ROJA PINCELADA DEL RUKAPILLAN.

Autora: María Emilia Fuentes Burgos.

 

En ese idílico lugar cordillerano rodeado de lagos donde la naturaleza se enseñorea, el trinar de avecillas obliga la mirada hacia lo alto, los ojos se arropan de nieves blancas y perfectas ¡Del extraordinario macizo inmaculado!

Heridas profundas permanecen aún en rugosa piel impregnada para siempre de momentos de dolor y sorpresa, hace ya cerca de cinco décadas ocurridas a vidas de sencillez y esfuerzo.

Hoy, la naturaleza recuperada exhibe múltiples tallos de especies que florecen con arrogancia en laderas, cerros y hacen alarde de su fortaleza.

 

Esa mañana la montaña estaba cargada de densos nubarrones suavizada por moderados vientos abochornados que al viejo Miguel, como hombre acostumbrado a ese terruño, le pareció extraño, tanto, que lo recorrió un escalofrío, detuvo su mirada más arriba de los bosques tapizados de añosos árboles, el viejo bajó la cabeza y sin achacarse emprendió su marcha por esa belleza milenaria de intrincada vegetación con sus entrañas cargadas de historias del año ñauca, de jornadas embarazosas por lo abrupto del lugar.

Todas las mañanas con la luz del alba apenas en asomo el viejo Miguel arreaba sus animales que eran su tesoro: cinco vacas y cuatro terneros, los guiaba hacia lo alto donde todavía quedaban pastos verdes, por esa ruta longeva cerca de los acantilados, orillado por incontables árboles nativos: hualles, coihues, raulíes, canelos, lingues, laureles que descollaban inmutables y alzaban orgullosos sus perfiles cerrando con  abrazos sus copas en lo alto, con sus raíces incrustadas en la vanidosa  montaña. Mañungo, su hijo, tras el viejo apretaba el lazo de su alforja de cuero provista con el tarro de harina tostada, un jarro, unas pocas manzanas y tortillas de rescoldo untadas con miel, su cocaví para el día.

  Por allá, en ese inhóspito paraje se quedaba Mañungo vigilando los animales todo el día, acompañado de su perro Curiche, que parecía oveja por lo chascón. Mañungo aprovechaba distintos frutos silvestres, como el maqui que coloreaba su boca de negro-morado; tiraba piedrecillas con su palo de onda a los enormes hualles para robarles sus frutos, los ricos digüeñes y otras veces, arañado por las puntiagudas  hojas de las plantas de  chupones y con avidez engullía sus frutos blancos y alargados.

Soñando algún día ser como su padre. Con sus catorce años ya había aprendido las tareas del campo, como el mayor de tres hermanos era su deber ayudar a su padre cuando él lo requería y cuando las faenas se lo permitían marchaba rumbo a la escuelita del pequeño caserío junto al lago a dos kilómetros de distancia, contento tiraba piedras al río y de paso recogía alguna florcita para su maestra.

Admiraba a su padre por su gran sabiduría, amante y siempre respetuoso de la naturaleza. Miraba la destreza de ese hombre viejo enjuto por el trajín del campo, de mirar indefinido, manos grandes callosas y que casi curcuncho recorría cuestas bastante dificultosas, pero no mermaba el tranco, de vez en cuando un- ¡Arre! ¡Arre! Y seguía subiendo. Allá abajo, cual culebra retorcida muy chiquito se veía el río que asomaba del costado del volcán.

 

Al borde de una elevación quedaron de frente ante el espectáculo jamás visto. Con ojos desorbitados y boca-abierta miraron al otro lado del río donde continuaba la montaña con desniveles, casi cortada la respiración. Totalmente aturdido, tiritándole la pera, horrorizado ante semejante ostentación de devastación, el viejo Miguel tomó la mano de su hijo que asustado lloraba.

Poderoso el Ruka Pillán- casa del Pillán- (Volcán Villarrica), había despertado de su largo sueño. ¡Los espíritus estaban irritados!  Y los caseríos cercanos serían víctimas de su furia.

Gigantesco hongo cubría su cono, como enorme sombrero. Su cráter arrojaba enormes fumarolas de gases, vapor de agua de colosal altura y notable cantidad de lava incandescente que buscaba cauces naturales por atajos hacia los lagos cercanos arreando todo a su paso y envolviendo el lugar con ensordecedor ruido que parecía estallaran los abismos, como si una mano gigantesca arañara las entrañas de la montaña sacudiendo todo al compás de una lluvia de ceniza; comenzaron a rodar piedras, árboles, rocas en intermitente danza diabólica.

Urgidos salieron en loca carrera hacia el descampado, tropezaban con pequeños animalitos que huían despavoridos, tosiendo Miguel sacó su chalina y le puso en la cara a su hijo, sacó el cinturón y amarró a Mañungo de la cintura, tomó firme  el extremo:

—¡Vamos, cabro chico, vamos a ver la vieja! —le dijo—. Y cuesta abajo se las enfilaron, Mañungo gritaba a su Curiche, el perro habría el hocico, pero nada se oía,  pensaba en los animales, pero su padre corría desesperado, todo era un caos, corrían descendiendo entre lluvias de piedrecillas y cenizas, Mañungo caía al suelo pero el viejo Miguel lo arrastraba entre la oscuridad amenazante. La meta era alcanzar el puente, al frente en el recodo estaba la ruca familiar. Su padre con señas le indicaba que aferrara la alforja, en un segundo el viejo Miguel lo tomó en vilo y lo sentó entre dos árboles en forma de horquilla, lo empujó hasta quedar prisionero:

—¡Quédate aquí mijito! —gritó. Y se lanzó sobre el puente que danzaba con sólo cuatro tablones y enormes clavos que sobresalían de los bordes. No pudiendo conservar el equilibrio, Miguel, inmediatamente cayó de rodillas y lo último que pudo hacer fue  agarrarse de unos cables sueltos que caían hacia el río, con ojos desorbitados miraba quien abrazaría su destino.

—¡No, no! —lanzó, Mañungo horrorizado. Miró hacia el Volcán, desde su borde salía una enorme lengua roja que agitada lamía y sofocaba la blancura, arrebataba en segundos la quietud milenaria. Sin poder creer Mañungo observaba el aterrador desbarajuste. El rio, verdadero hilillo que al caerle la lava herviente, en baile fantasmagórico se acoplaba elevando enormes nubes blancas. El sector cada vez más al rojo vivo arrastraba todo en su marchar hasta sumergirse como tromba para calmar su fiebre, en el lago Calafquén.

Los espíritus de la montaña al fin se liberaban rugiendo enfurecidos de tantos años obligados a guardar sus secretos.

Temblando Mañungo se obligó a mirar el puente, ¡Ya no existía! Había desaparecido tragándose a su padre, el lugar donde estaba su ruca lo cubría la lava roja y brillante, también su familia había sido devorada por abusivas lenguas de fuego que corrían indolentes al otro lado. En la base del árbol donde lo había dejado su padre sentía los corcovos que venían del fondo de la montaña que hizo que el día fuera castigado y envuelto en negra noche. Entre violento desorden con carita bañada en lágrimas y con su corazón latiendo ausencias, la oscuridad lo atrapó y se durmió.

 

La montaña apaciguaba sus sacudidas; Mañungo ya consumido su roquín (alimentos) vagaba días enteros en busca de un alma que lo ayudara, caminaba lento ya que la espesa ceniza cubría todo dificultando su andar. Al fin divisó el poblado y los camiones del ejército que venían por los sobrevivientes, pero una quebrada lo separaba de la ansiada ayuda.

   De pronto escuchó unos gritos…, un viejito le hacía señas, al acercarse vio su cara curtida por los años y con una sonrisa que le llegó al corazón. El viejo echó la manta sobre sus hombros y aprisionó su mano guiándolo a la ruca. Una mujer muy vieja le tendió un pedazo de tortilla y un mate, con una mano muy vieja:

—¡Come niño, come, no sé cómo te escapaste, esto siempre es un infierno cuando los espíritus se enojan! —creyó escuchar—, pero la anciana no abrió la boca.  

Según pasaban los días el temor aminoraba y el silencio abrumador colmaba su existencia. Pasaron semanas…, ya se pudo transitar hacia la escuelita y Mañungo se las emprendió en busca de alimentos por esos difíciles declives. De camino observaba asustado cual animalito herido, Mañungo miró de reojo hacia su montaña allá había quedado su familia sepultada; en su mente todavía nublada por horrenda vivencia abrigaba pequeña esperanza de encontrar algo que trajera a su espíritu un poco de consuelo y así tranquilizar su alma angustiada. El amor a la tierra que su padre le había inculcado brilló con una esperanza: 

—¡Este es mi lugar junto a las araucarias y al Volcán, junto a esta  cordillerana vegetación ancestral está mi hogar, este tierra corre por mis venas y prometo jamás abandonarla! —dijo con voz clara.

Usando su ingenio reunió varios alimentos y rápidamente endilgó para el cerro junto a dos lugareños que quisieron cerciorarse de lo que el muchacho contaba, pensando había perdido el juicio, ese lugar era casi inaccesible, ¿cómo iban a vivir esos viejecitos? Llegaron arriba, nadie salió a recibirlos, extrañados buscaron con ahínco por todos lados, los perros avanzaban y retrocedían gimiendo, nada.

Esperaron… ¡Pero nadie apareció!  ¡La ruca estaba vacía!

El niño quedó desolado e insistía que esos dos viejecitos arrugados le habían salvado la vida. ¿Dónde se habían ido?

Buscaron en el pueblo a los lugareños más ancianos, ellos aseguraron que ya hacía decenas de años nadie subía a ese terreno escabroso y menos alguien se atrevería a vivir ahí después de lo que había sucedido muchísimos años atrás cuando dos jóvenes enamorados, hijos de familias enemigas que no permitieron su amor, escalaron a duras penas a la choza y permanecieron hasta que se les terminó la comida, ahí los encontraron abrazados, fallecidos.

 

Los años pasan y Mañungo con su barba blanca al viento, en el terreno agreste de su padre sigue con su vida adelante junto a las araucarias, a lo lejos, la belleza del volcán no opaca la imagen impresa en su mente de esa terrible experiencia vivida  cuando niño y del cariño recibido en la ruca abandonada por esos amorosos ancianos, mientras más piensa, menos comprende lo ocurrido.

¿Y los viejitos?

 

¡Sepa Moya que pasó!

FIN. 

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Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 11, 2018 a las 1:08pm

A los amigos integrantes de esta valiosa red, que pasaron a dejar su huella con un "me gusta" en mi trabajo, les envío mi agradecimiento y un saludo desde Chile.

María Emilia.

Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 10, 2018 a las 10:17pm

Poeta Nelson,:

Cómo me gustaría escribir como tú lo haces, sabes que te admiro. Me dejas tan bello comentario que me siento abrumada, pero a la vez contenta ya que son inyecciones de aliento para seguir. 

Un relato que tiene mucho de verdad, conversando hoy con gente del lugar te  asombrarias de las  historias que tienen guardadas y enlazan el amor filial y ese terrible drama. Gracias mi querido amigo por tu paso y tu huella.

Un abrazo fraterno y felices días.

Emi.

Comentario por NELSON LENIN AGUINAGA ORTIZ el julio 10, 2018 a las 9:24pm

Con tú mágica pluma y ese numen impresionante, vas dando forma a ese paisaje donde se desarrollan los acontecimientos con Mañungo como protagonista principal, sus padres, su perro, y ese entorno que marca su existencia cuando ruge el volcán y trastoca la existencia de este muchacho, pero el fiel a las enseñanzas se queda en la tierra que le vio nacer aunque esa parte de los viejitos emociona y le pone a uno a pensar, pero tu final es esplendoroso como todo el relato que aplaudo y felicito talentosa poetisa, escritora y brillante numen que te hace portentosa, mis felicitaciones y mis saludos fraternos para ti 

       

Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 10, 2018 a las 8:42pm

Hugo, poeta-escritor, conmovedor, indudable.

Gracias por tu visita a mi trabajo.

Que tengas felices días. :)

Comentario por hugo el julio 10, 2018 a las 7:06pm

Conmovedor.

Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 10, 2018 a las 3:04pm

Glorita querida, sorpresa mayúscula me llevé ayer y verte con tu publicación hermosa, como sólo tú sabes hacerlo. Y verte volver y a mi trabajo, ufff estoy feliz! 

Sí, la naturaleza es sorprendente, de lo maravillosa que se ve y se disfruta, en un tris se vuelve peligrosa. Un placer pasaras a leerme Glorita, (Por grave  enfermedad estuve ausente, ya recuperándome)

Muchísimas gracias, amiga, espero no te alejes.

Que Dios te siga bendiciendo.

Abracitos miles. 

Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 10, 2018 a las 2:42pm

Don Irredento Decimeón, ché amigo, elogioso comentario veo en mi publicación aunque con sorpresa veo que también tiene su corazoncito, lo denunció su barriguita. Cuando asoma el amor filial no hay nadie que lo resista, ahí quedó Mañungo sin su padre y sin su familia, como representante de decenas de personas en esa desolación macabra y que muchos recuerdan hasta hoy.

Agradecida de su visita don Irre y póngale espuelas a su pingo cuando vea un humito para este lado y sienta unos suspiros raros, mire que ni se sabe cuando esta casa de los espíritus se despiertan.

Un abrazo hasta el otro lado.

Comentario por Ma. Gloria Carreon Zapata el julio 10, 2018 a las 2:33pm

Excelsa tu narrativa querida y talentosa amiga, que tragedia, sin duda la furia de la madre Naturalza es implacable. Un gusto disfrutar de tus maravillosas letras después de tanto tiempo sin leerte.  Te envío un cálido abrazo desde México.

Comentario por María Emilia Fuentes B. el julio 10, 2018 a las 2:26pm

Querido amigo Juan Ignacio, muy bello tu comentario resaltando la parte humana, donde el amor también tiene parte preponderante (aunque venga de los mismísimos espíritus dueños de la montaña), en ese terrible drama de una naturaleza desatada ocurrida en esos años.

Gracias por tu paso y sabía lo apreciarías Maestro. 

Un buen día para ti.

Mi cariño y mi abrazo hasta Toluca.

Emi.

Comentario por Irredento Decimeón Moreira el julio 10, 2018 a las 1:14pm

¡Ña María Emilia, chamiga,

su rilato eh un portento

que me a puehto mui contento,

perdóneme que lo diga!

Pero, sentí en la barriga,

aunque parehca curioso...

un cohquiyeo mui nervioso

al pensar en don Miguel

que tuvo un dehtino cruel

en aquél día pernicioso!

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