TODO UN CABALLERO

 

 

 

Esta historia me la contaron fuentes confiables. No es bolazo, creeme. Llegué a conocer al personaje principal; te lo cuento al final.

 

Se llamaba –capaz que todavía se llama, pero no sé, y queda mejor en pretérito- Godofredo. Su nombre original era Alfredo, -Fredy-, pero, la historia te lo va a aclarar, eligió Godofredo, aunque aceptaba Godo en la intimidad.

 

En el momento de la historia vivía en un hotel palomar de Avenida de Mayo en una edificación aislada, rodeada de patio, en la terraza. No se le conocían vinculaciones, sólo ocasionales contactos: en el estudio contable en el que trabajaba, y en el hotel, con algunos “pasajeros” permanentes.

Había tenido un vínculo férreo, opresivo con su madre. Doña Victoria, luego de la muerte de su marido, y sin más parientes que el hijo único, depositó en Fredy su esperanza de un varón protector que la defendiera de los embates de la vida, del avance del tiempo.

 “Un caballero es, por sobre todas las cosas, un buen hijo, un buen esposo y un buen padre”- decía, repetía incansable. Su misión debía cumplirse, en el orden correspondiente, con la madre, la esposa y la/las hija/s. No parecía extensible a las nietas.

 

Fredy sublimó el mensaje, lo vistió de leyendas, costumbres y personajes (reales o no) mitificados. Su imaginación –y el estudio armado en un nicho de la habitación- se poblaron de textos de caballería (el “Libro de la Orden de caballería” de Lulio era su libro de cabecera), romances tipo princesa rescatada de la torre, combates donde se defendía o vengaba un honor.

 

Doña Victoria se hartó de escudos heráldicos, yelmos, enormes libros con olor a muerto. El caballero de él no coincidía exactamente con el que ella esperaba de su hijo. Poco tiempo después dejaron de vivir juntos, por decisión de doña Victoria. Lo mandó a un hotel cercano (el actual) y acordaron la rutina de melopeas, letanías y elegías que entretenía los encuentros.

El fallecimiento de la madre no cambió esta disposición; Fredy alquiló el departamento y siguió viviendo en el hotel. Acrecentó sus posesiones, con una armadura militar medieval española de 50 kilos, un sable turco –toque exótico- y un sinfín de elementos imprescindibles para su condición de caballero, quien, según norma, “necesita como mínimo, espada, lanza, escudo, yelmo, cota de malla, calzones de hierro, espuelas, gorjal, perpunte, maza, enseña y claro está, un caballo. Además, un pequeño puñal llamado "de misericordia", que sirve para dar el golpe de gracia al vencido en la batalla”.

¿Caballo?

No; caballo no tenía. Era rayado pero no estúpido. Algunos elementos debieron ser eliminados, o al menos sustituídos por algo más funcional. ¿Cómo haría, con una lanza de torneo, para combatir, por ejemplo, en la cocina?

 

¿Y que hacía un caballero medieval, trasplantado a una Buenos Aires actual?

Muy poco. ¿Te imaginás un caballero, como los de la corte del rey Arturo, ante una “milady” de las de ahora, transa al paso, machos one-shot?. Se lo come con palitos chinos. Hay que pensar que cada comportamiento tiene su origen en exigencias o limitaciones propias del ambiente. El tiempo mínimo de transa de un medieval no puede ser inferior al de desarmado de la armadura, no sé cuantas tuercas; de ahí la importancia de la labia interminable, alambicada, empaquetadora. Eso sí: una vez iniciada la cuenta regresiva, para el end había que despegarlo con barreta.

 

Y Godo, ¿cómo armonizaba pasado y presente?. Hoy lo llamaríamos esquizo. No sé si es para tanto. El “real” Alfredo –el externo, para los compañeros y vecinos- era gris neutro, no provocaba atracción ni rechazo; si alguien se acercaba a raspar su superficie, pronto desistía ante una personalidad sin bordes ni aristas. El interno Godo –en la soledad de su torre, o en esos momentos en que -sin ser descubierto- observaba a algún otro con una mirada inexplicable-, integraba los mundos, en un Buenos Aires medieval, donde el ascensor era un puente levadizo, el conserje del hotel un guardián de la fortaleza, la nueva oficinista una doncella esperando a su caballero... No siempre, no vivía una permanente fantasía. Al fin del día, en su refugio, reelaboraba las últimas experiencias, las trasladaba a su mundo privado.

 

-¿Y por el lado romántico, digamos sexual?. Había, seguro, una no explícita consigna maternal, grabada en el mate de Godo: toda solicitud sexual es inmoral a menos que se asegure previamente su aceptación por la requerida. Si no, el requirente (suena a término legal, pero está claro) es un degenerado sucio morboso, lo que no es tolerable en un buen hijo, un buen... etcétera. Una situación, de un libro de consulta de Godo: una doncella en harapos le dice a Perceval: "Marchaos de aquí, huid y dejadme en paz. Es el pecado lo que aquí os retiene. Huid si sois discreto.". Godo –que lagrimeaba cada vez que lo leía- se retiraba imaginariamente con la cabeza gacha, excusándose. En la misma situación, miles de porteños estarían imaginariamente- a los pisotones y codazos por lograr el primer lugar.

 

Necesariamente, entonces, Godo era célibe. Formalmente. Una noche emocionalmente tormentosa había formulado sus votos de castidad. ¿El motivo?. Lúthien. “Era la doncella más hermosa que jamás existió. Tenía el cabello oscuro, los ojos grises y su piel era blanca como nieve”, dijo alguna vez.

 

Lucía había ingresado hacía poco al estudio. Profesional recién salida de una universidad provincial, había venido sola a Buenos Aires a progresar, hacerse un futuro, quién sabe. Se enteró, le interesó la solución de Fredy, y se mudó al mismo hotel: habitación 609, debajo de la terraza. Quién diría, le interesó Fredy, toda mujer sola necesita de un varón todo servicio, barato (en exigencia de retribuciones) por lo menos durante un principio, hasta que pueda hacer pié y mejorar el nivel de selección.

 

 

 

Vos debés ser todo un caballero.

Una tarde, cuando Fredy, luego del trabajo, se encontraba limpiando los escudos, lo sobresaltaron unos golpes en la puerta. Hacía tiempo que nadie llamaba; ni el personal de limpieza, luego que él informara su decisión de ocuparse por sí mismo de las tareas. Se acercó lentamente, escuchó (no tenía mirilla), abrió.

¡Lúthien!. Quedó pasmado.

Vos debés ser todo un caballero- dijo Lucía (¿cómo sabía?)-, parada delante de la puerta, sonrisa trémula en ristre. –Me acabo de mudar a tu hotel. Lo elegí porque ¿sabés?, sola e indefensa en Buenos Aires, la única persona en quien confiar fuiste vos.

Te preguntarás: Ésta Lucía, ¿cómo sabía qué decirle? Simple, por que es mujer.

-Partamos de una base: En la actualidad, olvidando supremacías e inferioridades vigentes en el pasado, la mujer es superior al hombre. Está más capacitada para el dominio, que es la modalidad necesaria de la supervivencia contemporánea. Si Darwin viviera ahora, pondría todas las fichas a favor de la mujer, máxime cuando el principal objetivo humano –supervivencia de la especie- no requiere del hombre (sólo unos pocos, y provisoriamente), dados los avances en genética. Por primera vez, se da la victoria de una subespecie que, en el futuro puede prescindir de la otra subespecie.

 

Necesito la ayuda de un hombre confiable, de quien sepa que no va a abusar de mi indefensión.

Sir Godofredo entró como un caballo. Dedicó el resto del día, y varios días siguientes, a mudar, reparar, refaccionar, acondicionar, la habitación 609. También recibió: unos mates, medialunas, un especial de cocido y queso, una charla que, no supo por qué, le hacía recordar a su madre y, al final, un beso en la mejilla.

Terminado el servicio de emergencia, Lucía no abandonó a Fredy. Continuó invitándolo esporádicamente a su habitación de ella, desenrollando una rutina de melopeas, letanías, elegías y fantasías juveniles que a Fredy, no supo por qué, le hacía imaginar a su madre, de joven.

A vos te tengo confianza porque, estoy segura, no me ves como un simple objeto sexual...

Esa misma noche fue cuando Godo hizo sus solemnes votos de castidad. De virgen por falta de alternativas, pasó a ser casto por declaración jurada. Igual se pasa hambre, pero de otro nivel. No iba a mancillar la confianza de Lúthien con pensamientos innobles.

 

 

Esta relación, placentera o al menos beneficiosa para ambos, se prolongó un tiempo.

Pero un día el de la habitación 611 comenzó a evaluar a Lucía como objeto sexual. Y a aproximarse a ella en consonancia con el resultado de la evaluación.

El hecho fue que una noche Lucía se presentó en la habitación de Fredy. Estaba como vestida con harapos (producto de algunos forcejeos que desgarraron su ropa), despeinada, el maquillaje corrido, y tal vez algunos magullones.

El relato de Lucía, pasado por el filtro del oyente Godofredo, fue aproximadamente, el siguiente: un desalmado (evidentemente un rufián, pudo identificarlo como el de la 611), aprovechando un momento de soledad e indefensión, intentó abusarse de ella, que en ese momento hubiera querido morir, etcétera, etcétera.

 

Como no hace a esta historia, no se pone en cuestión la veracidad del relato. Tal vez se trató de una situación límite, que la obligaba ahora a reponer la imagen, o de una relación no tan nueva que, al manifestar ella su deseo de concluirla provocó una reacción violenta del de la 611, o viceversa. Lo esencial es que Godofredo acababa de absorber, no un relato histérico y resentido, sino una demanda de auxilio de una virtud a punto (según ella) de ser mancillada.

No sé en qué capitulo del Libro de la Orden de la Caballería estaba, pero había aquí una evidente, insoslayable, oportunísima llamada a las virtudes caballerísticas nunca puestas en práctica de sir Godofredo.

 

La calmó. Le dio todas las seguridades necesarias.

No. En la oficina no se va a enterar nadie de su desventura.

Sí. El desalmado la iba a pagar.

Que ella se quedara esta noche en su habitación 609, sin salir bajo ningún motivo.

Que mañana, al levantarse, no se diese por enterada de nada, y en la oficina continuase su actividad habitual.

La acompañó a su habitación, la despidió con un beso paternal, y regresó a la terraza.

 

 

 

Faltaba poco para la madrugada. Se terminó de preparar al borde de la escalera que llevaba al sexto. Podía haber bajado así, pero hubiera quedado ridículo siendo descubierto descalzo por algún cliente desprevenido. Bajar los escalones fue una tarea interminable, pero logró que el ruido no fuera exagerado. El de la 601 se asomó intrigado, pero al verlo, en un instante se zambulló detrás de su puerta. El alfombrado del pasillo amortiguó sus pasos finales hasta la 611.

Se paró frente a la puerta, las piernas abiertas. Preparó el arma. Respiró hondo, el puño derecho apretado.

De un puntapié abrió violentamente la puerta. Dió dos pasos hacia el interior.

El rufián saltó de la cama. Su susto inicial se atemperó un poco al identificar a Fredy.

Vos sos el boludo de la terraza, Lucía me habló de vos. ¿Qué hacés en mi pieza disfrazado, a esta hora?¿Te volviste loco?

Godofredo respondió: -He venido a castigarte por conducta deshonrosa que ofende los principios de la Sagrada Orden de la Caballería. Encomendate al cielo-. Bajó la visera del casco, abrió la mano y tiró la granada a lo pies del ofensor.

La explosión fue mayor que lo que Fredy esperaba. La granada no lo dañó mucho, las esquirlas fueron detenidas por la armadura. Pero la onda expansiva lo aplastó contra una pared, le cayó encima el ropero, una parte del cielo raso y la puerta de la habitación.

¿Viste en los desarmaderos de autos, esas máquinas que le pegan a una carrocería hasta dejarla cubito de caldo? Para que te des una idea.

 

 

 

Cuando lo conocí estaba en el hospital, tenía enyesadas hasta las uñas. Todo lo que me dijo fue:

Que los trovadores difundan mi hazaña. Ya ingresé en los anales de la Caballería. Recuérdenme.

 

No lo volví a ver, ni pude enterarme qué sucedió luego. -No sé si, en caso de sobrevivir, lo alojaron en una prisión o un hospicio, pero no creo que le haya importado. Su novela –la que escribía en su imaginación- tuvo el mejor final.

 

¿Y Lucía?, te preguntarás.

Sobrevivió.

 

© Carlos Adalberto Fernández

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