Timbiriches & rockanroleros en La Raya

Por Jesús Chávez Marín

Por efectos de la prestidigitación y los trucos de la escritura, estas páginas se transformarán ante ustedes en una bodega del segundo piso de un edificio en ruinas, decorada con entusiasmo kitch, para que en adelante sea el lugar común de cafecito cultural con canela, donde obligatoriamente los seres fuera de serie pasarán muy a gusto noches y tardes enteras.

Si lo cursi nunca pierde, y cuando pierde arrebata con dulzura, a la entrada del café La Raya todo mundo dejará rastro de su was here escribiendo recaditos de lo más mamones sobre carteles de papel crema a la derecha, mientras desde el lado izquierdo un retrato enorme en blanco y negro nos mira oblicuamente, atrás de sus lentes Ray-Ban. Como hoy es sábado, al fondo del local estarán instaladas las bocinas y los tambores del rock, como promesa (publicitaria) del concierto de esa noche, que será tan prototípico que lo mismo puede quedar fechado con esta historia o con la circunferencia mental de los parroquianos de cualquier sábado.

Si llegas temprano tienes que sentarte en la mesa que esté lo más lejos posible de donde se reúne el taller literario, que será el primer acto de esta puesta en escena. El coordinador, el escritor Willivaldo Delgadillo, guerrero de todas las batallas literarias en cualquier cenáculo o asamblea a donde asista (y asiste a todas), tiene estrictamente prohibida la presencia de extraños que puedan perturbar la serenidad estoica de sus pupilos. Así, estas inocentes criaturas podrán sentirse con seguridad y aplomo y leer sus textos recientes, a salvo de cualquier sarcasmo extranjero o crítica exacta.

Mientras tanto, el solitario cliente deberá tragar un café con canela, ni modo, no hay de otro (el estilo es el estilo, aunque la canela adultere el noble sabor del oscuro brebaje desde que alguien decidió que era muy chic); se levantará vencido por la curiosidad para ver de cerca los horribles óleos colgados en las paredes y los retratos de la revista Life en español recortados y pegados con Resistol en cualquier hueco.

Aquel individuo no lo puede creer, se imagina el pasado de aquellos mamotretos, arrumbados en el cuartito de los estorbos durante muchos años, hasta que alguien se deshace de ellos al donarlos generosamente a los neo empresarios dueños del café, quienes muy agradecidos (y contentos por el ahorro en gastos de la decoración) los cuelgan imprudentemente en los muros, sin importarles ni por un momento la tortura visual a la que someterán durante años a los ingenuos clientes intelectuales y artistas que encontrarán en esa peña uno de los lugares de su destino en común.

Con una paciencia que asombraría al mismo Buda, se queda uno hasta la noche, en espera del concierto de rock que nos tienen prometido. Poco a poco llegan otros habituales y se cruzan amables las conversaciones con los amigos de toda la vida que se conocieron esa misma tarde.

Así aparece nuestro amigo Héctor Lozoya, empresario juarense que llegó de Durango hace 18 años, y sus historias vertiginosas nos descubre territorios insólitos de aventuras y viajes de fábula. Más tarde entra el maestro Jorge Vargas, el famoso concertista cuyas manos de excelente pianista y oídos de compositor clásico se educaron en Viena. Su estilo de platicar tiene la elegancia de los buenos tiempos anteriores a la omnipresencia de la tele, cuando la conversación era una de las bellas artes.

De repente ya todas las mesas están llenas. Jóvenes notoriamente fresas (como se decía antes y se escribe aquí, a riesgo de ser marcado fatalmente como “clase 1953”) se instalan ruidosamente en las sillas y los meseros corren a encender la velita roja que hay en el centro de cada mesa que se va ocupando y atienden las órdenes de café o cerveza o chocolate caliente que piden algunos.

Las jovencitas se vinieron muy chulas y con audaces dosis desnudistas perfectamente administradas con fashions comprados en Dillard’s y, francamente a nosotros, con el asma incipiente propia de nuestra edad y años de tabaquismo, nos hacen suspirar como a los caballos viejos que salen en los cuentos de Rulfo. Otra vez se ríe de nosotros el poema de Rubén Darío: juventud divino tesoro, etcétera. Y, para consolarnos, nos ponemos a citar a “los clásicos”, ¿tú crees?, para ponernos a tono con aquella bodega repleta de “gente culta”.

Impuntual, como debe ser, empieza lo que chavos de este grupo Nexus llaman “concierto”. Se trata de una serie de tamborazos y requintazos que truenan en media res uno de los amplificadores.

El muchacho, que había estado notoriamente desafinado, se da cuenta de que se reventó el aparatejo made in Taiwan y trata de tomarlo a chiste; le pide a los espontáneos del público que, mientras ellos van a su casa a traer otro bafle, alguien pase por favor a contar algún chiste, alburero aunque sea. Por supuesto nadie le hace caso, pero tampoco le chiflan ni lo golpean ni nada, qué gente tan considerada.

Tres cuartos de hora después, los neo músicos reinician la tocada. A la primera rola completita Jorge Vargas declara con su gesto que ya no puede más y se retira del lugar sin haberse terminado siquiera su segunda Tecate de la noche.

A la segunda rola, timbra el teléfono celular de Héctor, también ya quiere irse, de perdida al Salón México al no haber más.

Pero decidimos quedarnos un rato a ver qué tal canta la preciosa cantante chaparrita que hasta hoy se ha concretado a danzar graciosamente frente al micrófono, en silencio, como bailarina a go go venida desde la prehistoria de nuestra educación sentimental.

Diez rolas desafinadas tuvimos que soportar antes de que sus gandallas compañeros le permitieran a la chaparrita cuerpo de uva cantar su primera rola.

Su voz era algo débil, pero ella sí sabía cantar y su timbre agudo era armónico con la danza de su fino cuerpo vestido de blusita negra de encajes tipo Madonna, donde se ofrecían frescos sus pequeños pechos igualitos a los de Nastassia Kinski en la famoso foto de su inaugural desnudez.

Solo por el show de la danza de aquellos jóvenes senos fue que habíamos resistido los ruidos y hasta la humillación de ser unos cuantos rucos en medio de una nueva generación de banqueros. Pero la cantante jamás se quitó la chingada chamarra de cuero negro que ella seguramente consideraba obligatorio uniforme de rockera.

Además, los caciques y caimanes del grupo Nexus no le permitieron cantar una rola más y la dejaron ahí bailando como mensa con chamarra de ángel del rock, hazme el cabrón favor.

Pero ya pasajeros en el tren de la parranda sabatina, viernes social, sábado sexual y domingo familiar seguían corriendo las respectivas cervezas. En eso llegó, para nuestro regocijo amistoso, si bien debemos reconocer que algo exagerado por la incipiente borrachera, el gran Antonio Muñoz, filósofo de interés social y sincero amigo de aquellos bohemios que éramos nosotros, ya para esas horas en torno a una mesa del café cantante.

Toño era el venerable maestro en la prepa en el pasado reciente de Héctor; excondiscípulo en la UACH del otro amigo, un locutor de Radio Universidad de la mínima y dulce ciudad de Chihuahua y literato en cómodas mensualidades. No, pues la tertulia se había completado.

Antonio llegó vestido de tarahumara, con la greña debidamente sujeta con una cinta de colores indígenas y calzado con huaraches de llanta de tres agujeros, cual debe de ser.

Así ya no se sintió tan incompartida la brecha generacional y todos nos sentimos más a gusto. Y eso que, o tempora o mores, Toño y Héctor se pusieron allí mismo a negociar la compraventa de un automóvil, peor que si estuvieran en Wall Street, mientras el celular seguía chingue y chingue.

Y el otro sacó, te lo juro, su pendeja libreta de taquigrafía y se puso a escribir no sé qué prosa poética sobre unos animales de Neanderthal que fueron arrojados por el hoyo de ozono, oye, de plano, aquello era francamente el colmo.

Los aprendices de rockstars del sexus plexus nexus seguían tocando y los jóvenes ahí presentes hasta les aplaudían, no lo puedo creer.

Qué dañados. Cuánto mal les han hecho las cabronas discoteques con la basura de Televisa a todo volumen y ellos bailoteando hasta la madre y hasta las tres de la mañana todos los viernes sin falta.

Y de las mesas vecinas a veces se oían comentarios de algunas muchachas que a veces exclamaban a gritos: “qué señores tan botanas”, ¡y se referían a nosotros!

Es más de lo que un ser civilizado hubiera podido soportar.

Fue entonces cuando uno de aquellos jipitecos de la pelea pasada se subió al foro y empuñando gallardamente el micrófono le dijo a los de Nexus, envidiosos de su Madonna juarense, que por favor tuvieran la bondad de dejarla cantar a ella, que no por eso les robaría cámara, ya que nadie estaba filmando nada en proyección nacional, y que la guapa chaparrita de la frontera no era ninguna Martha Sánchez que fuera algún día a arrebatarles el jugoso contrato en ningún bar o café cantante o gira al interior de la república y además, tanto el baterista, como el bajo y el guitarra primera cantaban muy feo y desafinaban, que por favor ya mejor ni tocaran nada, recogieran humildemente sus herramientas y se fueran de ahí en ese mismo instante, porque ya la campanita de los aficionados había sonado para ellos y su obligación era ponerse a estudiar y ensayar horas enteras. Para la siguiente –insisto– dejen cantar aquí a la señorita: ¿para qué la invitaron al grupo si no la dejaban desarrollar su creatividad?

Aquel rollote en su propio micrófono había cogido por sorpresa a los nexus plexus y trataban de impedirlo a como diera lugar. Requinteaban (ya se dijo cuán desafinados), chiflaban tratando de hacerse los chistosos, buscaban el apoyo de sus camaradas del público que trataba inútilmente de callar al emisario del pasado aquel, pero no contaban con su larga experiencia de rockanrolero, y a las largas jornadas de oratoria grillera que esta noche, posterior al desmoronamiento de los grandes sistemas, hallaba el cauce de un inesperado ajuste con la historia.

Pero definitivamente las conductas han cambiado. Los muchachos ya no se conmueven ante los discursos. Por un oído les entra y por otro les sale, son sordos tanto a las palabras como a la música. Viven muy al pendiente de la moda y de la cuenta bancaria de sus padres.

Pero no todo está perdido: no hay que olvidar que este tipo de historias resentidas lo único que hacen es demostrar que casi no hay nada nuevo bajo el sol y que los rucos siempre seguirán creyéndose la falsa y débil ilusión de que todo tiempo pasado fue mejor.

 

Abril 1992

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