Emilia

 

 

Por Arelí Chavira y Jesús Chávez Marín

 

 

Esteban iba entrando a la estación Catedral del Metrobús de Chihuahua; al bajar las escaleras, entre personas que subían hacia el exterior, vio a Magdalena. Mejor dicho: a Emilia. Ella no lo miró, subía apurada y muy seria; para él, en cambio, ese rápido y anónimo encuentro fue como si se abriera y cerrara en un solo instante una ventana hacia la luz, hacia un recuerdo.

 

 

Cuando tenía diecinueve años, Esteban trabajaba en la oficina de una ferretería que estaba en la calle Morelos, enseguida de La Suiza, una tienda de ultramarinos cuya dueña era una china anciana y elegante. Todas las tardes, a las seis, una mujer le hablaba por teléfono, con fingida sensualidad:

 

—Hola, soy yo.

 

—¿Magdalena?

 

—Claro, ¿pues qué te hablan muchas?

 

—Nada más tú me hablas, y ni siquiera te conozco. Solo tu voz.

 

Hacía un mes había recibido la primera llamada. Era una broma, casi una burla infantil. Ella jugaba a ser misteriosa, él se dejaba vencer por la curiosidad y por el sonido de aquella voz hermosa. Desde el principio ella dijo: “te conozco, sé todo sobre ti”. Usaba expresiones de novela con toda naturalidad.

 

—Mañana por fin podrás conocerme. Te espero en la plaza Capoulade, la que está enfrente de la Peni de la 20 de Noviembre,  a las siete de la tarde. Iré vestida con una blusa rosa y tengo el pelo largo.

 

Sus compañeros de trabajo se reían de aquella cita a ciegas, pero como Esteban era el más joven del grupo, lo trataban con benevolencia. Alfredo, el gerente, le prestó un volkswagen para que llevara a pasear a la desconocida.

 

Esteban no se hacía muchas expectativas, pero no quiso dejar de resolver aquella pequeña intriga.

 

Estacionó el carro a un costado de la plaza y al bajar su mirada registró de inmediato a la mujer: una muchacha alta, como de dieciocho años, de pelo castaño, ligeramente rizado, y largo hasta la nítida cintura. Estaba de espaldas, curvilínea, sus nalgas se dibujaban con gracia en el pantalón de mezclilla. La blusa rosa le daba un cierto aspecto de inocencia, los brazos eran firmes, también los senos, ceñidos bajo la tela, y las manos, delgadas y largas. Mientras se acercaba con paso lento, los ojos de Esteban se iban colmando de la belleza prodigiosa.

 

—¿Tú eres Magdalena?

 

—Yo soy. Sígueme. Vamos a dar un paseo.

 

Caminaron juntos alrededor de la plaza, pero ella le hablaba de lado. Se cubría la cara con el pelo, que caía libre. Esteban podía respirar su perfume de jazmín pero solo pudo ver un instante los grandes ojos, la boca delicada, la frente amplia, la nariz primorosa, la piel lozana y resplandeciente.

 

—¿Por qué no me dejas verte la cara, Magdalena?

 

—Otro día podrás mirarme. Hoy no.

 

Tampoco quiso pasear en el carro, ni que la llevara a su casa. Se sentaron juntos media hora en una banca de la plaza, luego se despidió y le indicó que no la fuera a seguir. Se fue caminando y él la siguió con la mirada. La elegancia de su cuerpo al moverse era tan natural como el aire.

 

Tanto misterio era ya mucha payasada, pensaba Esteban.

 

—Ya ni le contestes las llamadas a esa tipa —le aconsejaron sus amigos de la oficina—. Ni siquiera te dejó que la tocaras. No te conviene, Esteban. No pierdas tu tiempo. Viejas, sobran.

 

Pero Esteban no hizo caso. Ni a sus amigos, ni al sentido común.

 

Ella siguió hablando a las seis de la tarde. En los acontecimientos del día, su voz era una promesa de felicidad.

 

Solo cuando ella lo decidió, Esteban pudo verla cinco veces más. Una tarde la besó en los labios, pero ella permaneció inmóvil, indiferente.

 

Nunca lo quiso, pero él se enamoró como un perdido.

 

En aquel juego cruel y absurdo, ni siquiera había dicho su nombre verdadero. Se llamaba Emilia, era hermana de la esposa del cobrador de la ferretería, así había conseguido el teléfono y el nombre de su víctima. Tal vez en un principio ella había pensado en tener un novio, pero al conocer a Esteban, algo le resultó desagradable y se dedicó a humillarlo. Un día le pidió que la llevara a Aldama, un pueblo cercano. Esteban se alegró mucho, pensando en el hermoso paseo. En cuanto llegaron, ella se bajó del automóvil: “Aquí espérame”. Regresó tres horas después, ya de noche. “Vámonos”, dijo. Sin pedir disculpas. Sin dar explicaciones.

 

Esteban era extremadamente sensible y terco. Cuando supo la mentira de los nombres, consiguió el domicilio de la joven y le mandó un ramo de flores con una carta enferma de elogios y erizado amor. Querida Emilia. Querida Magdalena.

 

Aceptaba los dos nombres, las dos regiones de su amada: la realidad y la fantasía. Desde entonces ella no volvió a llamarle por teléfono.

 

Un domingo, muy temprano, Esteban fue al barrio donde ella vivía y permaneció de pie frente a su casa, pero a una gran distancia, desde lo alto de una pendiente donde podía ver su casa a lo lejos. Allí estuvo de la mañana a la noche, sin importarle la necedad inútil y sin esperanza. Solo para verla. Ella salió recién bañada, con dos de sus hermanas. Traía un vestido blanco. Cuatro horas después regresó del paseo dominical, y entró en su casa, sin dirigir una mirada al grotesco vigilante, quien resistió firme la resolana y el ridículo todo el santo día.

 

Una noche la encontró en una fiesta donde también él era invitado. Lo trató como si no existiera, ni siquiera contestó el tímido saludo. Cerca andaba un fotógrafo; Esteban le pidió que la retratara sin que se diera cuenta. Cuando el fotógrafo la enfocó, ella comprendió todo y de inmediato se sentó en los brazos de un conocido suyo, para no aparecer sola en una fotografía que el mustio enamorado pudiera tener.

 

Esteban tenía conciencia clara de su derrota, pero no le importaba. Prefería el dolor vivo de amar a la mujer más hermosa del mundo, que acomodar su vida a la lógica del mundo. Su amigo Alfredo, el gerente, no lo podía creer, le parecía absurda aquella pasión sin destino.

 

Esteban se reconocía en las letras de las más necias canciones: “Reloj detén tu camino porque mi vida se acaba”. “Tuve una vez la ilusión de tener un amor que me hiciera valer”. “Llévame si quieres hasta el fondo del dolor”. La noche es más fiel que oscura.

 

Veinte años después, al pie de las escaleras de la estación del transporte urbano, Esteban la mira un segundo, la sigue con la mirada mientras sube indiferente y apresurada y se pregunta: ¿Dónde vivirá ella ahora? Casi no pedía moverse del piso, ni quería hacerlo. Deseaba que su mirada tuviera periscopios para seguirla mirando allá arriba, en la Plaza por donde ahora caminaba, entera, elegante, curvilinea, muy señora, tan hermosa como toda su vida. Como si solo a ella, a su cuerpo de diosa, hubiera respetado el tiempo para distinguirla del resto de los mortales.

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