'Recogedor de cabos', relato del escritor cubano Pastor Aguiar

 

— Compadre, vas a tener que prestarme la fórmula, porque veo que después que dejaste el trabajo, vives como un rey. No imagino de dónde sacas el dinero.

Mientras depositaba la pizza clandestina en mis manos, me haló hasta un recodo del edificio del Poder Popular, detrás de unos pinos enanos.

— Cómetela con disimulo, que la policía está que no perdona ni a su sombra. Andan multando a todos los pizeros. Parece que es un delito llenarse la barriga. ¿Resolviste lo del permiso para recoger pasaje?

— No, dicen que mi carro me lo vendió la Revolución y no puedo lucrar con él. Por eso quiero que me digas algo de tu negocio, coño; dame una sed. Es que veo que tienes un rollo de billetes que no lo brinca un chivo.

Rodolfo miró a todos lados y me arrinconó contra la pared.

— Lo mío es recoger cabos y vendérselos a los fumadores.

— Cojones, eso sí que es un invento. ¿No te da pena andar agachándote por todos lados como un pordiosero?

Eran los años setenta, y desde hacía mucho, en el país del tabaco, éste se había racionado, con la razón de que era necesario exportarlo para ayudar a la economía, si total, era dañino, que se lo fumara el enemigo. Pero en el fondo, sabíamos que desde que intervinieron las tierras a muchos tabaqueros, la producción se vino al piso, porque ese cultivo es un arte y solamente quien nace y crece en él, llega a dominarlo. El caso era que una caja de cigarros, en el mercado negro, llegó a valer ciento setenta pesos, el salario mensual de un técnico medio. Los únicos que tenían derecho a comprar dos cajetillas, y dos tabacos torcidos cada quince días, eran los elegidos que habían cumplido la mayoría de edad al momento de hacerse el censo de fumadores en todo el país, y que cerró poco después, de forma que nadie más se agregó a la lista. Algunos vendían su cuota para subsistir, y otros robaban mercancía de las tiendas, o de las fábricas, alimentando un mercado negro del que participaban hasta los funcionarios públicos.

Era tanta la demanda y tan altos los precios, que la mayoría de los fumadores empedernidos andaban como fantasmas, oliendo el humo de algún vecino, mendigando una chupada de cualquier afortunado, de manera, que muchos se escondían para evitar el asedio. Entonces la inventiva de los desesperados superó cualquier ficción. Y surgió la profesión de recogedor de cabos, como era el caso de mi amigo.

— ¿Y cómo haces, cabronsón?

— Nada, que tengo que andar a cuatro ojos, y hasta jugarme el pellejo, porque a veces aparecen unos cabitos en cualquier parada, o en el portal de la cafetería, y vienen dos o tres a la carga. El más rápido, o el primero que saca el cuchillo, es quien gana.

— Ya veo, por eso no se ve ni una cenicita en ningún lado, le han quitado la pega a los de Servicios Comunales.

— ¡Ja! Así es, salvaje. Yo me levanto a las cuatro de la madrugada y me voy a la terminal de ómnibus, desde donde sale el carro para La Habana, y los que esperan la guagua del hospital. Allí recolecto una buena cantidad.

— Pero… ¿cómo haces con la mercancía?

— Tengo un suministro de papel que un socio le compra a un conocido que trabaja en la fábrica de cigarros de exportación. Por las noches cierro las puertas, les paso una tranca, y manos a la obra. Desbarato los cabos sobre el mantel, y con la picadura, voy armando los cigarrillos, envolviéndolos con el papel que te dije. Quedan mejores que esas mierdas que le venden a los censados.

— ¿Y a cómo los sueltas?

—  A peso cada uno. Mucho más baratos que las cajas de la bolsa negra. Con cincuenta que venda en par de horas, gano más que en una semana completa en el trabajo. Cualquier cirujano envidiaría tanto dinero. Pero no creas que es fácil conseguir la materia prima. Ya te dije, los fumadores matan por un cabito. Si alguien enciende uno, puedes ver a dos o tres esperando, para saltar sobre la colilla, y no la dejan caer al suelo. Además, muchas veces el tipo se fuma hasta los dedos, y lo que tira es apenas una mierda ensalivada. También persiguen los cabos de tabacos y les secan la baba, para molerlos y hacer picadura para rellenar pipas.

— Sí, tienes razón, Rodolfo. Ayer Juaneco andaba con una cachimba hecha de un trozo de caña brava y el tubito de aluminio, y la rellenaba hasta con hojas de plátano. Para colmo, hay una escases de fósforos tremenda.

— Shhhh, no vayas a decirlo ni a tu sombra; pero ya que lo mencionas, yo mezclo hojas de yerbas molidas con la picadura de tabaco, y saco el doble. Ni se nota, ja ja ja.

— No va a quedar un pulmón sano, hijo de puta.

— El que por su gusto muere….

En aquel momento vimos que el presidente del Poder Popular salía por un costado, encaminándose al carro. Rodolfo salió como una bala hacia el borde de la acera para recoger un buen trozo de cigarro, aún humeante, que el funcionario había tirado al cerrar la puerta. Después me hizo señas.

— Espérame un momento, que voy a hablar con la secretaria. Es amiga mía y me deja registrar los ceniceros.

De regreso, mientras lo acompañaba a su casa, me iba secreteando.

— Vamos, que te voy a mostrar las pipas que estoy haciendo. Ésas las vendo a veinte pesos, con un paquetito de picadura de gratis. Vuelan como pan caliente.

Al rato estaba en una esquina de la mesa observando cómo cortaba, con una segueta, los canutos de bambú, de manera que los dejaba como dedales, a los que pulía con papel de lija, y con una punta fina de metal, les iba haciendo un orificio perfecto, para incrustarle el tubito de aluminio de tres o cuatro pulgadas de largo, para chupar el humo por él. Así que daba el artefacto listo para la venta.

— ¡Y que dure la crisis, carajo!

— Ya veo que te conviene —Le dije sin salir del asombro— Ojalá tuviera tiempo, que me iba a meter en el negocio contigo.

— Claro que sí, deja esa mierda de la medicina. En tres días  yo gano el doble que tú en todo un mes. Pero mira, mientras te decides, si me colectas los cabos que dejan las enfermeras en el traspatio del policlínico antes de que llegue la gente de limpieza, te daré una comisión sangandonga.

— Bueno, me voy a fijar en eso, tratando de que no me vean.

— Óyeme, atiende, que tengo otro negocio para ti, y eso sí es una mina de oro. Como tú haces tantas guardias y tienes control del salón de curas, échate un pomito de alcohol en el bolsillo, y cuando vayas a desayunar, me lo dejas en tu albergue.

— Me estás metiendo en candela, socio. Si me agarran caigo preso. Además, le están echando colorantes, para que nadie pueda tomárselo, y le ponen un aviso de veneno.

— ¡Ja! Eso es cuento; ya inventé cómo filtrarlo. Así es mejor, porque piensan que no se lo van a robar. Con medio litro yo saco dos botellas de ron de primera calidad, a cincuenta pesos cada una. Y mira, le pongo un trocito de mangle rojo, lo que le da un color añejo que ni los expertos se darían cuenta.

— Pues lo voy a pensar. Es muy probable que mañana mismo te traiga la primera carga; pero quiero diez pesos por cada botella que vendas.

— ¡Trato hecho!

 

© 2012 by Pastor Aguiar

 

 

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Comentario por Pastor Aguiar el marzo 2, 2015 a las 1:27pm

El caso específico del cuento tiene mucho de ficción en cuanto a nombres, etc; pero lo de recogedor de cabos y otras artes obligadas por la miseria, fueron y son realidades que viví personalmente. Gracias, amigo. Un abrazo.

Comentario por Oscar Martínez Molina el marzo 1, 2015 a las 8:52pm

Muy bueno Pastor.

si fue o no fue realidad, lo cierto es que la narrativa hace que se aleje de esa realidad, y uno, lector ajeno, pueda imaginárselo. 

Comentario por Creatividad Internacional el mayo 8, 2013 a las 5:22am

La realidad sigue superando cualquier ficción, es el problema...

Comentario por Pastor Aguiar el mayo 8, 2013 a las 12:27am

Muchas gracias, Javier. Fueron tiempos en que la realidad superaba cualquier ficción, lo inverosimil era la regla. Un abrazo grande.

Comentario por Javier Aviña Coronado el mayo 7, 2013 a las 9:33pm

Estupendamente desarrollado. Mira que se requiere ser todo un escritor y, además, dueño de un extraordinario sentido del humor para narrar una realidad amarga. 

Comentario por Pastor Aguiar el septiembre 11, 2012 a las 4:35pm

Gracias, amiga. Y es basada en hechos reales. Un abrazo y buen dia.

Comentario por EMNA CODEPI "Pintura-Poesía" el septiembre 10, 2012 a las 10:08pm

Que buena historia, me encantó leerte, Felicidades.

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