Torre Ávalos, faro sin luz

Antigua fundición minera en Chihuahua, México.

                                                                                          Martha Estela Torres Torres           

La fundición de Ávalos es ahora un área integrada a la ciudad, pero hace varias décadas se mantenía al margen. Chihuahua antigua, ciudad dormida como la llamaba mi padre, era un lugar que crecía lenta e imperceptiblemente. En aquel tiempo, algunas fábricas y empresas se desarrollaron con vigor, pero ninguna como la fundición de metales Industrial Minera México que se erigió impresionante comparada con otras empresas de la misma rama productiva. Muchísimos años fue una riquísima industria donde convergían grandes cantidades de mineral de distintas minas del estado y de otras de la república. Fue una actividad que parecía durar para siempre, pero la eternidad no existe para la metalurgia ya que la minería no es recurso renovable, y requiere, además, de grandes inversiones para explorar y explotar distintas áreas hasta localizar la riqueza del suelo.

A finales de mil novecientos noventa la bonanza de esta empresa terminó. La planta se convirtió en testimonio de la lucha y los intereses del hombre a veces generosos, a veces egoístas y ambiciosos. Por muchos años la planta Ávalos fue un fantasma olvidado y el tiempo se encargó de finiquitar lo que de ella quedaba; solo el recuerdo, el eco de los hechos ya pasados y la nostalgia de algunos ancianos que en ella trabajaron persisten en nuestros días. Si bien hubo, durante sexenios anteriores, intentos para dar al terreno propia utilidad, no ha sido posible la renovación de la tierra.

 Esta fuente de trabajo representó la sobrevivencia para muchos habitantes de nuestra ciudad e incluso de otros lugares que llegaban buscando formas de ganarse la vida. Es cierto que la fundición estuvo vigente muchísimos años y que fue una de las más grandes en el país, pues conseguía seleccionar, procesar y fundir grandes cantidades de material que llegaban de minas en bonanza y de plantas de beneficio, pero también fue sentencia de muerte para aquellos que trabajaron en sus inmensas instalaciones levantadas con estructuras de hierro y concreto, con carriles reforzados por donde trasladaban las pesadas mezclas de mineral y tierra; formas metálicas para contener y prensar el material se diseñaron con medidas, especificaciones exactas, y asesoría extranjera.

La arquitectura de la planta se alzó como un monumento al poder, las máquinas suplantaron y superaron la fuerza del hombre. El dominio y la potencia tecnológica disminuyeron la actividad del trabajador que entonces y en algunos casos se convirtió en administrador y capataz de las nuevas formas de trabajo interactuando en un ambiente desfavorable. Los procesadores de cuantiosas toneladas de material se activaban diariamente y su rendimiento sobrepasó los pronósticos más altos. Esta empresa logró sostenerse por muchas décadas, y mantener altos niveles en rendimiento, pero cuando la minería, sobretodo la regional empezó a disminuir, obviamente afectó la funcionalidad de la planta, y a la par con demandas laborales y judiciales se vislumbró el ocaso inevitable de esta empresa.

 Este emporio cayó como sucumbe, finalmente, la permanencia ingobernable del poder.  La planta Ávalos se convirtió en un territorio exangüe, resultado de una industria agotada además por las eventualidades de la oferta, falta de mantenimiento  y efectos del tiempo, ya que este resulta agente silencioso y destructor quedando completamente devastada después por el saqueo de materiales y partes de su infraestructura que se suponía custodiada; posteriormente por el desuso y abandono, aunque ciertas partes de sus instalaciones permanecen aún desafiando al tiempo, al viento y a la lluvia.

 La herrumbre aparece por doquier como reacción natural, pero la decadencia se presenta mayor en ciertas áreas por efecto de la humedad y el encierro, y en otras, por el guano de las palomas que siguen siendo los pobladores fieles del lugar. Aquí quedaron las mudas estructuras que atestiguan un estilo singular de arquitectura, también varios e interesantes diseños de motores y diversas máquinas extranjeras sin duda costosas, unos pequeños tranvías importados y vehículos sofisticados en su tiempo, orgullo seguramente del maquinista en turno.

Al entrar a estas antiguas instalaciones se puede detectar la resistencia de la naturaleza ante la fuerza avasalladora de la tecnología, pues aparecen por aquí y más allá los brotes naturales de ciertas plantas comunes de tierra chihuahuense. Existen algunos árboles mimetizados con la escenografía decadente como si fueran espectros extraviados en una dimensión pretérita, pero conforme se avanza al interior se distingue claramente la potencia imperante de la infraestructura y van desapareciendo la hierba y las raquíticas plantas a pesar de que algunas todavía se aferran a la vida con sus diminutas uñas de fe y esperanza. ¡Es una zona devastada por la mano del hombre como muchas en el mundo entero! Ya no queda ningún vestigio natural, parece un territorio extraterrestre donde las plantas y los animales se extinguieron. En este sector, el ecosistema propio de la región se fue transformado completamente y ya no hay posibilidad de sobrevivencia para los animales que solían habitar el lugar; pero tal vez se puedan encontrar algunos insectos o roedores solo como visitantes peregrinos que caminan hacia rumbos desconocidos. Hay sitios misteriosos como los hornos incrustados en el subsuelo, diseñados en una perfecta circunferencia con una singular ventana enrejada como si fueran prisiones de inquisición, también se encuentran aparatos semejantes a los de tortura y martirio.

Estar aquí y contemplar el entorno es sentir el desánimo, la desesperanza. En este lugar, la soledad se acumula con el paso de los años, el silencio se apodera de las cosas, parece ser dueño de este lugar abandonado, pues cruento y espeso horada la voluntad.

En ocasiones se levanta la tierra, impulsada por un viento suave, por un leve soplo que apenas cierne sus partículas, pero inesperadamente el viento adquiere mayor fuerza y a veces en forma rítmica levanta láminas y objetos indescifrables, entonces el ambiente empieza a cambiar, extraños ruidos empiezan a alterarnos; se intuye el peligro como si los vientos fueran gobernados por fuerzas superiores y desconocidas, como si las voces de los trabajadores adormecidas en el tiempo regresaran del pasado y salieran de los túneles donde anida y persiste la oscuridad. Hay noches en que el viento se adueña enloquecido de todo esto y los ruidos se incrementan sacudiendo las cosas viejas, rompiendo los soportes de madera, levantando el hollín de plomo y muerte.

Al anochecer algunas sombras se producen por los reflejos caprichosos de la luna, algunas se mueven como si tuvieran identidad propia: caminan y avanzan en esta extensión de tierra abandonada. Simulan almas en pena removiendo las cosas ya marchitas en tramos de ruina y derrumbe. Las formas prefabricadas que sujetaban cilindros, señalaban caminos o protegían de alguna manera a los trabajadores ahora son materia astillada y enmohecida. La fortaleza supuestamente eterna del hierro se ha convertido en metáfora, pues la humedad y el óxido destruyen sus moléculas sin remedio. La vastedad de ciertos colores prolifera como el ocre en los depósitos trasminados por el agua, el color azufrado predomina sobre maquinaria de energía eléctrica, y el tornasol jade resulta de la emulsión corrosiva sobre cables y placas metálicas.

 Algunos muros cayeron en tierra como guerreros en combate, las raíces matemáticas de su cimiento cedieron también bajo el dominio absoluto del sol. Hay ángulos, diversas simetrías que ofrecen variedad de rostros y delinean figuras como si fueran estalagmitas tratando de alcanzar el cielo. Quedan esquinas, secciones, ángulos desintegrados del conjunto que cobran vida independiente mostrando otras realidades.

Las ruinas de esta fundición nos recuerdan los antiguos imperios que a pesar de su majestad y grandeza sucumbieron ante la tiranía y el exceso de poder. Todo cae bajo el peso del tiempo, pero las cosas aquí no son cíclicas, aquí nada vuelve a la anterioridad porque la tierra sufrió una transformación lacerante: al unísono del material fundido perdió su pureza y su esencia natural, tal vez para siempre. Aquí jamás será posible sembrar, cultivar árboles, plantas o flores porque en las áreas fronterizas de la planta dejaron acumulados grandes cantidades de residuos mineral: peligrosa escoria de todos los tiempos, enormes placas negras con plomo y zinc.

Estar aquí, contemplar los estragos de este antiguo imperio de manejo metalúrgico es padecer la tristeza, pues la amargura nos envuelve y las alas de la muerte se posan discretamente sobre nuestra espalda. Parece que este rumbo recluido por el mundo es el pueblo de Comala donde el polvo de los siglos se levanta para infundir vida a las cosas perdidas en el tiempo, donde la soledad y el silencio se conjugan en un mismo compás, dando sello de perpetuidad en profunda antítesis, pues sus entrañas auguran lentamente la muerte. El polvo finito e infinito se multiplica por doquier, abunda y persevera en su apariencia. No deja de existir, permanece siempre como agente misterioso que se reproduce fácilmente, es tan fino que corta al respirar como si fuera un aroma filoso, ingresa y se posa en los alveolos como sentencia permanente de muerte. Todo abarca el polvo en la invisibilidad del aire: lo grande y lo pequeño, lo antiguo, lo útil e inútil, lo durable y lo destructible.        

Cuando el sol empieza a calentar la tierra se levanta el olor de las cosas ya dormidas, sobre todo, el aroma espeso del aceite de motores y de otras sustancias químicas que reaccionan con el incremento de la temperatura. Se percibe el olor de los metales y la madera; en las partes encerradas el olor es se intensifica: revive el humor corporal de aquellos hombres que laboraron aquí, hace ya tanto tiempo.   

A la extrema derecha de las instalaciones de este compendio metalúrgico se encuentra el viejo molino formado por multiplicidad de tablas de corte idéntico colocadas con la laboriosidad y la precisión del orfebre que con lentitud y perseverancia germina obras artísticas y monumentales. El molino se sostiene firme, es el gigante original de la fundición que trituraba diferentes clases de material. La mayor parte de su pulverización también resultaba fina, volátil, se convertía en humo punzante que se filtraba a los pulmones y al torrente sanguíneo. Era el aroma diluido y nítido de la muerte, fermentado bajo el intenso sol de cada día.

En temporadas de lluvia, el agua acarrea la tierra suelta, el polvo y los residuos de material van delineando surcos de diferentes clases, selecciona las piedras y la tierra más fina para acarrearlas. En ciertas partes erosiona el terreno a pesar de los obstáculos, dejando el suelo pedregoso al deslizarse desde las partes más altas hasta introducirse en rincones inverosímiles. Va humedeciendo, lentamente, los muros y los techos, las vigas y las puertas, las máquinas e instrumentos de trabajo. Se acumula en ciertas partes formando pequeñas lagunas que reflejan los contornos próximos, convirtiendo en espectros algunos los objetos.

El agua sigue los declives del terreno y va abriendo nuevas rutas buscando por inercia partes secretas, escapando del aire y de la luz. Las líneas subterráneas corren hacia el interior formando laberintos semejantes al mítico de Creta donde el minotauro era el rey.

En el silencio se percibe los temblores de la tierra y sus ruidos intravenosos, reproducen voces del pasado realizando conjuros de soledad; voces perdidas en la dimensión del tiempo y del espacio; voces de obreros que pasaron años laborando en estas instalaciones polvorientas y contaminadas y que además, sufrieron sin remedio las inclemencias del clima: en invierno, el frío con sus poderosos colmillos se adhería filosamente a sus cuerpos y a sus ropas. En verano, el calor incrementaba su fuerza con el rojo vivo de los hornos y las prensas que con sus gigantescas mandíbulas se cerraban una y otra vez, procesando ardientes toneladas de material todo esto afectaba a sus ejemplares obreros, aún anónimos ante la historia, reforzados por la costumbre, por las órdenes imperativas de los capataces, por la vida misma que los empujaba a sobrevivir ante los extremos represivos del medio ambiente.  

Ya nadie recuerda el esfuerzo de aquellos trabajadores, ni su restricción económica, ni sus sueños de alcanzar mejores condiciones de vida persistiendo en el trabajo a pesar de los riesgos que sorteaban en su oficio. Ahora pocos recuerdan a aquellos que llegaron adolescentes y se fueron ancianos dejando en esta zona abismal sus años joviales, su salud y su energía. Ahora, y a pesar del olvido que cae como lenta ceniza, se intuye un sonido latente, un eco lejano: la algarabía que producían sus voces, sus cantos, sus risas en cada cambio de turno. Han quedado atrás la enfermedad y la tristeza, la esperanza y los afanes del trabajador que se sobreponía a todo con tal de conseguir una vida más digna para su familia. 

            Ahora la distinguida y conocida instalación comúnmente llamada Ávalos, este faro sin luz, sin obreros, sigue aquí en lo alto, en su mismo anclaje y desde diferentes puntos de la ciudad de Chihuahua se puede apreciar el símbolo imperial de la Industrial Minera México. Desde la inmensa lejanía se distingue claramente su esbelta y alta estructura con la simbología de colores negro, blanco y rojo: tres líneas difuminadas por el paso ineluctable del tiempo, esculpidas por la antigüedad en su torre ahora anónima y sin bellas durmientes.

Ya no expide humo, ni polvo, ni tizne, ahora permanece inmutable sin exhalar, a lo lejos se vislumbra como testigo de una forma de vida con la cual el hombre cumplió un anhelo, el anhelo de procesar a toda costa el fruto mineral de la tierra. 

Actualmente esta área está convertida en un espacio prefabricado por la decisión de algunas autoridades dándole un  falso destino, porque en sus cimientos hay registros de contaminación que nadie puede negar. Lentamente se filtra a la sangre de hombres, mujeres y niños que han estado cerca o en contacto directo con el agua o la tierra alterada por aleaciones y rescoldos dañinos de esta fundición.

Esta zona territorial se ha convertido reprobablemente en área de vivienda, y recientemente en parte de distracción y recreo, pero sufrirá por mucho tiempo, la sentencia nociva de su contenido de plomo.  

                                                                                acantiladosdelanoche@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

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