- ¡Gracias, gracias¡ No… así estoy bien. Tendré que acostumbrarme. Gracias Perla…Beatriz. Gracias mil. Chau. No, no…claro que lo sé. Las llamo…chau, chau.
Retribuye el último saludo solidario aleteando la mano. Cierra la puerta de calle con alivio.
La abate el proverbial cansancio de las plúmbeas horas de vigilia en torno al cuerpo de un difunto, y las no menos sobrecargadas muestras de afecto compungido de los familiares, amigos y allegados, sin merma hasta el instante final de la inhumación.
Fruto del tedio, la angustia y el agobio tentacular le cuesta respirar y pensar con naturalidad. Los bolsones negros que se insinúan en los párpados dilatados atestiguan con elocuencia su actual estado de ánimo.
“Por fin sola… por fin”
“Sola”.
Deposita los bolsos en el piso. Se desploma sobre una silla apoyando un brazo lánguidamente sobre el borde superior del respaldo; cruza una pierna e inclina la abatida cabeza como aguardando la explicación prometida.
Se huele la axila con repugnancia. Desabrocha cuidadosamente una sandalia y luego la otra. “¡Qué alivio¡”
Chancleteando se dirige hacia el refrigerador por una cerveza. La destapa e ingiere por el pico varios tragos largos. Extrae del gabán un par de pañuelos arrugados, los arroja con indiferencia en el depósito de la lavadora.
Observa que hay ropa suficiente para una nueva tirada. Va en procura del polvo de jabón. El aroma a lavanda le trae reminiscencias de diversos tiempos que convergen en una aventura.
Deprime un par de botones y las piezas del aparato comienzan su trepidar rutinario. Entre lágrimas secas escancia otro trago.
Bruscamente algo se ha corrido de lugar dentro del pecho.
Se hace la noche rápidamente. El gato yace dormido sobre la cola recogida. Una suave melodía hace que desvíe sus ojos hacia el viejo reloj de pared.
Recordando algo encaminó sus pasos hacia los bolsos. Con inquietud revolvió hasta hallar lo que buscaba. Colocó el reloj pulsera sobre la mesa del teléfono y se calzó el anillo en el anular no sin antes verificar lo que ya sabía: El “Clara a José 18.9.1992” grabado en el reverso. Adelantó la mano para observar con detención el dedo doblemente ensortijado. Arrojó aliento sobre las piezas y las frotó en la pollera de tela áspera, luego se las quitó y guardó sin mostrar interés en un pequeño cajoncito.
“Sola”
Suena el teléfono. No lo atendería, así repicase por horas. Muchos la han “acompañado al sentimiento” y la cosa se ha tornado de nunca acabar. “La admirable disciplina social respecto al culto de los muertos y la fraternidad pegajosa en relación a los deudos es sencillamente mortificante”, se justificó.
Consultó el celular constatando la abrumadora acumulación de mensajes.
“Me haré un sándwich…esa espantosa comida de sanatorio, ajjjj.”
En la cocina, con dos o tres elementos manufacturó un par. Los engulló con hambre atrasada. Masticaba enérgicamente al tiempo que observaba con avidez de niño ansioso la huella de los dientes en el pan. Relame la mayonesa pringada entre los dedos.
“Pobre José…murió sin conocerme”
Ensayo una ironía:” Viuda insatisfecha se ofrece”.
Un trozo de huevo duro se desprendió del emparedado depositándose grotescamente entre los senos maduros. Con la punta de dos dedos se lo llevó a la boca; lengüeteó por varios segundos sobre ambos nudillos.
Con el apetito satisfecho se sentó sobre uno de los sillones del living estirando todo lo que pudo las piernas abiertas en tijera.
Cruzó los brazos mirando con fascinación la pecera iluminada.”¡La comida de los bichos¡ Pegó un brinco. Volcó en el agua una porción abundante de polvillo blanco y ajustó el aparatejo renovador del oxígeno.
Volvió a su lugar recogiendo las piernas sobre el asiento mullido. Sentía una incomodidad a nivel de pantorrillas y los ojos le ardían intensamente.
“Pobre José…yo deseándolo sobre mí todo el día como una hembra que se precie y él, cuidadoso celador de la imagen de su señora, apenas empastado de furor sexual respetuoso, una o dos noches a la semana me hacía el amor de eterno principiante. La dama que colmó sus sueños de padre de familia se ha quedado sola, notoriamente ajada y descartable en el casillero de los cincuenta; y él…pobre José, ni padre, ni amante, ni nada. Tuvo que morir para exaltar la vida silenciosa, viva y pura…obscena y marrullera que me aguarda sin prisa”.
Sintió el peso del silencio y aquella voz que desde algún espacio cósmico le advertía…” que iba a realizar las compras al supermercado y que si precisaba algo, que si compraba chocolate como todos los viernes; que si tenía que cambiar billetes grandes; que hacía mucho frío, y que esta noche se acostaría con la bolsa de agua caliente; y que parece que los del sindicato andan otra vez en líos…los comunistas, claro; que le gustaría tener un perro para sacarlo a pasear, que la notaba más pálida que de costumbre y que “alguno” llamó y le cortó, y que eso es de todos los días y cuando atendés vos hablan y te vas para el dormitorio, y que me parece que eso no está bien, y que bueno, que cada cual tiene su vida propia y que uno no es quien para juzgar a la gente, y que creo en tu honradez como lo hice toda la vida, y que me voy a apurar porque ya salen los pibes de la escuela y me gusta verlos corretear por la vereda…”
Debía agradecer a la Providencia este milagroso favor. Los perros volverían a llamarse perros y los ravioles, ravioles. Redactaría cartas de amor y el espacio no sería suficiente para abarcar la ansiada gloria de acabar con estos años vividos en su compañía, penosamente aplicados a ejecutar un rito contra natura.
Atravesó la estancia y subió por la escalera hasta el primer piso. El goteo de la canilla de la pileta del baño no cesaba. Se echó de bruces sobre la cama e intentó dormir…”Nunca usé condón y no sé como ponérmelo, ¡la pucha¡ …otra vez nos quedamos sin yerba para el mate. Quién te peinó así ¿el enemigo? Que me venís con la política, lo único que me interesa es el fóbal y no me jodas con ese asunto del teatro. No se me paró…mala suerte, para otra vez será, dejame dormir. Salí de encima mío, hoy trabajé como un burro y no tengo ganas de nada…soltá eso. Soltá te digo…que me lo vas a arrancar y después ¿con qué meo? No tenemos hijos ¿y qué?...el gato es buena compañia. Te aviso que me he dado cuenta que me estás tomando el vino. Mejor fuera que te pusieras a trabajar…
“Sola”

LUIS ALBERTO GONTADE ORSINI
Octubre de 2011
Derechos reservados.

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