La señora.

La anciana mujer, con ese aspecto cercano a la muerte en vida que produce la tristeza - tal era su semblante agotado -, cruzaba frente a mí, encorvada y con dificultad, apoyada en un bastón,  el  – supongo para ella -, inacabable paso cebra, ante el que había detenido mi vehículo para dejarla pasar. Un poco más adelante, ya en la acera y sin ayudarla, una mujer  rondando los cincuenta, probablemente su hija, la azuzaba con cara de amargada, sin duda haciéndola responsable de sus fracasos personales. Desde la seguridad de la acera, la instaba a que pasara más deprisa, mientras me miraba como pidiendo disculpas, por la torpeza y lentitud de la anciana. Quien levantaba la cabeza para sonreírla tímidamente, suplicando piedad, más que paciencia, hacia su escasa movilidad.
El paso cebra conducía a una de esas plazoletas de la ciudad, con jardines, cafeterías y terrazas, que a esas horas del mediodía, estaban repletas de gente, debido al buen tiempo que hacía, pese a haber entrado ya en el otoño. 
Lo cierto es que sentí curiosidad  - supongo que eres rata de laboratorio todo el día, no sólamente cuando miras por el microscopio - , y encontrando cerca un estacionamiento, aparqué el coche y me dirigí a la plaza, donde enseguida localicé a la pareja de mujeres.
La anciana, estaba en un banco, sola y con la mirada perdida hacia la nada, mientras que la otra mujer se encontraba muy cerca, charlando animadamente en una de las terrazas con - las que supuse -, varias amigas, todas de la misma edad. Iban muy arregladas, lo que en principio demostraba pasar pocas penurias económicas. Unas cervezas y coca colas encima de la mesa, completaban la escena. Por supuesto, y mientras me acercaba al banco, sin perder de vista a la mujer más joven, ésta, no dirigió ni una sola mirada hacia donde estaba sentada la anciana, ignorándola.
 
Llegué junto a ella, sentándome a su lado. Ni me miró. Realmente no miraba nada. Sólo a sus recuerdos que imaginé brotando a raudales en la añoranza de mejores tiempos y en los que se sentía con más fuerza, en la independencia de los demás.
Le pregunté si estaba sola, y con mirada triste, negó con la cabeza –“estoy con mi hija”- dijo señalando la mesa donde se encontraba la otra mujer, y cuyas miradas, en ese preciso momento, cruzamos, notando la extrañeza, o seguramente curiosidad, hacia el hombre que charlaba con su madre y a la que hice el clásico comentario intrascendente – “qué buen tiempo para la época que estamos, ¿verdad señora?” –Asintió con una ligera sonrisa, la primera que asomaba a su rostro – “y que lo diga joven”
 
“Yo vengo de vez en cuando por aquí” –mentí- “por las flores ¿sabe?” La mujer me miró y entonces descubrí un brillo en sus pequeños ojos, que la transformaron ante los míos en la mujer hermosa que seguramente fué.
 
“Le gustan las flores?” Asentí sin hablar. Intuía que me iba a contar algo. “A mí también me gustan” dijo mirando al frente. Volvió su cabeza hacia mí. “Una vez tuve una casa con un pequeño jardín. Cuando vivía mi esposo” un halo del recuerdo hizo vibrar su enjuto cuerpo. Probablemente sintiendo todavía más la soledad ante la ausencia recordada.
 
Prosiguió, mientras yo observaba de reojo cómo su hija no podía evitar mirarnos. Parecía haberse olvidado de sus amigas, y la curiosidad la estaba alterando por no saber que me estaría contando aquella vieja. Olvidando que alguna vez fue su madre por encima de todo.
 
“Recuerdo que tenía un enooorme rosal” se volvió sonriente y chispeante a mirarme “y con unos guantes, yo lo cuidaba y el rosal me lo agradecía con hermosas rosas rojas y blancas” - hizo un silencio para disfrutar de la imagen que su recuerdo le proporcionaba y que no me atreví a interrumpir -.  “Y mi marido cada mañana, ponía una de ellas en la mesa camilla donde yo bordaba” .
 
Me miró orgullosa de ello, y yo la ayudé a estarlo un poco más.
 
“¿Bordaba? Eso es muy difícil ¿no? O al menos a mí, me lo parece” Y por primera vez, se irguió y metió su trasero más hacia dentro del banco para que la pudiera ver, en su coquetería, erguida como entonces. “Lo es. Yo bordaba mantelerías y sábanas para las que se iban a casar. Se pagaba bien, y a mí me gustaba” Se acercó cómplice a mi hombro, inclinándose lo poco que su artrosis le permitía, para añadir en voz baja… “y era un buen dinero que entraba en casa” - sonreí comprensivo -.  “¿A qué se dedicaba su marido?” Y ahí debí dar en el blanco porque su sonrisa llenó por completo su existencia al decirlo; “era maquinista de tren!!”
 
Abrí los ojos para dar más énfasis a lo que iba a ser mi comentario. “¿Qué me dice?...maquinista!!” la mujer asentía, sonriendo orgullosa como si su marido la estuviera escuchando. Me agaché un poco para contarle una confidencia, que no dejaba de ser cierta “Yo iba a las estaciones a ver los trenes… me encantan todavía! ... Pero admiraba a aquellos señores. Con gorra, ¿eh?... que otra cosa no sé, pero elegantes…?
 
La mujer ya movía todo el cuerpo “Mi marido tenía muy buena apariencia. - Se le notaba orgullosa de haberlo conquistado -Yo lo conocí cuando era ayudante de maquinista… y estaba de guapo…!!” “un día…” - una voz interrumpió la frase.
 
“Hola” - los dos nos giramos al unísono para contemplar a la mujer, que desde la altura que le daba estar de pie, nos miraba con una escrutadora media sonrisa   - “de charla, ¿no?” “ya ves, hija” el tono de la anciana volvía a ser resignado, por lo que ya presumía como fin inmediato de nuestra conversación.
 
“¿Se conocen?” Preguntó mirándome abiertamente. “La verdad, es que no. Simplemente hemos coincidido en disfrutar de éste magnífico sol, en el mismo banco” respondí aguantando su mirada incisiva, supongo que en busca de rasgos que me asociaran a violadores de viejecitas en el parque. O quizá, sonsacadores de información con aviesas intenciones de asalto posteriores a su domicilio.
 
"Entiendo” fue su lacónica respuesta. “Nos tenemos que ir, mamá” y entonces la viejecita, la mró con cara sorprendida, mientras se volvía con la misma expresión  hacia mí, sonriendo. Se levantó como pudo, sin que su hija me permitiera cogerla del brazo para ayudarla. “No se moleste, ya estoy acostumbrada” Su tono no parecía cariñoso, pero me abstuve de hacer comentario alguno. Cuando la mujer se pudo poner de pie, se paró frente a mí para despedirse, ignorando a su hija, y de quien se había zafado. “Mucho gusto, joven” - me levanté, cogí su mano y la besé simbólicamente con respeto - “ha sido un auténtico placer, señora” - la mujer sonrió agradecida y girándose, tomó rumbo de nuevo hacia el paso de cebra. Mientras que su hija, cortés pero secamente, se despedía con un; “buenas tardes”.
Las vi alejarse, preguntándome que bulliría ahora por la cabeza de la entrañable anciana. Me pareció más ágil y erguida que cuando permití que pasara frente a mi coche en ese mismo paso y de eso hacía solamente unos instantes.
 
Lo descubrí enseguida. La mujer, al pasar frente al gran macetero de la plaza que se encontraba junto al paso, detuvo su andar, y volviéndose a mirarme, sonrió, y simulando coger una flor del macetero, me la envió desde la palma de su mano, con un soplo del escaso aire de sus pulmones, en un hermoso beso de angel. Por unos instantes, me sentí feliz, mientras la contemplaba erguirse, bella y orgullosa, al pasar frente a su anonadada hija, que intuí, por su mirada, que no le había gustado tanto... devaneo.
 
Sonreí. Yo había querido poner un poco de ilusión en aquella cabecita carente de ella, y en cambio, aquella señora, me había hecho uno de los mejores regalos de mi vida; aprender que la ilusión, no es privativa de nadie por su edad. Sólo hay que saber darla, para merecer recibirla aumentada a cambio.
 
Me levanté y regresé hacia mi coche, mientras contemplaba cómo unos niños, los ancianos del mañana, jugaban con una pelota. Totalmente ajenos a que ya estaban inmersos en el juego más grande que nunca haya existido; el de la vida.
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