Cucumpa. Fotografía del Capitán Enrique Mahr Kanter

That’s all Right mama

Primer single de Elvis Presley

El día domingo, en punto de las once de la mañana, recibimos la visita de tío Miguel. La mañana había abierto lo linda de soleada considerando que, antes de ese día, el sol había estado velado con grises nubarrones y tupida llovizna. En cuanto entró a casa no hicimos otra cosa que atiborrarlo a preguntas. Mamá preguntaba por la tía Angélica, su esposa, y nosotros por los primos Delmar y Antonia mientras que, de reojo, indagábamos en el equipaje señales que, nos hicieran ver, algunos regalos para nosotros. El tío Miguel se trompicaba con las frases queriendo dar, a cada uno de nosotros, puntual respuesta. De los regalos, enseguida pudimos constatar que nuestro sentir era correcto. A mi hermana Lulú la regaló un vestido de holanes, y una muñeca rubia regordeta y de ojos azules, con un vestido a rayas que, en la caja, decía llamarse Katy. Era de goma dura y brillante, y olía a caucho. A mamá la obsequió con dos telas para vestidos, y una chalina negra. -para las misas. Dijo el tío Miguel. A papá le trajo dos camisas blancas y un paliacate de seda ¡ah! Y una navaja suiza. Yo veía como la maleta de los regalos iba poco a poco vomitando su mercancía, sin ver la mía. Finalmente, tío Miguel se fijó en mí y en mis ansiedades y sacó del fondo de la maleta una gorra de beisbolista y me la entregó. -para ti hijo. Exclamó mientras al mismo tiempo me colocaba la gorra en la cabeza, dando después por concluida la sesión de regalos. Algarabía de mi madre, mi hermana y mi padre por aquellos presentes. Exclamaciones de agradecimiento de ellos y la sonrisa forzada en mi cara, seguramente imposible de disimular mi estado de ánimo. Se ofrecieron agua de limón y pequeños antojitos al tío mientras la servidumbre tomaba el equipaje para llevarlo a la habitación de visitas. Y justo cuando el sirviente cogía la maleta y el bolso para cargarlo la exclamación que, ya para esos instantes, no esperábamos del tío Miguel. -¡que bruto, por poco se me olvida! Dijo, y sacó de su mochila una cámara fotográfica kodak, en su carcaza de piel y su correa para colgarla al hombro, después, extrajo de su mochila diez rollos de película. Me extendió cámara y rollos haciendo un guiño a mis padres.  Tenía yo en aquella época, quince años cumplidos. El manual y el instructivo de la cámara y de los rollos de película me los devoré en una tarde completa. Abría y cerraba el obturador, calibraba el objetivo, veía con asombro cómo, a cada movimiento de mis dedos, correspondía un abrir y cerrar el diafragma. Definía hasta qué distancia podía enfocar un insecto o una pequeña flor, y hasta qué luminosidad podía aclarar con nitidez los objetos de mi recamara. Entusiasmado salía al balcón de la casa y a través del objetivo encuadraba paisajes, casas, y a toda persona o animal que, inocentes, se atravesaban en mi campo visual. Sin haber abierto un sólo rollo de película, leí cuidadoso todas las instrucciones que debía tener en el cuidado de estos. Finalmente, me enteré por mi padre que, cada rollo, debía ser revelado en laboratorios especiales y para ello, debía llevarlos a la farmacia del pueblo para que ellos hicieran el trabajo de enviarlos, recogerlos y finalmente entregarme de vuelta las fotografías impresas. Una vez pasadas y repasadas las instrucciones y las prácticas de disparos en falso, finalmente y con ayuda de tío Miguel, monté por vez primera el rollo dentro de la cámara, la maniobra fue como si de un experto se tratara, introduje la película, enganché el extremo libre a la cremallera, cerré la tapa de la cámara y corrí el rollo para que se enrollara. Para mi primera fotografía pedí a mi madre que posara, y rauda y presta corrió a ponerse guapa a su recamara. Por cierto, mi primera fotografía no fue esa que pensaba, de mi madre posando, sino que, mientras ella iba al arreglo y la coquetería, se me ocurrió hacer enfoques y desenfoques del dedo gordo de mi pie derecho, y entre amago y amago de disparo resultó una hermosa fotografía con detalles de la uña, la cutícula y el pulpejo, pero, volviendo a lo de mi madre una vez de vuelta, dispuse que se situara justo en la escalinata del amplio corredor que rodeaba la casa. La luz caía inclinada sobre el rostro de mi madre, iluminándola a tres cuartos de perfil, dispuse también que, las manos, cruzaran por delante de su cintura y se entrelazaran entre sí. La sonrisa de mamá discreta y sutil ¡Y así salió! Después de ella posó papá y mi hermana, y el tío Miguel, y Teresa la nana, y José el mozo de casa, y la gallina sarada y el gallo colorado, y los caballos y en fin, los peones y sus mujeres, y el arroyo junto a la casa y por supuesto yo, frente al espejo de nuestra enorme sala. Disparo a disparo se me fue la tarde de aquel domingo, y las tardes de aquellos años. Había sido la mañana del domingo diecisiete de marzo de mil novecientos cincuenta y cuatro, el tío Miguel regresaría de nuevo a la ciudad cinco o seis días después, y fallecería en el trayecto en un accidente carretero. Ni mi hermana ni yo iríamos al velorio porque aquello, según ordenaban las normas, era sólo cosa de adultos.

En julio del ese mismo año, cumplí dieciséis años de edad, la finca rebosaba de actividad con el corte de café. Decenas de indios transportados desde San Cristóbal y sus alrededores, capataces y peones yendo y viniendo de uno a otro lado. Papá me apuntó en la tarea del control de la radio. Y entre orden y orden, me daba a la tarea de buscar en la onda corta de la radio, estaciones allende las fronteras, y así milagro de los milagros. Elvis Presley That’s all Right mama

Well, that's all right, mama

That's all right for you

That's all right mama, just anyway you do

Y con esta pieza vuelta joya, el blues se había metamorfoseado en rock and roll y ese mismo mes yo mismo, me transformaba camaleónicamente de niño a varón, nuevamente la kodak en mis manos y las travesías al terminar el día entre cafetos y las canoas de lavado, y las plazoletas para secar el café, y los silos para resguardarlos durante las frescas noches ¡Y Catherine Giesemann! Sobrina de los Giesemann, administradores de la finca, y asistente de papá.  Catherine y sus extrañísimos ojos azules grisáceos, posando de tarde en tarde para mi cámara, su sonrisa prendida del objetivo de la lente. La rubia cabellera tan extrañamente ondulada, y los pómulos sonrosados y tersos. Las correrías para rescatar de la farmacia las fotografías impresas, ella y yo. La locura con Elvis repitiendo una y otra vez aquel sencillo That’s all Right mama, That’s all Right mama, That’s all Right mama, That’s all Right mama…

Y la locura ¡espléndida locura! La intensa mirada de Catherine Giesemann, a sus dieciocho años y la precocidad mía, That’s all Right mama. Disparaba la cámara con la locura prendida en mis ojos, con el nerviosismo de mis manos sosteniéndola tembloroso, Catherine y su propia locura mirando fija a la cámara, siguiéndola a cada disparo el objetivo. Y por qué no seguir adelante, un pasito más, otro intento, otra mirada a la cámara, otra subida de tono. La solitaria bodega en que nos hallábamos lo invitaba a todo. La Giesemann, así la llamaba mi madre, despojándose poco a poco de sus ropas. La blusa primero y tres o cuatro disparos de la cámara, y ahora además de la blusa, el corpiño y tres o cuatro fotografías más, la insania de aquellos senos firmes, pequeños, redondeados, pecosos, después, fuera la falda y las pantaletas. That’s all Right mama, That’s all Right mama. Raíz de los insomnios muslos, vientre plano, montículo de venus, hogar de los pecados. La tarde había caído en la finca cafetalera de papá, la penumbra y la neblina que se iban comiendo el día. Y si no había más luz para las fotografías, la locura llegó esa misma tarde, desde el fondo de mi alma y desde el despertar de mis ansias de varón. La Giesemann no tan sólo se convirtió en mi locura sino que, aquel nombre, se comía y se bebía en casa en cada grito de mamá, en cada reproche de ella a mi padre, en cada silencio de papá. Elvis pasó de rey a demonio, la radio se convirtió en el engendro del mal, la cámara en los ojos de satanás, y Catherine en la encarnación de lucifer. Finalmente, este universo tiende a alinearlo todo. Los años sesentas me tomaron de nueva cuenta en la cordura de los estudios en la universidad, la tranquilidad de mamá sólo se veía trastocada en las épocas de vacaciones en las qué, ansioso, volvía a la finca y a la radio y a la cámara fotográfica, y por supuesto a Catherine y sus ojos azules grisáceos y a su cuerpo maravilloso en el que me refugiaba de tarde en tarde y de madrugada en madrugada. En casa, Catherine Giesemann, la Giesemann de mamá, extrañamente, se había ganado un lugar en un mundo de rectitud y orden. Por las mañanas posaba desnuda para mi lente, y al caer la tarde, era invitada por mamá, para la cena. ¡La Giesemann! Catherine se metió a mi vida por el objetivo y el obturador de mi cámara, que por cierto, había sido un encargo de mis padres al tío Miguel, para mí. En particular, el encargo lo había hecho mi madre. Durante el primer mes que, tuve mi cámara, la mujer que más posó para mí fue mamá y esto la hacía a ella, inmensamente feliz. Sobre todo cuando a vuelta de correo recibíamos las decenas de fotografías impresas, que, revisábamos meticulosamente y con las qué, tapizamos literalmente, las paredes de casa, y adornamos repisas y credenzas. A partir del mes de julio de ese mismo primer año con mi cámara, la única que posó fue Catherine y lo siguió haciendo por el resto de la vida. Tal parecía que, aquella cámara kodak, hubiese sido fabricada solamente para el rostro y los ojos, y para la sonrisa y la desnudez de ella. Como era lógico, con el correr del tiempo me casé y mis padres envejecieron con los nietos. La finca cafetalera amplió sus horizontes y es ahora además de gran productora de café, hotel boutique de moda. Los huéspedes recorren con la mirada repisas y credenzas con las fotografías de mi madre. Catherine, ante la atónita mirada de mi mujer, es la administradora. Sigue siendo mi amante a vistas y a entendidas ¡callada y sonriente! recorre cada espacio del casco de la finca, ordena aquí y allá, y todos saben que, en toda la estancia, el paso a sus habitaciones está terminantemente prohibida, tan sólo ella y yo podemos traspasar aquellas puertas que, nos llevan, a paredes, repisas, mesitas y credenzas que, pulgada a pulgada, se recubren con fotografías de ella. Desde la primera en blanco y negro en la que, sus ojos, se enmarcaron con su nariz recta, el mentón afilado, la sonrisa sutil e inocente, hasta aquellas en las que descubrió sus senos, el dorso, la cintura, las nalgas, los muslos, toda ella.

En la repisa de honor la cámara kodak, el ojo de satanás, la encarnación de lucifer, la mirada del diablo, en palabras de mamá. La historia de mi vida, a partir de dos momentos de aquella cámara, de la inocencia cuando la recibí de tío Miguel y las poses de mamá, a la locura de aquel cuerpo de mujer. De las risas y delicadezas de mamá, a las lenguas de fuego de satán y las glorias celestiales de Catherine ¿Con cuál de los dos momentos, me quedo? 

¡That’s all Right mama! The universe revolves around a naked girl. (Eso es todo. Mamá, el universo gira en torno a una chica desnuda)

 

© 2018 by Oscar Mtz. Molina                

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Comentario por Oscar Martínez Molina el septiembre 13, 2018 a las 11:25am

Catherine y sus ojos azules grisáceos y a su cuerpo maravilloso en el que me refugiaba de tarde en tarde y de madrugada en madrugada...

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