He terminado de escribir un libro, ¡aquí os dejo el prólogo para que leáis y opinéis!

PRÓLOGO

Año 710 desde la caída del Imperio. Hace 30 años...

Mar de Arena. Ciudad del Viento.

Hacía horas que el sol se había puesto, el desierto se había vuelto entonces una masa de arena seca y fría que envolvía el cuerpo en un abrazo mortal como si se tratara del dulce aliento de la muerte. Ninguna criatura salía en aquella tardía hora y la única luz que rompía la monotonía, procedía de un valle entre las grandes dunas, donde por varias noches la Ciudad del Viento, donde vivían algunas tribus nómadas del desierto, descansaba de su continuo vagar.

Los hombres del viento celebraban durante siete días las fiestas en honor a Diana, Diosa de los Vientos y protectora de los habitantes del Mar de Arena. Los gritos de júbilo salían continuamente de los pabellones, acompañados por una música casi mística, producida por instrumentos de viento, timbales, tambores y panderetas que parecían imitar las tormentas de arena más poderosas.

La única figura que caminaba entre las calles artificiales creadas por las casas, vagaba haciendo eses como si estuviera borracha, aunque probablemente se debía al aspecto de sus pies encallecidos, enrojecidos por la sangre que salía de las llagas.

El viajero deambulaba entre las tiendas, dirigiendo miradas furtivas hacia los símbolos de los clanes, que estaban bordados en cada una de las telas que formaban las puertas que separaban el desierto de las familias que se disponían a sacrificar los mejores bovinos.

Un sonido estridente provocado por un animal en estado agónico, le indicó al viajero que la ceremonia había empezado. No temía por los posibles guardias, sabía que los hombres del viento no los tenían, puesto que el desierto era a la vez su único protector y enemigo. Tampoco temía las represalias, los hombres del desierto estarían empujados por las leyes de la hospitalidad para recibir a un anciano herido con los brazos abiertos.

Quizás por ello, alcanzó el pabellón que buscaba sin necesidad de muchos tumbos, una tienda que estaba capacitada para albergar una o varias familias con una totalidad de veinte miembros. Con una mano temblorosa apartó a un lado la tela que tapaba la abertura, donde había bordado con hilos dorados y rojos, un fénix surgiendo de sus cenizas.

En el centro de la tienda había una mesa alargada, ocupada por hombres y mujeres de piel cetrina, que estaban atentos al hombre que encabezaba la mesa, cuya mano sostenía el machete ensangrentado, mientras proclamaba con grandes voces el nombre de la diosa:

-Gracias por este año, Diana. Continúa guiándonos por el desierto y protegiéndonos de los Amos de la Noche con tus flechas, Cazadora.

Con el último aliento que le quedaba, el viajero intentó llamar la atención sobre su persona, sus labios agrietados producto del viento cortante, se movieron pero su garganta solo fue capaz de emitir un gemido gutural que atrajo la atención de los que más cerca de la puerta estaban. Mientras caía al suelo, todavía fue capaz de escuchar como la gente se movía y la música dejaba de sonar. Había llegado.

 

Nariel observaba el anciano que estaba tendido de espaldas en un camastro de paja, cubierto por una manta de rayas de colores, cuya respiración por momentos era más dificultosa. Destacaba entre los suyos por ser pálida sin llegar a ser albina, pero demasiado blanca para aquellos hombres y para aquel lugar donde el sol reinaba todo el año.

Era una mujer hermosa, su cabello castaño caía hasta alcanzar su cadera, sus ojos destacaban en su rostro por ser almendrados, enmarcados por largas pestañas, que siempre atraían la mirada de los más atrevidos.

Nariel no conocía al viajero, pero sabía, por el símbolo que había entre sus ropas, de quién se trataba. Aquella presencia tan lejos de la civilización, solo significaba una cosa: Sylvara había muerto y Ariadna la necesitaba. Había temido aquel día durante años, y había esperado todo aquel tiempo que jamás sucediera tal cosa.

Un movimiento procedente del camastro, atrajo su mirada hacia el anciano, que se movía mientras sus labios se abrían y se cerraban tratando de pronunciar palabras. Ella levantó ligeramente su cuerpo y posó sobre sus labios un cuenco de loza con agua fresca procedente del pozo del Oasis de la Luna.

-Nariel-dijo el anciano abriendo sus ojos grises.

-Soy yo-respondió, intentando que no se notara que estaba temblando.

-Me persiguen, me persiguen los Amos. Sylvara ha caído, pero antes me entregó…-una tos flemática interrumpió sus palabras, cogió con dedos con forma de garfio el brazo de la mujer, apretándolo con sus últimas fuerzas. Volvió a tumbarse en el camastro y dijo:-dame mi mochila, por favor.

Nariel obedeció antes de percatarse de que el hombre sería incapaz de coger nada de ella.

-¿Qué necesitas?

No obtuvo respuesta, el hombre tendido la observaba ahora con la quietud propia de los muertos. Nariel miró de nuevo la bolsa que sostenía entre sus manos, la abrió y rebuscó entre las escasas pertenencias algo que pudiera servirle de guía. Al cabo de un rato sacó un pequeño libro de tapas viejas, lo abrió por la primera página y acarició la letra de su antigua maestra con los dedos. Leyó la fecha en la que estaba datada y un suave estremecimiento le acarició la espalda.

Eran parte de las memorias que su maestra había vislumbrado con sus propios ojos, unas memorias que abarcaban cuatrocientos años….

 

                                   Querida Nariel:

Si tienes esto entre tus manos es porque ya ha llegado mi hora, la caminante, la viajera, parte. Y no es para regresar a casa.

Mi misión siempre ha sido la de proteger lo que Ariadna me dio antes del viaje. No la culpo por la carga, ella misma tenía que proteger demasiado y teóricamente era lo más seguro, puesto que nadie tenía porque saber que era yo quién la portaba.

Nariel, quiero que sepas que no estoy arrepentida de nada. Lo que he visto, lo que he sentido, lo que he podido hacer, no podría describirlo ni con todas las palabras en todos los idiomas del universo. Solo puedo decir que lo vivas y lo disfrutes en la medida de lo posible. Tanto lo bueno como lo malo.

Si ves a Ariadna, es muy posible que ya no la reconozcas, nunca quiso seguir mis consejos. A su favor debo decir que ninguna de las dos conocíamos las reglas, es posible que eso mismo la lleve al abismo.

Todo lo que he podido recopilar, está aquí. No hemos podido averiguar qué o quién produce Yiara. La desaparición de las tres lunas y el sol durante un tiempo indeterminado es algo que todavía se nos escapa. Espero que tú tengas más suerte que nosotros.

Un saludo.

Sylvara.

 

Abrió una página al azar, hablaba sobre la guerra que había acaecido hacía setecientos años entre los Hombres del Norte y los feéricos. Aquel cuaderno no era un simple libro de historia, eran los hechos que la misma Sylvara había visto con sus propios ojos.

 

Año1983 antes de la caída del imperio. (Año -1 según la datación actual)

El egoísmo, ese sentimiento que envuelve a todos los seres del mundo en mayor o en menor manera, el egoísmo, ese sentimiento que lleva a la guerra tantas veces o más que el odio. Esta guerra no fue producida por otro motivo.

Los bárbaros del norte (más tarde conocidos como los Hombres Grises o los Hombres del Norte) nunca habían supuesto un problema, eran hombres que solo deseaban la guerra, el oro, la bebida y las mujeres. Todo eso cambió con la llegada de Drégar el Joven, el primer Rey del Norte y el primer emperador de Gaeda, unificó a todas las tribus de Mithar bajo un solo estandarte; y partió hacia el sur huyendo del frío y conquistando bajo la fuerza de choque de su ejército, los reinos que se interponían en su camino.

Investigamos a fondo de quién se trataba, pero todavía hoy sus orígenes son confusos. Algunos creen que se trataba de un Caído, pero ellos llegaron muchos años después.

El imperio se extendió por el norte del continente Asgur, llevando a la desaparición de varios reinos que había más allá de los Dientes de Dórian. Su civilización no era lo suficientemente grande para ocuparlo todo, así que se instalaron en los reinos al este del Mar de Arena, disfrutando de las mieses recogidas.

Supongo que nunca esperaron represalias desde el exterior, más aún cuando habían arrasado con todos aquellos que habían supuesto una amenaza para ellos y no habían podido controlarlos por falta de verdaderos efectivos. No obstante, su frontera al oeste, el desierto, no era una trampa mortal para Linur, que salió cuarenta y seis años después de su guerra civil, a plantar cara a los Hombres del Norte.

¿Casualidad? No, Nariel, debes de saberlo: Tanto yo como Ariadna tuvimos mucho que ver en eso. Aunque nunca Drégar llegó a presentarse en un campo de batalla, lo hizo Arkenos, su lugarteniente, que se había proclamado Emperador de Gaeda. Él mismo salió a defender el Paso de Girás, pero aún con la posición estratégica en su mano, los dragones de Aidara fueron suficientes para amedrentarlo….

 

Día 27 de Aylë. Paso de Girás.

 

Sus armas se entrecruzaron dos veces bajo la luz de un nuevo rayo, el entrechocar de las dos espadas se dejó escuchar una vez antes de que el trueno impidiese oír el segundo golpe.

“No te enfrentes a Aidara, no te enfrentes a Linur.”

Se alejó de ella cuando le alcanzó de nuevo en el costado derecho, abriéndole un profundo corte que le heló las entrañas. Hacía tanto tiempo que había escuchado aquellas palabras, que las había olvidado hasta ese momento que habían regresado recordándole que su padre le había advertido hacía tiempo ya, que Aidara era un enemigo mortal. La domadora de dragones la habían llamado, la Nakharma

—Los dragones no existen—murmuró apretando contra sí la espada, vigilando a su contrincante que se había quedado quieta sin avanzar—solo son cuentos de niños, no son reales, Padre. Alzó los ojos para ver de nuevo las siluetas que observaban la batalla desde el cielo, inmóviles, bajo la constante lluvia que había convertido el campo en un barrizal de sangre y cadáveres— no son reales, están jugando con nuestra mente.

Repetirlo le hacía sentirse mejor. Todo iba a acabar allí, en aquel combate entre un emperador y una Reina, el vencedor sería proclamado Señor de Gaeda. Apretó los dientes alzó la espada y cargó con un grito que salió de su misma alma.

Ella volvió a esquivarle con gracilidad felina, su cuerpo seguía impoluto, solo la sangre de sus enemigos lo manchaba.

—Arkenos—dijo Aidara—Retiraros ahora, volved a vuestra casa. Los Lowern y las Hadas pueden convivir en paz.

No le escuchó, no podía, lanzó un tercer golpe lento hacia su cabeza, ella tan solo le esquivó haciéndose a un lado, le miró a los ojos y entonces le atravesó el corazón con su espada. Fue rápido, e increíblemente indoloro, de pronto sus ojos dejaron de ver, su cuerpo dejó de sentir el peso de la armadura, su nariz dejó de sentir el olor de la sangre y las últimas palabras que sus oídos escucharon fueron:

—Perdóname Almarë. Recíbelo en el seno de tu aliento.

Aidara tiró de su propia arma, hasta que la espada quedó destrabada del hombre, quedando tan solo en ella la sangre que goteaba sobre el cuerpo todavía caliente. Se agachó, apartando de su rostro el cabello plateado para poder ver mejor la cara del joven imberbe que había matado.

Era guapo, de cabellos negros, muy alto. Sus ojos sin vida todavía le miraban desde el otro mundo. Metió la mano en una bolsa de su cinturón, sacó de ella dos monedas de oro y las puso sobre los ojos de él después de cerrarlos.

Aquel simple gesto produjo murmullos a su alrededor, las hadas no creían en Caronte, ¿por qué dejar dos monedas de oro al barquero entonces? Se levantó, alzó los ojos y miró a los sorprendidos hombres del norte que le rodeaban:

—Volved a vuestras tierras, cumplid el juramento.

Aquel era el final de la última y pobre esperanza de un hombre, que al ver las hadas sobre él había desafiado como último recurso a Aidara, provocando su propia caída en el pozo negro de la muerte.

 

Un golpe en el exterior interrumpió su lectura, Nariel alzó los ojos del libro y los dirigió hacia la tela que separaba su habitáculo del resto del pabellón. La fiesta hacía horas que se había terminado, aunque quizás el sonido había sido producido por un hombre que había bebido demasiado para ver una de las grandes mesas que todavía ocupaban el centro de la carpa.

“Me persiguen los Amos de la Noche”.

Aquella frase acudió de nuevo a su mente, como si el viejo que ahora reposaba en el camastro cubierto por una sábana, hubiese repetido aquellas palabras desde el otro mundo. Nariel ponderó la situación, los Amos no eran más que supersticiones que se venían produciendo desde que el mundo era mundo.

Un segundo golpe seco la puso en guardia, su mirada se posó en el arco y las flechas que estaban en uno de los rincones de la carpa, moviéndose despacio los alcanzó y se dirigió hacia la entrada de su cubículo tratando de no hacer ruido alguno. Pronto Nariel se dio cuenta de su estupidez, aunque no tuvo mucho tiempo de lamentarlo: la cortina se movió empujada por una corriente de aire, dejando entrever la oscuridad que reinaba fuera en el salón. Tuvo poco tiempo para actuar, tan solo pudo hacerse a un lado cuando la espada atravesó la lona y le alcanzó en un brazo, abriéndole un profundo corte que le congeló el alma.

Un dolor lacerante subió desde su hombro hasta su cabeza, gritó sorprendida y caminó hacia atrás sujetándose el brazo herido, dejando caer el arco, dio varios pasos hacia atrás, cogiendo el diario de su amiga y maestra.

Reculó hacia la pared que daba al exterior, trastabillando, mientras la tela se hacía a un lado y una sombra negra armada con una espada larga con su propia sangre recorriendo su hoja, entrara en la habitación. El frío tomó el aire, era como si todo el calor procedente de la hoguera que había en el centro de su cubículo, fuera absorbido por la sombra, al igual que la luz. Parecía que aquella presencia era un agujero negro que robaba la vida y el aliento a todos aquellos que osaran acercarse demasiado a ella.

-El cuaderno-su voz jadeante llegó hasta Nariel, quién desobedeció dando unos pasos inseguros hasta la lona que le servía de pared.

Fuera de la tienda escuchó el relincho de un caballo, la esperanza iluminó sus ojos, no obstante la sombra no estaba dispuesta a ceder ante nadie, siguió avanzando con la espada en alto, descargando con furia sobre Nariel su arma.

La mujer consiguió hacerse a un lado en el último momento, escuchó como la espada rasgaba la tela, mientras el frío cortante del desierto que se colaba por la rendija creada por el arma, entumecía sus huesos. Con un esfuerzo sobrehumano, obligó a su propio cuerpo a correr hacia la puerta, sin embargo, en ella había aparecido una segunda figura: un hombre alto y pálido, de cabellos dorados desordenados.

-Markus-dijo Nariel en un susurro de voz.


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