusionado con dos ojos un tanto con aspecto desmayado de que está sucumbiendo bajo las artes de brujo del sueño de enriquito.


–Todo bien Don Anselmo. Ya veo que se está quedando dormido. En un rato, para cuando se despierte, estará todo perfecto y le veré en cuanto que tenga un momento en reanimación. Duerma tranquilo, que ya me ocupo de todo, y estará usted absolutamente protegido.


–Lo s e…. m e.. lo… h an di… ch o las enferm…e…ras.


Y queda dormido. Enriquito abre la boca, coloca un depresor y lo intuba. Con rapidez le coloca la entrada del Oxígeno, mira una vez más las pupilas mientras le veo en la expresión que va a empezar laos humorísticas incursiones contra mí, que ya estoy a la defensiva y ataco el primero.


–Muy bien. Ya veo que todavía te acuerdas cómo se anestesia.


–Sí. Gracias a lo mucho que opero contigo, de ese modo cada día mejoro un poco. Y sólo se despiertan cuando se lo digo con un jeringazo de “Despertol”.


Y lanza una carcajada por el nombre que se le acaba de ocurrir.


–Debías patentarlo, –le digo– seguro que ganarías más que envenenando a estos pobres pacientes indefensos. Hasta luego, me voy a lavar.


Le interrumpo, pues intuyo lo que me va a decir lo acostumbrado, pues siempre, ante los lavados ajenos, se comporta como un psicótico al que le molestara la limpieza de los demás.


–No lo digas. Ya lo sé, ¿seguro que era el chiste de siempre?


–Doctor, ¡qué manos doctor! –Lanza el anestesista.


–A lo que yo debo contestarte: ¡qué pies Doctor, como le huelen! ¿Era eso?


–Eres más agudo que la aguja gorda que se usa para inyectar a los antipáticos.


Me encojo de hombros para no seguir el juego que tanto le divierte.


–Eres el mejor profesor del mundo, sólo un poco vanidoso y a veces antipático con tu sabiduría trasnochada. –Ataca de nuevo.


–No seas celoso. Ya sabes que te aprecio. –Comento mientras me alejo.


–Menos mal que al menos me aprecias.
Indica poniendo la falsa cara de preocupado que ya le conozco.


–Te explico, zopenco. Apreciar es muy común. Querer es más importante, pues quieres a tú perro, a tus hijos, a tu escopeta. Amar, tiene un componente de sexo, por lo que sí eres heterosexual, sólo puedes querer a las mujeres.


–¿A una o a muchas?


–Ese es tu problema. Yo sólo quiero a la mía. Tú, eres tan ambicioso con eso, que no tienes ninguna que te corresponda.


Hay carcajadas en el quirófano de todos los presentes, que disfrutan con las batallas previas de los dos, lo que pone en marcha todo lo que viene a continuación y ya está haciendo que todo el mundo se encuentre relajado y feliz.


Y desaparezco para lavarme. Ya veo que el campo está casi preparado y los ayudantes, tras dejar todo adecuado, se están cambiando de ropa para estar dispuestos con todo limpio de nuevo por si se han contaminado al preparar el campo que delimita la zona operatoria.


Un momento después, me están vistiendo. Me ponen el gorro, la mascarilla y un delantal de plástico antes de colocar la bata, como a todos, por si hay sangre que nos manche y que no llegue hasta la ropa interior.


Observo el entorno. Cada cosa se encuentra en su sitio. Equipo de reanimación en su lugar y un par de balas de oxígeno a su lado. La mesa de la instrumentista en perfecto estado. Cada pieza en paquetes de pinzas, cortes separadores y demás en sus sitios de lo mejores libros de instrumentación. Hilos, agujas, tijeras, todo a manos y en su lugar adecuado.


Me coloco en mi sitio y según tradición, inquiero:


– Veo que todo está muy correcto. ¿Puedo hacer sangre?


– ¿Si sabes lo que hay que hacer y en dónde cortar? Por mí sí puedes hacerlo, pero si no sabes, te vienes aquí y ya opero por ti, pues no creo que se me haya olvidado todo.


–Gracias, generoso, sublime anestesista. Abrimos. ¡Bisturí!


El mango golpea la palma de la mano que he extendido, con un golpe seco que suena como un chasquido. Con la mano izquierda, palpo sobre el borde inferior del Hígado el reborde costal y localizo el punto indicado para abrir y tener acceso a la Vesícula Biliar que voy a extirpar y quitar así los cálculos, grandes y pequeños, que le causan serias molestias.


La intervención se desarrolla con normalidad. Pero hay algo que no me encaja, aunque no es alarmante y se lo indico al anestesista.


–Dale más oxígeno, veo la sangre un poco oscura.


–Aquí no se nota nada, y todos los valores son normales, pero le subo el porcentaje un poco y dime si la ves más rojita, dentro de un rato, pues esto no es la purga Benito y tardará unos minutos.


–Ya lo sabía, listillo, es que no vas a parar de incordiar.
Hay risas pues es un día en el que no esta muy movidas las batalla entre los dos primeras espadas y piensan que se puede animar.


–Mary, – indico–, sube la música un poco que lo que más se escucha es el fuelle del aparato de anestesia al controlar la respiración y a enriquitos y sus genialidades.


La limpieza de los canales biliares sondando y la sección de las adherencias y puntos de fijación de la vesícula que se extrae, está llevando todo a un final, ya muy próximo. Una vez que el bisturí eléctrico cierra las bocas de los vasos y nudos para los canales que llegaban hasta ella, sin nada especial, hago un lavado cuidadoso de zona peritoneal, seguido de aspiración de todo y cierro el hígado en la zona que hemos tocado, observo con cuidado el Páncreas para asegurarme que no lo hemos tocado ni rozado.


El examen de la vesícula, ya fuera, nos muestra que se muestra repleta de cálculos, más bien pequeños al tacto, pues palpo y abro para observar si hay lesiones sospechosas, pero no hay nada que pueda preocupar. Por lo que la entrego a una enfermera a la que digo:
–Para Anatomía Patológica.


Inicio el examen del resto del paquete del Hígado y el Duodeno, exploro con sondas los canales biliares que dejan salir lo que suelen llamarse arenillas, esas que provocan cólicos ,más dolorosos que los intentos de salir de las piedras más grandes. Cierro y anudo todo lo que es necesario, vasos vasculares y canales de hiel. Y satisfecho indico.


–Tiempo y vamos a cerrar.


–Un poco más de una hora jefe. Muy bien, y no se nos ha dormido el anestesista, que se está mordiendo las uñas de envidia por lo bien que ha ido todo.


Responde Taky, la ayudante de la instrumentista, a la que se ha visto tomar café con frecuencia con Enriquito, por lo que se supone que puede haber una cierta afectividad entre ambos, y que simula ataques, con frecuencia, para alejar los malos pensamientos ajenos.


Inicio un poco del cierre. Dejo un par de drenajes de buen calibre por si las moscas y sigo esperando el ataque de los ayudantes de un momento a otro, como siempre.


–Doctor X., ya que jefe no le gusta, qué tal si nos deja cerrar, ya que no nos deja operar todavía y es cierto que estamos preparados para operar con usted de ayudante, como le hicieron a usted cuando era sólo un bachiller. Seremos muy obedientes.


–Jo. ¡Qué hambre y sed de sangre tenéis! Creo que la tercera es un apéndice. Lo harás tú Guillermo, pero si te digo, ¡No respires! Entras en catalepsia y me dejas que siga yo. ¿De acuerdo? Cerrad, con todo cuidado.
–Sí señor. Sus caprichos son para mí una orden, y así lo haré, pero estoy seguro, que no tendrá que decirme nada negativo, hemos aprendido todos mucho a su lado, “Insigne Maestro”.


Un pequeño escándalo llena un tanto el lugar por las criticas al ayudante que acaba de lanzar un piropo al jefe y a todos le ha sonado, inclusive a mí, como lo que corean, así como felicitación por la autorización para que pueda operar, algo que evidentemente alegra a todos lo presente, justo pago por su conducta y pulcritud que ha demostrado durante más de seis meses.:


–¡Pelotillero! ¡Pelotillero! ¡Pelotillero!…


Y la palabra se prolonga de forma sucesiva mientras dejo todo y me alejo de la mesa, al tiempo que me quito los guantes, y ya lejos, empiezo a hacerlo con la bata y otras piezas del equipo cuando ya estoy fuera.


Me tumbo en una butaca con orejera y saco un pitillo y el mechero, y enciendo un pitillo, un extremo que estoy madurando que voy a dejar, pues me ha dado cuenta de que ya sólo me gusta encenderlo y después, con rapidez lo apago.

CONTINUARÁ

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Comentario por Laura C. el agosto 31, 2018 a las 12:55am

Me sigue resultando interesante tu detallada exposición sobre lo que sudece adentro de un quirófano.

Tengo una curiosidad: ¿Qué significa 'pelotillero'?

Espero la continuación.

Abrazos.

Comentario por Trina Mercedes Lee de Hidalgo el agosto 30, 2018 a las 10:25pm

Marraciòn amena, interesante, descriptiva, explicativa donde se intensifican las relaciones entre el equipo mèdico antes y despuès de intervenciones quirúrgicas  que para quienes dominan este oficio, resulta pan comido.

Imagen relacionada

Comentario por hugo el agosto 30, 2018 a las 7:48pm

He leído la segunda parte del relato, querido José Ignacio, y me ha gustado tu estilo narrativo, mismo al que le pones la misma buena onda que dices haber tenido en cada cirugía, aunque, no pongo en duda que habrás tenido días muy difíciles en los que debiste dejar de lado la maleta de los problemas domésticos o de índole gubernamental para dar lo mejor de ti en el escenario vital que te reclamaba atención y precisión extremas.

P.S.: ¡Bien por lo de encender y apagar el pitillo, como tú dices! Me cuesta entender que haya médicos fumadores, aunque, existen incoherencias más llamativas que esta, claro. ABRAZO Y MIS FELICITACIONES POR ESTE NUEVO CAPÍTULO DE UNA HISTORIA QUE PARECE YA CASI "UN WESTERN SPAGHETTI"...

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