'Mira Justo', un cuento del desaparecido Jaime Bellechasse

'MIRA, JUSTO',    por Jaime Bellechasse

Foto de Bellechasse, 1984, tomada por Daniel Fernández

—Mira, Justo, yo soy un delincuente, tengo dos muertos en mi haber, tú lo sabes. Los maté porque eran dos hijos de puta… y tres conmigo que soy otro hijo de puta más, no lo voy a negar ahora. Tengo echao cuarenta y cinco años de cárcel y sé que no los voy a cumplir y, ¡qué carajo!, no cojo barretín con eso. En un final la cárcel se ha hecho pa los hombres. Yo no soy nada bueno, pero ya ves como me he portado contigo en estas semanas que llevamos aquí guardados... porque de los hombres de a verdá soy amigo y para mí, tú eres un hombre de a verdá.
—Pachulí, tú sabes que…
—No me interrumpas, déjame terminar lo que te voy a decir. Yo soy un delincuente, un asesino, como tú quieras llamarlo ahora, eso no me importa, eso sí, yo soy por encima de todo un hombre y conmigo puedes hablar de lo que sea. A lo mejor tú preferirías convivir aquí con un político como tú, pero el caso es que estamos solos…
—No, Pachulí, de verdad que no me importa. Tú por una cosa y yo por la otra, hemos venido a parar al mismo sitio. Sé que tú eres la última persona con quien voy a poder hablar…
—Pero, cómo ¿Por qué tú repites tanto eso? No vuelvas con lo mismo, a lo mejor no te pasa na. Ya llevas comiendo harina una pila de tiempo, tú eres joven, te pueden dar un chance.
—No, no me parece. Yo sé que más tarde o más temprano me van a fusilar. Estoy condenado y esta gente me van a fusilar de todos modos. Estoy consciente de eso. No quiero hacerme la idea de que me la van a conmutar. Sería peor. Lo que quiero es estar preparado, ¿me entiendes? Poder caminar bien hasta el lugar ese, estar serio o no muy serio, pero, ¿tú me entiendes? Caminar derecho, que no tengan que llevarme arrastrado, que no me dé por salir corriendo.
—Bueno, Justo, yo creo que tú has pasao momentos duros, te has visto la muerte cerca varias veces, por lo que me has contao. ¿Por qué no ibas a tener valor ahora?
—Sí, claro, pero no es lo mismo.
—¿Por qué no es lo mismo? Yo, siendo tú, cuando esté ahí les grito todo lo que tenga adentro, si me van a matar igual, pero ¡coño! ¿Para qué tengo que estarte hablando estas cosas? Tú verás que te la conmutan. Yo tengo ese presentimiento, algo que me lo dice.
—Vamos, Pachulí, no me hables así. ¿Qué te pasa? Yo no quiero que me hagan como a esos enfermos de cáncer que hasta el último día la familia se lo está ocultando. Prefiero esto: “Sí, te van a fusilar, tienes que ponerte duro y al carajo”. Eso es lo que quiero que tú me digas.
—¿Eso es lo que quieres que yo te diga? La verda es que tú tienes cojones, más de lo que me imaginé cuando te ví por primera vez con esa carita de infelizote. Yo ya tuve que pasar un mal rato del diablo, porque te voy a decir que se muy bien lo que es eso del afusilamiento. Lo afusilan a uno y no pasa na, es como tomarse un vaso de agua. Vaya, no quiero decir que eso… sea como tomarse un vaso de agua, no. Hay que ser macho para pararse ahí alante del pelotón y saber que lo van a tronar a uno y que… uno nunca sabe con esta gente. A lo mejor te ven así y quieren darte un susto. Sí, a veces ellos te llevan hasta el paredón para darte un susto… ¿Tú no crees?
—Sí, a lo mejor, pero ¿qué me ibas a contar?
—Te iba a decir que yo tuve un amigo con quien practicamente me crié junto, en el mismo barrio. Se llamaba Fonte. Lo afusilaron hace como dos años en La Cabaña. Tremendo pingú que era el Fonte. Cuando crecimos, ya ves, yo me puse a robar y a quitárselos a los giles por ahí, nunca me interesó la política. No te vayas a ofender, pero pa mí la política es pa los bobos, porque los de abajo son siempre los que se joden y los de arriba al final se dan la lengua. Lo mío era tener cuatro pesos en el bolsillo para tomar mucho ron y mantener una pila de mujeres. Fonte, como tú, cojió otro camino. Yo respeto eso. Se jodió mucho trabajando y estudiando para médico en la Universidad. Después se metió a conspirar contra Batista. No le gustaba el mulato porque era un ladrón, pero tampoco le gustó el blanco porque decía que era más ladrón todavía. Na, que se puso a tirarle tiros a este también, hasta que lo atrabancaron y le dieron palito. Le metieron plomo que lo dejaron como un colador, el pobre. ¡Pa su madre!¡Y cómo suenan las descargas esas! Fonte, carajo, de a verdá que se fue revirao siempre contra esa gente. Me acuerdo del último día que lo ví. Yo no sabía ni que decirle, si consolarlo, si sonreírle; en esos momentos de la vida y con un hombre así uno no puede caer en ciertas cosas, ¿tú sabe? Lo traían del calabozo pa la enfermería y venía cojeando de la tranca que le habían dao. El me miró que parecía un muerto, tenía la muerte en la cara, por mi madre que la tenía en la cara. Uno sabe de mirar a una persona cuando la tiene cerca. Parece juego, pero es cierto, hay cosas tan grandes… yo le puse una mano en el hombro por sonreírle, pero el corazón me latía que parecía un fuelle y no sé si él se dio cuenta de que me temblaban las manos también. Lo único que le pude decir fue: “Coño, Fonte, te van a fusilar”. Mira tú que disparate, decirle eso a alguien en ese momento y con una sonrisa en los labios… ¿eso mismo pensaste tú ahora, eh?
—No, Pachulí, no pensé nada. Sigue el cuento, anda.
—Pues, fíjate tú como son las cosas que ahora a tí y a mí nos parece extraño aquello, pero fue como lo más normal del mundo. Fonte me entendió bien porque me apretó una mano y me dijo: “Háblale tú a Isabelita y entrégale mis pertenencias”. Parecía un viejito cuando se lo llevaron, encorvaíto, como un esqueletico rumbero. El sargento Felo estaba en los fosos el día que lo afusilaron, lo pudo ver todo y me lo contó. ¿Tú conoces al sargento Felo? El flaco achinao de mi galera.
—Sí, sé quien es. Lo conozco de vista.
—El es comunista, pero, bueno, nunca ha tenido líos con ustedes; él fue reeducador en mi galera y te aseguro que es buena gente. Me contó que Fonte se paró allí en el patio como si con él no fuera la cosa y cuando ya le fueron a tirar se cagó en la madre de los guardias y les decía: “¡Disparen asesinos! ¡Abajo Fidel!”.
—¿Gritó así? ¿Y el guardia te lo contó?
—Sí, claro que me lo dijo muy particularmente porque sabía que Fonte era amigo mío. Fíjate que me dejó ir a la visita de los políticos para que hablara con la mujer de Fonte. Eso fue duro para mí, cuando tuve que entregarle las pertenencias. Esta gente son tan hijos de puta que ni la familia sabía ya lo habían afusilado. La mujer se enteró el mismo día que vino a la visita, cuando ya el marido llevaba rato bajo tierra. Si tú ves como lloraba. Se me agarró a la camisa y ahí estuvo apretada contra mí, que se le quería salir el corazón por la boca de lo tanto que lloró. Yo, imagínate, le pasaba la mano por el pelo y la consolaba como podía y ella na más que me preguntaba: “¿Y qué te dijo, Pachulí, qué te dijo? ¿Te dijo algo para mí?”. Tuve que inventarle que él les pedía que tuvieron conformidá, ni me acuerdo to lo que dije y ella otra vez con lo mismo: “Y qué más, Pachulí, dime qué más te dijo?”. Así estuvimos un rato hasta que le entregué las pertenencias que no eran más que dos fotografías de ella, un bolígrafo americano muy bonito y una cuchara. Cuando le hice entrega de to se puso a llorar de nuevo. ¡Ay, hermano! ¡Qué sollozos más grandes le salían! Y que por mucho que trataba no los podía contener. Le salían de tan adentro. Nunca he visto cosa igual. Bueno, al fin se agotaron los quince minutos que le habían concedido para verme y los guardias me llevaron otra vez para la galera. Ella me quiso dejar la jabita con comida que le traía a Fonte, pero, ¡qué va! Yo no se la quise aceptar de ninguna forma. Tú sabes bien el hambre que se pasa aquí y lo que sostiene una jaba con azúcar y galletas, pero, ¿quién coño tiene estómago para comerse la comida de uno que han afusilado hace tres días? Habría que ser muy animal, muy caballo para hacerlo…si yo me como eso me reviento… ¿A qué te pasa que te has quedado tan pensativo?
—Es que yo quisiera ser tan distinto o no sé, ya no me importa para lo que me queda, no vale la pena pensar demasiado, pero si al menos, en ese momento que yo digo ahora que eso es sólo un momento, pero en el fondo sé que aunque sea una hora, un minuto, me va a parecer un siglo. Si pudiera… yo quisiera tanto que… no tener miedo, poder estar serio, que no me tiemble nada, es que, mira, nada más de hablar de eso ya estoy temblando. Si pudiera ser como el de esa historia, aun si nadie me ve. Aunque siempre se sabe. ¿No crees, Pachulí, que siempre alguien lo cuenta, eh, la forma en que uno muere?
—Claro, ¿no te acabo de contar lo de Fonte? Alguien siempre lo cuenta, hasta los mismos que lo afusilan a uno. Si eres pendejo lo cuentan y se ríen después.
—Sí, eso es muy importante… ahí es cuando dicen si uno fue hombre o no, es el momento en que uno prueba que tiene cojones, lo demás yo creo que no cuenta tanto, quiero decir si los tuvo antes. Uno no puede hacer papelazos, ¿no? Yo he oído tantas historias de gentes que han gritado: “¡Viva Cuba libre!”, que yo quisiera gritar también, que me oigan los compañeros de la galera; pero pienso que si la voz no me sale bien o si grito como una mujer. ¿Qué tú crees, Pachulí, te parece que estoy hablando mierda o que estoy quemado ya de tanto pensar?
—No, hombre, no. Yo lo único que creo es que a ti te sobran. Estoy seguro de eso…aunque no te afusilen.
—A mí me contaron de Ricardito Olmedo, de como lo fusilaron, de que Fidel personalmente fue a verlo y le propuso que si hacia declaraciones de arrepentimiento por televisión y exhortaba a los que estaban en la clandestinidad a que abandonaran la lucha, él le perdonaba la vida. ¿Y tú sabes que le contestó Ricardito?: “Oyeme, Fidel, yo no soy artista de televisión, que te sigan combatiendo y poniendo bombas”. Lo tenían que fusilar de todas formas. Así quiero ser yo y… no es que tenga miedo de morirme, no, te lo juro, no es eso, uno se muere y ya no siente ni padece o quien sabe. Eso no me preocupa. Es lo que ya te dije antes. Perdona que te joda tanto con lo mismo, pero tú me has brindado tanto afecto así de pronto, casi sin conocerme y que esto quiero decirlo, desahogarme…
—Cierto, lo comprendo, habla, habla, desembucha lo que quieras que yo imagino lo que te pasa.
—Hay otra cuestión que he pensado mucho en esto días y no quiero dejar de consultártela o, mejor dicho, contártela… porque tú tienes más edad que yo… bastante más y yo soy muy joven. Siempre he estado en esto, me refiero a la lucha. A mi hermano mayor lo mataron el día que nos cogieron. Pensábamos alzarnos en el Escambray, porque ya estábamos demasiado quemados aquí en La Habana. Para no hacerte larga la historia: nos chivateó alguien y se aparecieron estos esbirros en el apartamento donde nos escondíamos. Así ha sido mi juventud, pensando en un futuro y ya ves… el caso es que, no es que no haya querido, pero me era difícil, lo dejaba para más adelante, cuando hubiera tiempo… eso de acostarme con una mujer. Nunca lo he hecho.
—No jodas.
—Claro que no soy un santo, algo he hecho, pero lo que es acostarme, lo que se llama acostarme con una mujer, no, no completamente, tú me entiendes, lo demás sí. Aunque no muchas veces tampoco, dos o tres. Eso fue con una amiga, una compañera de lucha un poco mayor que yo. Nos gustábamos, pero al principio nunca hablábamos del asunto. Ella era enfermera. La primera vez que pasó fue en ocasión de permanecer en un apartamento varios días, la cosa estaba muy mala y esperábamos un enlace; estuvimos completamente solos varias horas y después llegaron otros compañeros y en ese intervalo fue que hicimos algo. Me costó un poco de trabajo empezar. No se me ponía como era debido. ¿Pero eso le pasa a cualquiera, no? Era la primera vez. La segunda fue mucho mejor, pero no llegamos tampoco a lo principal. Tal vez algunos meses antes cuando la cosa no estaba tan mala, hubiéramos podido ir a algún sitio solos. Me hubiera gustado vivir con ella y tal vez casarnos cuando esto acabara; sin embargo, todo se jodió. ¿Qué tú crees de esto, Pachulí? Ahora tú eres el único que lo sabes… tú ves que no ha sido culpa mía.
—Claro que no , compadre. Eso pasa cuando uno anda metido en esta vorágine desde tan joven. Se han dado viente casos como el tuyo, pero no te acomplejes por eso, ya tendrás tiempo. Lo importante es que, por lo menos, algo hiciste.
—Dice tú que tendré tiempo… ¡Mierda!

                                                                                         * * * * * * * * * * * *



Todavía seguíamos juntos en la celda la noche en que vinieron a buscarlo. Yo no sé que pensaba él. Había pasado tantas semanas esperando que, quizá, creyó que se la iban a conmutar. Ya ni hablaba de eso, na más que hacía cuentos de cuando era niño, del colegio, de las noviecitas. Parece ser que había llegado a la conformidá o había perdido el miedo. Uno hay veces que se agota de eso y lo que le pasa es que tira las cosas a mierda. O quien sabe si se ilusionó y en su mente tenía la esperanza de que no lo afusilaran y creía que si lo comentaba se malograría esa oportunidad. Así se pasó los últimos días y a mí me dejó descansar tranquilo, porque la verdá es que me tenía ya medio loco con su barretín. Hay gente así que habla y habla de lo mismo que lo vuelven a uno loco… aunque no le quito la razón para estar así, el pobre. No hacía más que unas horas que se estaba riendo conmigo de un chiste que le hice… ¡Coñooo! ¡Cómo sonó el cerrojo de la puerta aquella de buenas a primeras! Los pelos del cogote se me erizaron. Antes de que lo nombraran ya sabía yo a que venían. “¡Justo Pedroso Vives!” “Correctamente vestido”. Yo ni me moví de la litera. El me miró como sorprendido de la llamada, como si esperara que yo le diese una explicación. Se quedó tieso hasta que el guardia lo agitó y entonces se puso a recoger las pocas cosas que tenía y a ponerse el uniforme. Yo pensé: “¿Qué hago, madre mía? Si le pongo la mano en el hombro va a ser igual que con Fonte y se va a dar cuenta de que yo sé que es de verdá que ya esta noche lo van a afusilar”. Me quedé acostado, mirándolo como se abrochaba nervioso las botas, como se abrochaba el pantalón, apurándose y demorándose al mismo tiempo. ¡Qué se yo! El guardia lo volvió a agitar y entonces el cogió aire, parece que para que la voz le saliera gruesa, y me dijo: “Adiós, Pachulí, ya tú ves, me van a fusilar y no he conocido lo que es la vida”. No le contesté nada. ¿Qué le iba a contestar? ¿Qué puñetera cosa que le dijera podía consolarlo entonces? Lo único que le hice fue un gesto con el puño apretado, como si le dijera: “Fuerza, compadre”. Y él asintió varias veces con la cabeza, sonriendo tristemente. Después, cuando se fue y cerraron la puerta, no sé qué le pasó, pero mientras se lo llevaban escoltado, empezó a cantar muy alto esa vieja canción mejicana: “De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, la mujer que a mí me quiera, ha de quererme de veras, ay, ay, ay………….”


Jaime Bellechase, escritor y pintor cubano, 1946- 1989.   Para más información sobre Bellechasse, pueden consultar mi ensayo "Un Don Quijote de la pintura":  http://creatividadinternacional.com/profiles/blogs/ensayos-resenas-...

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Comentario por Creatividad Internacional el agosto 31, 2011 a las 3:31pm
Este relato está basado en hechos reales ocurridos en los años '70, cuando Bellechasse cumplía una condena de 5 años por haber tratado de distribuir unas proclamas antigubernamentales.
Comentario por Ismael Lorenzo el abril 20, 2011 a las 4:48am

Lamentablemente, Jaime Bellechasse murió hace veinte años, y aunque era un pintor por profesión, escribía unos relatos maravillosos, pero este es el único que conozco q se conserva. Puede leer más sobre Jaime en este ensayo mío:  'Un Don Quijote de la Pintura'.

 

Este es el link, tiene q dejarlo correr, porque está junto con muchos otros

http://www.creatividadinternacional.com/profiles/blogs/ensayos-rese...

Comentario por Fernando Alonso Torres el abril 20, 2011 a las 4:39am
Interesante cuento , me gustó. Donde puedo leer más ?   saludos...
Comentario por Pastor Ulises Barreiro el febrero 5, 2011 a las 9:21am
muy buena, saludos!

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